Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 21. Parejas #2
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Capítulo 21. Parejas #2

Las luciérnagas, curiosas, ya se han acercado. Enya y Calder están frente a frente, preparados para iniciar las maniobras de distracción. Preparados para conducir a las relucientes criaturas al otro lado con el fin de impedir que sus adversarios crucen el claro con la esfera.

Zed y yo nos miramos a los ojos.

La esfera es gruesa, hecha de cristal reforzado. Una ener gía resplandeciente estalla en el interior antes de girar en espiral.

Se oye un ruido de cristales rotos cuando la chispa starling que rota en el centro de la esfera rompe la parte superior y sale disparada al cielo, lo que marca el inicio del partido.

Me abalanzo hacia delante, volando. Zed me fulmina con la mirada porque no tiene más remedio que correr. Soy el primero en llegar a la esfera y la aferro introduciendo los dedos en el orificio que ha practicado la chispa para transportarla con más facilidad.

Me vuelvo a mirar… Y tengo a Calder encima. Preparado para atraer a las luciérnagas e impedirme llegar al otro lado. Y para facilitarle a Zed el robo de la esfera.

Proyecta el enorme brazo hacia delante, en dirección al arroyo más cercano. Dobla los dedos. Sus venas se tensan.

Frunce el ceño.

—Buena suerte con el aire —dice Enya, y oímos el siseo del vapor de agua. La hemos calentado hasta hacerla hervir y evaporarla.

Calder abre la boca. La cierra. Se enfurruña. Casi me siento culpable.

Pero entonces Zed envía un enjambre de luciérnagas directo a mi cara. Yo retrocedo sobresaltado y trastabillo cuando se me pegan a la piel. La nube de insectos me envuelve, deslumbrante como una llama.

—Zed —gruño escupiendo luciérnagas.

No lo veo a través de la luz cegadora, pero le oigo decir:

—Perdona, me ha parecido entender que jugábamos sin reglas.

Noto que me arranca la esfera de la mano.

Las luciérnagas son incansables: se pegan a mi rostro y no paran de dar vueltas. Solo se moverán para desplazarse a una fuente de movimiento mayor. Lo único que puedo hacer es cruzar los dedos para que mi pareja tenga un plan.

Oigo los pasos de Zed, que se acerca a la orilla de este lado del claro. Y oigo a Calder animándolo. Luego solo oigo a las luciérnagas, que pululan por mi cabeza. Me obligo a quedarme quieto, para no atraer a más, mientras se me arrastran por encima.

Se dispersan de inmediato alejándose a toda prisa. Se dirigen hacia Enya, que ahora exhibe sus alas de fuego. Las mueve a la velocidad del rayo, como una libélula. Se despega unos centímetros del suelo poniéndole los dientes largos a Zed, que daría cualquier cosa por volver a volar.

Enya se abalanza hacia él y los dos ruedan por el claro en una maraña de extremidades y llamas.

Por fin ella le arranca la esfera de las manos y sale disparada hacia el cielo.

Él salta también, pero apenas roza la bola con los dedos antes de caer de nuevo al suelo.

Ella sigue flotando un par de metros por encima de él.

Hacía mucho que no la veía emplear las alas tanto rato. Es espectacular.

Enya se limita a sonreírle a Zed con dulzura a través de la inquieta nube de luciérnagas que envuelve su cuerpo y sus alas.

—Venga, cógela.

Sostiene la esfera justo fuera de su alcance.

Pensaba que Zed soltaría una maldición o le dedicaría un gesto desagradable, pero no lo hace. En vez de eso, sonríe. Al momento, rápido como una centella, crea un viento tan raudo que absorbe el aire en torno a Enya y las llamas se apagan. Ella empieza a asfixiarse. Sus alas desaparecen.

Cae al suelo con un crujido nauseabundo.

Zed se limita a extraer la esfera del hueco de su brazo, ahora antinaturalmente torcido, y corre por el claro.

Me apresuro hacia Enya. Como era de esperar, se incorpora sujetándose el brazo roto contra el pecho y dice:

—¿Qué haces? ¡Ve! ¡Todavía puedes detenerlo!

Como no lo hago, gruñe y se pone de pie… antes de desplomarse. Su rostro se crispa de dolor.

—Sí, puede que también me haya roto una pierna.

Zed llega al otro extremo entre exclamaciones triunfales. Grita su victoria al cielo, a las estrellas, a la noche y a todo aquel que lo oiga en un kilómetro a la redonda.

Calder se acerca despacio con los brazos cruzados. Entorna los ojos con una expresión decepcionada. Todavía está disgustado por nuestra jugarreta. Me mira y luego desplaza la mirada a Enya, pasando la vista de su pierna —definitivamente rota— a su brazo, curvado en un ángulo casi horripilante.

—Ojalá tuviéramos agua con la que curarla —dice en tono monocorde.

Enya y yo nos miramos.

Y estallamos en carcajadas. Ella hace un gesto de dolor cuando su brazo acusa el movimiento y vuelve a reír. Zed suelta una risa entre dientes también antes de arrodillarse a su lado, despojarse de la camisa con un solo movimiento fluido y usarla para hacerle un cabestrillo.

Por fin Calder se reúne con nosotros.

El buen humor que reina tras la partida de Bola de Fuego nos acompaña toda la noche, pero se apaga por la mañana, cuando me convocan a la primera reunión.

