Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 16. Reunión #2
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Capítulo 16. Reunión #2

Afirma que está incomodando al resto de los comensales.

Interesante. Enarco las cejas. Si no recuerdo mal, a Grim le ha preocupado el bienestar de otros gobernantes cero veces antes de ahora.

Sin embargo, ha tenido el valor de ordenar a mi gente que se llevara el corazón a los aposentos de la wildling.

Lo permito porque una mirada rápida a Azul me informa de que Grim podría tener razón. A juzgar por su expresión, ha perdido el apetito por completo, aunque nunca lo reconocería.

Devuelvo la atención al insolente nightshade. No lleva ni un día en el castillo y ya está poniendo a prueba mi capacidad de cumplir la regla que dicta que no debemos matarnos unos a otros antes de que hayan transcurrido los primeros cincuenta días.

En teoría, la norma nos induce a aliarnos para tratar de romper las maldiciones. Pretende evitar que todo esto se convierta en una matanza demasiado pronto.

Por primera vez empiezo a detestar las reglas.

—¿Estás indispuesto, Grimshaw?

Aferro el cuchillo que hay junto a mi plato mientras medito los muchos usos que tiene.

Su petulante sonrisa no se refleja en sus ojos.

—Todos tenemos nuestras debilidades, Oro. Cuento con ellas.

«Debilidades».

Si supiera cuán débil me siento en este momento.

El resto de la cena transcurre en un abrir y cerrar de ojos. Después me miro en el espejo de mi habitación. Me despojo de la camisa haciendo un gesto de dolor y me tenso al ver mi reflejo.

La mancha azulada se ha extendido. Serpentea por mi brazo hasta cubrirlo casi por completo.

Me estoy muriendo.

No se lo he dicho a nadie excepto a mis amigos. Solo ellos saben la verdad: esta no es solo una ocasión más para romper las maldiciones, sino nuestra última oportunidad de sobrevivir.

Por eso me concedo el lujo de hacer una tontería. Me enfundo la camisa y me encamino al pasillo.

Apenas he golpeado la puerta con los nudillos cuando se abre una rendija y Grimshaw sale al pasillo. Se recuesta contra la pared de piedra fingiendo aburrimiento. A estas alturas ya estoy familiarizado con casi todas las poses de Grim.

—¿Has venido a pedirme un cuento de buenas noches, rey?

Paso la pulla por alto.

—¿Qué haces aquí?

Una cosa es que te inviten y otra muy distinta aceptar. Debe de saber que todos trataremos de asesinarlo en cuanto hayan transcurrido los primeros cincuenta días, para que se cumpla la profecía.

Así pues, ¿por qué acudir? ¿Qué quiere?

En lugar de responder, ladea la cabeza y dice:

—Tú me invitaste…, así que debes de haber averiguado quién lanzó las maldiciones. Supongo que ahora me crees.

Recuerdo aquel día. Su expresión herida cuando no le creí. Su voz transmite una calma desconcertante, pero veo un destello del mismo dolor, que desaparece en un abrir y cerrar de ojos.

—Así pues, ¿por qué me odias todavía?

Supongo que la pregunta es lógica. Al principio lo odiaba por todo lo que su reino y él nos hicieron durante la guerra.

Ahora lo odio porque lo culpo de las maldiciones: tanto si las lanzó él en persona como si no. «Lo culpo a él». Le ofrecí mi confianza, le brindé mi amistad, le dejé salir de la mazmorra, y todo desembocó en esto.

Lo odio porque, la víspera de las maldiciones, yo albergaba esperanzas por primera vez en muchos años de que podíamos aspirar a un futuro radiante. De que podríamos trabajar juntos para construir un mundo mejor. Soñaba con la paz entre nuestros reinos por primera vez en milenios.

En lugar de eso, acabamos sumidos en la más profunda oscuridad.

«Y lo culpo a él».

—No me creo ni por un segundo que hayas venido por razones inocentes. Que solo estés aquí para romper las maldiciones. Pienso que estás conspirando contra mí. Pienso que has venido a provocar aún más desastres. Claro que te odio.

Se limita a mirarme. No niega ninguna de mis teorías y eso, me digo, es elocuente en sí mismo.

—Así que te lo volveré a preguntar. ¿Qué haces aquí?

—Tengo mis razones, claro que sí. Eso no implica que deba revelártelas.

Se encamina de vuelta a su alcoba, pero yo no he terminado. Le corto el paso con una pared de grandes llamas. Se vuelve a mirarme despacio, molesto.

—La wildling.

Mis palabras lo pillan desprevenido. Se queda muy quieto. «Qué interesante».

