Capítulo 11. Villanos
Z ed deja sobre la mesa tres tipos de bebida distintos.
Estamos en un bar skyling, en mitad del ágora. El propietario, Juniper, nos ha acomodado en el fondo, lejos del bullicio y de las conversaciones.
Calder frunce el ceño.
—¿No tienes entrenamiento mañana?
Zed forma parte de las fuerzas aéreas, un grupo de lucha en vuelo.
Enya esboza una sonrisilla irónica.
—Eso no le ha impedido beber otras veces. Aunque los que estamos en tierra corremos más peligro que él.
Todos recordamos el día que Zed se emborrachó y vomitó sobre un montón de gente en el ágora. Durante cinco años, tuvo prohibida la entrada. Pudo haber sido más tiempo, pero mi madre sentía debilidad por Zed y consiguió que mi padre le acortara la sentencia.
—Puede que me dé un paseo por encima de las mazmorras —dice con malicia, sabiendo tan bien como yo que hay orificios en el techo de las celdas. Nos acerca un vaso a cada uno y levanta el suyo—. Por Oro, el buscador de la verdad, que por fin se ha liberado de la escoria nightshade.
Los vasos tintinean cuando brindamos. Yo bebo un sorbo y tuerzo el gesto.
Le lanzo al skyling una mirada de incredulidad.
—¿En serio?
Prácticamente es alcohol puro.
Zed encoge un hombro.
—La próxima vez no dejes que pida yo.
Enya prueba la suya y casi le entran arcadas.
—Esto debería ser ilegal.
Devuelve la bebida a la mesa y se levanta para pedir otra cosa.
Zed, por su parte, se bebe toda su copa y apura también la de Enya. La sigue hasta la barra.
Calder se vuelve a mirarme.
—¿Y bien? ¿Cómo fue en realidad?
Le doy vueltas en el vaso a la bebida que no tengo intención de tomar.
—¿Qué quieres decir? —le pregunto, aunque sé muy bien a qué se refiere. El moonling me lanza una mirada elocuente.
Suspiro.
—Aunque parezca increíble, no siempre fue monstruoso hablar con él. Pero es un monstruo, a pesar de todo. ¿Qué quieres que te diga?
—La verdad. Como has hecho siempre.
La verdad es complicada.
—¿Qué te preocupa?
Calder no comparte los poderes mentales del nightshade, pero igual podría tenerlos. Posee una capacidad sobrenatural para interpretar las emociones ajenas. Es lo que pasa cuando tiendes a escuchar más que hablar.
—Piensa que nos parecemos —le explico. Al momento tuerzo el gesto, como si las palabras fueran tan amargas como la bebida.
—Tiene razón —responde Calder como si fuera evidente.
Le lanzo una mirada de reproche, pero él sigue hablando sin darse por aludido—.
Los dos sois hijos de gobernantes. Sois poderosos.
Y estáis atrapados, de un modo u otro, en vuestros papeles.
Los dos capitaneáis los ejércitos de vuestros territorios. Sois más o menos de la misma edad. Y…
—Ya lo pillo —le digo entre dientes.
—Nuestros enemigos son los héroes de su propia historia. Y los villanos de la nuestra. —Se encoge de hombros—. Funciona en ambos sentidos. Tú y yo… estábamos destinados a ser enemigos, ¿no?
Lo estábamos. Mi padre le arrebató la vida al suyo. Su padre lideró un alzamiento contra el mío. Nacimos para ser rivales.
—Entonces ¿crees que el nightshade y yo deberíamos ser amigos? —le pregunto en tono irritado.
Calder se ríe con ganas.
—No. Solo pienso que las peores mentiras son las que nos contamos a nosotros mismos.
«Las mentiras que nos contamos a nosotros mismos».
Enya planta su nueva bebida en la mesa.
—No os vais a creer lo que me ha dicho ese cantinero. —Se vuelve a mirarme—. ¿Desde cuándo nos ocultamos cosas?
La miro con perplejidad.
—¿Qué?
Su rostro se desencaja.
—Entonces no lo sabes.
—¿No sabe qué? —pregunta Zed, acercándose por detrás de Enya.
Noto en la expresión de mi amiga que desconoce si mi ignorancia es una buena o una mala noticia. Ignora cómo me lo voy a tomar.
—Tu hermano se ha prometido.
Mi primer impulso es responder: «No, no es verdad». Pero hace días que no lo veo. Desde que ocupó el trono, una brecha se ha abierto entre nosotros. De modo que, en vez de eso, pregunto:
—¿Con quién?
—Con Aurora.
Zed aúlla de risa.
—Oh, no. Tu hermano no se merece eso.
Enya suspira.
—No es ningún secreto que lleva una buena temporada enamorada de él.
