Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 9. Prisionero #2
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Capítulo 9. Prisionero #2

Abro la boca. Vuelvo a cerrarla. ¿Tan sorprendido es toy? ¿Acaso no encaja con todo lo que me han contado so bre esa familia? ¿Sobre Cronan, el nightshade original?

Me observa con siniestro regocijo.

—Ya ves… No siento ningún amor por mi padre. Tenemos eso en común, tú y yo.

Tengo ganas de escupirle: «No me conoces, monstruo».

Y entonces me acuerdo. Los nightshade poseen habi lidades mentales. Es probable que Grimshaw tenga un don. ¿Sabe leer el pensamiento? De ser así, conocía mis intenciones desde el instante en que he entrado. Habrá descubierto mi don y cómo evitarlo. Tengo que proceder con cautela.

—¿Por qué dices eso? —pregunto, y espero a averiguar si me responde con una mentira.

No titubea lo más mínimo.

—Porque has mencionado a tu madre varias veces y a tu padre ninguna.

Entorno los ojos. Por lo que parece, dice la verdad, pero ¿me daría cuenta si me estuviera ocultando algo? No lo sé con seguridad.

—No pasa nada —dice, de nuevo en tono burlón—. Apuesto a que él también te odiaba.

Mi rabia prende y las llamas vuelven a surgir de mis puños.

—No pasa nada —repite despacio, alargando la última palabra, despreocupado—. El mío también me odia.

Nos miramos a los ojos. Es como si me desafiara a matarlo. Como si quisiera que lo hiciera.

Sacudo la cabeza con aire asqueado.

—Tú y yo —le digo con voz entrecortada de furia— no nos parecemos en nada.

Empujo los fríos barrotes de metal y me doy media vuelta para marcharme haciendo caso omiso del sabor amargo que noto en la boca.

«Mentira».

Mi hermano requiere mi presencia en la sala del trono. Po dría ofenderme por la formalidad del gesto, de no saber has ta qué punto está ocupado.

Lleva prácticamente pegado al trono desde la muerte de nuestros padres, escuchando cada demanda y cada novedad. De cuántos modos distintos la isla está sufriendo las secuelas de la guerra.

Su rostro carece de expresión. Más aún que la última vez que lo vi.

—Tienes que comer, Egan —le digo.

Pestañea.

—Lo haré —promete por fin—. Las reuniones son más importantes.

—¿Más que tu bienestar?

Se está consumiendo.

Frunce el ceño.

—Pues claro. Yo soy lo menos importante de este reino.

Me quedo mirándolo con perplejidad.

—Mis necesidades importan poco —dice—. Eso me enseñó padre. Tenía sus defectos…, pero ponía la isla por delante de todo.

Incluidos sus hijos.

Su compromiso con el deber era admirable, lo reconozco, aunque nunca me pareció bien su empeño en explorar los territorios que se extienden más allá de Lightlark. Como miembro de la estirpe real, yo debería compartir ese sentido de la responsabilidad.

La vergüenza se extiende por mi pecho como veneno. Recuerdo cómo abandoné los calabozos, preso de mis propias emociones. No estuvo bien. Mi hermano está aquí, negándose a dormir o a comer. Yo, en cambio, no he sido capaz de averiguar los planes de Grimshaw.

—Oro —prosigue mi hermano—. Dicen que estás visitando al prisionero. ¿Es verdad?

Así que lo sabe. Asiento.

La fe ciega que Egan tiene en mí se hace patente en el hecho de que ni siquiera frunza el ceño.

—¿Por qué? —se limita a preguntar.

—Enya piensa que está tramando algo. No confía en la rendición. Intento enredarlo para sacarle información.

Egan frunce los labios con ademán pensativo.

—¿Y cómo te va?

«Fatal. He estado a punto de matarlo cuando solo llevábamos cinco segundos de conversación».

—Todavía es pronto.

Asiente.

—Siempre se te ha dado bien juzgar el carácter de las personas.

