Capítulo 17. Corona
—L a gobernante wildling te ha dejado ganar —dice Enya.
No me digas.
Se está acomodando en mis aposentos. Apoya los zapatos cubiertos de barro seco en la mesa de madera que hace las veces de escritorio. Yo suspiro, le aparto los tobillos y le devuelvo los pies al suelo.
—Uso esta mesa para comer, ¿sabes? —le recuerdo.
—Ah, ya lo sé.
Me dirige una sonrisa maliciosa. A Enya nada le divierte tanto como hacerme rabiar.
—¿No tienes una corte con la que departir? —le pregunto, y mi voz suena tan fatigada como me siento.
—¿Y perder la oportunidad de pasarte por las narices que una gobernante que no cuenta ni tres décadas de vida ha estado a punto de ganarte? Jamás.
Lo ignoro, más por agotamiento que por dignidad.
Prácticamente arrastro los pies de camino al ropero. Por malévola que sea Enya, debe de percatarse de lo cansado que estoy, porque al momento se pone de pie y me ayuda a despojarme de la armadura, pieza a pieza.
—Deja, yo puedo…
Sus dedos se paralizan. Suspiro.
—No es…
—¿Por qué no me lo habías dicho?
El cambio de color de mi brazo se ha extendido aún más. Enya suelta la armadura y se pasea por la alcoba.
—Tiene que haber un modo de ralentizarlo, de detenerlo. Esto es absurdo. —Levanta las manos con ademán desesperado—. ¡A este paso no vas a sobrevivir a ese Centenario infernal!
Tiene razón. Siempre tiene razón. A pesar de todo, guardo silencio mientras me quito el resto de la armadura y me enfundo ropas más cómodas. Cuando termino, me desplomo en un asiento, enfrente de Enya, con un gemido.
Soy el gobernante de Sunling… y llevo siglos sin ver la luz del sol. Sin notar su calor. Empiezo a acusar los síntomas de esa ausencia. La piel azulada no es sino la expresión visual de esa debilidad. La noto por dentro. Mi poder disminuye. La isla al completo está al borde del desastre.
—La única manera de detenerlo es romper las maldiciones.
Enya se mordisquea el labio con aire preocupado.
—¿Y si prescindiéramos de la profecía? ¿Y si fue Grim el que lanzó las maldiciones? Bastaría con matarlo —dice—. Eso les pondría fin, ¿verdad?
Ojalá fuera tan fácil.
—No puedo matar a Grim.
Le explico el motivo, igual que siempre le he revelado todos mis secretos. Por esa misma razón, la muerte de la wildling tampoco servirá para cumplir la profecía. Cuando termino, Enya frunce el ceño.
—¿De verdad temes a alguien que lleva milenios enterrado?
—Sí —respondo, porque es la verdad. Nuestro mundo ya sufre bastante sin necesidad de añadir a una sanguinaria Lark Crown a la ecuación.
Enya asiente. Guardamos silencio un rato. Luego dice:
—Esta vez las cosas tienen que ser distintas. Tú, Oro, deberías ser distinto. —Se sienta a mi lado y me toma la mano—. Mírame.
Obedezco.
—Oro Rey. Te estás muriendo. No hay tiempo para el sentido moral, la sinceridad y todas las reglas que gobiernan tu vida.
Prométeme que harás lo que haga falta para romper las maldiciones en este Centenario.
Para salvarte tú y a toda la isla. Aunque eso implique no ser sincero por primera vez en tu larga vida.
La mera idea me quema por dentro. Detesto a los mentirosos.
A los mentirosos como Isla Crown. Me rechinan los dientes al recordar a la malvada wildling y cómo sus cambios de expresión y sus actos me informaron de lo que necesitaba saber. Ella podría haber ganado la prueba, pero no lo hizo.
Tiene un plan. No hay que subestimarla.
Yo siempre me esfuerzo en comportarme de manera honorable. Pero Enya tiene razón. Mi muerte implicaría la pérdida de miles de vidas. Debo colocar su bienestar por encima de todo: incluso de mi sentido moral.
—Te lo prometo.
La wildling está hablando con Grim.
La imagen me provoca un retortijón extraño en las tripas. Él corrompe todo aquello que toca. No quiero que haga lo mismo con ella, pero puede que el daño ya esté hecho.
¿Será por eso por lo que la ha salvado y muestra interés en ella?
¿Están colaborando?
Estamos en el comedor para la demostración de Azul: una exhibición de poder. Azul es el gobernante menos proclive a crear un escenario en el que pueda morir alguien. Pero todos sus actos albergan segundas intenciones.
Miro a Grim y a Isla mientras hago lo posible por adivinar su presunto plan a través de sus gestos y su lenguaje corporal.
Si acaso están colaborando, ¿será para matarme?
¿Por eso ha regresado Grim? Hace siglos que nadie de ninguno de los dos reinos vive aquí.
Mi muerte no les afectaría tanto como al resto.
Ahora bien, ¿por qué se ha aliado Grim con una gobernante tan inexperimentada?
Quizá porque piensa que le resultará más sencillo traicionarla más adelante.
Azul invita al nightshade a comenzar.
