Capítulo 20. Verdad
M i m adre me legó el amor por el té y me enseñó cuanto pudo sobre sus propiedades.
Intento no concentrarme demasiado en la wildling y en cómo se le ilumina el rostro cuando bebe un sorbo de una de mis variedades favoritas.
Esto no trata de ella. Ni de mí. Esto trata del futuro de la isla.
Del futuro de todos aquellos que he querido alguna vez.
—Vuestro mayor secreto está escrito en las hojas —les digo a los gobernantes cuando terminan de beberse el té. Observo sus reacciones—. Quien comparta su secreto gana mi prueba.
Cada uno de los participantes tiene delante tres tazas de té. La starling es la primera en abandonar. Qué raro. ¿Qué secreto podría estar ocultando la joven gobernante? Azul es el siguiente.
Sin embargo, mis ojos están fijos en la wildling. En las señales sutiles del pánico que la embarga: su manera de tocarse las puntas de la cabellera. Sus labios ligeramente entreabiertos.
Aprieto los dientes y reprimo a duras penas las ganas que tengo de precipitarme hacia ella para leer su secreto.
Albergo esperanzas de que cometa un desliz e intente ganar la prueba.
No le serviría de nada, ya lo sé. Cleo y yo estamos empatados.
El triunfo de Isla no cambiaría gran cosa.
A pesar de todo, no pierdo la esperanza.
Pero no es tonta. Con los músculos tensos, veo a Isla empujar sus tazas al suelo. Su secreto —el mismo que me obsesiona desde hace semanas— se hace añicos.
Grim es el siguiente. Me mira como si anhelara mi muerte tanto como yo anhelo la suya. «Bien». A continuación empuja su taza por el borde de la mesa.
Solo quedamos Cleo y yo. La moonling tiene un secreto. ¿Qué le importa más? ¿Mantenerlo oculto o ganar? Espero que sea lo primero, pero la lunar me ha sorprendido otras veces. Le sostengo la mirada mientras espero.
Finalmente tira las tazas al suelo.
He ganado la prueba. Me toca a mí formar las parejas. Relajo los hombros cuando el alivio me inunda, aunque estoy a punto de revelar mi mayor secreto.
No me sabe tan mal como esperaba. No hay secretos que merezca la pena guardar, razono, si se interponen entre la vida y la muerte. Las maldiciones tienen que terminar. Es lo único que importa.
—Me.
Dejo caer la primera taza.
—Estoy.
Allá va la segunda.
Levanto la vista… y esos ojos me atrapan. Los que pueblan mis pensamientos en la vigilia y me atormentan en sueños. No pretendía mirarla, pero ahí está. No despega los ojos de mí.
Frunzo el ceño y le sostengo la mirada mientras pronuncio la última palabra y la más importante que se lee en las hojas.
—Muriendo.
Cunde el pánico, como cabía esperar. Y eso que no son ellos los que están muriendo.
Pronto llega el momento de formar los equipos. He sopesado todas las opciones. Cada una de las alianzas. Cada una de las ventajas y consecuencias.
Mi objetivo es encontrar el corazón de Lightlark.
Y sé quién puede ayudarme a encontrarlo.
No estoy obrando bien. Noto el desacierto de esta elección y todas sus posibles reverberaciones por más que trato de justificarla.
Cualquiera menos ella. Debería escoger a cualquiera menos a la wildling que habita en mi pensamiento.
Pero la conexión de su reino con la naturaleza y el conocimiento que demostró al reconocer la erupción de mi mano hacen de ella la persona idónea para ayudarme a encontrar un corazón vinculado a algo vivo. Ella es mi última esperanza.
O mi último error.
Cuando llega el momento de elegir pareja, las palabras salen de mis labios antes de que pueda pensármelas mejor:
—La compañera que escojo es Isla.
Golpeo con los nudillos la puerta de la wildling al mismo tiempo que me pregunto si no estoy a punto de cometer la tontería más grande de mi vida. La puerta se abre de inmediato y allí está ella, ya con la boca abierta para hablar.
Entonces descubre que soy yo y sale al pasillo. Me mira con los ojos como platos. Por lo que se ve, esperaba a otra persona.
¿A quién? ¿A Grimshaw?
La irritación me hace arder la piel, pero me la sacudo de encima. Muy pronto sabré si está conspirando contra mí con el nightshade.
Y ahora mismo… ella y yo formamos equipo.
Esto es por el bien de la isla, pero nada justifica que la mire fijamente tanto rato.
Porque tiene un aspecto distinto. Otra faceta suya al descubierto. Parece tan solo… una mujer. Los afeites han desaparecido de su rostro, lleva la cabellera recogida y las ropas no se ajustan a su cuerpo.
Tiene el valor de mostrarse enojada.
—¿Es su costumbre visitar a los gobernantes a medianoche?
Si acaso precisaba un recordatorio de que ella me saca de quicio, ya lo tengo.
—¿Puedo entrar?
El tono de su respuesta proclama a los cuatro vientos lo mucho que le decepciona formar equipo conmigo.
—¿Por qué no?
Se aparta a un lado y yo entro esperando ver todo lo que me ha estado ocultando.
En vez de eso encuentro… un desastre. Prendas de ropa por todas partes. Infinidad de tazas con restos de infusiones.
