Capítulo 10. Enemigos
M e encamino a una planta, antes abandonada, de la que mis amigos y yo nos hemos apropiado.
Todos me esperan allí. Se han acomodado en una colección de sofás disparejos, los más cómodos que Zed pudo robar en diversas partes del castillo, y ahora cada cual tiene su asiento favorito.
En este momento, Zed está sentado en el mío.
—Vamos a nadar.
Me miran estupefactos. Seguramente se deba a que yo jamás les he propuesto hacer unos largos, aunque es una de las actividades favoritas de mis amigos.
—Es por el nightshade, ¿verdad? —me pregunta Zed con expresión jocosa—. Te ha ofuscado.
No tiene sentido negarlo. Frunzo el ceño.
—Dad gracias de no compartir mi don, ninguno de vosotros. Dudo que haya conocido a una persona tan horrible en mi vida.
—Venga, venga. No le faltes el respeto a tu padre estando su muerte tan reciente.
Se hace un silencio.
Todos estallamos en carcajadas. Está mal burlarse de un difunto, pero también sienta bien poder reír finalmente. ¿Cuánto tiempo hacía que no nos reíamos juntos de este modo?
Enya se incorpora de un salto.
—Oro quiere divertirse. Pongámonos en marcha antes de que se enfurruñe otra vez.
Le lanzo una mirada torva, pero ella se limita a entrelazarme el brazo.
—Tú mismo has estado de un humor horrible últimamente, tienes que reconocerlo.
Está bromeando, pero frunzo el ceño al recordar la insistencia del nightshade en lo mucho que nos parecemos.
Enya se da cuenta. Me presiona el brazo con cariño.
—Tienes motivos para ser desgraciado. Todos los tenemos.
Me recuerdo que no soy el único que ha perdido a una persona querida.
—Pero esta noche… —continúa— vamos a olvidarlo. Durante unas horas.
Abandonamos el castillo. De camino a las playas, pienso en nuestros motivos para estar deprimidos. Para estar enfadados. Grim también tiene sus razones.
Él no tuvo una madre. Su padre la mató.
Recuerdo el peso del poder en mi pecho, lo que sentía cuando me esforzaba en controlarlo, las sensaciones que experimentaba cuando caminaba por la cuerda floja entre dos destinos: destruir el mundo… o mantenerlo intacto.
Fue mi madre quien se aseguró de que no me apartara del buen camino. Quien me recordó que había personas que me querían, y por qué este mundo es hermoso y merece la pena salvarlo.
¿En qué clase de individuo me habría convertido si mi padre hubiera matado a mi madre antes de que yo experimentase ese amor?
¿En qué clase de persona me habría convertido si mi madre no hubiera estado a mi lado?
¿Quién sería yo si no tuviera a mis amigos? ¿Si no tuviera a Egan? ¿Si no tuviera a todas las personas que me importan y que se preocupan por mí? Cada uno de ellos me ha ayudado a encontrar la luz incluso en medio de la oscuridad más asfixiante.
Con frecuencia la rabia me ha transformado en una persona que no quiero ser. Puede que Grim tenga razón. En otras circunstancias, tal vez unos cuantos reveses del destino me hubieran convertido en un individuo muy parecido a él.
Ahuyento el pensamiento mientras me adentro en el agua detrás de mis amigos. Mientras las espumosas olas nos alcanzan. Mientras Calder crea, a instancias de Enya, témpanos de hielo sobre los cuales nos tumbamos tiritando.
Me niego a sentir empatía por mi enemigo.
Grimshaw todavía tiene la cabeza gacha cuando su voz, cavernosa por la sed, resuena en el calabozo. Ni siquiera he doblado el recodo y ya nota mi presencia.
—Ivon Wolf.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—Ivon Wolf.
Levanta la cabeza. Tiene sangre coagulada en la boca. En teoría no está permitido golpear a los prisioneros, pero parece que los guardias han desoído las órdenes.
—Doscientos siete años de edad. Tres hijas. Una esposa embarazada del cuarto hijo. Era más alto que cualquiera de nosotros y capaz de silbar cualquier nota.
—¿Por qué…?
