Capítulo 21. Parejas
M is amigos me están esperando en mi alcoba a mi regreso.
Lanzo un suspiro.
—¿De verdad no tenéis nada mejor que hacer?
Hay miles de cosas que cada uno de ellos tendría que estar haciendo ahora mismo, durante la celebración del Centenario, incluso en el umbral del amanecer.
Zed ha plantado los pies en mi edredón, así que tendré que quemarlo. Asiente antes de tomar un sorbo del té que Enya, salta a la vista, acaba de preparar.
—No, la verdad es que todos pensamos que no hay nada más importante que estar aquí ahora mismo, ¿verdad, Enya?
Ella me fulmina con la mirada desde una butaca situada en una esquina, cerca de las puertas del balcón.
¿Por qué hoy todas las mujeres parecen estar enfadadas conmigo?
—Soltadlo ya —digo volviendo la mirada hacia Calder, que esboza una leve sonrisa como si quisiera estar en cual quier parte menos aquí.
—Has escogido a la wildling como pareja —me acusa Enya.
Debería habérmelo imaginado.
—Sí.
—¿Por qué?
—¿Tú por qué crees? Llevo décadas buscando el corazón sin resultado, aun contando con la ayuda de todos vosotros. Ella sabe más acerca de la naturaleza que cualquier persona de esta isla.
—¿Seguro? —pregunta Enya.
Entorno los ojos.
—¿Qué insinúas?
—Nada. Solo que parece mucho más pendiente de ponerte en peligro que de ayudarte.
Suspiro. También debería haberme esperado que a Enya no le hiciera ninguna gracia el truco de la horquilla durante la demostración de Azul. Por otro lado, si el objetivo hubiera sido cualquier otro que no fuera yo, le habría encantado.
Zed se encoge de hombros.
—Pues a mí me encantó que su estrella arrojadiza estuviera a punto de acabar con la isla al completo y los miles de personas que la habitan.
Calder se arrellana en la silla, que cruje bajo su peso, como si acabara de comprender que esta conversación va a ser larga y desagradable.
Me paso una mano por la cara. Tengo ganas de meterme en la cama y no volver a hablar de la wildling con mis amigos nunca más, pero eso es lo malo de las amistades. No te dejan en paz aunque lo estés deseando.
Y eso también es lo bueno de las amistades.
—No te fías de ella, ¿verdad? —señala Enya.
—Pues claro que no —respondo con sinceridad. Puede que dijera la verdad respecto a no compartir con Grim lo que le he contado, pero eso no significa que no albergue planes ocultos contra mí.
—Bien —dice Enya—. Es muy probable que esté colaborando con «él» y…
—Te equivocas —la interrumpo.
Todos se vuelven a mirarme.
—No está colaborando con Grim —repito, esta vez en tono más firme.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta Calder al tiempo que se incorpora en el asiento.
—Se lo pregunté.
Zed me mira con admiración.
—¿En serio?
Es lógico que se sorprenda. Mis amigos me conocen mejor que nadie. Por útil que sea mi don, procuro no usarlo a sabiendas, formulando preguntas concretas. Hace siglos que no lo hago. Sé que no sería justo, teniendo en cuenta que nadie, aparte de las personas de esta habitación, conoce mi capacidad.
Miro a Enya a los ojos como para recordarle la conversación que mantuvimos. Puede que no sea justo, pero la supervivencia de los reinos requiere medidas extraordinarias. Soy muy consciente de ello.
Calder se muerde el labio.
—Si la wildling no está aliada con Grim, ¿por qué él muestra tanto interés en ella? Nunca ha mostrado interés en nadie.
Es cierto. Isla es hermosa, eso salta a la vista. Pero Grimshaw, por más que sea un demonio, no es ningún idiota. No malgastaría ni un instante con ella a menos que estuviera buscando algo. Por lo que parece, todos hemos llegado a la misma conclusión a la vez.
Zed frunce el ceño.
—¿Qué podría querer de la wildling?
Se me ocurren unas cuantas cosas. Cosas que podría querer yo, cuando menos.
Algunas son necesidades que aparecen a altas horas de la noche, en sueños que últimamente son cada vez más frecuentes y que nunca llegan a satisfacer este deseo ardiente e inopinado que siento. Todo termina cuando me despierto muerto de necesidad, jadeando y lanzando maldiciones al techo.
Otras son muy sencillas.
Como el deseo de que la wildling entre en razón de una maldita vez.
Procedemos a examinar las plantas que ella me señala en el oasis: las que podrían estar vinculadas al corazón.
Y no va nada bien.
Tiene la manía de hacer cosas como amenazarme con dejar de trabajar si no contesto a sus interminables preguntas.
Y yo respondo de maneras estúpidas, como propinarle un capirotazo a su corona (que se empeña en llevar) y dejarle una mella que me produce una extraña satisfacción.
Ante lo cual ella me amenaza y me llama «miserable».
Qué amable. Qué encantadora, aun después de que ordenara que le confeccionaran unos pantalones especiales, al reparar en que los otros no eran adecuados para arrodillarse en la tierra o para la gélida noche.
Aun después de que encargara camisas para ella al ver que había cortado la que llevaba puesta a tiras, porque se le ocurrió usarla para marcar las filas de plantas que ya había revisado.
