Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 9. Prisionero
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Capítulo 9. Prisionero

—¿Q ué tal ha ido?

Enya, Calder y Zed me están esperando en mi alcoba cuando regreso.

Por lo general, me alegro de ver a mis amigos.

Ahora… no sé qué decirles. ¿Cómo les explico que he estado a punto de arruinar el tratado de paz matando al heredero de Nightshade?

¿Cómo les explico que el demonio no parecía ni remotamente preocupado? ¿Que ni siquiera ha intentado mentirme?

—¿Y bien? —insiste Zed.

Suspiro.

—Ha dicho la verdad.

Enya frunce el ceño.

—¿Por qué habrá hecho eso?

—No lo sé.

No obtiene nada con ser sincero, a menos que haya urdido un plan complicado, a largo plazo, que implique ganarse mi confianza. Pero eso no tiene sentido.

—Es como si no quisiera salir de la celda —digo.

Zed me mira enarcando una ceja.

—Sé a qué huele ese calabozo. Todo el mundo quiere marcharse.

Yo he vivido dentro. Estoy de acuerdo con él.

A pesar de todo, eso no cambia lo que yo he presenciado. Frunzo el ceño.

—Ya, pues él no.

En la guerra, vi a infinidad de hombres afrontar la muerte. Los vi en el momento en que comprendían que iban a morir. Y siempre, en todas las ocasiones, estaban asustados.

Grim no. En todo caso, parecía derrotado.

El guerrero que había segado campos enteros de enemigos había desaparecido. De no haber contado con mi don, habría jurado que se trataba de un truco. De un engaño.

—Seguro que está ocultando algo —dice Enya cuando le relato nuestra conversación entera, omitiendo lo del fuego.

Ha sido un momento de egoísmo. Si hubiera matado a Grim, la guerra habría vuelto a empezar. Eso habría implica do que todas las muertes fueron por nada.

¿Cómo es posible que haya estado tan cerca de destrozar la paz? Mi hermano habría sufrido por mi culpa. Y mis amigos. La isla al completo.

Yo lo sabía y, a pesar de todo, he perdido el control. Como si mis poderes sucumbieran a mi furia. A la emoción. No puedo fiarme de que no vuelva a suceder.

Enya frunce el entrecejo con ademán concentrado. Se pasea por mi alcoba. Por fin levanta la vista y me dice:

—Tienes que volver.

Me estaba sirviendo una taza del té que estaban toman do mientras esperaban mi regreso. Al oírla me quedo paralizado. Levanto la vista despacio.

—¿Qué?

Zed tiene los labios fruncidos cuando asiente.

—Estoy de acuerdo. Esto es aún más preocupante que si te hubiera mentido.

La intranquilidad empieza a aletear en mi pecho. Si supieran lo que acaba de pasar… O si yo pudiera superar la vergüenza y contárselo…

Pero no puedo. Ya han sufrido bastante. No quiero darles otro motivo más de preocupación. No quiero ser una carga.

Vuelvo los ojos hacia Calder. En estas situaciones, él siempre adopta el papel de mediador. Evita mirarme.

—¿Tú también? —le reprocho.

Adopta una expresión compungida.

Me siento con un gruñido, ya sin acordarme del té.

—No quiero pasar ni un segundo más en presencia de ese monstruo.

Calder se encoge de hombros.

—Pero, si están planeando algo, tenemos que averiguar qué es. Tenemos que detenerlo.

Tiene razón.

Siempre he considerado mi don una especie de maldición.

Ahora más que nunca.

—No come —me dice el guardia cuando entro en las mazmorras—. El prisionero. Rechaza la comida.

«Como si me importara una mierda», pienso, y luego me acuerdo de lo que implicaría la muerte del nightshade.

—Iba a decirle al rey que…

Mi hermano tiene asuntos más apremiantes que atender que un mocoso nightshade.

—Yo me encargo —le digo.

Mi manera de «encargarme» es lanzarle la bandeja a través de la puerta, que abro y cierro rápidamente, y decir:

—Come.

Pienso que el nightshade gruñirá, me amenazará o fingirá que no existo. En vez de eso, levanta la cabeza. Las gachas le resbalan por el pelo.

Su voz suena burlona.

—Qué pronto has vuelto.

Cierro los puños para luchar contra el impulso de prenderlo en llamas.

—Por desgracia —digo entre dientes.

Se limita a mirarme, como si tratara de adivinar a qué he venido.

—¿Por qué no comes? —le pregunto a bocajarro. Solo entonces me doy cuenta de que no puede. No por sí mismo, al menos, con esas cadenas. ¿Han intentado los guardias darle de comer a cucharadas? Pues claro que no come.

Encoge un hombro. Sigue hablando en tono socarrón.

—No tengo hambre.

Mentira. Es la primera mentira que me ha dicho. Y ni siquiera es significativa.

Le lanzo una mirada asesina.

—He pasado tiempo en estas mazmorras. Sé el hambre que tienes.

Eso parece interesarle. Levanta la cabeza todavía más y la cabellera le cae hacia atrás. O bien no se da cuenta, o bien no le importa que la papilla gris y grumosa se le haya pegado al pelo.

—¿El hijo del rey? ¿Preso? Explícate.

—No te debo ninguna explicación.

—Qué pena —suspira—. Empezabas a resultarme interesante.

Está encadenado. Es un prisionero. De algún modo, sin embargo, habla como si yo fuera inferior.

Es un juego, obviamente. Está intentando denigrarme. ¿Por qué? ¿Qué está tramando?

Podría preguntárselo sin más. Sabría si su respuesta es sincera… o falsa. No obstante, como descubrí en mi última visita, está más que dispuesto a ignorarme.

