Capítulo 16. Reunión
G rim Malvere, por lo que parece, es un necio. O posee una confianza desmesurada en sus habilidades.
Sea como sea, ha venido.
Yo debería experimentar alivio al ver al nightshade dar un paso hacia el acantilado. Una gran parte de mí se siente así. Hay otra parte que estaría encantada con no volver a verle nunca en la vida, aunque no fuera él quien lanzó las maldiciones. Porque Grim…
En ese momento llega otro gobernante.
La wildling. Su vestido largo y absurdamente escotado no deja lugar a dudas.
Suspiro al recordar la colección de wildling que he tenido que soportar a lo largo de los siglos.
Todas con el mismo plan en mente: seducirme para que me enamorara de ellas y obtener acceso a mis poderes. ¿Tendrá ella las mismas intenciones?
«Ni te molestes —me gustaría decirle—. No pienso mirarte dos veces».
Tampoco tienen ellas toda la culpa. No saben que percibo la falsedad de sus insinuaciones. Quizá si no poseyera este don, sus intenciones no me resultarían tan evidentes.
Como si tuviera tiempo para algo tan egoísta como el amor.
Como si alguno de nosotros lo tuviera.
Como si fuera a ser ella la que logre captar mi atención.
Puede que no sea justo para la wildling, pero es difícil no mirarla sin pensar de inmediato en Violet, la antepasada a la que ni siquiera conoció. El día de las maldiciones, juré que nunca me enamoraría. Por culpa del amor, alguien tan capaz como mi hermano se convirtió en un necio.
Las gobernantes wildling no han hecho nada más que causar problemas. Mientras mis ojos la siguen desde mi posición privilegiada en las torres del castillo, tomo la decisión de mantenerme tan alejado de ella como me sea posible.
Su capa verde ondea con el viento cuando da un paso… y casi se cae por el precipicio. Pego las manos al cristal de la ventana, asustado, con cuidado de permanecer a la sombra que ofrecen unas cuantas nubes en el cielo.
La mano de Grim sale disparada para sujetarla. Para mantenerla con vida.
Me quedo atónito. ¿Por qué la salva? Lo considero capaz de empujarla él mismo.
Entonces me acuerdo de Ara. La salvó sin pensarlo dos veces. Me dijo que estaba harto de tanta muerte.
Veremos si esa afirmación todavía es verdad.
Llega otro gobernante. Azul, con su capa de color cielo y piedras preciosas que alcanzo a ver desde el castillo. «El único gobernante que realmente me alegro de ver», pienso al tiempo que esbozo una leve sonrisa.
Cleo aparece a continuación, con sus ropajes blancos derramándose en torno a su cuerpo. «Cleo». No participó en el último Centenario. Nadie conoce el motivo. No esperaba verla aquí. Su maldición es la que menos ha afectado a su reino.
Llega el último gobernante, la de Starling, y una espiral de alivio me recorre al saber que hemos completado cuando menos una parte de la profecía, según su interpretación más popular: que estemos todos reunidos.
El Centenario acaba de empezar oficialmente. De nuevo. Enderezo la espalda. Entonces, justo cuando estoy a punto de apartarme de la ventana, un destello lejano capta mi atención.
La wildling. Me está enseñando el dedo corazón. Frunzo el ceño.
Sí. Me voy a mantener alejado de ella.
Los dioses saben que lo intento.
Me estoy preparando para el banquete que marca el comienzo del Centenario cuando capto un sonido que rara vez escucho: no hemos tenido muchos motivos para celebraciones estos últimos siglos.
Alguien está cantando.
No, no canta. Se parece más al suave deslizar de una daga por el cielo, una nota imposiblemente alta y suave. Per fecta. Suena perfecta. Por primera vez en siglos, me sorpren do a mí mismo disfrutando de algo.
Disfrutar. Qué egoísta por mi parte. Durante un instan te, los hombros se me separan de las orejas, relajados. El estrés que me tensa los huesos se afloja. Cierro los ojos.
Es hermoso.
No recuerdo la última vez que pensé que algo era hermoso. Es tan hermoso que no puedo evitarlo. Tengo que saber de dónde procede. Abro la puerta del balcón y ahí…
Ahí está: la gobernante wildling de la que prometí mantenerme apartado.
Aprieto los dientes. Es un truco. Salta a la vista. Es una tentadora que planea seducirme, empezando con esta canción.
Sin embargo, ninguna de sus antepasadas había recurrido a esta estrategia. ¿Cómo ha averiguado que mi alcoba estaba tan cerca de la suya?
Busco sus poderes para percibir lo que está haciendo. No encuentro nada.
Qué raro. Es como si enmascarase sus habilidades. Muy lista.
Aprieto los dientes y me digo que debería volver a entrar. Cerrar la puerta y olvidarme de este sonido.
Pero no lo hago. Si se trata de un truco…, no funciona rá. Así pues, ¿qué tiene de malo escuchar?
Me recuesto contra la puerta del balcón y hago algo más que escuchar.
Estudio. Cuestiono. Sigo el vaivén de su voz como quien traza un mapa.
Desciende grave y profunda antes de elevarse a las estrellas, y cada nota es fluida como las olas que rompen abajo.