—¿Qué pasa con la wildling? —pregunta. Percibo irritación en sus palabras. ¿Por qué? La salvó del acantilado. Le ha impedido comerse el corazón. No se me ha escapado el asomo de alivio en el rostro de ella cuando se lo han llevado. Debe de haber notado la incomodidad de la wildling con sus poderes.

¿Por qué le importa?

—Sientes interés en ella.

Encoge un hombro.

—¿Y quién no?

No es una respuesta directa. Está siendo deliberadamente evasivo, como si fuera consciente de mi don. No lo adivinó en el pasado. ¿O sí? Me pregunto si tantas preguntas en la mazmorra se lo dejaron entrever. Si lo adivinó, ¿por qué se mostró tan comunicativo?

—¿Qué haces aquí? —repito.

—Asegurar la supervivencia de mi reino —responde. La sinceridad de sus palabras empapa mi lengua. A pesar de todo, no me fío ni un pelo.

—Debes de saber que te mataré en cuanto tenga ocasión.

—Pues claro. —Asiente—. Y por eso tendrías que saber una cosa.

Entorno los ojos. ¿Qué podría hacerme cambiar de postura?

—Si me matas, algo peor quedará libre en Nightshade.

Verdad.

La curiosidad supera mi odio por un instante.

—¿A qué te refieres?

«¿Qué podría ser peor que este demonio que tengo ante mí?».

Aguarda un instante con expresión pensativa. Seguramente se está planteando si debe contármelo o no. Veo indecisión en sus ojos antes de que me diga finalmente:

—Lark Crown sigue viva.

Todo mi cuerpo se paraliza. He dejado de respirar. «Lark Crown». Llevaba siglos sin oír ese nombre.

—Imposible —digo—. Están todos muertos.

Los fundadores de la isla perecieron largo tiempo atrás.

Pero me está diciendo la verdad.

—Ella no. No es posible matarla. Su don es la regeneración. Cronan la enterró para contener sus poderes y mantenerla a raya.

Como es natural, me han contado las leyendas de los fundadores y cómo construyeron el mundo.

Me han hablado del poder de Lark. Supongo que todos los gobernantes conocemos las historias.

Si los relatos son ciertos, es más poderosa que todos nosotros juntos.

Después de siglos atrapada, querrá vengarse a toda costa. Será impredecible.

—Mi estirpe la mantiene presa —dice. Verdad—. Mátame y quedará libre.

«Mierda».

También significa que la muerte de Isla no implicaría el cumplimiento de la profecía. Su estirpe no llegaría a su fin si Lark sigue viva.

Sonríe al percibir mi frustración. Se deleita en ella.

—Lamento decepcionarte —comenta con retintín—. Sé lo mucho que te gustaría matarme.

Al oír eso, dejo que mis llamas se apaguen y él me cierra la puerta en las narices.

No puedo matar a Grim para cumplir la profecía.

No a menos que encuentre antes el corazón de Lightlark.

Dicen que contiene el poder original Nightshade, la magia de su linaje.

Si aprendiera a esgrimirlo, tal vez podría mantener presa a Lark después de la muerte de Grim.

Se trata de un plan nacido de la desesperación, una posibilidad remota.

No tengo manera de saber si el poder del corazón igualará el de Grim.

Pero por el momento es el único plan que tengo.

Porque, si uno de mis reinos sucumbe, perecerán miles de personas en la isla. Lightlark no sobrevivirá. De modo que tendrán que ser Wildling o Nightshade.

Y ahora sé que la muerte de la wildling no resolvería nada. Aunque tampoco es que tuviera prisa por matarla.

El canto resuena en mi cabeza de nuevo. Aprieto los dientes.

Solo es el primer día y todo empieza a torcerse.

Las próximas semanas se celebrarán las pruebas, diseñadas por cada gobernante para exhibir fuerzas y señalar debilidades. Una manera de tratar de convencernos mutuamente de que nuestros reinos deberían sobrevivir.

Quienquiera que gane la mayoría de las pruebas decidirá cómo se forman los equipos. Es una ilusión de control en este juego malsano.

No me fío de ninguno de los otros gobernantes, exceptuando a Azul, que nunca compite para ganar.

Así que yo debo ser el ganador. Yo debo decidir las parejas.

La prueba de Grim es la primera. Propone un duelo.

Me toca competir contra Azul en primer lugar. Superarlo solo me lleva unos segundos. Cleo y la starling —Celeste— son las siguientes. Cleo no se contiene. Nunca lo hace. Casi compadezco a la starling.