Aunque…

¿Y si me ganara su confianza, de algún modo?

No me va a contar sus planes si me desprecia. Pero si piensa que estoy de su lado…

—Me negué a transmutar en oro a un ladrón —confieso.

Silencio. Parece sorprendido por mi respuesta.

—¿Por qué?

Aprieto los dientes, ya arrepentido de mi plan. Pero si sirve para impedir otra guerra…

—Por lo mismo que tú —le digo recordando lo que me dijo antes—. La muerte sin objeto no me interesa.

Mi plan termina antes de empezar, porque no puedo controlar la furia que se acumula en mi pecho, la rabia que surge en respuesta a la sonrisilla mordaz de su rostro.

—¿Lo ves? —le digo con rabia—. Es posible negarse a obedecer la orden de un padre.

No responde.

No he terminado. No, no puedo quedarme aquí y fingir que no mató a mi gente. Me inclino hacia delante aferrando los barrotes.

—Mataste a miles de soldados. A miles. Buenas personas que tenían familia.

El odio anega sus ojos. Tuerce la cabeza a un lado con desdén.

—¿Y tú? ¿Pensabas que nuestros soldados eran asesinos descerebrados mientras los estabas matando? —Se ríe sin alegría—. Luchaban porque seguían órdenes. Igual que los tuyos.

—Vosotros atacasteis primero —le digo entre dientes alzando la voz.

—Él atacó primero —replica Grimshaw con voz cortante.

«No somos como nuestros padres». La voz de Calder resuena en mi cabeza.

—Defendíamos nuestras tierras —contraataco.

—Y ellos protegían sus vidas. —Grimshaw me mira como si yo fuera escoria—. Mi padre encarceló a las familias de sus soldados. Si desertaban o le fallaban, mataría a todos sus seres queridos. Los gobierna a través del miedo.

«Verdad».

Pestañeo reculando. Monstruoso. Es monstruoso.

Noto un inesperado pellizco de culpa. Yo capitaneo a nuestros ejércitos. Matamos a miles de nightshade.

No. Quemo el sentimiento. Me niego a sentir compasión por el enemigo.

—¿Y a ti? —le pregunto, buscando el camino de vuelta al odio—. ¿Qué te quitó a ti? ¿Cómo te amenazó?

No responde. Pero hay algo… Lo veo en el destello de dolor que asoma a sus ojos.

«Bien». Me alegro de que sea capaz de sentir dolor. Porque le voy a infligir más. Cuando me diga lo que está tramando, le traicionaré. Haré todo lo que pueda para hacerle daño, como su familia hizo con la mía.

Suspira sonoramente y el ruido resuena en la celda.

—Si me vas a matar, acaba cuanto antes, por favor. Es patético verte ahí plantado fulminándome con la mirada. — Señala con el mentón el fuego que se riza en las palmas de mis manos—. Adelante. Prefiero arder vivo a seguir viendo esa cara tan fea que tienes un segundo más.

El fuego de mis puños se aviva. Entorno los ojos. «Me lo está pidiendo», pienso. Me está provocando.

¿Piensa que no lo haré? ¿O de verdad lo desea?

—El tratado quedaría anulado —gruño. Además, tengo que averiguar qué tiene en la cabeza. Si ya ha puesto algo en marcha, su muerte no lo detendrá.

Esboza una sonrisilla.

—Claro. Ese es el motivo. No que seas demasiado cobarde para hacerlo.

Las llamas aumentan.

—Tiene gracia viniendo de alguien que siguió todas y cada una de las órdenes de su padre.

Me mira fijamente un rato. Y un poco más.

—Nunca he dicho que no fuera un cobarde. —Su rostro proyecta el infinito alcance del asco que le inspiro—. No soy yo el que está delante de un prisionero pensando verdaderamente que somos distintos. En un universo paralelo muy probable, nuestros papeles podrían revertirse con suma facilidad.

Me tiembla la mandíbula. Se equivoca. No nos parecemos en nada. En nada.

—¿Por qué me odias?

Su curiosidad parece genuina. Me río sin ganas. Las llamas de mis manos se están extinguiendo. No le daré lo que quiere.

—En serio —prosigue—. Piénsalo. ¿Es por algo que he hecho? ¿O porque alguien te dijo que debías odiarme?

Le dedico un gruñido.

—Te odio porque eres un monstruo que mató a miles de soldados. Te odio porque eres cruel y desalmado. Te odio porque tu padre… tu padre mató a mi madre.

«A mi padre y a mi madre».

«No somos como nuestros padres», me recuerdo. Pero todo lo que ha hecho Grimshaw me lleva a pensar que él bien podría serlo.

No sé qué espero que diga, pero sin duda no es…

—Lo siento.

Aún peor. No espero que lo diga de corazón. Noto el sabor de sus palabras. «Verdad». Eso casi me enfurece todavía más si cabe. No quiero sus disculpas. No quiero su compasión. «Quiero recuperar a mi madre».

—Da gracias de haberla tenido —observa.

—Tú también tuviste una madre.

Mis palabras destilan amargura.

—Sí, pero no la conocí.

«Mejor», pienso. Mi parte más oscura y retorcida, la que se alimenta de la rabia, se alegra de que haya sufrido. De que no experimentase el amor que yo conocí.

Siento el impulso de restregárselo. Quiero seguir tratando de hacerle daño.

Pero entonces recuerdo a qué he venido. Tengo que ganarme su confianza.

Se hace un silencio. Entonces me aventuro a preguntar:

—¿Qué le pasó?

Su respuesta es inmediata, fría.

—Mi padre ordenó matarla.