Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 14. Promesas rotas. Diez años más tarde
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Capítulo 14. Promesas rotas. Diez años más tarde

N o vuelvo a ver a Egan y a Violet juntos salvo por asuntos oficiales.

Hasta la noche en que acudo a la puerta de mi hermano y esta se abre antes de que llegue a llamar. Violet se queda ahí parada, sobresaltada, con los ojos verdes abiertos como platos. Pasa un instante. Luego desplazo la mirada al interior, hacia Egan. No lleva camisa.

Su boca se tensa en un rictus. Sabe que los he visto. La verdad no se puede borrar. No despega los ojos de los míos cuando se acerca, toma la mano de Violet y se la lleva a los labios.

—Luego nos vemos —le dice Egan en un tono de voz suave que nunca le había oído.

Durante un momento, desplaza la mirada a la de Violet.

«Amor». Así que esto es el amor, pienso.

El miedo me oprime el pecho. Violet pasa por mi lado para salir.

Yo cierro la puerta y me vuelvo despacio a mirar a mi hermano.

—Estás enfadado —me dice con tranquilidad de camino a su balcón, que es el más grande del castillo.

—No —respondo con una voz firme y fría—. Estoy sorprendido. Me pregunto si alguna vez te he conocido.

Eso le hace girarse hacia mí. Su expresión refleja un inmenso dolor.

—¿Cómo puedes decirme eso?

Doy un paso con los puños cerrados. El fuego llamea entre mis dedos.

—Porque el hermano que yo conocía nunca habría puesto la isla en peligro de este modo.

Nunca se habría arriesgado a romper la paz.

—Niego con la cabeza—. La boda se celebrará en pocas semanas.

Después de prolongar la ceremonia durante siglos.

Dijiste que lo hacías por el bien del reino.

Sabes muy bien lo peligroso que sería que Aurora se enfadase.

Starling es ahora el reino responsable de fabricar nuestras armas y energía, casi en exclusiva.

En tiempos de paz, eso no sería tan importante. Pero Grim me dijo que su padre nunca ha dejado de tener a Light lark en el punto de mira. También afirma que no le sorpren dería que su padre estuviera planeando un ataque, con o sin él.

Así que nos estamos preparando para lo peor. Acumulando armas y reforzando nuestros ejércitos. Aurora es un elemento primordial en todo ello.

—¿Cómo es posible que lo pongas todo en peligro? ¿Por… por tus sentimientos? —Avanzo hacia él—. El deber de un rey es toda su vida —le digo, y mi voz tiembla de rabia—. Tú me lo dijiste. Dijiste que un rey debe renunciar a sus deseos por el bien del reino.

«Mentiras». Eran mentiras, está claro, aunque en su momento mi hermano dijera la verdad.

El semblante de Egan refleja tristeza. Habla con voz fatigada.

—No soy tan fuerte como creía ser. Ni tan desalmado como padre intentó que fuera. No soy el rey en el que habría querido convertirme —reconoce. Clava los ojos en los míos—. Pero tú sí serás ese rey.

Cuando oigo eso, el fuego de mis palmas flaquea. No es posible que le haya oído bien.

—¿Qué?

—Voy a cancelar mi boda con Aurora. Voy a abdicar como rey. Y tú ocuparás mi lugar.

Retrocedo un paso.

—No. No lo haré.

—Lo harás —dice—. Eres la persona adecuada. Este reino merece un gobernante capaz de dar prioridad a las necesidades de su pueblo. Capaz de tomar decisiones difíciles. Te merece a ti.

—No quiero —le digo entre dientes—. No quiero ser rey.

—Por eso precisamente deberías serlo.

No. No quiero esta responsabilidad, este cargo, esta jaula. Egan siempre lo ha sabido. Y ahora… ahora me obliga a asumirlo.

—¿Vas a renunciar a todo? ¿A todo aquello por lo que trabajaron nuestros padres? ¿A tu deber? ¿Por una mujer?

