Capítulo 12. Exterminador
E ncuentro a mi hermano en la sala de estrategia.
Está inclinado sobre una reproducción de la isla, muy concentrado. Allí plantado, examinando sus territorios con atención, se parece a nuestro padre de un modo inquietante.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
Pasa un ratito antes de que levante la vista.
Tiene los ojos enrojecidos. Cansados. Los pómulos aún más marcados de lo habitual. Tarda un momento en entender qué le estoy preguntando. Luego asiente.
—La boda —murmura como si acabara de atar cabos.
—Te has prometido y no me lo dijiste.
Niega con la cabeza. Desdeña el asunto con un gesto de la mano.
—Es una alianza política. No significa nada.
—Significará para Aurora.
Se pellizca el puente de la nariz con un gesto que de nuevo me recuerda a nuestro padre. En cambio, su tono paciente es calcado al de nuestra madre.
—Lo que signifique el matrimonio para ella no me preocupa demasiado. Mi máxima prioridad es la unidad de los reinos.
Clavo la vista en el mapa, igual que él. Ya no representa la realidad del reino. Grandes zonas han quedado arrasadas.
—¿Y tú crees que el matrimonio la consolidará?
Egan asiente.
—El poder de Starling ha aumentado. Las habilidades de Aurora son significativas.
Adivino el sentido implícito de sus palabras. El destino que aspira a evitar con el matrimonio.
—Te preocupa que se independice de la isla.
—Es una posibilidad. Las cuentas se lo permiten. Su pueblo es autosuficiente en buena medida.
—Sí, pero está enamorada de ti.
Egan frunce el ceño, como si el amor de Aurora fuera un tremendo inconveniente. No se molesta en negarlo. El amor entre gobernantes es peligroso. Implica obtener acceso a las habilidades del otro.
Me pregunto si él ha percibido los poderes de Aurora. Y me pregunto cómo se siente ella, al no haber percibido nunca los de mi hermano.
—¿Y qué pasa con tus sentimientos? —le pregunto. Aunque sea el rey, también es mi hermano. Le he visto mantener relaciones con otras durante años, algo que siempre provocaba los celos de Aurora.
Se gira de golpe hacia mí. Frunce el ceño.
—¿Sentimientos? Mis sentimientos no tienen importancia.
Pienso, durante un momento, en otra persona que enterró sus sentimientos. Y cómo acabó.
—Le proporcionaré a la isla un motivo de celebración —dice Egan devolviendo los ojos al mapa. Usa carboncillo para tachar las zonas perdidas—. La gente necesita algo con lo que ilusionarse en los malos tiempos.
Las bodas reales son eventos muy elaborados. Las celebraciones duran meses.
—Así pues, ¿no sucederá pronto?
Egan suspira.
—No, si puedo evitarlo.
Pero la boda se anunciará en fechas próximas. Él querrá instilar esperanza en nuestro pueblo lo antes posible, para que los trabajos de reconstrucción sean más fluidos. Reconozco que es un buen plan, aunque sea a expensas de mi hermano.
En cualquier caso, está decidido. Ya no somos niños que juegan con espadas de madera y bromean sobre el aspecto que tendrá Egan cuando lleve la corona.
Está sobre su cabeza ahora mismo. Dorada y brillante.
Y —a juzgar por su cansancio— pesada.
Por fin levanta la vista para mirarme de nuevo.
—¿Y qué me dices del nightshade?
—No está tramando nada.
Parece sorprendido.
—¿Estás seguro?
Asiento y él desvía la mirada.
—Bien. Eso es bueno. Gracias.
Vuelve a su mapa y yo medito la conversación con el prisionero. En este momento entiendo mejor que nunca por qué Grim prefiere estar en una celda a gobernar un reino.
Durante los días siguientes, pienso en todo lo que Egan está sacrificando por el bien de la isla. Nunca quise ser rey, pero ahora… Entiendo hasta qué punto reinar es una maldición. Implica vivir para los demás. No ser capaz de tomar ninguna decisión que no esté basada en el deber.
No debería tener que cargar con ese peso él solo.
Yo haré todo lo que esté en mi mano para facilitarle el trabajo. Es lo mínimo que puedo ofrecerle. Es lo que mi madre habría querido.
Entro en la sala del trono decidido a cumplir las órdenes que me dé, ahora que está resuelto el asunto de Grimshaw. El sonido de un llanto me arranca de mis pensamientos.
No. «Llanto» es una palabra demasiado suave. Este sonido, este aullido, me hace temblar los huesos.
Hay una mujer de rodillas ante el rey, presa de temblores.
Me sorprende ver a mi hermano ponerse de pie; en teoría no debe abandonar el trono cuando recibe visitas.
Lo que hace a continuación rompe todas las reglas del decoro. Se acerca a la mujer, se arrodilla delante de ella y le toma las manos.
—Lo siento muchísimo, de veras.
Avanzo un paso y…
Es Agnes. Su tutora. ¿Por qué llora? Me apresuro hacia ellos.
Los sollozos resuenan por toda la sala dorada.
—Iré yo misma… Iré —dice cuando las lágrimas ceden el paso a una voz forjada de pura e inquebrantable fuerza.
—Solo conseguirás morir —le responde mi hermano con suavidad.
—Estoy muerta sin ella.
«Sin ella».
Se me hiela la sangre en las venas. Veo a Enya a un lado de la sala y le aferro el brazo.
—¿Qué ha pasado? —pregunto, aunque me temo que ya lo sé.
