Capítulo 19. Deseo
A medida que mis emociones empiezan a manifestarse, también lo hacen los recuerdos.
Llevan largo tiempo enterrados. Ahora recuerdo fragmentos sueltos de mi infancia. Me acuerdo de Elk, mi maestro wildling. Recuerdo que me hablaba de las plantas con reverencia. Me acuerdo de que mi madre le hablaba a su jardín, como si las flores pudieran oírla.
El corazón de Lightlark florece de vez en cuando y siempre está vinculado a algo vivo, según dicen los pocos textos que he encontrado sobre el asunto. Desde que lo supe, he explorado todos los bosques de la isla, siempre sin éxito. Es como si el corazón se escondiese para que no lo encontrara.
La wildling no abandona el palacio esta noche y yo ya estoy despierto, así que vuelo a isla Firmamento y exploro otro prado.
Perdido en mis pensamientos, me tropiezo con una planta urticante.
Maldiciéndola —y a la wildling, por invadir mis pensamientos—, vuelo de regreso a casa.
Solo una hora más tarde, cuando la luna todavía brilla en el cielo, llega la invitación.
Moonling. La prueba de Cleo.
Como era de esperar, va a sacar a todo el mundo de la cama para su presentación.
Cuando llego al estadio, descubro que lo han transformado en un gélido laberinto acuático.
Noto el hielo resbaladizo bajo mis pies.
Hace siglos, el helor me habría dejado aterido.
Ahora apenas representa una molestia. Busco mi fuego.
La wildling, por el contrario, está temblando en la plataforma contigua a la mía. Intento no prestarle atención. Hago lo posible por no escuchar el castañeteo de sus dientes.
Ella, por lo que parece, sí me presta atención a mí.
—Giselia, mal asunto —dice, y yo me vuelvo a mirarla sobresaltado. Está observando mi brazo, el sarpullido que me ha provocado la planta venenosa.
—¿Sabes lo que es?
Nunca he visitado los nuevos territorios wildling. Sé que algunas silvestres llevaron semillas consigo, pero me sorprende que esté familiarizada con una planta que crece en isla Firmamento.
—Claro. ¿La hoja tiene cinco puntas? ¿Con manchas verdes? ¿Y los brotes son amarillos?
Asiento.
—Es giselia. Venenosa. Provoca urticaria y pesadillas.
La miro de hito en hito, estupefacto.
Ella esboza un atisbo de sonrisa, y qué sonrisa. Se prende a algo que habita en mí y tira de ello. Su sonrisa es como un atardecer: algo que merece la pena esperar y de lo que es imposible apartar la vista. Un acontecimiento que convierte el resto del mundo en pequeño e insignificante.
—Vale, puede que eso de las pesadillas solo fuera un truco de mis guardianas para que me mantuviera alejada.
— Me acuerdo de las rosas doradas que mi madre solía dejar en mi almohada y en la de Egan con el mismo fin—.
Se lo tiene que tratar con un ungüento hecho de leche, pasta de tomate, miel, corteza de sauce, ceniza y moras machacadas.
¿Por qué me ayuda? Se lo agradezco entre dientes, porque es lo que toca.
—Gracias.
Doy por terminada la conversación.
Entonces me mira entornando los ojos verdes.
—La giselia solo crece en el corazón del bosque, allí donde los árboles son tan abundantes que se rozan entre sí. ¿Qué estaba haciendo en un lugar así, en el nombre del reino?
Me quedo atónito. Es perspicaz. Ya lo creo que sí.
El inicio de la prueba me libra de tener que responder. Y entonces el agua fría me calma la piel irritada.
La presentación de Cleo es una prueba relativa al deseo. Y tengo la sensación de que me ha desafiado en el mismo instante en que he pisado la pista.
Al final del laberinto hay pizarras que reflejan cada una de nuestras mayores aspiraciones. Si somos sinceros con nosotros mismos, sentiremos su fuerza de atracción. Llevaremos a cabo la prueba con más rapidez.
Noto el amarre. E, igual que me pasó durante la exhibición starling, siento la intensa necesidad de saber lo que dice, para poder vencerlo. Los deseos no son nada más que hermosas distracciones.
Mientras surco las aguas nadando a toda velocidad, consciente de que tengo que superar esta prueba, solo puedo pensar en esa sonrisa.
Y no quiero pensar en ella.
«No quiero pensar en la wildling».
Entonces ¿por qué no puedo dejar de hacerlo?
Debo de estar notando el efecto de su hechizo, pero nunca había sucumbido a él. Siempre había vislumbrado las mentiras que ocultaban los intentos de seducción de otras silvestres. Y, bien pensado, en realidad ella no ha intentado nada.
Lo único que hizo fue cantar… para sí. Y… ¿mirarme? ¿Y sonreír?
