Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 20. Verdad #2
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Capítulo 20. Verdad #2

Se me crispa la mandíbula. Unas fuertes campanadas resuenan en el castillo anunciando la hora.

Podría marcharme. Podría retirar mi oferta.

Podría buscar a otra persona con la que colaborar.

Podría controlar mis putas emociones. Pero, por muy frustrante que ella sea…

, la necesito para que me ayude a encontrar el corazón.

Si la wildling puede echarme una mano, pasaré cada momento del día y de la noche a su lado si es necesario.

De modo que voy a hacer lo único que siempre procuro evitar. Voy a mentir.

—Muy bien —asiento sabiendo que no voy a salvar a Grim, de ser eso lo que escoja. No es una mentira evidente, pero sin duda no es toda la verdad—. Entonces ¿hay trato?

El alivio le relaja los hombros y noto el pellizco de la culpa por mi engaño parcial.

—Hay trato —asiente.

—Bien.

Me acompaña a la puerta, esta vez con un paso más animado. Prácticamente va brincando. Más sentimiento de culpa.

—¿Cuándo empezamos? —pregunta.

—Ahora.

—¿Ahora?

Su voz delata pánico de nuevo. ¿Por qué? ¿Esperaba poder informar a Grimshaw de nuestro acuerdo? ¿Pensaba ir a buscarlo esta noche? Por alguna razón, la idea me molesta más que ninguna otra cosa.

Entorno los ojos.

—¿Hay algún problema?

Ella me devuelve una mirada asesina, verde flamígero.

—Bueno, pensaba meterme en la cama.

Mentira. Noto un sabor amargo en la lengua. Aún no se iba a dormir. ¿Qué tenía pensado hacer? ¿Con quién?

Debo de haber mostrado un amago de emoción, porque escudriña mi expresión y suspira.

—Bien. Deja que me vista. —Escoge uno de sus vestidos, que está tendido sobre una silla—. Si no te importa esperar fuera…

Pongo mala cara ante el tejido, pues sé adónde nos dirigimos y lo que vamos a hacer.

—No puedes ponerte eso.

La furia hierve en sus ojos.

—¿Ahora me dices cómo debo vestirme?

Qué persona tan irritante.

—Cuando salgamos juntos, nadie debe saber que eres la gobernante de Wildling.

Ella se pone tensa.

—¿Por qué?

Las verdades a menudo duelen. Se la digo de todos modos.

—A Lightlark no le gustas.

Frunce el ceño.

—¿Disculpa?

—Algunos de los seres más antiguos de la isla, los que todavía viven en las profundidades de Lightlark, piensan que las wildling los abandonaron quinientos años atrás.

Si perciben tu presencia u oyen rumores de que te encuentras en las inmediaciones de sus territorios, atacarán.

Y eso solo serviría para provocar derramamiento de sangre y un exceso de atención a nuestra empresa.

—Entonces, quieres que escoja otro tipo de atuendo.

No solo eso. Y tengo otras razones para mi petición que no le revelo. Me inclino hacia ella.

—No percibo tus capacidades, wildling.

Ella retrocede con una expresión aterrada.

—Entiendo que las enmascaras. Solo te pido que sigas haciéndolo cuando nos desplacemos por los islotes.

«Solo te pido que dejes de encandilarme, si acaso lo has intentado alguna vez», le estoy diciendo en realidad.

—Así pues…, ¿no quieres que use mis poderes?

Asiento. Con cierta desesperación.

Se muestra indignada, pero dice por fin:

—De acuerdo.

—Bien —respondo mientras echo un vistazo a las holgadas prendas que lleva puestas—. Con eso ya vas bien.

No, está claro que no emplea sus poderes conmigo.

Por que, en lugar de engatusarme, se dedica a enfurecerme.

No para de hablar. No para de hacer preguntas.

Empiezo a dudar de mi cordura. A cuestionarme si alguien puede ser tan fascinante y tan latoso al mismo tiempo.

A cuestionarme si merece la pena pasar por todo esto por romper las maldiciones.

Claro que la merece. Pero eso no hace que pasar tiempo con ella sea más fácil.

—¿Vas a fingir que no existo? —pregunta por fin hablándole a mi espalda.

Yo sigo andando, porque, sí, ese es el plan. Entonces la oigo detenerse, de manera histriónica. Siempre se comporta de manera histriónica, maldita sea. Me doy media vuelta para preguntarle si piensa ser tan pesada todo el camino, pero ya está hablando.

—Solo porque me hayas pedido que me pusiera esto —dice— y que no llevara esto —levanta la mano y hace algo impensable: propina un capirotazo a mi puta corona— no significa que yo no sea también la gobernante de un reino. Te exijo que me trates con respeto, majestad.