—Su hija se internó en el bosque de la Medianoche.
«Ara». La hija que tanto le costó tener. El bebé de mejillas sonrosadas que todos nos turnábamos para coger en brazos. En Lightlark se rinden honores a los bebés. Son un bien codiciado.
«No». Agnes es una tutora y miembro de su reino muy valorada.
Egan le tiene cariño. Enviaría los guerreros que hicieran falta en busca de Ara si hubiera alguna posibilidad de recuperarla.
Pero ahora entiendo por qué mi hermano no ordena a los guardias que vayan a buscarla.
Comprendo por qué le dice que sería una sentencia de muerte.
Los bosques de isla Estrella llevan siglos ocupados por seres nocturnos.
Si acaso Ara sigue viva, pronto dejará de estarlo.
—Aún oigo sus gritos —dice Agnes, y sus atormentados sollozos le hacen castañetear los dientes. Tiene la piel pálida y grisácea. Hasta este momento nunca la había visto llorar, ni una vez—. Todavía está… Todavía está viva.
Cierro los ojos con fuerza. No puedo ni imaginarme el dolor de oír chillar a tu hija, saber que sigue viva, saber que todavía hay esperanza…, pero tener que resignarte a la im posibilidad de salvarla.
No. No es imposible.
Enya se vuelve para mirarme, como si supiera lo que significa la tensión de mi cuerpo y hubiera adivinado lo que estoy pensando.
Pues claro que lo sabe. Me conoce mejor de lo que yo me conozco a mí mismo.
—No estarás pensando en…
—Sí —respondo.
Hay una persona en esta isla capaz de internarse en un bosque repleto de las criaturas nocturnas que se quedaron aquí después de que Nightshade dejara de formar parte del territorio.
Frunce el ceño.
—¿Y tu hermano? ¿Te lo permitirá?
Lo medito. Luego asiento.
—Egan confía en mí —le digo.
Es verdad, aunque otro detalle también es cierto: no me fío de Grim ni una pizca.
Levanta la cabeza cuando entro. Han pasado días desde la última vez que estuve aquí y parece más delgado que antes. Más débil. Ni un ápice de color anima sus facciones.
Arruga el entrecejo cuando me ve.
—Qué interesante… Cuántas emociones distintas… Quieres algo de mí, ¿verdad?
Me tiembla la barbilla cuando me pregunto qué me pedirá este demonio a cambio. Cuando me pregunto qué le voy a dar. Agnes ha sido mi segunda madre. Es la persona más altruista que he conocido jamás. Mi madre la quería. Estuvo ahí, a su lado, cuando Ara nació.
—¿Alguna vez tuviste un tutor que cuidara de ti como si fueras su hijo? ¿Que se ocupara de ti?
Me mira atónito, como si estuviera apartando las telarañas que ha tendido sobre sus recuerdos. Pasa un momento y otro más. Por fin, asiente.
Interesante.
—La tutora de mi hermano se pasó años tratando de tener una hija hasta que por fin lo consiguió. Ella es todo su mundo. Esa mujer, más que nadie, merece la felicidad. — Avanzo un paso hacia la celda—. Su hija se ha internado en el bosque de la Medianoche.
Me mira con ojos inexpresivos. No sabe adónde quiero llegar, es obvio.
—Es un lugar de isla Estrella que está infestado de seres de las tinieblas.
Grim, con un gesto que le honra, no se burla de la situación, aunque yo haya venido a suplicarle que nos ayude. En vez de eso, lanza una maldición. Niega con la cabeza.
—No sobrevivirá.
—Su madre piensa que sigue viva —le digo.
«Pero no por mucho tiempo».
Los ojos de Grim están clavados en los míos. Lo miro a través de los barrotes de la celda, buscando algo —lo que sea— que me haga cambiar de idea. Que me recuerde por qué este es el mayor error del mundo.
—Ayúdanos —le pido. A continuación, pronuncio las palabras que pensé que jamás le diría a ningún nightshade, y menos a este—: Por favor.
No responde. Se limita a agitar los brazos para que las cadenas tintineen.
—No sirvo para nada encadenado a una pared.
—Entonces nos ayudarás.
Es una afirmación, pero todavía necesito escuchar su respuesta.
—Sí —responde al instante.
Necesito estar más seguro. Estoy afrontando un riesgo que podría afectar a toda la isla.
—Si te suelto, ¿nos traicionarás?
Se toma su tiempo antes de responder, como si estuviera barajando diversas posibilidades.
—No —dice finalmente.
«Verdad».
Abro la puerta de la celda.
Me preparo para un ataque: una parte de mí piensa que, a pesar de su respuesta, me aplastará con sus sombras. Sin embargo, cuando le retiro las cadenas, Grim sale despacio del calabozo. Frunce el ceño en dirección al rayo de sol que se cuela por la puerta abierta del final del pasillo.
—Te voy a poner una condición —me dice mientras caminamos hacia la luz.
Tuerzo el gesto.
—¿Y has esperado hasta ahora para decírmelo?
—¿Quieres que te ayude o no?
Pues claro que sí.
—¿Qué condición?
—Yo trabajo solo. No quiero tener que cargar con tus ridículos guerreros ni con tus amigos.
Pienso en Egan. Solamente me permitió pedirle ayuda al nightshade porque le aseguré que iría acompañado, como garantía de que no escaparía a Nightshade.
—No tendrás que hacerlo —accedo—, pero yo te acompaño.
Grim suspira.