No. Ninguno de sus gestos ha sido demasiado especial siquiera. Ella no es especial, me digo.
No es fascinante.
No la deseas.
Noto el sabor amargo mientras me sumerjo para doblar un recodo, siguiendo el hilo del deseo, y trago un gran sorbo de agua fría.
Me acuerdo de lo que me dijo Calder hace siglos. Tenía razón.
¿Acaso no son esas las peores mentiras? ¿Las que nos contamos a nosotros mismos?
Mi desesperación aumenta, mi necesidad de saber. ¿Qué quiero de ella? ¿Qué quiero a la postre? Una vez que lo sepa, podré cambiarlo. Podré enterrar el deseo. Podré solucionar el problema y concentrarme por fin en salvar la isla.
Suena una campana en el instante en que llego al final. Echo mano de mi pizarra y me la pego al pecho con firmeza. Solo cuando he recuperado el calor, en la intimidad de mi alcoba, me concedo permiso para mirarla.
Noto un gran peso en el pecho. Mi mayor deseo podría ser una sentencia de muerte.
En la superficie se lee «amor».
Pensaba que había aprendido hace tiempo a no formular preguntas cuya respuesta no quiero conocer. A veces, cuando conoces la verdad, empiezas a desear haber creído las mentiras. La verdad, la mayoría de las veces, es decepcionante.
Debería haber destruido esa maldita pizarra antes de leerla. Solo ha servido para confundirme.
No puedo desear amor. No en este momento. Ni nunca, teniendo en cuenta los errores de Egan. El amor es peligroso para los gobernantes. ¿Cómo voy a confiarle a nadie esa clase de poder sobre mí?
Enamorarme es lo más egoísta que podría hacer. Pondría en peligro a la isla al completo.
En particular ahora, cuando está al borde de la destrucción.
Yo no soy como mi hermano. No puedo permitirme ser como él.
Dejo de observar a la wildling noche tras noche. Y, cuando llega la luna llena y sé con seguridad que se encaminará a isla Luna, le pido a Zed que la siga en lugar de hacerlo yo.
Diría que la orden le extraña, pero no dice gran cosa.
Me mantengo alejado de la wildling con la intención de no pensar en ella, pero me sorprendo mirando fijamente su balcón, aferrado al alféizar de mi ventana con tanta fuerza que se desmenuza el borde de piedra. Zed regresa por fin.
—¿Y bien? —le pregunto casi sin atreverme a mirarlo, por miedo a lo que pueda ver en mi rostro. ¿Preocupación? ¿Curiosidad? ¿Esperanza en que me confirme que realmente se trata de una malvada villana con intenciones de acabar conmigo, para poder librarme de la extraña obsesión que tengo con ella?
—Ha escalado la parte exterior de una torre de treinta metros con las manos desnudas.
Resoplo por las narinas. Una sonrisa baila en las comisuras de mis labios. «Asombro e ira». Ira porque se podría haber partido la crisma.
Asombro… porque no ha sido así.
—¿Y? —pregunto obligándome a adoptar un tono indiferente.
—Ha desarmado a unos cuantos guerreros moonling. Los ha encerrado en un armario… y ha salido corriendo.
—¿A dónde?
—Directa a la biblioteca.
Ah. Eso confirma mis suposiciones relativas a isla Firmamento. Está inspeccionando las bibliotecas. Pero ¿por qué?
Por fin me vuelvo a mirarlo. El skyling está recostado contra mi puerta con los ojos clavados en mí. Hay un atisbo de guasa en su semblante, como si se imaginara por qué le he pedido que la siguiera.
—No tengo toda la noche —le espeto. Mi respuesta solo sirve para ensanchar su sonrisa.
—Debe de ser aún mejor escapista que yo, porque Cleo ha irrumpido en la biblioteca y no ha encontrado nada. La wildling ha escapado sin dejar rastro. He mirado por todo el perímetro. No había huellas…, nada.
Mi gesto se crispa. Recuerdo que Grim la escondió de Cleo en otra ocasión.
—¿Es posible que Grimshaw estuviera con ella?
—Ya lo he pensado —responde Zed—. No lo creo. No he oído nada sospechoso.
Bien saben los dioses que no sería capaz de mantener la maldita boca cerrada durante horas.
—Nadie ha informado de que le haya visto —continúa—. Además, si estaba allí, ¿por qué no hacerla invisible todo el tiempo? ¿Por qué esperar hasta el final?
No estoy seguro. Ya no estoy seguro de nada.
—Gracias —le digo antes de despacharlo. Me vuelvo hacia la ventana y me aferro al alféizar aún con más fuerza, si cabe.
Secretos. Alberga numerosos secretos.
Se acabó el seguirla a todas partes. Se acabó el pedirle a alguien que la siga. Se acabó el formularme preguntas sobre sus secretos y los de todos los demás.
Me toca preparar mi prueba.