Se las arregla para que mi título suene ridículo.

Nadie, en siglos, ha osado hablarme en ese tono. Y ella, esta wildling, no tiene ni idea de con quién se está metiendo.

Acaba de darle un capirotazo a mi corona.

La fulmino con la mirada, todavía notando la leve vibración del golpe en el centro de la frente.

—Vamos a la tormenta —le digo con rabia antes de darme la vuelta para seguir andando.

Ella guarda silencio hasta que llegamos a la costa, donde la tormenta está paralizada. Doy un paso hacia el puente por las piedras y la oigo decir:

—No.

Me vuelvo a mirarla. ¿Qué mosca le ha picado ahora?

—¿No?

Desvía la mirada y yo recuerdo su vacilación en isla Firmamento. Le da miedo la pasarela con tantos huecos y su manera de oscilar con violencia al viento. Igual que me pasó a mí siglos atrás.

Oigo que mi voz se suaviza cuando le digo:

—Es seguro. Pero, si cayeras por alguna razón, obviamente te rescataría.

Ahí lo tiene. Puedo ser agradable. Pronuncio las palabras con la esperanza de que la aplaquen. Pero se limita a mirarme con desdén.

—¿Rescatarme? ¿Como hiciste el primer día?

La suavidad se extingue al instante.

—Sí, como te rescaté el primer día.

Tendría que haber imaginado que convertiría incluso algo como salvarle la vida en un motivo de reproche. Esta mujer conseguirá que pierda la cabeza.

Lanza una carcajada desagradable.

—¡Pero si fui a parar al agua! Y tú me abandonaste empapada en el balcón, como un trasto viejo, sin molestarte siquiera en comprobar que recuperaba la consciencia.

Cierro los puños. Debería haber dejado que muriera. Me habría librado de todo este sufrimiento.

—Es verdad que caíste al agua antes de que pudiera rescatarte, pero también tenías una herida en la cabeza y no te habrías despertado si yo no te la hubiera curado.

Endereza la espalda y saca el mentón.

—Acabas de reconocer que no me recogiste hasta que ya era casi demasiado tarde, así que, si quieres que cruce este puente, tendrás que caminar pegado a mí. Si yo caigo, tú caes.

Qué mujer más boba. Pero estamos perdiendo tiempo.

—Bien —respondo, y le agarro el brazo con más brusquedad de la que pretendía. Su cuerpo está rígido mientras cruzamos el puente. No tengo claro que ella esté respirando.

—Deprisa —susurra ella contra mi brazo, que aferra como si le fuera la vida en ello.

—Ya puedes abrir los ojos —le digo cuando llegamos al otro lado sanos y salvos. Le suelto el brazo a toda prisa.

Lo hace y prácticamente noto su alivio de saber que el peligro ha pasado.

De repente se detiene. Sus labios se entreabren. Yo sigo la trayectoria de su mirada, reparando en la rapidez con que he pasado de querer tirarla al precipicio a sentir interés en lo que ha captado su atención.

Está mirando la tormenta congelada a lo lejos, y su rostro refleja una expresión de asombro en lugar de miedo. Si supiera la cantidad de muertos que hay atrapados dentro, quizá no la miraría como si fuera algo hermoso. Y tal vez dejara de comportarse de un modo tan exasperante.

Me detengo delante del hueco, en la entrada al foso. Solo entonces su expresión refleja el miedo que requiere la situación.

—Yo bajaré primero, luego me sigues tú.

Cualquiera pensaría que le he pegado una espada al cuello, teniendo en cuenta su manera de mirarme por sugerirle que salte a un pozo cuyo fondo no se ve. Bien. Vamos a ver si confía en mí.

No importará que ella sea la clave para encontrar el corazón si no colabora conmigo. Hago ademán de saltar y ella me aferra por el codo. Me quedo quieto. Su piel… quema como si estuviera ardiendo.

—¿Hay algo… que vaya a detener mi caída?

Apenas logro articular la palabra.

—Obviamente.

—¿Estás… seguro?

No confía en mí. Pues claro que no…, pero ¿será capaz de hacerlo?

Suspiro. Empiezo a conocerla. Es orgullosa. Obstinada. No le gusta que la consideren débil. Así que digo:

—Miedo a las alturas. Miedo a caer. Miedo a los puentes. ¿Hacemos una lista de tus miedos, wildling?

Me asesina con los ojos y esa mirada… me gusta casi tanto como su sonrisa. Porque supone un desafío. Un duelo.

Veo que su miedo se muda en convicción.

—Adelante, rey.

Le sostengo la mirada cuando salto. La caída es rápida. Me detengo justo por encima del agua y aterrizo en la orilla. Seguro que ella quiere demostrarme que es fuerte.