—Alinor Frey. Experto espadachín. Casado desde hacía cuatro siglos. Familiarizado con toda clase de metalurgia.
Continúa. Recita decenas de nombres. Características personales. Sosteniéndome la mirada.
—Eran personas, ¿sabes? Muy parecidas a tus soldados. No rostros sin mente. No monstruos sin cara. —Me mira con rabia—. Tú los mataste. Tú, con tu espada. A todos.
Trago saliva.
Su gente había invadido mis tierras.
—Fue en defensa propia…
Ladea la cabeza.
—¿Acaso importan las intenciones, cuando están todos muertos?
—¿Y qué alternativa tenía? ¿Dejar que mataran a mi pueblo?
A pesar de todo, no puedo quitarme los nombres de la cabeza. Los hijos. Las familias rotas para siempre. Las vidas perdidas. Ni una sola vez pensé en ellos. Nunca me paré a considerar quiénes eran debajo del yelmo.
Grim parece complacido al notar mi agitación.
Intenta confundirme. Intenta que simpatice con él. «No experimentaré empatía por mi enemigo».
—¿A qué estás jugando? —le pregunto entre dientes.
Su sonrisa rezuma veneno.
—A un juego nada divertido, puesto que requiere que hable contigo. A uno cuyo objetivo es hacer que te des cuenta de que todo eso que consideras tan odioso en mí vive también en ti.
Me tiemblan las narinas.
—Te gusta estar aquí, ¿verdad? —le pregunto cambiando de tema.
Se encoge de hombros todo lo que le permiten las cadenas.
—No está del todo mal cuando un segundo hijo muy aburrido no se dedica a atormentarme.
Verdad.
—¿Por qué?
Recuesta la cabeza contra el muro.
—Mi padre no está aquí.
—¿Prefieres estar preso… a la proximidad de tu padre?
Mi relación con mi padre no es la mejor del mundo. Pero habría preferido soportar su presencia a esto.
Medita mis palabras.
—No es tan distinto. —Suspira—. Al menos aquí dentro mi espada está limpia.
Su espada. La que acababa empapada de sangre después de cada batalla.
Me niego a darle la razón.
—Te entusiasma luchar. Te entusiasma matar. Lo vi.
Me fulmina con la mirada.
—A mí no me entusiasma nada. —Dice la verdad. Pues claro que sí—. Me gusta desconectar… —prosigue— de todo. De mis pensamientos. De mis sentimientos. Todo se torna más sencillo.
Nos miramos fijamente. De repente gruñe como un animal.
—Tu compasión es repugnante. No me compadezcas. Prefiero ser desgraciado a vivir engañado, como tú.
—Muy bien —le digo entre risas—. Piensas que tener amigos y amar a mi familia me convierte en una persona débil.
—Sí. Y también en un idiota.
Eso me arranca una carcajada. Y puede que me lo esté imaginando, pero juraría que una sonrisa asoma a las comisuras de sus labios. Al momento vuelve a torcer el gesto.
—¿Por qué vienes a hablar conmigo? —pregunta—. ¿Lo haces para torturarme?
Cualquier atisbo de hilaridad me abandona. De nuevo recuerdo quién es. Por qué estoy en esta celda. Podría mentirle. Él no comparte mi don. Podría reprimir mis emociones con facilidad. «No». Me esfuerzo al máximo por no mentir. No me traicionaré a mí mismo por su causa.
—Vengo a averiguar si estás tramando algo contra nosotros —respondo con sinceridad—. Si tu presencia en la isla como parte del tratado forma parte de un plan para sacarle ventaja a Lightlark.
—Ah —dice como si no le sorprendiera.
—¿Y bien? ¿Es cierto? —Las palabras quedan suspendidas en el aire entre los dos, enmarcadas por el silencio. No me atrevo a respirar. Pasa un instante. Otro más.
No espero que me responda. Pero entonces dice:
—Ahora mismo, no.
«Verdad». Respiro aliviado. Mi cuerpo se destensa. Mi pueblo está a salvo de momento. Ya tengo lo que vine a bus car.
—Gracias —le digo.
Y, tras eso, me marcho.