Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 21. Parejas #3
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Capítulo 21. Parejas #3

¿O sencillamente no me considera tan miserable como ha afirmado otras veces?

Me paso la mano por la cara. Estoy perdiendo la puta cabeza. Todo esto no debería importarme. Decenas de mujeres me han abordado desde el comienzo del Centenario y ningu na me ha dicho que de cerca «soy aún más horrible». Tampo co les he dado ocasión, antes de rechazar sus insinuaciones.

Así pues, ¿por qué me importa tanto una wildling que me saca de mis casillas?

He pasado todo el día de reunión en reunión. Debería irme a dormir.

De camino a mi alcoba, estoy tan absorto en mis pensamientos que ni siquiera noto la presencia de Azul en el callado corredor del castillo, hasta que me detiene.

Yo pestañeo y enderezo la espalda. Estamos en un pasillo trasero, uno de los antiguos, cuyas piedras mal encajadas dejan entrar un frío excesivo durante la noche.

La gente rara vez los usa: por eso lo hago yo cuando no puedo dormir.

Cuando necesito silencio. Para que Azul me haya encontrado aquí a estas horas… debía de estar buscándome.

Inclino la cabeza a modo de saludo. Azul me contempla largo y tendido. Su mirada se desplaza de mis ojos enrojecidos a mi cuello, donde la mancha azul empieza a asomar.

—Entonces es cierto. Te estás muriendo.

Hace mucho tiempo que nos conocemos, el suficiente como para que sepa que yo no miento.

En particular, no acerca de nada que afecte a la seguridad de la isla.

Asiento y él lanza una maldición. Mira al suelo.

Conoce el significado de esto tan bien como yo: es nuestra última oportunidad de romper las maldiciones.

Y nuestra única oportunidad de salvar la isla. Por fin, dice:

—En fin, bueno… Tengo un plan.

—¿Un plan?

Asiente.

—Para acabar con las maldiciones de una vez por todas.

El alivio me inunda un instante, alivio de saber que alguien más tiene un plan y que aún hay esperanza de poner fin a toda esta muerte.

Luego añade:

—Me sacrificaré yo.

La decepción y la ira se apoderan de mí al instante, más intensas de lo habitual.

Miro en derredor forzando la vista para ver algo a pesar de la oscuridad.

No veo a nadie, pero no confío en mis senti dos a estas horas de la noche, sabiendo que no he percibido la proximidad de Azul.

Le señalo una puerta y me sigue al otro lado, a una sala grande.

Me paso la mano por la nuca mientras me ordeno tener paciencia, aunque lo único que me apetece es buscar un terreno baldío y prenderle fuego.

Lo único que me apetece es dormir de una vez sin tanta tensión y remordimientos, sin que esos penetrantes ojos verdes me mantengan en vela.

—Eso no es un plan —le digo entre dientes, tratando de conservar la calma.

—Lo es —insiste.

No es viable.

—Tu plan es una locura. Sentenciarás a muerte a miles.

—Un reino tiene que desaparecer, Oro —dice Azul.

Odio que tenga razón.

—Tú…

Suena un ruido al otro lado de la puerta. El roce de un talón contra la piedra.

Ojalá no tuviera tan claro a quién pertenece. Ojalá no reconociera el leve jadeo que sigue al roce. Pero lo reconozco al instante. Ella estaba escuchando detrás de la puerta. ¿Cuánto ha oído? Maldita wildling entrometida… ¿Por qué no me deja en paz?

Uso una corriente de aire para cerrar de un portazo.

O bien Azul no ha oído el rumor, o bien le trae sin cui dado. Sigue hablando sin titubear.

—Dime que tú no lo has pensado —me presiona.

Ya sé lo que me está diciendo. «Dime que tú no has pensado en sacrificar a uno de tus reinos. En ofrecer la vida de miles de tus súbditos».

—No puedo.

A lo largo del siglo que ha transcurrido entre Centenarios, me he planteado todas las alternativas posibles. Sobre todo cuando la mancha azul empezó a propagarse. No hay un modo sencillo de romper las maldiciones.

—Es una posibilidad —dice.

Por más que deteste admitirlo, si no puedo matar a Grim, podría ser nuestra única opción.

—¿Estarías dispuesto a morir? ¿Y qué pasa con tu reino?

Azul esboza una sonrisa triste.

—Estaría dispuesto a reunirme con mi amor, sí —dice— . En cuanto a mi reino…, lo decidimos por votación. De ser necesario, debemos sacrificar nuestra nación. Es mejor que muera un reino que condenar a los seis.

Altruista. Así ha sido siempre. Así han sido los skyling durante milenios.

La cuestión de qué reino sucumbirá ha planeado sobre cada uno de los Centenarios desde que celebramos el primero.

