Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 12. Exterminador #3
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Capítulo 12. Exterminador #3

Se extiende como una onda. Las chispas se desplazan por mi armadura, a lo largo de mi piel, hasta envolverme en energía. En el instante en que el escudo me recubre por completo, los seres nocturnos se abalanzan sobre mí arañando la resplandeciente plata.

Son cientos. Surgen de las profundidades. Me cubren de pies a cabeza y arañan las chispas de energía. Cierro los ojos y proyecto la energía hacia el exterior. Algunos salen volando.

Pero no es suficiente. Hay demasiados. Y vienen más. Los escuálidos brazos me rodean desde abajo y tiran de mí para arrastrarme al agua. Me agito intentando liberarme y mantener el escudo en su sitio, pues es lo único que se interpone entre esas garras como cuchillas y yo.

Pero noto que mi capacidad de control se debilita. Mi visión se torna borrosa. Todavía me sangra la cabeza por la caída. No me puedo curar la herida sin romper el escudo. Sin dejarlos entrar.

Rujo y pateo para quitarme a uno de encima, le atizo un puñetazo a otro al mismo tiempo que intento despejarme la visión. Pero no paran de llegar. Piensa. «Piensa».

Mis pensamientos vuelan inexplicablemente a mis amigos. A esa bebida volcada en el bar… Cómo Calder la congeló, y se hizo añicos.

Con un último estallido de energía, desato una ráfaga de escarcha y congelo a los seres que tengo alrededor.

Caen por los bordes del hielo y se hunden en el agua.

Los que están debajo se sumergen también, lastrados por los cuerpos que se precipitan sobre ellos.

Hasta que, por fin, veo el cielo nuevamente.

«Ara».

Me pongo de pie. Pasados unos segundos, los seres que no se han congelado empiezan a trepar a mi puente. Disuelvo el hielo y me limito a crear placas allá donde piso, para que no tengan donde asirse, pero igualmente se abalanzan sobre mí. Me aferran los ropajes.

Ara está ahí mismo. «Ahí mismo». Y se está muriendo. Ahora cuelga exánime en el aire. Ni siquiera grita. La oscuridad se arremolina en derredor, triunfante.

«Ya basta».

La furia potencia la habilidad concentrada en mi pecho, que hierve rabiosa. Furia por la existencia de los seres nocturnos. Furia por que le absorban la energía a una niña.

Lanzo un gruñido frustrado y ese poder, la corriente in finita que tanto me he esforzado en mantener enterrada, sur ge a borbotones. El siguiente paso que doy no congela únicamente el agua que tengo delante. No.

Congela el lago entero.

El mundo crepita cuando los seres nocturnos del agua quedan atrapados bajo el hielo. Cuando arañan la capa helada.

Me duele la cabeza del esfuerzo. Noto la sangre más diluida. Pero casi he llegado a la isla. Casi he alcanzado a Ara.

Pasos. Cientos de pasos.

Poco a poco me doy media vuelta. Y me recibe una ola de sombríos seres pútridos. Los que estaban en el bosque han usado el hielo para alcanzarme.

No hay tiempo para crear un escudo. Tampoco tengo energía. Inspiro hondo y los seres me entierran.

Antes de que una sola garra o diente me alcance, el mundo se oscurece como una noche infinita y una podero sa ola de sombras me empuja por el hielo.

Cuando mi vi sión se despeja, los engendros han desaparecido.

Todos y cada uno. Han quedado reducidos a cenizas.

Y Grim transporta a la niña por el lago helado.

Lo miro fijamente. Durante un momento, no puedo hacer nada más. A todos. Los ha matado a todos. Y no tiene ni un rasguño.

Me tiende a la niña.

—Necesita un sanador. —Señala el cielo—. Ve.

Ara gime en mis brazos. Su pulso es débil. Está pálida como un hueso. La observo y luego a él. Acabo de ver sus poderes en acción. Poderes que no usó durante la batalla.

Se estaba conteniendo. Ahora lo sé con absoluta seguridad.

No puedo dejarlo solo. No después de lo que acabo de ver.

Grim me lanza una mirada funesta.

—Estás perdiendo tiempo —dice—. Va a morir.

¿Era esto lo que quería? ¿Quedarse a solas para hacer lo que sea que tuviera planeado? Lanza un gruñido de frustración y da un paso hacia mí sobre el hielo.

—No voy a escapar. No mataré a nadie que no intente matarme a mí. Ve.

«Verdad». Aguardo aún un momento. Y otro. Luego salgo disparado hacia el cielo dejando a Grim en el lago congelado.