Luego les toca a la wildling —Isla— y a Grimshaw. Me trae sin cuidado que ella viva o muera, al margen de las reglas del Centenario, aunque el otro día la salvara. Eso me digo mientras presencio el enfrentamiento.

Quiero que ella pierda. Deseo tener la posibilidad de enfrentarme con Grim en duelo para poder mutilarlo en público.

Isla gana.

Sí, es mejor luchadora de lo que yo imaginé, teniendo en cuenta su falta de experiencia.

Interesante. Todavía lo estoy meditando cuando me convocan para un duelo con Cleo.

Mi encantadora exinstructora. Estoy tan distraído por lo sucedido en el duelo anterior que Cleo me hiere el brazo: me hace un corte a lo largo y las gotas de sangre ca en a la arena.

La descarga de dolor basta para que vuelva a centrarme y la venzo en pocos segundos.

Mira mi herida con una sonrisa en el rostro.

Maldita Cleo.

Clavo la espada ante mí y espero, porque sé con quién me voy a batir a continuación. La veo caminar hacia delante con inseguridad, como si no acabara de vencer a Grimshaw.

Será mejor ponerle fin a esto cuanto antes.

Arremeto con la espada hábilmente, pensando que esto es pan comido…

Pero me bloquea con su acero. Frunzo el ceño. Un sonido escapa de sus labios entreabiertos, y ¿por qué los estoy miran do? Afianza su postura de lucha y opone su fuerza a la mía.

Aplico más fuerza. Ella añade otra mano a la empuñadura y empuja a su vez. Respondo con un estoque rápido, irritado. Solo quiero alejarme lo antes posible de esos labios que me distraen y de la canción que sigue sonando en mi cabeza.

Metal contra metal. Me intercepta de nuevo.

Descarga la espada y yo bloqueo su golpe a la vez que la estudio con más atención.

Observo las diferencias con la última vez que posé los ojos en ella.

Porque esto… esto es distinto. No tengo delante a la serena gobernante que se sienta a la mesa en una postura perfecta ni a la despreocupada regente que canta en su balcón.

No. Esta es una faceta diferente de la wildling.

Arruga el carnoso labio superior para lanzar un gruñido. Tiene los ojos entornados y relucientes de la concentración, y esos ojos son…

Verdes. Esos ojos son verdes.

Y yo nunca pensé que un color pudiera provocarme escalofríos en la columna hasta que esos ojos verdes me inmovilizan y consiguen que me olvide de mi propio nombre.

Consiguen que me olvide de mi corona.

Consiguen que me olvide de que su acero está a pocos centímetros de mi corazón.

Porque ese verde… es el color de mi rincón favorito. La playa a la que me escapo en sueños.

Y tengo el desagradable presentimiento de que ella está a punto de protagonizarlos todos.

«No».

¿En qué estoy pensando? ¿Acaso he perdido el juicio?

Aprieto los dientes cuando me abalanzo contra ella logrando que pierda el equilibrio. Con mi siguiente descarga, le tiembla el brazo. Bien. Estupendo. Se está agotando.

«Acabemos cuanto antes».

Golpe tras golpe la voy debilitando, hasta que llega el momento de mi última descarga. Arremeto por última vez…

Y ella bloquea mi espada con una fuerza brutal que me hace trastabillar hacia delante.

Pestañeo. Me ha engañado. Se estaba reservando las fuerzas. Solo fingía estar cansada.

Y yo he mordido el anzuelo.

Me tambaleo hacia atrás, interceptando sus golpes a duras penas. Me arde el brazo que Cleo ha hecho trizas. He perdido mucha sangre. Mis fuerzas ya no son lo que eran desde que la mancha azulada empezó a propagarse. Se abalanza sobre mí con la espada en ristre, a un instante de derrotarme.

Me va a ganar. Ese pensamiento me hace sentir una extraña mezcla de respeto e ira.

Entonces flaquea. Es algo muy sutil, pero estoy tan concentrado en ella que percibo el ligero cambio de expresión. Y la veo ajustar la puntería una pizca más abajo: en lugar de inclinarse hacia el golpe, afloja la presión sobre la empuñadura.

Cuando mi acero bloquea el suyo, su espada oscila con violencia antes de estrellarse contra el suelo levantando arena. Se vuelve a mirarme, desarmada. Su pecho sube y baja a toda velocidad.

La wildling me ha dejado ganar.

La multitud estalla en aplausos y vítores, pero yo apenas los oigo. Cuando la miro, algo despierta dentro de mí. Una curiosidad que llevaba siglos sin sentir. La veo tal como es.

«Una mentirosa».