Capítulo 15. El centenario. 500 Años más tarde
Solo la unión romperá la maldición,
solo si uno de los seis se alza triunfal.
Cuando el agravio original
se cometa en modo igual
y una estirpe llegue al final,
la historia conocerá reparación.
— E stamos haciendo apuestas.
La voz de Enya suena desenfadada, pero la conozco tan bien como para identificar el miedo que se filtra entre sus palabras.
—¿Acerca de qué? —le pregunto, aunque estoy medio pendiente de otra cosa.
—De si el maldito nightshade honrará la isla con su presencia —dice Zed, que está despatarrado en una butaca de nuestra planta del castillo favorita. Juega a lanzar el cuchillo al aire y volver a atraparlo por la empuñadura.
Solo de oír esa palabra —nightshade— me hierve la sangre. Es automático.
—Yo digo que no. Es un cobarde. Al fin y al cabo, su maldición no es tan horrible como la nuestra. Él puede disfrutar de la luz del sol, aunque supongo que el demonio prefería la noche.
—Yo estoy harta de noche —musita Enya.
Todos estamos hartos. Las primeras décadas fueron una auténtica tortura.
No poder notar el calor del sol, tener que escondernos como animales.
Algunos sunling se volvieron locos. Se abalanzaron al exterior para morir.
Una vez vi a un hombre hacerlo, por la rendija de una ventana tapada.
Durante un instante, cuando el sol lo iluminó, su expresión sugirió que se sentía en paz.
Luego estalló en llamas.
—¿De verdad piensas que tenemos alguna posibilidad esta vez? —pregunta Calder.
Su expresión permanece impasible, como siempre, pero percibo esperanza en su voz.
—Solo si él aparece —respondo con voz tensa. Y únicamente si encuentro el corazón de Lightlark.
Es la semilla de poder de la isla, hecho de las habilidades puras y ancestrales de Sunling, Wildling y Nightshade, creado por nuestros ancestros.
Hace décadas, me convencí de que dar con él —y usarlo para lanzar las maldiciones— era el agravio del que hablaba la profecía.
El error que había que repetir para arreglarlo todo.
Si tengo razón, Grim no fue el autor de las maldiciones. Lo hizo otra persona recurriendo al corazón. Y eso hace que le dé vueltas a esa chispa de verdad que percibí cuando me dijo que él era inocente.
Solo por eso le envié una invitación. Podría haber participado en cualquiera de los Centenarios, de haber querido, pero esta vez yo lo invité personalmente.
Es la única razón por la que mis amigos pronuncian su nombre, después de maldecirlo durante siglos.
Eso no significa que ya no lo desprecie.
Pues, aunque él no fuera el autor de las maldiciones, nunca olvidaré el atisbo de mentira que percibí en sus palabras cuando negó ser el responsable.
Estaba implicado de algún modo. Después de todo lo que habíamos compartido —nuestra historia, nuestra amistad—, sus acciones, consciente o inconscientemente, hicieron que mi isla se convirtiera en la sombra de lo que era.
Y provocaron la muerte de mi hermano. Todo eso basta para que lo odie por toda la eternidad.
Y quizá me odio a mí mismo aún más que a él por haberle entregado mi confianza. Por haber pensado que podíamos ser amigos. De no haberlo hecho, quizá las cosas fueran distintas.
—En ese caso, espero que venga —dice Calder.
Nadie responde, pero todos estamos de acuerdo.
A continuación, hablamos de algo que sale a relucir antes de cada Centenario.
—En fin, bueno —dice Zed—. Si las maldiciones se rompen, es probable que alguno de nosotros…
Que alguno de nosotros muera, o más de uno.
Para que terminen nuestras desdichas, uno de los gobernantes debe morir: es parte de la profecía. A causa del vínculo con nuestro pueblo y de la falta de herederos, esa muerte implica el final de todo un reino.
—Ninguno de nosotros va a fallecer —prometo cruzando los dedos para que mis palabras sean ciertas.
Si un reino desaparece, todos sabemos cuál será: el de Grimshaw. Nightshade. Pero, para que muera, tiene que aceptar la invitación. Solo un necio lo haría.
Solo un necio acudiría a una muerte casi segura.