Se estrellan contra las rocas y suben hacia ella, como si el mar tratara de escuchar. Es comprensible.
Su habilidad me fascina. Su maestría. Su control. ¿Canta a menudo? ¿Ha practicado para este único instante?
Se detiene y yo me sorprendo aplaudiendo como un tonto. Pero hay cosas que merecen elogiarse. Así que aplaudo. Ella se da media vuelta.
Y abre los ojos como platos de la sorpresa. Se ha sobre saltado. Pierde el equilibrio por la rapidez del movimiento y agita los brazos para recuperarlo. No hay la menor traza de falsedad en su expresión y eso significa que…
Esto no ha sido por mí. No era un truco.
Durante un instante nos miramos a los ojos.
Y entonces se cae del balcón.
Yo la observo perplejo, pensando que usará sus habili dades wildling para invocar a una enredadera o usará rocas del acantilado para volver a subir.
Pero la oigo gritar. ¿Por qué no hace nada para salvarse?
¿Está aturdida?
¿Ha perdido momentáneamente sus facultades?
Hay más de cien metros del balcón al mar. Si no hace algo, morirá.
Debería dejarla morir.
Eso resolvería el asunto de la profecía. Nos facilitaría las cosas. Ya estuvo a punto de caer de otro acantilado hace unas horas. Puede que ese sea su destino. No durará mucho tiempo en el Centenario si no es capaz de detener una estúpida caída.
Sigue gritando. Va a morir. Sí, debería dejarla…
Entonces recuerdo el canto. Sin pensar lo que hago, salto al vacío. Está cayendo muy rápido, no llegaré a tiempo.
Se hunde en el agua.
El pánico aletea en mi cuerpo, un pánico que no entiendo, porque no la conozco de nada. Pero su voz sigue en mi cabeza.
Me sumerjo tras ella. El agua está helada incluso para mí. Su piel ya está fría y erizada cuando le rodeo la cintura con las manos. Los dedos se me enredan en los huecos de la tela mientras forcejeo para arrancarla de las fuertes corrientes del mar. Tiene las extremidades exangües.
Salgo del agua con ella en brazos, los dos empapados y chorreantes, y planeo hacia su balcón, donde la deposito con suavidad en la piedra del suelo. Me arrodillo y apoyo su cabeza en mi regazo. Sangra profusamente. Está herida.
Todavía puedo dejarla morir.
No, no puedo. Por alguna razón, no puedo hacerlo. Absorbo parte del agua que nos cubre, la acumulo en la palma de mi mano y la dejo caer sobre su cabeza. Mi pulgar, inexplicablemente, resbala por su sien.
La herida no tarda mucho en cerrarse y el sangrado cesa.
Debería dejarla ahí, pero me quedo y observo cómo su piel recupera su resplandor.
Cómo sus mejillas adquieren un rubor rosado, como el pétalo de una flor.
Es suficiente para que me convenza de que está sana y salva, pero no puedo dejar de mirarla.
De escudriñarla. Miro cómo sus pestañas se despliegan contra sus mejillas, estudio el arco perfecto de sus labios entreabiertos, observo su cabellera larga y oscura, desparramada por mi regazo, dibujo un mapa de ella en mi mente.
Su rostro, tengo que reconocerlo, es tan deslumbrante como su voz.
No debería haberla salvado. No debería haber interferido nada más empezar el Centenario, pero no he podido evitarlo.
—Este mundo ha extinguido demasiadas cosas hermo sas —digo mientras observo cómo su cara recupera todo el color—. No quería que fueras una de ellas.
Me marcho antes de que despierte.
Está empapada cuando llega al banquete.
Dioses del cielo, ¿por qué todavía está empapada?
Aún peor, no puedo quitarme el sonido de su voz de la puta cabeza.
Quizá por eso soy tan grosero con ella cuando se sienta.
Cleo se une a nosotros y se burla de ella.
Y, por alguna razón, las palabras hirientes que le dirige despiertan mi instinto de protección.
Tomo un largo sorbo de agua con el fin de reprimirlo.
La he salvado de la muerte para que los juegos pudieran continuar. Nada más.
De veras.
Tenía una sorpresa preparada para ella: un corazón humano.
Un gesto magnánimo por mi parte. Reprimo la ola de náuseas que me invade cuando el camarero lo deposita ante ella rezumando sangre sobre la porcelana bañada en oro.
Prácticamente sigue latiendo. Es lo que quiere, ¿no? Lo que les gusta a las wildling.
Me recuesto contra el respaldo de la silla con la esperanza de ver cómo una sonrisa se extiende finalmente por esos labios rojos, pero una expresión curiosa asoma a sus facciones.
¿Eso es —ha sido— asco? Parpadeo y desaparece, demasiado fugaz como para que esté seguro de que he interpretado bien el gesto.
Nunca se me pasó por la cabeza que la repulsión formara parte de la maldición wildling, que no se hubieran acostumbrado con el tiempo.
Azul intenta hablar conmigo, pero yo solo estoy pendiente de la wildling, que procede a cortar el corazón de su plato. La veo pinchar un trocito con el tenedor antes de llevárselo a los labios.
No me percato de que la estoy mirando fijamente hasta que Grim se pone de pie a toda prisa y pide que se lleven el corazón.