Niego con la cabeza. Me parece imposible.

La sonrisa de Egan es casi lastimera.

—Algún día lo entenderás.

—Nunca lo entenderé —replico de todo corazón. Yo nunca dejaría que una mujer se interpusiera entre mi deber para con mi pueblo y yo. Nunca colocaría esta carga sobre los hombros de mi hermano.

—Es posible —dice con un aire pensativo y triste a partes iguales—. Y tal vez por eso vayas a ser un rey todavía mejor.

Las piernas me cuelgan del borde del precipicio.

Isla Agreste es más tranquila que las demás, en particular por la noche. A veces vengo aquí a pensar. A veces estoy acompañado.

Grim se sienta a mi lado con un gemido.

—Me han dicho que te encontraría aquí. ¿No te apetecía perder de nuevo?

Últimamente las guerreras wildling nos invitan a sus torneos, a celebrar duelos con ellas. Les costó menos aceptar la presencia de Grim que a los otros reinos. Ahora es prácticamente uno más y pasa aquí la mayor parte del tiempo. No digo nada. Me limito a seguir mirando el horizonte.

Grim suspira y une las manos detrás de la cabeza.

—Ese aire melancólico tuyo me irrita, como siempre. Suéltalo.

No se lo he contado a mis amigos. Ni siquiera a Enya. Confío en ellos más que en ninguna otra persona, pero tengo que reconocer que no creo que lo entiendan. Esto no.

Pero Grim…

—Mi hermano se propone abdicar —le digo—. Quiere que yo sea rey.

Grim apenas se inmuta. Se queda mirando el mar y asiente.

—Así pues, acaban de pasarte la corona de dagas. —Se ríe—. Gobernar no es el privilegio que piensa la gente, ¿verdad?

—No. No lo es.

Guardamos silencio.

—Bueno, ¿y qué vas a hacer? —me pregunta finalmente volviéndose hacia mí.

—¿Qué puedo hacer? Ya ha tomado la decisión.

Frunce los labios mientras lo medita.

—Podrías intentar que te desterraran a territorio enemigo y que te encarcelaran. Eso te evitaría tener que asumir la res ponsabilidad, al menos durante unas décadas. Yo mismo es taría encantado de entregarte a mi padre.

Ojalá. Suspiro.

—Empiezo a entender por qué preferías la cárcel.

—Un trono o una celda… no son tan distintos.

—No —digo—. No lo son.

Y ahora mismo preferiría la celda. Miro el mar revuelto. Medito mi destino. Desde aquella conversación con Egan, he considerado este giro de los acontecimientos como una sentencia de cárcel…

Pero ¿y si no tuviera que ser así?

Pienso en las cosas que podría hacer si fuera rey. En lo que haría de manera distinta a mi padre y a Egan. ¿Podría ayudar a este mundo? ¿Podría mantenernos al margen de la guerra?

Grim emite un sonido de incredulidad.

—¿Esperanza? ¿Por tu parte? Cuenta lo que barrunta esa desdichada cabeza tuya.

Clavo la vista en el mar que se extiende debajo, en las rocas que asoman de la superficie.

—Solo estoy pensando. Quizá, si fuera rey, podría cambiar las cosas.

—¿Y eso?

Despacio, me vuelvo a mirarlo. Es algo más que esperanza. Por una vez en muchas décadas, el futuro me inspira algo parecido a ilusión. Esto podría ser lo mejor para nuestro pueblo. Para ambos reinos.

—Si yo fuera rey, podrías matar a tu padre. Y convertirte en el gobernante.

Ya hemos hablado de eso otras veces. En todas las ocasiones, Grim dice que preferiría morir a convertirse en el regente de Nightshade.

En esta ocasión enarca una ceja.

—¿Y?

—Por una vez en nuestra historia compartida, podríamos vivir en paz.