Grimshaw se levanta y la intensidad de mi odio me abruma. Tiene el valor de volverse a mirarme, como si sintiera mi animadversión. Exhibe una expresión burlona, casi complacida. Pero hay algo más en su semblante, algo que no consigo descifrar.
El demonio abre la palma de la mano y la habitación se desmorona.
Los nobles gritan. La oscuridad se derrama por todas partes, como si el cielo nocturno hubiera caído sobre nosotros.
Yo cierro los ojos contra el espejismo —conozco una mentira cuando la veo— y lucho contra una ola de tristeza largo tiempo enterrada.
Los chillidos son idénticos a los que sonaron el día que se lanzaron las maldiciones.
El día que el poder de este demonio arruinó la isla.
El día que arruinó mi vida. El día que lo arruinó todo.
La sala ha recuperado la normalidad cuando vuelvo a abrir los ojos, pero estoy más nervioso que nunca. Mató a miles de personas en el pasado. ¿Acaba de mostrarnos cómo será el futuro? ¿Ha venido a destruir la isla?
No albergaba esas ambiciones la última vez que estuvo aquí. Pero cinco siglos es mucho tiempo.
—Cleo, si eres tan amable —dice Azul, desviando mi atención de Grim.
Cleo se encamina a la cabecera de la mesa con decisión.
Su capa blanca flota líquida tras ella. Levanta los brazos y el vino sale disparado al techo, donde compone tiburones con fauces abiertas que muestran filas de violentos colmillos.
Espectacular, cómo no. Yo no esperaba menos de mi antigua instructora moonling.
Al igual que Grimshaw, está claro que Cleo ha regresado por algo.
¿Por qué ha vuelto a este Centenario en concreto? ¿Por qué se saltó el último?
—¿Celeste?
La starling se pone de pie. Parece nerviosa cuando se encamina al centro de la sala bajo el escrutinio de nobles que consideran inferior a su reino.
Es casi ridículo, sabiendo que siglos atrás fue uno de los territorios más fuertes.
Los starling han sido los más perjudicados a lo largo de los siglos.
Asolados por la muerte, condenados a no vivir más allá de los veinticinco años.
Sabiendo que su isla está en peli gro. Justo cuando pienso que estoy haciendo progresos para resolver algunos de sus problemas, surge uno nuevo, como si fuera imposible arrancarlos de raíz.
La sala estalla en un caos de chispas plateadas. Se trata de un color que no se ve a menudo en esta corte. Antes contábamos con grandes starling dotados de magníficos poderes. Eran artistas.
Ahora todos ellos han muerto.
Azul es el siguiente. Su poder es elegante, desarrollado a lo largo de los siglos. Crea nubes claras y luminosas que mudan rápidamente en nubarrones de tormenta.
Trago saliva con dificultad. De súbito, noto la garganta seca. Se me antoja profético, inevitable.
Las tormentas llevan siglos engullendo la isla. Casi han borrado el sol al envolver nuestra isla en una oscuridad casi constante.
Eso hace que la maldición sunling sea más llevadera, pero las nubes son famosas por aclararse de manera errática. Muchos se han quemado al salir durante el día por fiarse de las tormentas. La mayoría prefiere no arriesgarse. Mi mundo ha devenido una noche fría y oscura.
Las nubes se disipan y me pregunto si Azul me pedirá que haga mi demostración a continuación, pero él está mirando directamente a la wildling.
«La wildling».
Todo el mundo la mira, y ella tiene miedo.
Su temor salta a la vista por su manera de levantarse con suma lentitud. En el gesto crispado de su delicada mandíbula. En su manera de bajar los hombros, como si se recordara mentalmente que debe parecer tranquila, aunque no lo esté.
Ya sé demasiado sobre ella, sus expresiones y movimientos.
La he observado con demasiada atención.
Justo cuando estoy a punto de desviar la vista, su melodiosa voz resuena en la sala.
—¿Su majestad? ¿Sería tan amable de ayudarme?
«Su majestad». Igual que el odio que me inspira Grim, la tirria que me inspira ese título ha permanecido inalterable a lo largo de los últimos quinientos años.
No debería rehusar su petición, y menos delante de toda esta gente. Así que borro cualquier expresión de mi rostro. Entierro mis emociones como llevo haciendo todos y cada uno de los días desde hace siglos.
Me pongo de pie.
Le ofrezco mi mano. Tengo la sensación de que ya le he dado mucho más. Ella la toma y mis labios se despegan sin la intervención de mi voluntad. Noto que mis ojos se entornan. Una descarga eléctrica ha recorrido mi brazo, directa a mi pecho.
Ella no se percata de mi reacción. Ni siquiera me mira cuando me guía al centro de la sala.
—Quédese aquí —me ordena. Debería indignarme o al menos sentirme molesto, pero estoy demasiado estupefacto como para hacer nada que no sea obedecer.
Me suelta la mano y se encamina al otro extremo de la sala.
Se despoja de los anillos con dedos torpes y luego se quita los guantes.
Se retira una horquilla del pelo y un mechón ensortijado le cae sobre la mejilla.
Yo no debería mirarla tan fijamente. No debería admirar cómo se refleja la luz en su cabello revelando tonos más oscuros y unos pocos mechones dorados.
¿A mí qué me pasa?