Capítulo 17. Corona #2
Si no estuviera tan distraído me habría percatado de inmediato de que la horquilla no es tal, sino una estrella arrojadiza. Un arma. Parpadeo sintiendo de nuevo la misma mezcla de respeto y rabia de antes.
La wildling tiene el valor de situarme en el centro de la sala y apuntarme con un arma. Su descaro casi me hace sonreír.
Los presentes están indignados. Oigo los susurros, noto el calor de su furia.
—No me había fijado en que acudías a las cenas armada, wildling —dice Cleo, pero yo apenas oigo su voz.
Toda mi atención está puesta en los labios de Isla cuando dice:
—Yo siempre voy armada.
Y esa es la sensación que me provoca. Me siento como si llevara una soga invisible al cuello en este momento. Nuestras miradas no se despegan: es como si fuéramos las dos únicas personas de esta sala, de esta isla, de este mundo.
Sujeta la estrella arrojadiza con los dientes y yo trago saliva.
A continuación, se tapa los ojos con un guante.
Los espectadores contienen el aliento, pero yo no muevo ni un músculo.
Llevo siglos sumido en la indiferencia, la parálisis y la insensibilidad, pero ahora noto el fuego ardiendo en mi interior.
Fuego. Esperanza. Curiosidad semejante a una llama que no puedo apagar.
Vuelve a coger la estrella que tiene entre los dientes.
La veo adoptar una postura que parece natural, como si hubiera hecho eso un millón de veces. Pues claro. Las wildling son guerreras. Seguro que lleva entrenando desde que era una niña.
No está usando su poder en esta demostración y eso es un cambio.
Un gesto valiente, supongo. Desafiante. Hay muchos capaces de esgrimir poder con suma habilidad, pero pocos son capaces de hacer lo propio con el metal.
En cierto modo está exhibiendo su superioridad sobre algunos de los gobernantes sentados a la mesa alargada que tiene delante.
No necesita recurrir a sus habilidades para demostrar su fuer za.
Siento la extraña e inquietante necesidad de conocer hasta el último vestigio de esa fuerza, cada uno de los esfuerzos que haga para demostrar su valía.
Porque ella no es débil. A diferencia de lo que piensan los necios de los nobles. «Demuéstraselo», siento deseos de decirle, aunque sea una locura.
«Demuéstramelo».
«Demuéstrame lo que llevas dentro».
La estrella es un destello plateado ante mis ojos, y no me encojo mientras vuela directa hacia mi cabeza.
Y derriba mi corona.
Las comisuras de mis labios se dilatan en una sonrisa que ella no puede ver.
Los presentes contienen el aliento, algunos horrorizados, otros asombrados. Oigo el roce de una silla contra el suelo cuando uno de los gobernantes que tengo detrás se levanta de la mesa.
Ella se retira la tela de los ojos. Y esos ojos verdes resplandecen de orgullo.
Hay fuego en ellos.
Y yo tengo la sensación de que no me puedo mover.
Me ha paralizado en el sitio, con la mirada clavada en esos ojos verdes como si fueran un laberinto en el que no me importaría perderme.
Como si fueran bosques por los que podría deambular durante horas.
Sus ojos centellean igual que un bosque en llamas y yo no puedo dejar de mirarlos, dispuesto a dejarme arrastrar por su resplandor.
Hacía siglos que no veía a alguien tan resuelto. A alguien cuyo fuego no hubiera extinguido este mundo cruel.
Esboza una sonrisilla burlona.
Y debería hervirme la sangre ante ese desprecio por mi corona, pero no lo hace. Al menos, no como ella pretendía.
Camina hacia mí con andares rebosantes de seguridad. Se agacha despacio para recoger mi corona.
—Se le ha caído esto —susurra de modo que solo yo pueda oírla, y su voz resbala por mi columna vertebral. Me hace tragar saliva con dificultad. Tomo la corona sin ser consciente apenas de su peso en mi mano. Tengo la piel en llamas, pero no de rabia. No, me arde de algo mucho más peligroso.
Cuando me toca a mí llevar a cabo mi demostración, no me paro a pensar lo que hago antes de esgrimir mi poder. Aún estoy temblando. Recuerdos y sentimientos de siglos de antigüedad regresan de golpe.
Estoy al borde del colapso.
Toda esta energía, este sentimiento… Sé lo que va a pasar cuando poso la mano en la mesa.
Se transforma en oro. Titila antes de mudar en oro puro, noble y reluciente. Suenan gritos contenidos en la sala.
He transmutado algo por primera vez en siglos.
Si la wildling no teme alzarse ante una sala llena de gente que la subestima y correr un gran riesgo, ¿por qué yo, el rey, iba a ocultarme?
Los presentes se ponen en pie. Algunos hacen reverencias, otros se arrodillan y besan el suelo. Lo consideran una señal, lo sé. Pero solo es una maniobra de distracción. No saben que me estoy muriendo.
Soy el ganador de la exhibición. Pero tengo la sensación de que he perdido algo.
Enya me espera en mi habitación cuando regreso. Hay una cáscara de naranja olvidada en mi mesa.
—Has… transmutado un objeto en oro —dice.
—Tienes que dejar de aparecer así, en serio.
Opto por un tono jocoso, pero ella no muerde el anzuelo. Agotado, me pellizco el puente de la nariz.
—Me estoy muriendo —añado con voz inexpresiva—. ¿ Por qué no revelar todos mis secretos?