Todo el mundo me pide algo. Ha sido así desde que ascendí al trono, pero durante los Centenarios no tengo ni un minuto libre. Hay que celebrar reuniones con los otros gobernantes. Con los nobles. Con los ejércitos.

Me paso el día de reunión en reunión. Las noches las dedico a buscar el corazón con la wildling. Es interminable.

Me acuerdo de Egan, sentado en su trono. Se pasaba días enteros sin comer porque estaba demasiado ocupado, días enteros sin descansar. En aquel entonces me preguntaba cómo lo hacía, pero ya no me lo pregunto.

Para cuando llamo a la puerta de la wildling, se me cierran los ojos del cansancio.

Pero entonces veo los suyos, y de súbito ya no estoy tan agotado. Ella me observa con cierto recelo, como si se preguntara por qué la miro fijamente, tanto rato.

Claro. He olvidado que no sabe que lo hago todo el tiempo. He olvidado que no debería mirarla así, como si tuviera algún derecho a memorizar sus facciones.

Emprendemos la marcha a isla Firmamento en silencio. Llevamos días inspeccionando el mismo prado. La veo a través de las hileras de plantas, asomándose al centro de cada una en rápida sucesión. Ha adquirido velocidad. Eficiencia. Ha desarrollado sus propios sistemas, que yo he adoptado con descaro.

Al final de la noche, nos reunimos en el centro, los dos con las manos vacías. Llevamos horas buscando. Hemos inspeccionado todas y cada una de las plantas que hay aquí. No hemos encontrado el corazón.

Los dos estamos cubiertos de tierra de los pies a la cabeza. Los dos estamos agotados. Frustrados. Nos miramos.

Y, por primera vez, no lo hace como quien está viendo a un enemigo. No. Me mira como si tuviéramos algo en común. Como si fuéramos aliados.

—No está aquí —gruñe con la voz ronca de cansancio.

—No —respondo—. No está.

¿Y en qué clase de rey me convierte el hecho de que sienta alivio, pues eso significa que podré pasar más tiempo con ella?

¿Pues eso significa que quizá me vuelva a mirar de ese modo un día más, sin rabia en los ojos, sin odio?

No, no debería pensar así. Debería estar enfadado por no haber encontrado el corazón. Debería estar preocupado.

Iremos al próximo emplazamiento, donde está el siguiente grupo de plantas que me señaló en el oasis. Lo encontraremos. Luego me libraré de ella y de estos pensamientos que me ofuscan.

Mientras recorremos isla Firmamento de regreso al castillo, pasamos junto a una mujer que se sobresalta al vernos. Arruga la nariz. Debemos de tener un aspecto horrible y apestar a barro podrido.

Tarda un instante en atisbar el brillo de mi corona debajo de toda la podredumbre, pero, cuando lo hace, abre los ojos como platos. Inclina la cabeza y dice, sin despegar la mirada del suelo y con la voz inundada de temblorosa reverencia:

—Que tengáis un descanso reparador el resto de la noche, su majestad.

A continuación, se marcha a toda prisa.

A mi lado, Isla profiere un sonido que casi parece una carcajada.

Me vuelvo a mirarla.

—¿Qué pasa?

Pienso que me va a hacer caso omiso, que me va a dar a probar mi propia medicina, pero se limita a ladear la cabeza.

—Es que tiene gracia, nada más.

—¿El qué? —le pregunto con desgana, prácticamente convencido de que a mí no me van a hacer «gracia» las palabras que articulen sus malévolos labios.

Se encoge de hombros.

—Que lo único que se interponga entre el desdén y el respeto sea una corona vieja y oxidada.

Le dirijo una mirada intensa.

—A ti te gusta mi corona —afirmo, porque soy muy consciente de todas las veces que la ha mirado fijamente. Incluso le pegó un capirotazo.

Me sorprende cuando da un paso adelante.

—Si te refieres a que me gusta ridiculizarla…, sí. Me gusta mucho —replica poniéndose de puntillas para asestarle otro golpe.

Le agarro la muñeca antes de que pueda hacerlo. Contiene el aliento. En lugar de retirarse, se queda ahí de puntillas, a pocos centímetros de distancia.

Y durante un instante… nos miramos. Y yo me impongo la tarea imposible y fútil de hallar algo malo en ella. Puede que un defecto me libere de esta obsesión. Puede que sea la prueba de que no es tan perfecta como esa imagen ideal que he construido en mi mente.

Pero no encuentro nada.

Dioses, es hermosa incluso cubierta de tierra.

—Uf —suspira ella observándome a su vez. Saca la lengua para humedecerse los labios. Sus ojos están clavados en mi boca.

—¿Qué? —musito.

Su mirada asciende despacio hacia la mía. Se inclina hacia mí. Trago saliva. Su voz es un susurro entrecortado.

—De cerca eres aún más horrible —dice antes de devolver los talones al suelo y darse media vuelta.

Se aleja con paso firme y la barbilla alta.

Pero yo me quedo muy quieto, con la piel ardiendo y el corazón en llamas. Porque lo que ha dicho… Sus palabras…

Eran falsas.

Para ser alguien responsable de toda una isla que corre peligro de desaparecer para siempre, estoy demasiado obsesionado con una sola frase pronunciada en un tono que, claramente, pretendía enfurecerme.

Pero ha mentido. No me considera repulsivo.

¿Significa eso que le parezco… atractivo?