Capítulo 12. Exterminador #2
—Genial. Más tiempo juntos. Preferiría volver a esa celda.
A pesar de todo, sigue andando. La entrada de la maz morra da a una escalera exterior que asciende por la monta ña en la que está construida la prisión. Se protege los ojos del sol con la mano, haciendo una mueca. Entorna los ojos.
—No me obligues a esperarte —dice. Y sale volando del acantilado en una corriente de sombras.
Suspiro. «¿Dónde cojones me he metido?». Doy un salto para salir volando tras él.
Sus sombras no son tan eficientes como mi capacidad de volar. Planeamos únicamente hasta la costa de la isla principal. A partir de ahí avanzamos hacia isla Estrella a pie. Grim recorre el puente a la carrera, sin la menor vacilación.
No somos los únicos que transitan el camino. Según nos acercamos a un grupo de nobles starling, el miedo me encoge el estómago. No tengo tiempo para explicar por qué el prisionero se pasea por ahí en libertad ni qué hago yo a su lado. Me preparo para su horror o sus preguntas…
No dicen nada. Me saludan con un gesto de la cabeza y siguen andando de camino a la isla principal. Miro de reojo al adusto heredero. Vierte sombras por todas partes, manchando la isla con su presencia.
—¿Te estás camuflando?
—Pues claro —replica como si yo fuera idiota—. No tengo ningunas ganas de que la gente me mire boquiabierta.
Vale.
Cruzamos isla Estrella a la carrera. Él avanza con seguridad. Parece irritado ante todo por tener que hacer esto. No saca nada con ayudarnos, pero ha prometido que no aprovecharía esta oportunidad para escapar.
Mi don nunca me ha fallado. Sin embargo, si no planea traicionarnos, ¿por qué nos ayuda?
El malvado al que me enfrenté durante años en los campos de batalla es desalmado.
No le importa lo más mínimo una niña a la que no conoce de nada.
Eso es obvio, si fue capaz de acabar con tantas vidas sin pestañear.
Así pues, ¿por qué ha venido, poniendo en peligro su propia vida para salvar otra?
Decido preguntárselo a bocajarro.
—¿Por qué haces esto?
Resopla con desdén.
—¿Ahora pretendes convencerme de que no os ayude?
—No. Intento entender por qué mi despiadado enemigo se preocupa por una niña starling.
Se vuelve a mirarme.
—¿Crees que no me importa lo que le pase a una niña solo porque pertenece a Lightlark?
Me encojo ligeramente de hombros.
—No te importó lo que les pasara a miles de soldados.
Gruñe con rabia.
—Cuando invadimos la isla, dejamos claras nuestras condiciones. Todo aquel que no quisiera morir podía rendirse y salir ileso. En el instante en que pisaron el campo de batalla, aceptaron el peligro de perder la vida.
Ya hemos rebasado el castillo starling. Pronto estamos recorriendo el bosque que se extiende por detrás.
—¿Piensas que hacer esto te ayudará a salir de la prisión? ¿Que te liberaremos?
Suspira con aire de paciencia infinita.
—Solo intento salvar a una niña. Aunque espero que el bosque de la Medianoche acabe contigo, para poder librarme de tu presencia infernal.
Verdad. Ambas afirmaciones.
Cabrón.
Los árboles son de color plata. Relucientes.
La tierra parece hecha de estrellas pulverizadas.
Isla Estrella es hermosa. Por lo que yo sé, Grim nunca ha estado aquí.
Lo lógico sería que lo observara todo, que lo memorizara por si en un futuro tiene que invadir este territorio, pero avanza a la carrera con la mirada fija al frente. Concentrado en nuestra misión.
—Pensaba que un prisionero disfrutaría más de su libertad, por efímera que fuera —comento según nos acercamos al bosque de la Medianoche. Los dos reducimos el paso.
—Jamás en mi vida he sido libre —dice Grim.
Abro la boca para replicarle cuando un grito atraviesa la creciente oscuridad.
Nos detenemos. El alivio me anega los huesos.
Es ella: tiene que ser ella. «Está viva».
Los gritos continúan reverberando sin descanso en el bosque.
Sigue con vida, pero es obvio que está sufriendo. Nos miramos un momento.
Y salimos disparados.
Tan pronto como pongo el pie en el bosque, un escalofrío semejante a una advertencia me recorre la columna vertebral.
El frío se intensifica. Todo lo que tenemos detrás es plateado como las estrellas.
Aquí las raíces son negras como la noche.
Los árboles están marchitos y pringosos, igual que si los hubieran envenenado.
El suelo es ceniza lodosa. Nos encontramos en un sitio de muerte.
De sufrimiento. Las sombras parpadean en los bordes de mi campo de visión.
Las ramas se mueven como espadas que quisieran traspasarnos.
—No dejes que te toquen —me advierte Grim.
Huelo la ponzoña que emanan. Rezuma del musgo oscuro que cubre las puntas de las ramas.
—No pensaba hacerlo —le digo a la vez que me agacho para evitarlas. Una rama se acerca y yo la ahuyento con fuego. Otra se balancea con fuerza hacia Grim, que resopla irritado.