O tal vez… me odie tanto como para quedarse ahí de pie toda la noche. El tiempo pasa despacio. Transcurren varios minutos y casi estoy convencido de que ha regresado al castillo. Entonces la oigo gritar y cae al agua.

Ha confiado en mí.

Noto prenderse una llama de esperanza. Quizá podamos trabajar en equipo. Puede que mi pueblo tenga una oportunidad.

Aunque no si se ahoga.

Le tiendo la mano para arrastrarla a la roca.

—Te has tomado tu tiempo —le digo, pensando en el poco rato de luz que tengo antes de que salga el sol.

«Quizá debería haber tenido en cuenta las consecuencias de ponerla a prueba de este modo», pienso cuando tira de mí con una fuerza sorprendente para ser alguien que ahora mismo tose agua como si estuviera al borde de la muerte. Me fulmina con la mirada a través de la cortina de pelo.

Cierra los puños. Los proyecta hacia atrás y…

¿Pretende golpearme? Es tal como yo sospechaba. No me teme. No me respeta. Y tan seguro como que hay infierno, no le caigo bien.

Le aferro las muñecas con facilidad antes de que pueda atizarme. Eso parece enfurecerla aún más, si cabe.

—Esto era una prueba, ¿verdad? —me grita. Está temblando—. Querías saber si confío en ti.

Por poco le suelto las manos de la sorpresa. Me ha descifrado de inmediato y con exactitud.

—Lo sabía.

Forcejea para zafarse de mis manos, pero no aflojo. Recibir un puñetazo en la cara no sería un buen comienzo en una situación ya tumultuosa.

Si esperaba que abandonara su actitud, me equivocaba. Escupe a mis pies y…

«Hasta aquí podíamos llegar». La ira se apodera de mí. Le lanzo una mirada asesina y tiro de ella para que se acerque. Le hablo con frialdad.

—Escúchame con atención, wildling. Me da igual no inspirarte simpatía. Pero, si vamos a trabajar juntos, tienes que ofrecerme un voto de confianza.

Ella me gruñe rabiosa.

—¿Cómo quieres que confíe en ti si todavía no me has dicho lo que estamos buscando?

Una vez más ha logrado que pierda el hilo de mis pensamientos por completo.

Porque tiene razón.

En primer lugar, acerca de que no confío en ella. Aprendí en la más tierna infancia que todo aquel que se acerca a mí miente de un modo u otro.

También está en lo cierto en que no ha presenciado ni un solo gesto por mi parte que la induzca a confiar en mí.

Le suelto las manos. No estoy acostumbrado a colaborar tan estrechamente con nadie ni en algo tan importante.

El título de «rey» es solitario. Nadie —ni siquiera los otros gobernantes de Lightlark— es capaz de entender la responsabilidad que ostento.

La verdad es de insensatos. Y, como rey, entraña peligro. Sobre todo porque esta wildling ha dado a entender de mil formas que es mi enemiga. Ha llegado la hora de averiguar si me equivoco o estoy en lo cierto, de una vez por todas.

—¿Vas a compartir con Grim lo que te cuente?

Silencio. Eso casi me informa de lo que necesito saber, pero necesito oírselo decir. Necesito que pronuncie la palabra.

—No —responde por fin.

Espero a notar el sabor amargo, el veneno de la mentira.

No aparece.

Me asaltan el alivio y el desconcierto a partes iguales. Esto significa que me equivocaba en todo lo que daba por supuesto sobre ella. Pero, si no está colaborando con Grim, ¿por qué él la ayuda? ¿A qué ha venido el nightshade siquiera? ¿Y qué planea ella?

No sé nada. Es lo único que tengo muy claro. Solo sé que, en este preciso instante, Isla Crown no me miente. Así que decido contarle la verdad.

—Estoy buscando el corazón de Lightlark.

Me mira con perplejidad.

—¿El qué de Lightlark?

Le hablo del corazón. Le muestro el oasis en el que hemos aterrizado, lleno de plantas procedentes de toda la isla. Las estudia una a una y me dice a qué ser vivo sería más propenso a vincularse el corazón.

Sabe mucho de plantas. Sus conocimientos son impresionantes. Y útiles.

Y, aunque me llama lunático cuando le sugiero que tendremos que salir de la cueva volando; aunque me clava las uñas en la piel y me grita en el oído mientras nos elevamos por los aires; aunque murmura amenazas y maldiciones contra mi piel; aunque la dejo en el suelo para que vuelva andando a casa —frustrado a más no poder—, no me arrepiento ni un instante de haberle pedido que colaborara conmigo. En realidad, no.

Y esa, quizá, sea la revelación más peligrosa de todas.