Capítulo 18. Observar y esperar #2
Me siento en lo alto del castillo, con vistas a la escalinata de la entrada, con la intención de ver adónde se dirige a continuación. Mucho después de la medianoche, atisbo un movimiento rápido y un pelo azul. ¿Azul?
Se ha disfrazado, pero la reconocería en cualquier parte. Vestida de cualquier color. Enfundada en cualquier prenda. Su manera de moverse está grabada a fuego en mi alma. La he memorizado como un mapa y yo soy el viajero. La he estudiado como un texto y yo soy el académico.
Me estoy convirtiendo en un maldito experto en ella.
Y, sin embargo, tengo la sensación de que podría estudiarla por toda la eternidad sin cansarme.
Estoy enloqueciendo. Soy muy consciente. Pero no me puedo quitar esa imagen de la cabeza. Ella, en mi rincón favorito. Sus ojos rebosantes de fuego, tal como los vi cuando me arrancó la corona de la cabeza.
Su fuego interior ha prendido mi propio fuego. Y no estoy seguro de si voy a iluminarme… o a quemarme.
No puedo fiarme de ella, oculta demasiados secretos. Podría estar colaborando con Grim. Esta noche se ha disfrazado de skyling y pienso averiguar el motivo.
La sigo desde arriba mientras ella recorre la isla principal con un gesto decidido en el rostro. Varias veces me siento tentado a posarme en el suelo ante ella y preguntarle qué está haciendo; me gustaría saber qué responde.
Pero, si soy sincero, solo aspiro a oír su voz.
Aunque me mienta.
Su voz es una maldición. Es una gracia. Necesito saber cómo han hecho mella en mí sus habilidades de tentadora wildling, si no percibo ningún otro poder en ella. Los camufla, pero ¿cómo lo hace?
Todo en ella es un misterio.
Por fin llega a isla Firmamento y de inmediato se topa con un skyling. Frunzo el ceño. Es muy torpe, teniendo en cuenta lo bien que se le da luchar. ¿Acaso no ve lo que tiene delante de las narices? ¿O se sume en sus p ensamientos hasta perder el mundo de vista, como me pasa a mí?
Observo la escena, hipnotizado, mientras me pregunto si el skyling detectará que tiene delante a una farsante, y qué hará ella si eso sucede.
Qué haré yo si eso sucede.
Pero no la desenmascara. Y, mientras ella cruza el precario puente, no se me escapa el agitado sube y baja de su pecho.
Tiene miedo. Igual que yo la primera vez que crucé una pasarela.
A pesar de todo, sigue avanzando. Camina con la espalda recta y la barbilla alta. Nadie notaría que está asustada a menos que la conociera. Lo disimula bien. Me inunda el orgullo cuando llega al final y me lo sacudo enfurruñado. «Me miente. No estoy orgulloso de ella». Ni siquiera la conozco.
Eso es más que evidente mientras la sigo, con cuidado de que nadie me vea, hasta que ella entra en el castillo skyling. ¿Por qué en el castillo? Me planteo si aterrizar y seguirla a pie, pero mi presencia atraería demasiada atención. Espero. Al poco la veo salir enfadada.
Lo noto en la posición tensa de sus hombros, en sus dedos agarrotados.
Está disgustada. Debía de estar buscando algo, deduzco, y no lo ha encontrado.
Me devano los sesos tratando de adivinar qué puede haber escondido en el castillo skyling.
Ese pueblo se rige por una democracia. Todo, incluido el conocimiento, se comparte libremente…
¿Acaso ha estado allí? ¿En la biblioteca?
La sigo de regreso al castillo de la isla principal y, en esta ocasión, me poso en la tierra. Estos son mis dominios: a nadie le sorprenderá que esté aquí. A pesar de todo, espero unos minutos antes de seguirla al interior.
No me cuesta demasiado dar con ella. Conozco el camino a su alcoba, pero, aunque no fuera así, sus pasos son inusualmente ruidosos. Está frustrada. Se percibe en sus movimientos. Todavía va disfrazada. Se está poniendo en peligro. Cualquiera que viera esos ojos la reconocería. ¿O no?
¿Acaso los demás no sueñan con ellos, como yo?
No debería importarme que la pillen. Deberían pillarla si se empeña en ser tan imprudente, maldita sea.
Apuro el paso. Quizá al oír que me aproximo se dé cuenta de que está haciendo mucho ruido. Veo un destello blanco al doblar un recodo, justo delante de mí.
«Cleo». No me ha visto…
Pero ella ha visto a Isla.
El miedo me revuelve las tripas. De nuevo pienso que no debería importarme, pero recuerdo las palabras de Juniper. Muchas personas desean la muerte de la wildling.