Eso piensa de mí. Que soy un «miserable».
Llevamos días buscando sin éxito. Lo único que Isla ha conseguido es sacarme de mis casillas.
Suspiro cuando me hundo en mi butaca de nuestra planta favorita del castillo, y Enya despega la vista de la naranja que está pelando.
—La wildling no puede ser tan horrible —observa.
—Es peor que cualquier cosa que te imagines —respondo.
Ella me lanza una mirada rara, pero guarda silencio.
—¿Qué pasa?
—Ah, nada.
Sigue pelando la naranja en un silencio impropio de ella.
Zed resopla.
—Has afrontado rebeliones, seres mortales, revueltas y maldiciones, ¿y una wildling diminuta te pone frenético?
Lo miro con hastío. Puede que yo sea mucho más alto que ella, pero la wildling no tiene nada de minúscula. Empezando por su actitud.
—Es raro —dice Calder en tono reflexivo a la vez que alarga la mano para tomar el gajo de naranja que Enya le ofrece—. Hacía mucho que no te veía tan desquiciado.
—No estoy desquiciado —replico en tono brusco. Un sa bor amargo me inunda la boca. No soy un mentiroso. No ten go la costumbre de mentir.
Pero está claro que últimamente no paro de contarme patrañas.
—Una vez más, os suplico que hablemos de algo que no sea la wildling —gimo frotándome las sienes. Ya tengo bastante con pensar en ella, trabajar con ella y soñar con ella. Lo último que necesito es que se convierta en el tema de conversación habitual cuando estoy con mis amigos.
Enya se pone de pie al instante y une las manos.
—Está decidido, pues. Pensábamos que no estarías de humor, teniendo en cuenta que la isla está muriendo y todo eso, pero como es evidente que necesitas distraerte…
Habla en un tono desenfadado, pero la conozco bien. El destino de la isla le produce un pesar inmenso —igual que a todos nosotros—, pero no lo vamos a cambiar esta noche.
Sé perfectamente a qué se refiere. Una amistad tan larga como la nuestra genera una especie de telepatía.
—Pensaba que no lo íbamos a hacer esta década.
Calder me mira con perplejidad.
—¿Cuándo lo dijimos?
—Su majestad lo dijo —responde Zed con retintín. Yo tuerzo el gesto y él se limita a sonreír, porque sabe que odio ese tratamiento—. ¿Sabes qué? Podríamos tomar ejemplo de los valores de mi reino. Promulgar una democracia. Votar. Como seres civilizados.
Me pellizco el puente de la nariz.
—Muy bien. Votemos. ¿A quién le gustaría…?
Enya, Zed y Calder ya han levantado la mano.
—Sois unos críos —musito—. Críos de quinientos años de edad.
Enya sonríe al pasar por mi lado de camino a la puerta.
—Y tú, Oro, eres el más llorón de todos.
Bola de Fuego es un juego que inventamos cuando éramos adolescentes.
Una vez cada diez años, las luciérnagas inundan un bosque de isla Sol.
Brillan con suma intensidad y se sienten atraídas por el movimiento.
El resplandor que crean cuando vuelan en grupo es tan intenso que nos des lumbra cuando corremos, así que lo convertimos en un jue go.
Dos contra dos. Una persona en posición de ataque y otra en posición de defensa con el objetivo de llevar una esfera de cristal al otro extremo del bosque.
Un miembro de la pareja trata de distraer al enjambre de luciérnagas mientras el otro corre hacia la meta.
Las distracciones deben ser elaboradas para captar la atención de los insectos y, a lo largo de los siglos, las técnicas se han tornado cada vez más extremas.
Los partidos han dejado huella en ese tramo de tierra.
Han concluido con el bosque en llamas, inundado de arroyos cercanos y repleto de tornados —un día que Zed se empeñó en ganar a toda costa—.
Por lo general, sin embargo, acabamos con algún hueso roto.
—¿Equipos? —pregunto mientras nos acercamos al bosque.
Las luciérnagas ocupan hasta el último hueco de la ma leza como llamas vivas. Sus luces moteadas crean un segun do firmamento nocturno, resplandeciente.
—Esta vez me pido con Calder —dice Zed.
Cuando podía volar, Zed se alzó como el campeón indiscutible del juego. Se autoproclamó «el skyling más rápido del mundo actual». Ahora Calder es mejor jugador gracias a su enorme tamaño y a su capacidad para crear olas en el agua, algo que parece atraer a las luciérnagas.
—Supongo que te toca cargar conmigo —dice Enya recostándose contra mi cuerpo.
Sonrío por primera vez en una buena temporada.
—No, supongo que te toca a ti cargar conmigo.
Mis amigos me consideran el peor jugador, porque soy el único que se niega a hacer trampas.
Recuerdo lo que dijo Enya sobre romper las reglas. Sobre relajar mi sentido moral.
Le susurro algo al oído y veo una lenta sonrisa extenderse por su cara pecosa. Chasquea la lengua.
—Sabía que aún tenías un lado inmoral.
Zed y yo ocupamos nuestras posiciones en extremos opuestos del claro. La esfera se encuentra en el centro. El primero que la atrape y luego llegue al otro lado gana.