La puerta chasquea al cerrarse. Me doy media vuelta y la veo ahí mirándome, no con el respeto que estoy acostumbrado a recibir como rey, sino con fastidio.
—¿Sí? —me pregunta en un tono que rezuma desdén.
Arrepentimiento. Ya noto el mordisco en la carne.
—He venido a proponerte un trato.
Su expresión permanece impertérrita, pero percibo intranquilidad en su voz cuando pregunta:
—¿Ah, sí? ¿Y qué me propone?
Qué voz. Siempre hermosa, incluso cuando las palabras rezuman veneno.
Despejo una silla.
—¿Te importa? —pregunto, aunque es mi maldito castillo. Ella asiente, todavía fulminándome con la mirada, y yo tomo asiento.
Esto va a ser agradable, ya lo noto.
—Tengo una teoría sobre las maldiciones en la que llevo trabajando medio siglo. Y creo que tú podrás ayudarme. Verás, necesito a alguien que posea conocimientos sobre la naturaleza. Y está claro que tú los tienes.
Me mira como si no se fiara de mí. Eso es nuevo. A lo largo de los siglos he llegado a ser conocido por mi honestidad más que por ninguna otra cosa. Pero me mira como si le mintiera, como si fuera a engañarla.
«Como si ella misma no fuera una embustera».
—¿Y qué trato propone? —pregunta finalmente.
—Conoces tan bien como yo el penúltimo verso del acertijo del oráculo.
Uno de nuestros reinos debe caer para que se rompan las maldiciones.
—Asiente—. Como compañero tuyo, no puedo hacerte daño.
—Lo dictan las reglas, para fomentar el trabajo en equipo—.
Y, si me ayudas a encontrar lo que busco, haré lo que pueda para protegerte de los otros gobernantes.
Me parece una propuesta justa. Estoy complacido conmigo mismo. Me arrellano en mi butaca, esperando gratitud.
En vez de eso, me fulmina con la mirada.
Me quedo atónito. ¿Acaso no se da cuenta de que acabo de tenderle una mano en esta competición? ¿No es consciente de que la estoy salvando? Su ira me enfurece. No debería haber venido a su alcoba. No debería haber pensado que la wildling podía entrar en razón.
Es cautivadora y fascinante de contemplar. Es un misterio en evolución constante. Tiene unos ojos capaces de rivalizar con cualquier belleza de este mundo.
También es increíblemente cargante.
Renuncia a las formalidades.
—¿Tú me ofreces protección a mí? Pensaba que te estabas muriendo.
Sí. Cargante como ella sola.
Mi propia ira se dispara: la noto calentándome la piel. Me agarro a los bordes de la silla con tanta fuerza que temo romperla. ¿Se cree que todo esto es una broma? ¿No comprende que mi muerte condenará a miles de personas?
—¿Hay trato o no, wildling? —le espeto.
La pregunta le arranca una sonrisa de suficiencia. Y eso me enfurece aún más, si cabe. También me lleva a cuestionarme de nuevo si realmente alguna vez ha intentado seducirme. No es posible que ese sea su plan. O quizá solo sea incapaz de mostrarse agradable mucho rato seguido.
Mi rostro debe de reflejar desdén, pero ella se limita a sonreír.
—Te asqueo, ¿no es cierto? —pregunta. Da un paso hacia mí—. ¿Es por el asunto de los corazones?
Frunzo el ceño, porque sí, esa parte de su maldición me asquea. Su sonrisa se ensancha.
—¿O por los vestidos? —continúa.
Me esfuerzo al máximo en no pensar en el vestido que llevaba puesto cuando se cayó del balcón, empapado de agua y pegado a su piel. O en todos y cada uno de los que ha lucido desde entonces. Los tengo todos grabados en la memoria, como si fuera un maldito sastre.
—Qué pena que la única persona capaz de prestarte ayuda con tu teoría sea alguien que te inspira tanta repulsión.
Me pongo de pie y avanzo un paso hacia ella con los puños cerrados.
«Sí —pienso—. Me asqueas». Me asquea el hecho de que no sea capaz de dejar de pensar en ti. Me asquea haberte estado siguiendo durante semanas y que no lo sepas.
Me asquea que seas mi enemiga y que, a pesar de todo, te hayas apoderado de mis pensamientos durante la vigilia y me atormentes en sueños.
—Me estás haciendo perder el tiempo —le digo entre dientes, y la frase contiene más de un sentido—. ¿Hay trato o no?
Lo medita. Luego dice lo último que podía esperarme.
—Hay trato si me garantizas la seguridad de un segundo reino, el que yo elija.
«Un segundo reino». Cómo no. Se refiere a Nightshade. A Grim. Ya lo sospechaba, pero tener la prueba me provoca de nuevo una sensación gélida en la piel.
—¿Tienes alguno en mente?
Necesito que lo verbalice. Necesito que me lo confirme de una vez por todas.
Se encoge de hombros. No responde y eso resulta elocuente en sí mismo. Se limita a decir:
—Si te ayudo a romper las maldiciones, al menos debería poder decidir qué otro reino merece salvarse. Y, teniendo en cuenta que me necesitas…, diría que hay espacio para la negociación.