—Se acabó —gruñe a la vez que alarga la mano. De la palma le brota una avalancha de sombras que empuja a los árboles hacia los lados para despejar un camino.
Yo trago saliva con dificultad. Después de meses encarcelado, sus poderes deberían haberse debilitado. Sin embargo, no parece que haya perdido fuelle.
Los gritos suenan más altos. Más cerca.
Llegamos a un lago negro y nos acuclillamos entre la maleza que rodea la orilla para no ser vistos.
En el centro hay una isla, en la que destaca una niña sentada.
Ara. Se tapa las orejas con las manos como si oyera algo que nosotros no alcanzamos a percibir.
Las lágrimas corren por su rostro y tiene la boca abierta en un grito que enmudece de repente como si hubiera perdido la voz.
Despacio, se despega del suelo flotando, arrastrada por una fuerza invisible.
Se agita adelante y atrás como si tratara de zafarse de ese control intangible.
Figuras embozadas, andrajosas y deshilachadas, surgen repentinamente de entre las sombras.
Bajo las capuchas distingo huesos y nada más. Son seres nocturnos. Y no están solos.
Algo sisea a mi espalda y, cuando me giro a toda prisa, solo veo una inmensa sombra. No. Es algo más que una sombra. Un rayo de luna asoma por detrás de una nube e ilumina un instante la figura: espectral y destrozada, un cuerpo mutilado.
Hay decenas de ellas apiñadas en el lindero del bosque. Las oigo también a mi espalda, procedentes de las profundidades del lago. Estamos acorralados.
La luz cambia de súbito y todas las formas desaparecen. Se tornan casi invisibles en ausencia del resplandor de la luna. Entonces se hace el silencio.
Aguardamos un instante. Un poco más.
—El silencio es malo. Están a punto de atacar —dice Grim, cuyas sombras ya se despliegan desde sus brazos.
Un estridente chillido rasga la noche y al momento los seres se abalanzan sobre nosotros.
Yo estallo en llamas, que descienden por mis brazos has ta crear dos espadas. Las uso para decapitar a la criatura que tengo delante, pero la cabeza reaparece al momento. Trago saliva. Ya están muertos. Nada puede matarlos, no durante mucho rato. No podremos derrotarlos a todos.
A mi lado, Grim recurre a sus sombras para destruir todo aquello que se pone en su camino. A diferencia de lo que pasa con mis llamas, las criaturas tenebrosas desaparecen más tiempo cuando se enfrentan a su poder. Algunas no regresan, como si se hubieran extinguido para siempre.
—Ve —me grita por encima del hombro. Parece casi… asustado. Pero no de los seres.
Tiene miedo por la niña, deduzco.
«Ara».
Salgo disparado hacia el cielo, hacia ella, pero al momento caigo en picado y me estampo contra un árbol.
Las sombras la han engullido: han creado una corriente turbulenta que es casi invisible, excepto por el tono grisáceo del aire.
Fuerzo la vista en dirección a la noche.
La niebla gris se torna más densa. Los seres tenebrosos se arremolinan en torno a Ara hasta casi ocultarla.
Saben que estamos aquí. No quieren soltarla.
Muy bien. Si no puedo volar, iré a buscarla a pie.
Los seres reemergen a toda prisa del bosque, pero yo creo una muralla de llamas y los reduzco.
Uso ese instante para congelar un camino en el lago y emprender la marcha hacia la isla.
Los oigo de inmediato a mi zaga, persiguiéndome, así que derribo el puente casi con la misma rapidez con que lo he creado, para que caigan al agua.
Tardé años en aprender a fabricar un hielo tan sólido.
Mis botas reforzadas se estampan contra la capa, pero resiste.
A pesar del pánico que me embarga, aguanta mientras me apresuro hacia Ara.
Ella forcejea con violencia contra las sombras.
Es como si la estuvieran quemando viva, a juzgar por sus chillidos; como si los seres tenebrosos obtuvieran algo de su dolor.
—¡Aguanta, Ara! —grito—. Ya voy…
El mundo se tuerce y me estampo de cabeza contra el hielo.
Algo me sujeta la pierna. Parpadeo entre el rugido que se ha apoderado de mi cráneo para despejar las nubes que me empañan la visión, y cuando me retuerzo veo que la mano de un esqueleto me ha apresado el tobillo.
Más criaturas están saliendo del agua gélida.
Sus pútridos brazos se alar gan por encima del camino helado hacia mí.
Estoy rodea do. Si rompo el hielo, caeré al agua con ellos.
Si vuelo, la corriente que aúlla ahí arriba me derribará.
Hay una habilidad starling que solo he probado en una ocasión. Requiere gran cantidad de energía: energía de la que carezco ahora mismo, porque me sangra la cabeza tras el golpe contra el hielo. Pero Ara me necesita.
Inspiro hondo. Me obligo a concentrarme a través del pánico. Aglutino todos mis sentidos en el poder de mi corazón. Borro todos los pensamientos, dudas y miedos.
«Busca tu fuego». No se aplica solo a las llamas. Significa buscar la luz en la oscuridad. Buscar la calma en el caos.