Me paseo por el pasillo que da a la enfermería. Oigo a los moonling en el interior, atendiendo a Ara. Oigo los sollozos callados de su madre.

El calor de Enya me envuelve pasado un instante.

—Lo has conseguido —musita en mi oído a la vez que me abraza con fuerza.

—No he sido yo —le digo, y ella retrocede un paso frunciendo el ceño con aire ofuscado. Entonces mi hermano aparece tras ella.

—Ha sido él —les digo a los dos.

Se hace un silencio.

—¿Y dónde está ahora? —pregunta mi hermano.

En ese momento llega Zed.

—Ha regresado a su celda.

Mis hombros se derriten de alivio.

—¿Has dado con él?

Zed niega con la cabeza, confuso. Todo el mundo parece ofuscado, maldita sea.

—No —responde con sinceridad—. Ha entrado él solo. Ha cerrado la puerta y todo.

Nos miramos unos a otros.

—No tiene sentido —dice Enya a la vez que se apoya contra el muro de piedra.

Tiene razón. Nada de esto tiene sentido. Y sin embargo…

Él me ha dicho la verdad desde el principio. ¿Será posible que el heredero nightshade, el guerrero al que hemos visto matar a miles de soldados, esté encantado de encontrarse lejos de su reino, lejos de tanta muerte, aunque eso implique vivir encerrado?

Mi hermano se vuelve a mirarme. El alcance de su cansancio salta a la vista.

—Tú eres el que más tiempo ha pasado con él —dice—. Ocúpate tú.

Tras eso, abandona la sala a grandes zancadas.

Me paso una mano por la cara.

—Por una vez estáis todos muy callados —les digo a mis amigos, que me miran con atención—. ¿Alguna idea? ¿Alguna opinión?

Antes de que puedan responder, la puerta de la enfermería se abre de golpe y Agnes sale trastabillando. Me toma las manos con los ojos arrasados en lágrimas.

—Está viva. Gracias a ti… está viva.

Me echa los brazos al cuello y yo me quedo allí plantado, sosteniéndola como ella me sostuvo infinidad de veces cuando yo era niño, hasta que rompe el abrazo y vuelve a la enfermería.

Oigo una vocecilla. La de Ara. Está despierta.

«Está viva».

—¿Qué vas a hacer? —me pregunta Enya.

—Voy a formularle una última pregunta —le digo.

Zed tenía razón. Grim está exactamente donde debería estar: en una celda que apesta a ratas muertas.

Suspira cuando me ve.

—Pensaba que me dejarías tranquilo un tiempo. Diría que me lo merezco.

—¿Por qué? —le pregunto sin más.

Parece comprender que no se trata de una respuesta a su afirmación. Dobla el cuello para relajarlo y suena un crujido.

—¿A qué te refieres?

—¿Por qué no usaste esos poderes en el campo de batalla?

Ni siquiera es un gobernante. Su padre sigue vivo. Pero esos poderes… Yo nunca había visto nada semejante.

Grim me mira un momento. De nuevo parece sentir curiosidad.

—¿Tú nunca has ocultado los tuyos?

Me tenso.

«Tú y yo… no somos tan distintos como piensas».

Una sonrisa maliciosa asoma a su cara. Conoce mi respuesta sin que yo la verbalice siquiera.

—Es una pena que seas quien eres y que yo sea quien soy.

—¿Y eso por qué? —le pregunto entre dientes.

—Porque me parece que, en otra vida, podríamos haber sido amigos.

«Amigos».

Por poco me echo a reír. Yo nunca seré su amigo. Nunca seré capaz de ver nada más que la sangre de su espada o los pecados de su padre.

—Responde a mi pregunta —gruño—. ¿Por qué no usaste esos poderes?

Recuesta la cabeza contra la mugrienta piedra mientras me observa.

—La respuesta siempre ha sido la misma. Por mucha facilidad que tenga para administrar muerte, no disfruto con ello.

Dice la verdad. Suspiro.

Me arrepentiré de esto. Lo sé.

A pesar de todo, avanzo un paso y agarro la puerta de la celda.

—Dijiste que no habías sido libre en toda tu vida —le digo mientras la abro—.

De ahora en adelante, lo eres. Siempre y cuando no mates a nadie y no abandones esta isla, eres libre.

Para hacer lo que te plazca. O para quedarte aquí dentro, sentado en tu propia orina, por toda la eternidad.

—Encojo un hombro—. A mí me da igual. Haz lo que quieras.

Tras eso abandono los calabozos, preguntándome si no habré cometido un tremendo error.