No sabe que esa facilidad se debe al don que tengo. Se lo oculté a mi padre y Egan estaba muy unido a él. No quería que guardarme el secreto fuera una carga para mi hermano.

Me planteo si decírselo ahora, pero decido no hacerlo. Especialmente cuando se abren las puertas y los nobles empiezan a entrar despacio para la siguiente reunión.

—Infórmame si averiguas algo que yo deba saber —me pide. Me doy media vuelta—. Y, Oro…

—¿Sí, rey? —le pregunto. Los nobles que se acercan ya pueden oírnos.

Egan hace un gesto de dolor al oír el título, como si no se hubiera acostumbrado a él.

—Ten cuidado.

—Lo haré —le prometo antes de cruzar las puertas para salir, ya temiendo lo que dirá ese cabrón cuando me presente de nuevo en su celda.

—No eres capaz de mantenerte alejado de mí, ¿eh?

Lo dice en el mismo tono socarrón de siempre.

Yo me acerco y luego retrocedo.

—Apestas —le digo, permaneciendo lo más lejos de la celda que puedo.

Esboza una sonrisa sardónica.

—La próxima vez me aseguraré de frotarme dos veces con el jabón que me habéis proporcionado.

No hay jabón. Ni bañera. Recuerdo el tiempo que pasé encarcelado y noto un atisbo de pena.

Grimshaw frunce el labio con disgusto.

—No empieces a compadecerme, segundo hijo. Antes quémame vivo.

Me quedo de piedra. Luego avanzo un paso. No tiene sentido postergar la pregunta.

—¿Puedes leerme la mente?

—No. Y doy gracias por ello, te lo aseguro.

Verdad. Por poco suspiro de alivio.

Resopla.

—Si pudiera, no se me ocurriría hurgar en tu pensamiento.

Entorno los ojos.

—¿Por qué?

Se encoge de hombros y sus cadenas tintinean contra el muro.

—No eres muy importante, ¿no es cierto, segundo hijo? No malgastaría mi talento con alguien tan insignificante.

Intenta sacarme de quicio.

—Y, sin embargo, aquí estás, hablando conmigo.

Me dedica una sonrisa socarrona.

—Como ves, soy un público muy cautivo.

Cerdo.

No me molesta el insulto. Me molesta el hecho de imaginarme a uno de mis amigos diciendo lo mismo.

«Él no es tu amigo —me recuerdo mientras el calor se riza en mis manos—. Su padre mató a tu madre».

—Qué contradictorio —observa negando con la cabeza—. No es un rasgo de carácter muy útil, si quieres que te dé mi opinión. Menos mal que eres el segundo hijo. Serías un rey horrible.

Lo fulmino con la mirada, aunque en parte estoy de acuerdo.

—Pensaba que no me leías la mente —le digo.

Levanta un hombro.

—Pero no me preguntaste por tus emociones.

No sé qué me sorprende más. Esa información o que me haya dicho la verdad por propia iniciativa. Podría haber mentido. No conoce mi don. ¿Por qué hablarme de sus habilidades, si podría haberlas usado contra mí?

Sin embargo, es posible que no pretenda utilizarlas en mi perjuicio. Quizá, tal como me dijo y como indica su manera de comportarse, le parezca de maravilla quedarse en esta celda para siempre. O puede que esté jugando un juego parecido al mío.

Solo hay un modo de averiguarlo.

Me siento delante de la mazmorra y recuesto la cabeza contra la pared.

Grimshaw entorna los ojos. Por primera vez se le ve receloso.

—¿Qué haces aquí? Si no vas a poner fin a mi desgracia para siempre, ¿por qué aumentarla haciéndome compañía?

No puedo revelarle mis motivos. Tampoco me entusiasma mentir.

—Me gusta entender al enemigo.

Al menos es una verdad parcial.

—Ya.

No se lo ha tragado.

Necesito que siga hablando.

—Dices que odias a tu padre. ¿Por qué no lo matas?