¿De cuál podría prescindir la isla? Como no habíamos invitado a Grim hasta ahora, el dilema se reducía a cinco opciones.

El oráculo prometió que el ganador del Centenario, aquel que rompiera las maldiciones de una vez por todas, conseguiría un poder sin precedentes. Yo sospecho desde hace años que los gobernantes están más pendientes de adquirir la habilidad prometida que de poner fin a nuestro sufrimiento.

Como Grim. Antes no quería más poder, pero puede que lo necesite ahora.

Pero Azul no. Él no codicia el premio.

—No hará falta llegar a eso —le digo, aunque en el fondo no me lo creo.

Azul esboza una sombra de sonrisa.

—Hará falta, Oro —me responde—. Uno de los seis morirá. Está escrito. —Azul posa una mano firme en mi hombro—. Mi reino está dispuesto a hacer el sacrificio, a cumplir la última parte de la profecía. Ahora ya lo sabes — dice antes de marcharse.

Cuando llego a nuestra planta, todo está en silencio. Zed duerme en un sillón, tapado hasta los hombros con una manta de lana. No se mueve.

Carraspeo ruidosamente.

—¿Así que estás dispuesto a morir?

Zed da un respingo y al momento se incorpora frotándose los ojos.

—Maldita sea, Oro, un simple «hola» habría sido suficiente —refunfuña. A juzgar por su manera de mirarme, sabe perfectamente a qué me refiero—. Y sí. Quinientos años y pico es tiempo de sobra, ¿no crees?

Habla en tono desenfadado, pero hay gravedad en sus ojos.

Así pues, votó a favor, junto con todos los demás skyling.

Enya llega al cabo de un momento.

—¿De qué estáis hablando?

Cuando se lo cuento, parece furiosa.

—¡Sacrificarse! ¡Como si eso fuera a servir para cumplir la profecía!

—¿Ahora somos expertos en profecías? —dice Zed con indolencia—. ¿Las mismas personas que no han sido capaces de romper las maldiciones en cinco siglos?

Tiene razón. No sabemos nada. Yo solo me puedo centrar en encontrar el corazón y cruzar los dedos para que mi teoría sea cierta.

Horas más tarde, estoy inspeccionando el bosque una vez más con la wildling. Ella me mira como si quisiera decirme algo. Yo me desentiendo.

Me obligo a hacerle caso omiso con cada gramo de autocontrol que poseo.

—No has dormido nada en absoluto, ¿verdad?

Me invade una irritación súbita. Ojalá no me observara con tanta atención. Luego me entra risa ante mi propia hipo cresía: soy un maldito especialista en cada uno de sus movimientos. Por eso sé que estuvo escuchando la conversación que mantuve con Azul.

No tarda mucho en preguntarme al respecto. Claro que no.

Piensa que estoy colaborando con él a sus espaldas. Todavía no confía en mí. En realidad, no.

No se lo puedo reprochar. Yo tampoco me fío de ella.

Después me pregunta algo que no me espero.

—¿Qué piensas de nosotras? De las wildling.

«Cuando vivían aquí», es la parte de la frase que omite.

Le digo la verdad.

—Eran mi reino favorito, además de Sunling.

No me cree.

Le revelo algo que ni siquiera mi padre sabía. Le hablo de mi maestro wildling. No sé por qué razón. Pero ella me escucha mientras caminamos, sus ojos verdes me observan con curiosidad y yo me sorprendo a mí mismo diciendo mucho más de lo que debería.

Cada día la charla fluye con más facilidad. Y empiezo a esperar su voz, sus preguntas. Mis respuestas son más largas que meros síes o noes.

Aguardo las conversaciones con ilusión y luego me pregunto por qué. Tengo más personas con las que charlar. Esta wildling es poco más que una desconocida.

No. Peor. Es una mentirosa. Lo sé y a pesar de todo sigo hablando con ella.

Estoy tan cansado cuando llego a mi alcoba por la noche que dejo de sufrir insomnio. Esta noche me duermo mientras me estoy dando un baño.

Sueño con un mar verde, una playa dorada. Sueño con ella, la wildling, en mi rincón favorito.

Está allí, sonriente, y le brillan los ojos.

Me sonríe. A mí.

Noto que me toma las manos. Noto que me arrastra hacia el mar. Cada vez más adentro. Hacia las profundidades. Tan lejos que los dos nos vamos a ahogar.

Jadeo cuando emerjo a la superficie, tosiendo y haciendo esfuerzos por respirar. Cuando he expulsado todo el líquido de mis pulmones y he recuperado el aliento, comprendo hasta qué punto estoy perturbado.

Ya es oficial. He perdido la cabeza.

Por poco me ahogo en la maldita bañera. Esto tiene que terminar. Tengo que encontrar el corazón y poner fin a esta situación de una vez por todas.