Sus cejas se disparan hacia arriba.
—¿Te encuentras… te encuentras bien?
No, me gustaría decirle. Tengo la sensación de que estoy perdiendo la cabeza.
Primero fue la voz de Isla en mi mente y ahora, cada vez que cierro los ojos, veo la sonrisilla que ha esbozado cuando ha oído que su estrella arrojadiza golpeaba mi corona.
Igual me podría haber dado en la cabeza, porque me siento desequilibrado. Distinto.
Enfermo.
—Me recuperaré.
Enya no parece convencida.
En ese momento entra Zed.
—¿Alguna novedad? —le pregunto, agradecido de poder cambiar de tema.
Cuando las maldiciones le arrebataron la capacidad de volar, concentró todas sus energías en organizar una red de espías por toda la isla.
Incluido el territorio moonling.
Gracias a él hemos averiguado que Moonling lleva siglos construyendo barcos. Sabemos que los nobles han creado una secta en la isla y que el control de Cleo sobre ellos es frágil en el mejor de los casos. En particular después de que no acudiera al último Centenario.
—Los nobles moonling son cada vez más audaces. Temo que interfieran en el Centenario.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo?
—Tomando ellos mismos cartas en el asunto.
—Maravilloso.
Es lo último que necesitamos.
Por lo general, los nobles están invitados a las demostraciones. Estaban presentes en el duelo y en el banquete. Han visto la estrella de la wildling insertada en mi corona, a escasos centímetros de mi cabeza.
Esa es otra razón por la que escojo la transmutación, aparte de para evitar que me atrape ese fuego que es Isla Crown.
Necesito hacer una demostración de fuerza.
Soy el rey. Mi pueblo recurre a mí en busca de garantías.
No podemos permitirnos una rebelión ahora.
En particular, no por parte de Moonling.
Solo puedo hacer una cosa.
—Voy a reunirme con Cleo.
La gobernante moonling entra en la sala del trono con andares altivos, arrastrando una cola de espuma de mar tras de sí.
—¿A qué se debe este honor, majestad?
Siempre se las ingenia para que sus palabras suenen socarronas.
En ocasiones la miro y todavía veo a la instructora que me castigó a dormir a la intemperie. A menudo pienso que todavía me ve como el adolescente sunling que temblaba en la nieve.
Sucedió hace siglos. Han cambiado muchas cosas.
Voy directo al grano.
—¿Por qué no asististe al último Centenario?
Cualquier atisbo de sorna desaparece de su semblante. A continuación, veo una sombra de algo inesperado en sus ojos. Dolor.
—No cumplía los requisitos —dice.
¿Los requisitos? Las reglas son muy sencillas. No puede participar nadie que…
—Tienes un heredero —le digo. Las palabras brotan de mis labios con sorpresa.
—Tenía.
Endereza la espalda. Su tono es frío como un glaciar. A pe sar de todo, me doy cuenta ahora de que algo ha cambiado.
Mi gesto se crispa al comprender lo que me está diciendo.
—Lo siento —le digo de corazón. No responde—. ¿Por qué has vuelto?
No es ningún secreto que la maldición de Moonling es una de las menos agresivas. Solo afecta a los lunares lo bastante necios como para acercarse al mar cuando hay luna llena.
Me mira largo y tendido.
—El día que se lanzaron las maldiciones, el oráculo pronunció una profecía.
Por supuesto. Todos lo sabemos. Por eso estamos aquí.
—Y luego… me comunicó otra exclusivamente a mí.
Me incorporo. Es la primera noticia que tengo. El oráculo es moonling. Vive en la isla de Cleo. Nunca se me había pasado por la cabeza que el oráculo le fuera leal.
—¿Qué te dijo? —quiero saber. Otra profecía podría cambiarlo todo. Una ola de ira me invade y la maldigo para mis adentros por no haber dicho nada hasta ahora, pero espero a que hable.
—Muchas cosas. Una de ellas tenía que ver con la relevancia del medio milenio.
—¿Qué te dijo? —repito, y yo mismo percibo la desesperación que deja traslucir mi voz.
—Dijo que, pasados quinientos años, todo cambiaría. De nuevo.
—¿A mejor o a peor? —pregunto.
Cleo sonríe con pesar.
—Las dos cosas.
Aferro los bordes de mi trono con un gesto de pura frustración.
—¿Has venido a romper las maldiciones, Cleo? ¿Has venido a ayudarnos a poner fin a esto?
—Pues claro que sí —dice, y percibo un sabor dulce.
—Pues controla a tus nobles —le digo—. Han decidido ir por libre en tu ausencia. Hemos tenido… situaciones complicadas.
Malestar. Rebeliones. Asesinatos aleatorios.
—Eso me han dicho.
—Diles que se tranquilicen. Este Centenario ya va a ser suficientemente complicado sin sus interferencias.
Me hace una reverencia.
—Por supuesto, majestad —ronronea. A continuación, abandona la sala del trono.
—Calder —grito, y mi amigo aparece procedente de la sala trasera, donde estaba esperando—. No pierdas de vista a los nobles moonling, en la medida en que puedas.
Confío en los espías de Zed, pero me fío más de mi ami go.
Asiente y abandona la sala a grandes zancadas.
Solo entonces me doblo sobre mí mismo de dolor, porque me escuece la piel por la expansión de la mancha.