Va contra las reglas matar a un gobernante antes del quincuagésimo día. Sin embargo, no me sorprendería que Cleo las rompiera.
Camino más rápido.
Distingo los pasos de ambas. Isla empieza a apresurarse.
Se ha percatado de que Cleo la sigue. Bien, pienso, de nuevo embargado por ese orgullo conflictivo.
Cleo también acelera. Gira un recodo, detrás de Isla, directa a una pequeña sala donde podrá acorralarla, y yo me imagino posibles desenlaces y me pregunto si acaso es posible que esto no termine mal.
Pero entonces la moonling se detiene. Avanza unos pocos pasos, y yo espero a oír sus voces antes de decidir si debo intervenir.
Silencio. Pasa un momento. El instante se alarga.
Cleo abandona la sala frunciendo el ceño. Como si no hubiera encontrado a Isla.
Es imposible. La sala es exigua. No tiene dónde esconderse.
A menos que…
Cuando Cleo se ha alejado lo suficiente en sentido opuesto, doblo el recodo y me acerco a la estancia sin hacer ruido. En ese momento oigo voces. Cómo no.
«Grim». Está con ella. Otra vez.
Las llamas envuelven mi piel. La ha invisibilizado, la ha salvado. De nuevo. Cualquier duda que pudiera albergar de que esos dos estén colaborando se esfuma.
Aguzo los oídos, pero solo oigo fragmentos de susurros. Y nada de lo que dicen me confirma que estén conchabados. En cualquier caso, diría que ella no quiere saber nada del nightshade. Sonrío a pesar de todo.
Eso no significa que no estén aliados. No debo olvidarlo. Avanzo un paso más.
Antes de que llegue a oír otra palabra, ella sale como una exhalación. No me ve cuando dobla en sentido contrario.
—No te consideraba la clase de persona que escucha conversaciones ajenas —me dice Grim con retintín desde el extremo opuesto de la estancia.
Entro en la sala y lo veo recostado contra una de las columnas de piedra, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo.
—¿Eso era? ¿Una conversación? Porque sonaba a una banda.
Grim se limita a ladear la cabeza.
—Entrará en razón. Con el tiempo.
Realmente lo cree.
Antes de que yo pueda responder, desaparece entre las paredes y yo me quedo solo, preguntándome por qué tengo más ganas que nunca de asesinarlo.
Grimshaw no tarda demasiado en demostrar hasta qué punto es un canalla.
Sucede durante la presentación de la wildling, en la que rehúsa públicamente participar. Afirma que no tiene «nada provechoso que ofrecer» al pueblo de Lightlark.
Es verdad.
La wildling está enfadada. «Bien». Me alegro de que vea al nightshade tal como es. Un villano. Un egoísta.
Le toca a ella. Y, como si los dioses se rieran de mí por la extraña fascinación que me inspira, se vuelve a mirarme.
—¿Sería tan amable de encender un fuego? —me dice. Su petición me irrita sobremanera.
«Deja de hablarme». Tu voz ya ocupa suficiente espacio en mi mente.
«Deja de pedirme cosas», me gustaría decirle. Temo lo que pudiera llegar a darte.
Creo una columna de fuego en el centro de la arena solo para que deje de mirarme. Y entonces ella hace algo impensable.
Introduce el brazo en las llamas.
Me ruge la sangre con la necesidad de apartarla. Apenas soy capaz de resistir el impulso de separarla del fuego, pero no lo hago. Sabe lo que hace.
Espero que sepa lo que hace.
No llora. No grita, aunque veo cómo su piel se derrite al separarse del hueso.
Es fuerte. Es valiente.
Es una idiota.
Gritos de horror estallan en las gradas, hasta que por fin aparta el brazo. Yo respiro aliviado. A continuación, mi mandíbula se desencaja al ver las cintas de piel, la carne viva, el hueso expuesto.
Con un gesto crispado, decidida a no emitir siquiera un gemido de dolor, extrae un pequeño frasco lleno de un líquido denso.
Arranca el tapón con los dientes y vierte el contenido sobre su brazo.
La piel le vuelve a crecer con más rapidez que en cualquier proceso de sanación moonling que yo haya presenciado.
Me inunda el asombro mezclado con furia. Una combinación con la que estoy familiarizado en lo relativo a ella.
Ha sido una presentación potente, espectacular. Ella lo ha querido así. Es evidente que la wildling desea que el resto de la isla repare en el valor de su reino.
Pero ha pagado un precio muy alto.
Debe de tener mucho que perder. Debe de estar dispuesta a todo con tal de ganar. Oculta secretos, lo sé.
Y, a partir de este momento, me impongo la misión personal de descubrirlos.