Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 18. Observar y esperar
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Capítulo 18. Observar y esperar

P rimero la wildling me deja ganar en el duelo de espadas. Luego me usa como objetivo durante la exhibición de Azul.

Sospecho que colabora con Grim…, pero eso no es todo. Lo noto en los huesos. Oculta algo, estoy seguro. Y averiguaré qué es.

Podría haberle pedido a Zed que la siguiera o que contactara con su red de espías, pero esto se me antoja personal. Yo la salvé, al fin y al cabo. ¿Volveré a arrepentirme de haber ayudado a otro gobernante?

Vigilo su balcón desde el mío. Veo parpadear el fuego de su hogar; atisbo su silueta a través de las cortinas. Luego… la veo desaparecer.

Son las tantas de la noche. Se marcha.

La sigo desde el cielo, volando en círculos, pero ella se limita a visitar el ágora. También está vigilando algo: no tengo claro qué es.

Visita el ágora cinco veces y yo la acompaño desde las alturas, observando cada uno de sus movimientos. Me familiarizo aún más con sus costumbres. Entonces la veo entrar sigilosamente en el bar de Juniper.

Cómo no. El tesorero de secretos. ¿Por qué lo visita? ¿Qué anda buscando? ¿Qué secretos ofrecerá a cambio de información? Debería irme a dormir. Debería estar haciendo cualquier otra cosa, pero me quedo hasta que se marcha y luego la sigo de vuelta al castillo.

Después de eso visito a Juniper.

—Majestad —me dice con alegría, en absoluto molesto por el hecho de que hace un momento haya estado a punto de derribar su puerta—. ¿Qué va a ser? ¿Ron? ¿Vino?

—Ninguna de las dos cosas —respondo a la vez que me inclino sobre la barra—. Sé que la wildling estuvo aquí.

Su sonrisa se dilata y un destello de curiosidad asoma a sus ojos.

—Sí, sí. Una auténtica joya, ¿verdad? Y muy lista. Supongo que queréis saber qué me preguntó.

Asiento.

—Ya conocéis el precio.

Entorno los ojos.

—Soy tu rey.

Encoge un hombro.

—En ese caso, yo soy un simple cantinero.

Estoy a punto de estrangularlo: no tengo tiempo para jueguecitos. Luego pienso en lo que le dije a Enya. «Me estoy muriendo. ¿Por qué no revelar todos mis secretos?». Libro una breve lucha interna antes de rasgarme la manga por encima del bíceps para mostrar mi mancha.

—Me estoy muriendo. ¿Contento?

Juniper no parece tan preocupado como debería. En vez de eso, se muestra complacido.

—Ese secreto sin duda supera al de ella —dice—. La wildling quería información sobre isla Luna. Cómo entrar sin ser detectada.

¿Isla Luna? Yo sospechaba que quería información sobre mí, sobre el castillo, sobre algún modo de traicionarme. ¿Para qué quiere entrar en el territorio de Cleo?

—Gracias —digo.

Antes de que me marche, me retiene un momento.

—Como sois el rey, tengo que deciros una cosa: la wildling es un objetivo. Pesan sobre ella amenazas de múltiples reinos. Quieren verla muerta.

«Muerta». No sé por qué esa palabra, pronunciada en relación con ella, me hace aferrarme a la barra del bar.

—¿Se lo has dicho a ella? —le pregunto. El cantinero niega con la cabeza—. Entonces ¿por qué me lo cuentas a mí?

Encoge los hombros.

—El secreto que habéis intercambiado era mejor que el suyo.

La starling ofrece su demostración en la sala de cristal. Hacía siglos que no recorría estos pasillos y tengo buenas razones.

Mi familia está aquí. Sus retratos cuelgan de las paredes.

Intento apurar el paso, pero la pintura de mi hermano me atrapa y me quedo mirándola, paralizado. Una sensación gélida me resbala por la columna vertebral.

Él estaba aquí mismo. Esos ojos estaban vivos, preparados para vivir una larga existencia. Eran audaces y feroces.

Aún más después de que se enamorara.

«Amor». Siempre nos previnieron contra ese sentimiento, aunque no estaba prohibido enamorarse. Mis padres nos enseñaron que el amor era peligroso para los gobernantes, aunque también infrecuente.

Mis padres no estaban enamorados. Sospecho que mi padre amaba a mi madre, pero su deseo de controlarla era mayor.

Ella, por lo que se veía, se limitaba a soportarlo, por nuestro bien y por sentido del deber.

La única vez que vi una verdadera conexión entre los dos fue en el campo de batalla.

Así se conocieron: entrenando. Mi madre lo ganó en un duelo y él, de rodillas, le rogó que volviera a hacerlo. Y otra vez. Y otra.

Siempre decía que nunca la ganó en un duelo, pero que la ganó a ella.

Como si mi madre hubiera sido un premio, como si fuera una posesión.

Luego la encerró en el castillo. Durante años, le prohibió participar en las batallas.

La luz de mi madre parecía atenuarse con cada década que pasaba.

Cuando murió, brillaba con toda su intensidad.

Luchó al lado de su marido, el rey, solo porque sabía que nuestras fuerzas la necesitaban si querían tener alguna posibilidad de ganar.