—Paz —repite frunciendo el ceño, como si la palabra fuera nueva para él. Recuerdo lo que me dijo hace mucho tiempo, en las mazmorras. «¿Por qué me odias? ¿Es por algo que he hecho? ¿O porque alguien te dijo que debías odiarme?».

Mi voz se acelera.

—Tú mismo lo dijiste. Vuestros guerreros luchaban por obligación.

No querían conquistar Lightlark. Y tú tampoco.

Pondríamos fin a una guerra sin sentido.

Nadie más tendría que morir. Podríamos solventar cualquier diferencia con una simple conversación.

Tu padre pagaría por lo que les hizo a mis padres…

—Me trago el doloroso recuerdo—. Y la historia podría seguir avanzando.

Todos pasaríamos pá gina de una vez por todas, para crear un futuro mejor.

Uno liderado por nosotros dos. Dos personas que no se regodean en la muerte.

Dos personas que podrían ser…, que son… amigos.

—Amigos —repite Grim.

Asiento.

«Amigos».

Le tiendo la mano. Contiene todo lo que le he prometido. Paz. Amistad. Y el final de tantas muertes absurdas.

Me la estrecha.

Al día siguiente, me despiertan los gritos.

Enya entra corriendo en mi habitación justo cuando me levanto.

—Muertos… Están muertos —chilla entrecortadamente.

—¿Quién? —le pregunto corriendo hacia ella.

Sus manos, por lo general ardientes, están heladas. Tiembla. Tiene los ojos anegados de lágrimas cuando musita:

—Todos.

No. Seguro que se equivoca.

Los gritos se intensifican. Las voces suenan dentro y fuera del castillo.

Corro a la ventana para ver qué pasa y ella tira de mí justo a tiempo… Pero no antes de que me alcance un rayo de sol.

Me corta la piel como un cuchillo de fuego. Retrocedo y me doy media vuelta. El dolor se proyecta por todo el brazo. El sol, que siempre me ha aportado poder, paz y vida…, se ha convertido en un veneno.

En ese momento, los gritos se redoblan. Se triplican.

—Egan —digo, tambaleándome de camino a la puerta. Miro por encima del hombro—. Busca a Calder. Y a Zed.

¿El sol también es mortal para ellos? ¿Están bien?

Corro lo más rápido que he corrido nunca en mi vida, casi volando por los pasillos mientras los sirvientes salen en tropel de las salas.

El alivio se me antoja más ligero que el aire cuando por fin veo a mi hermano.

«Vivo» , está vivo. Me dejo invadir por la sensación solo un instante antes de reparar en la seriedad de su semblante.

—¿Qué pasa? —pregunto con cuidado de no acercarme a las ventanas. Está con Violet. Claro, van de la mano.

—Se trata de una maldición —dice mi hermano. La palabra es una flecha que se me clava en el pecho.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunto despacio.

—Nada más podría ser tan poderoso.

Una maldición. Una habilidad nightshade. Solo hay una persona en el castillo capaz de lanzarla.

«No». Abandono la sala a la carrera. Egan tiene que estar equivocado. Esto… esto no es una maldición. Sin embargo, mientras avanzo por el pasillo, la noto. Hay algo en el ambiente, una especie de sombra que lo enmascara todo. Poder nightshade, que oprime el mundo. «Una maldición».

Egan tiene razón. Alguien nos ha maldecido a todos.

Me quedo paralizado cuando doblo el siguiente recodo. Se me doblan las rodillas. El pasillo está lleno de starling.

Muertos. Todos están muertos.

«Agnes». Me apresuro hacia ella. Está desmadejada en el suelo, con la mano extendida hacia su hija. «Ara».

Agnes tiene los ojos abiertos, vidriosos. No se cierran. Me desplomo de rodillas a su lado e intento levantarle la cabeza. La acuno en mi regazo igual que hacía ella conmigo cuando era niño. No puedo perder otra madre. Otra vez no.