—¿Por qué no mataste tú al tuyo? —Me mira a los ojos—. ¿Por qué no matas a tu hermano?

—Quiero a mi hermano.

Grimshaw no parece convencido. Hace una mueca de desagrado.

—Retira el «amor» —pronuncia la palabra como si le asquease— de la ecuación. ¿Por qué no matas a tu hermano?

Sé lo que pretende que admita. Y me pregunto cómo, aun siendo capaz de percibir las emociones, ha podido intuir una verdad que solo le confesé a Egan, hace décadas.

—No quiero ser rey.

Grimshaw asiente con gesto tranquilo, como si se esperase la respuesta.

—¿Y sigues empeñado en fingir que somos distintos?

Trago saliva con dificultad. No nos parecemos en nada. Pero fingiré que comparto sus alucinaciones, si eso me ayuda a proteger la isla y a las personas que amo.

—¿Me estás diciendo que no quieres heredar el trono de tu padre?

Tengo que averiguar sus motivaciones. Entender a Grimshaw podría ayudarme a desentrañar sus planes, o al menos a hacer suposiciones fundadas.

—No quiero nada —responde.

Dice la verdad. Su falta de emoción, su frialdad… no son fingidas. Salta a la vista que Grimshaw cerró el corazón hace mucho tiempo. ¿Qué pasó para que se volviera así?

—¿Ni siquiera a una mujer? —pregunto. Quizá su actitud actual se deba a un desengaño amoroso.

—Querer algo implica que te importe. A mí nunca me ha importado ninguna de las mujeres con las que he estado.

Me sorprende que lo admita. ¿Por qué? ¿Por qué le habla con tanta claridad a un enemigo? También es cierto que lleva días aquí dentro, en aislamiento. Puede que mi presencia le aporte solaz.

Grimshaw pone los ojos en blanco.

—Mi falta de sentimientos te sobrecoge.

—Lo que me sobrecoge es que pareces creer que todo el mundo es tan desalmado como tú.

Niega con la cabeza.

—No. Los tontos existen, segundo hijo. Estoy sentado delante de uno.

Le dedico una sonrisa sardónica.

—¿Crees que soy tonto por querer a otras personas?

Asiente.

—¿Por qué?

—Porque el amor, el tipo de amor en el que cree la gente como tú, no existe.

A ver si lo adivino: piensas que el amor es una especie de enfermedad, algo que te sucede al margen de tu libre albedrío.

—Resopla—. Como si no fuera decisión propia.

Como si no tuvieras la capacidad de decidir si le entregas el poder a otra persona.

—Frunce el ceño—. Amar a alguien es permitirle que te apunte al corazón con una daga, todo el tiempo.

Y que eso te haga sonreír. Es de tontos.

Niego con la cabeza. Por primera vez desde que he bajado a las mazmorras me río con ganas. No puedo evitarlo.

Adopta un tono cortante.

—Te parece divertido, segundo hijo.

Asiento.

—Me lo parece. Me parece divertido que te consideres inmune a ello. Al amor.

Me mira entornando los ojos.

—Soy inmune a ello. Porque me niego a ser un tonto.

Pienso en todas las personas a las que he querido. Mi madre. Mi hermano. Mis amigos. No es exactamente como él lo ha expuesto, pero se le asemeja. Haría cualquier cosa por ellos. Ese amor es infinito.

«Mi madre».

Cierro los ojos para no ver las imágenes de su asesinato. Ni de su cuerpo convirtiéndose en cenizas.

—El dolor que estás sintiendo se debe a ese amor que tanto ensalzas —dice Grimshaw.

Me tenso.

—Sí, noto tu dolor —prosigue fulminándome con la mirada—. Es inmenso. Es agobiante.

Me rechinan los dientes.

—Si el dolor infinito que siento por el hecho de que tu padre asesinara a mis padres te incomoda, te presento mis disculpas —replico con desprecio.

—Te lo agradezco. Pero preferiría perderte de vista.

Está claro que hemos terminado por hoy. Le concedo lo que me pide.