Lo ha expresado de un modo muy suave. La gobernante starling lleva persiguiendo a mi hermano desde que tengo memoria.
Cuando éramos niños, ella no era más que una heredera.
Entonces sus padres murieron en un extraño accidente, una explosión en los establos del castillo starling mientras se preparaban para salir a cabalgar.
En un abrir y cerrar de ojos, Aurora se convirtió en una de las gobernantes más jóvenes de la historia de los reinos.
—Todavía pienso que ella se los cargó —dice Zed, y toma un sorbo de su nueva bebida.
Calder le reconviene con la mirada.
Zed levanta las manos en ademán de rendición.
—¿Qué pasa? No sería la primera persona que asesina por poder.
Enya niega con la cabeza.
—No. Oro y yo hablamos con ella. Justo antes de la ceremonia de coronación. Estaba destrozada. No paraba de llorar. Todavía le dolía la muerte de sus padres.
Y Egan la abrazaba mientras ella lloraba en sus brazos. No puedo creer que me haya enterado así. Aferro la mesa, y Enya se percata.
—Se debe a razones políticas, claro —explica—. Starling es más fuerte que nunca. Una alianza entre los dos tiene todo el sentido del mundo.
Debo de adoptar una expresión escéptica, porque continúa.
—La guerra ha fracturado esta isla. Tu hermano siempre pone por delante el bien del pueblo. No significa nada.
Recuerdo lo que Egan me dijo sobre el deber. Enya tiene razón. Si hay alguien capaz de casarse por razones meramente políticas, es él.
Zed bebe un buen trago.
—¿Creéis que tendrán que compartir lecho? —Frunce el ceño—. Es atractiva, pero emana algo siniestro, ¿no creéis? Siempre me está mirando con expresión funesta.
—Me pregunto por qué —le espeta Enya con sarcasmo mientras Zed apura su vaso.
Calder parece pensativo.
—El suyo sería el primer matrimonio entre gobernantes.
Tiene razón. Mi padre y mi madre eran sunling. Mi madre procedía de una familia noble, pero no tenía sangre azul.
—Sin duda es toda una declaración de intenciones — observa Enya.
Es cierto. Pero no tengo claro que se pueda considerar positiva.
El matrimonio promoverá la unidad. Por otro lado, también podría considerarse una concentración de poder excesiva.
Enya se vuelve a mirarme.
—¿Y tú cuándo te casarás?
La miro torciendo el gesto. Ella se encoge de hombros y toma otro sorbo de su bebida.
—¿Qué pasa? Estoy harta de que la gente dé por hecho que estamos juntos. Las mujeres me miran con odio, cuando no están babeando ante ti.
Pienso que Enya exagera, pero algo de razón tiene. Yo también me he percatado de las miradas. De los susurros.
—Además, sería agradable contar con otra mujer en el grupo. —Enya nos mira frunciendo el ceño—. No os ofendáis, pero a veces apestáis, y, quizá si hubiera otra mujer aquí para decíroslo, me creeríais.
La sonrisa de Zed es venenosa.
—Apestamos porque nos pasamos el día de un lado para otro, en lugar de dejar que nuestras llamas luchen por nosotros.
Al instante, una llama se desprende de la palma de la mano de Enya y vuelca una de las bebidas de Zed. Antes de que se derrame sobre Calder, él la congela y el hielo se hace añicos sobre la mesa. Zed se lleva un trozo del hielo a la boca y Enya pone los ojos en blanco.
—¿Y bien? —insiste ella, volviéndose de nuevo hacia mí—. ¿Cuándo tendré una nueva amiga íntima? ¿Una que no se tome las bebidas congeladas de la mesa, a poder ser?
Me vuelvo a mirar a las mujeres de la mesa contigua. Dos desvían los ojos de inmediato, pero una me sostiene la mirada. Sonríe. Es skyling. Tiene la cabellera rubia y el rostro pecoso.
—Es guapa —me susurra Enya antes de tomar otro sorbo.
Supongo que sí. La miro esperando un cosquilleo, una sensación.
No noto nada. Tan solo una atracción difusa.
Puede que me haya reído de las ideas de Grim sobre el amor, pero de un modo un poco enrevesado estoy de acuerdo con él.
No creo en el amor a primera vista. El amor romántico no podría ser más importante que el cariño que siento por mis amigos.
La atracción es otra cosa. El sexo es genial. ¿Pero hablar con alguien durante horas? ¿Que te importe tanto como para querer saber más y más de esa persona? ¿Que te apetezca pasar más tiempo con ella que en compañía de tus amigos?
Eso jamás.
—Al menos ya no tenemos que preocuparnos por el ni ghtshade —dice Zed, levantando su vaso vacío.
Todos brindamos por eso.