—No —digo—. No.

Agua. Necesito agua. Quizá pueda curarla o…

Pasos. Vigorosos. Luego más lentos. Se detienen delante de mí. Yo sigo mirando el cuerpo exánime de Agnes, pero noto de algún modo que es él.

Devuelvo el cuerpo de Agnes al suelo, muy despacio. Me pongo de pie con idéntica parsimonia. Levanto la vista lentamente, ya con la furia enroscada en los huesos.

Grim me mira con ojos penetrantes.

—Ya sé lo que parece —dice con las manos tendidas ante sí—. Esto no es culpa mía.

Tan pronto como sus labios articulan las palabras, noto la mentira. Es complicada, con un toque de verdad, pero el sabor amargo me basta.

Las llamas brotan de mí en un torrente imparable que lo golpea en mitad del pecho y lo proyecta a la otra punta del pasillo. Se estrella contra el suelo de piedra con un crujido nauseabundo. La energía inunda las palmas de mis manos. Las llamas cubren mis brazos.

—Viste a un rey debilitado por el amor, dispuesto a renunciar a la corona, y pensaste que era el momento ideal, ¿no es cierto?

A continuación, lo golpeo con una explosión de energía starling y sale volando de nuevo, esta vez aterrizando de mala manera contra la pared. Yo tengo la culpa. Yo lo liberé. Le hablé de los planes de Egan.

—No me puedo creer que confiara en ti —le digo entre dientes—. No entiendo cómo pude creerte.

Ahora me mira con rabia. Muestra su verdadera naturaleza.

El Grim que conozco desde hace casi dos décadas ha desaparecido.

Nunca existió en realidad. Doy un paso ha cia él.

Otro. El hielo congela el suelo a mis pies.

El odio, la furia y el sentimiento de traición corren ardientes por mis venas y me calientan las palmas de las manos.

Por primera vez en años tengo ganas de matar a alguien por el mero hecho de verlo muerto. El odio ruge en mi organismo, más intenso que nunca en la vida. Me ciega.

Estoy a punto de acabar con su vida. Pero yo no soy como él. Soy mejor que este demonio maldito que tengo delante. Él es como su padre.

Yo no soy como el mío.

Doy un paso más y, con voz temblorosa de rabia, le digo:

—Tú y tu reino me lo habéis quitado todo.

Todas y cada una de las cosas que me importaban.

—Sigo avanzando para acercarme a él. Quiero que oiga la convicción que proyecta mi voz.

Pronuncio las palabras y albergan más verdad que nada de lo que he dicho nunca.

Las profiero como una maldición—. Algún día encontraré la manera de hacerte daño.

Algún día querrás algo por encima de cualquier otra cosa y yo te lo arrebataré.

«Y pensar… pensar que creí que podíamos ser amigos…».

El eco de mi voz abrasa los pasillos. Parece acallar incluso el caos que nos envuelve. Por un instante, Grim se muestra sorprendido. Herido, como me siento yo.

Veo parpadear la luz que pueda quedar en su interior… y extinguirse. Una sonrisa amarga se extiende por su rostro. Sus ojos se tornan oscuros y crueles como la noche.

—Bueno, esa es la ventaja de que nada te importe. No quiero nada.

Resuenan gritos detrás de mí. De voces conocidas.

Dudo un momento, porque todavía quiero hacerle daño.

Todavía deseo infligirle un dolor físico que esté a la altura de mi tormento.

En vez de eso, corro hacia los aullidos, sabiendo con absoluta seguridad que algún día cumpliré lo que le he prometido.

Para cuando termina el día, mi hermano y los demás gobernantes han muerto. He perdido la poca familia que me quedaba.

Y ahora yo soy el rey. El cargo que nunca quise. El corazón se me endurece en el pecho.

Durante quinientos años, seguirá siendo de hielo.