—Insensato —le digo al retrato de mi hermano al mismo tiempo que alargo la mano para tocarle el corazón—. Te echo de menos. Ojalá estuvieras aquí, t ú sabrías qué hacer.

La sala se llena con rapidez. Consejeros, nobles y otros sunling de la corte me rodean entre murmullos. Hacen predicciones. Me ofrecen un cumplido tras otro por mi transmutación en oro, y todo ello me recuerda el orgullo en los ojos de mi padre cuando maté al sirviente.

Aunque la vergüenza y el sentimiento de culpa nunca me han abandonado, hacía años que no pensaba en ello. Las maldiciones han desviado mi atención del dolor, de mis propias emociones.

Ahora noto que están resurgiendo, como si una podero sa corriente removiera el fondo del mar y lo arrastrara todo a la orilla.

Es peligroso.

Mis sentimientos no son importantes. No deberían serlo.

Cuando la wildling entra en la sala, cierro los puños; pienso que ha sido ella la que ha provocado esta agitación en mí.

La starling, Celeste, se encamina al centro de la sala.

—Mi presentación es un desafío al miedo. Quienquiera que sea el primero en conquistar su mayor miedo será el ganador.

A continuación retira el velo que cubre un enorme espejo. La luna parece temblar. Nunca había visto una reliquia como esa.

—¿A quién le gustaría empezar?

«Un desafío al miedo».

Doy un paso adelante. Mis sentimientos me distraen… y también mis miedos.

Quiero que el espejo me diga qué me inspira más temor para poder erradicarlo.

Pego la palma de la mano al espejo y el cristal ondea bajo mi piel como si fuera agua. Luego se queda quieto…

Y yo cruzo al otro lado.

Estoy en mitad de una ventisca. Los copos blancos me emborronan la visión. Intento crear un fuego, pero no puedo. He perdido los poderes. Vuelvo a estar en el entrenamiento moonling con Calder, incapaz de prender una mísera ascua.

«Busca tu fuego».

Lo intento, pero no lo consigo. No está ahí y cada vez hace más frío.

Sigo andando hasta que no puedo continuar.

Doy un paso y me quedo paralizado. Noto la pierna clavada en la nieve, que ahora cae más profusamente.

Me entierra, me llega al tobillo y luego a la pantorrilla.

Me cubrirá por completo. Muevo el brazo para darme impulso, pero también se me congela.

Inmóvil, observo cómo el tono azulado de mi piel se expande, penetra en mis huesos y se convierte en hielo.

Me congela. Todo yo soy azul, hasta que mudo en una estatua.

No me puedo mover. No puedo respirar. No puedo chillar.

Lo único que puedo hacer es contemplar cómo el mundo circundante se congela… y luego se hace añicos en un momento.

La isla se fragmenta en un millón de pedazos. El cielo se desploma, el océano se eleva y el mundo entre ambos desaparece, devorado.

Y yo no puedo hacer nada para evitarlo.

«Débil. Inútil».

Tal y como predijo mi padre.

El blanco borra por completo mi visión. Oigo la voz de mi madre en mi mente. «Oro —me dice—. Mi niño dorado. Mi sol. Encuéntrate».

«Busca tu corazón».

«El fuego nunca te ha abandonado».

«Búscalo».

Entonces veo unos ojos verdes.

Los veo agrandarse con una expresión de temor. Los veo entornarse con rabia. Los veo rebosantes de orgullo. Los veo fundirse con el mar que llevo siglos sin visitar, pues ¿por qué iba yo a merecer la visión de algo hermoso? ¿Por qué valdría la pena la distracción?

No. Ahora, mientras mi corazón helado empieza a incendiarse, comprendo que es algo más que una distracción. Hay mucho más en la belleza de esa playa, en la ferocidad de esa mujer.

El color verde es un rayo de esperanza: un mundo al que aspirar, un mundo por el que merece la pena luchar.

Un brote de primavera en pleno invierno.

Cuanto más pienso en ella, en esa playa, en ella en esa playa, más se derrite la nieve. Más crece mi fuego interior y arde a través de la tormenta. Pienso en calor, arena y sal, en unos ojos verdes que me devuelven la mirada.

Y noto que mi cuerpo se afloja, noto las emociones que me inundan contra mi voluntad, contra mis juramentos, contra mi propensión a la gelidez.

Miedo. Curiosidad.

Esperanza.

Abro los ojos cuando me libero de esta jaula de cristal.

Enderezo la espalda, de nuevo en la sala, y capto un destello verde en el otro extremo de la habitación.

Es ella. Por un instante me quedo helado otra vez, igual que estaba en el espejo.

Incapaz de moverme. Incapaz de respirar.

Entonces empiezan los aplausos y vuelvo a la realidad. Ha terminado.

He conseguido un buen tiempo.

La presentación continúa, pero apenas presto atención. Solo veo ese color verde que anega mi mente y mi alma. Antes de que me dé cuenta, todo el mundo ha conquistado sus miedos y la prueba ha terminado. Cleo es la ganadora. Ha sido una pizca más rápida que yo.

Esos sentimientos… me inundan de nuevo. Me estoy derritiendo. No soy la estatua del espejo.

Y no tengo claro que me guste.

Sospecho que la wildling no intentará entrar en isla Luna hasta que brille la luna llena, para no toparse con los guardias. Pero me apostaría algo a que no es el único lugar en el que tiene pensado colarse.