Capítulo 22. Sin corazón
N o vamos a encontrar el corazón.
Llevamos más de una semana buscando. Noto que Isla también está perdiendo la esperanza.
Se sienta en el suelo, en una parte del bosque que ya hemos registrado, y fulmina la tierra con la mirada. Es algo impropio de una wildling; por otro lado, nada de lo que hace Isla es previsible.
Puede que sea por eso por lo que me da tanto miedo.
—No vamos… no vamos a encontrarlo —concluye, y yo casi enmudezco de la sorpresa al descubrir que nuestros pensamientos discurren en paralelo.
Nos parecemos más de lo que yo jamás reconocería en voz alta.
—Tenemos que dar con él —me limito a responder. Y luego me sorprendo a mí mismo sentándome a su lado.
Me mira de reojo y yo quiero volverme hacia ella, ver esos ojos de cerca para comprobar si coinciden con el tono de mi sueño, pero me quedo quieto.
Puede que sea una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida.
—¿Qué sensación produce? —me pregunta.
Por fin me concedo permiso para girarme, y… qué ojos.
Se ruboriza y yo caigo en la cuenta de que la estoy ob servando fijamente. Y frunciendo el ceño, algo que ella me señala a menudo. Debe de pensar que la miro de mala manera.
¿Cómo le digo que no pienso en nada más que en ella?
Carraspeo para aclararme la garganta.
—¿Qué sensación produce qué?
—Morir.
La palabra es un jarro de agua fría sobre mis pensamientos. Desvío la vista y lamento la pérdida de ese verde que es mucho más intenso que el color del bosque circundante.
Pienso en la mancha azulada que se extiende día a día por mi cuerpo.
—Es lento. Doloroso.
La oigo tragar saliva con dificultad.
—¿Tienes miedo? —quiere saber.
—Sí —respondo, sorprendido de responderle siquiera, de que estemos manteniendo un fragmento de conversación que no incluya malas caras—. Pero no por mí —reconozco, y comprendo que no solo estoy reconociendo la verdad: estoy explorando lo que siento.
Nadie me había preguntado eso. Todo el mundo, incluidos mis amigos, evita el tema de mi muerte.
—No me asusta mi muerte. Me asusta el destino de todos los que están vinculados a mi vida. Mi pueblo. Mi tierra.
Deslizo la mano por el suelo y está frío. Más frío de lo que lo he notado en siglos.
Asiente.
—Espero que no sea así para todo el mundo —dice—. Espero que, para algunos, la muerte sea tranquila y rápida.
«Tranquila y rápida».
—Una muerte tranquila y rápida es un don —respondo, aunque no pretendía decir nada en absoluto. Es un efecto que ella me produce. Se adentra en mí y saca a relucir pensa mientos que normalmente no compartiría. Está recopilan do mis verdades. Me pregunto qué planea hacer con ellas.
—Sí que lo es —conviene volviendo la mirada hacia el bosque como si no lo viera.
No, está absorta en sus pensamientos y yo siento la necesidad de saber qué le pasa por la cabeza.
De suplicarle que comparta sus verdades, igual que he hecho yo.
Para saber si es capaz de decirme algo que no sea una mentira.
—¿En qué piensas? —le pregunto, y me arrepiento de inmediato. No debería preguntar.
No debería importarme.
Pero me importa.
Pestañea. Se vuelve a mirarme.
—En mis padres —dice, y parece sorprendida de su propia revelación.
Dulzura. Verdad.
—¿Cómo eran?
Sus verdades son como un mineral en bruto, algo valioso que hay que extraer de las profundidades de una mina.
—No lo sé —responde. Otra verdad. Frunce el ceño y veo los engranajes de su mente en funcionamiento. Trata de decidir si está revelando demasiado—. Murieron antes de que llegara a conocerlos —decide confesarme.
Me pregunto cómo murieron. Me pregunto por qué fallecieron los dos. ¿Mató su madre a su padre, como dicta la maldición wildling?
Eso es algo que tenemos en común. Ninguno de los dos puede amar. En su caso significa la muerte. En el mío, como rey, implica el riesgo de destruir Lightlark, si acaso mi poder fuera a parar a las manos equivocadas.
—¿Cómo eran tus padres? —pregunta.
Me tenso.
No debería haberle formulado una pregunta que yo tengo reparos en responder. Es una regla por la que me he guiado durante siglos. Pero estoy rompiendo infinidad de reglas con Isla. Debería levantarme. Debería darle la espalda. He hecho las dos cosas montones de veces desde que colaboramos.
Pero ahora la conozco. Noto cuándo me está enredando, cuándo me está sacando información por motivos estratégicos. Esta vez no lo hace. Siente curiosidad genuina.
Por mí.
¿Cuánto tiempo hacía que nadie, aparte de mis amigos, se interesaba en mí, Oro, y no en el rey?
—Mi padre era un hombre frío —respondo—. Y mi madre…
Se me rompe la voz. Hacía mucho que no me concedía permiso para pensar en ella. Son tantas palabras, tantos recuerdos…
—Ella era cálida —me limito a decir. No es suficiente y lo expresa todo al mismo tiempo.
La wildling parece concluir lo mismo, porque asiente y no insiste.
Nos miramos un momento antes de desviar la vista. Nos ponemos de pie.
Retomamos la costumbre de no mirarnos y no preguntar mientras buscamos el corazón.
Un grito resuena en el bosque, y me quedo petrificado.
«Isla».
Me elevo en el aire sin pensarlo un instante. El fuego ya brota de la palma de mi mano. Estoy dispuesto a reducir el bosque entero a cenizas de ser necesario.
Allí está, atrapada en una red de zarzas. El olor de su sangre está en todas partes. «¿Por qué atacaría el bosque a una gobernante wildling?». Forcejea para soltarse. Los pinchos se hunden aún más, como si la mata estuviera decidida a asesinarla.
—Deja de moverte. Lo estás empeorando —le digo, y ella se queda paralizada, el gesto crispado.
Le ha molestado mi tono. Bien. Porque la rabia implica que está viva. La rabia implica que está dispuesta a luchar.
Y tendrá que luchar si quiere sobrevivir a ese dolor.
Tiene la espalda destrozada. Hay púas por todo su cuerpo, decenas de puñales que la traspasan. Maldigo, preguntándome cómo es posible que esté consciente.
—Tendré que cortarlas para liberarte.
Asiente y lanza un chillido cuando corto la primera púa por la mitad con una chispa de energía que proyecto desde la palma de mi mano.
Intento proceder con suavidad, pero los pinchos se curvan en el interior de su piel para aferrarse con fuerza.
Oponen resistencia activa y se le clavan más profundamente en la carne con cada uno de mis intentos de liberarla, como si el bosque quisiera apropiársela.
Ella vuelve a gritar y el sonido me hace temblar los huesos.
Me detengo al comprender que estoy empeorando las cosas.
—Hay… muchas.
El aviso no servirá de gran cosa: lo sé.
Las lágrimas corren por su rostro desencajado de dolor y su sufrimiento se me antoja un cuchillo que me traspasara el pecho. Es como si las púas me desgarraran a mí y eso no tiene ningún sentido, maldita sea.
Yo solo sé que haré lo que sea necesario para que cese el dolor.
Le arranco las zarzas con la máxima delicadeza de la que soy capaz, recurriendo a toda mi concentración y habilidad, y ella se precipita hacia delante para vomitar sobre sí misma.
Y encima de mí. Hago una mueca al notar la porquería, pero me doy cuenta de que no me importa. No me importa en absoluto.
Solo quiero que esto termine. Deseo liberarla de este bosque. Pero no puedo hacerlo solo. Ella tiene que colaborar. Le cierro la mano con cuidado, deslizando mis dedos por encima de los suyos.
—Busca tu fuerza —le digo, parafraseando las palabras que mi madre me dirigió hace siglos.
Ella me mira. Sus ojos verdes se afilan. La llama interior se enciende. Me inunda una sensación de orgullo. Ahí está. La wildling fuerte y obstinada que es capaz de sobrevivir a esto. Hago un gesto de asentimiento. «Juntos —pienso—. Vamos a salir de esta juntos».
Y continúo.
Una a una, voy rompiendo las púas curvadas al tiempo que mantengo su cuerpo inmóvil con la otra mano.
Cuando las he partido todas, la estrecho entre mis brazos y su sangre empapa mi camisa.
La separo de la maraña de zarzas que parecen empeñadas en volver a atraparla.
Estamos en el corazón del bosque y yo sigo a su lado, dudando de mi propio juicio.
Me ha pedido varias veces que me marchara —«será testaruda»— y sin embargo aquí estoy, de rodillas, todavía junto a ella.
—¿Cómo es posible? —le pregunto, porque no tiene sentido. Llevábamos horas buscando en este bosque. Se ha alejado unos malditos minutos. Nunca había visto a un bosque atacar a una wildling.
—He… tropezado —dice.
«Mentira». El sabor amargo me empapa la lengua. La ira estalla dentro de mí. ¿Cómo es posible que no confíe en mí, cuando estoy aquí de rodillas, arrancándole espinas de la piel ensangrentada y empapado con el contenido de su estómago? ¿Y por qué me miente sobre algo tan intrascendente?
Entorna los ojos y el verde de sus iris brilla más que cualquier esmeralda que haya visto en mi vida.
—Ve a mirar lo que protege el muro. No me pasa nada. Yo me quitaré los pinchos.
Lo dice en tono brusco.
La miro enfurruñado.
—Estás cubierta de vómito.
Alargo la mano hacia su espalda, pero ella se aparta de mí y lanza un gemido.
—He dicho que lo hago yo —me espeta como si yo fuera el culpable de su dolor en lugar de estar ayudándola.
—¿Por qué tienes que ser tan testaruda? —le reprocho.
—¿Y tú por qué tienes que ser tan mandón?
Al oír eso, me tiemblan las narinas.
—He dicho que no —insiste—. Ve.
Lo medito. Si quiere que me marche, allá ella. Aunque todo mi ser me pide que me quede, hago lo que me dice. Vuelvo al bosque y busco el corazón. Sobrevuelo todos y cada uno de los árboles, con todos los sentidos alerta, bus cando más rápidamente que jamás en toda mi vida.
Al poco estoy de vuelta, acuclillado a su lado.
Abre mucho los ojos, y debo de imaginarme el destello que veo en ellos, porque parece algo así como alivio.
Desaparece al instante.
—Te he dicho que fueras a buscar…
—Lo he hecho. El corazón no está.