Capítulo 8. Hueco
S i mi padre hubiera dedicado más tiempo a prepararse para la guerra y menos a enviar a sus ejércitos a explorar territorios lejanos, habría sobrevivido a la batalla final.
Puede que los dos hubieran sobrevivido.
Siempre supimos que Nightshade trataría de apoderarse de Lightlark.
Sin embargo, en lugar de fortalecer nuestros ejércitos, en lugar de proteger lo que teníamos, mi padre envió a sus guardias en busca de más.
Nos faltaban cientos de soldados cuando atacaron por primera vez.
A lo largo de los años siguientes, perdimos miles de guerreros.
Ganamos la guerra por los pelos. Pero no antes de que el gobernante nightshade asesinara a mi padre y a mi madre.
Uno no vive eso como una victoria. En absoluto.
Me tiemblan las manos cuando deposito la última rosa dorada en la pira de mi madre. Tan pronto como falleció, la planta murió con ella, como si la pena le hubiera arrebatado la vitalidad. Agnes, que fue la tutora de mi madre antes de ser la de mi hermano, cortó con cuidado las flores que quedaban.
«Esto no puede ser real», pienso, pero lo es. Egan está de pie a mi lado. Me apoya una mano en el hombro y no tengo claro si pretende ser un gesto de consuelo o lo hace para que yo deje de temblar. Mi armadura traquetea por lo mucho que me estremezco de rabia.
Han muerto.
Nuestros padres han muerto.
Zed aterriza a mi lado. Exhibe una expresión grave. Amaba a mi madre. Desde que nos conocimos, mi madre siempre lo trató como si fuera un hijo más.
Los sollozos de Enya suenan ahogados. Llora con la cara enterrada en el hombro de Calder. Su madre yace junto a la mía en su propia pira. Eran amigas íntimas. Juntas hasta el final. Mi hermano da un paso al frente con una llama en la palma de la mano. La arroja a los cuerpos.
Se queman juntas. Todos se queman.
Las piras arden con llamas vivas, con rabia, igual que hicieron ellos en sus últimos momentos.
No puedo moverme. Mi cuerpo, mi mente y mi corazón han quedado paralizados en ese instante. El dolor lo devora todo. Si me muevo, pienso, esto será más real. No entiendo cómo es posible que el tiempo siga pasando, pero lo hace.
Y, de repente, ya no están.
No queda nada salvo humo y ceniza.
Cuando reúno las fuerzas necesarias para darme media vuelta, todo el mundo, incluidos mis amigos, está de rodillas. Egan es el rey ahora.
Me arrodillo.
«Al menos le tengo a él», pienso. Al menos ha sobrevivido algún miembro de mi familia.
Zed se levanta. Sostiene las espadas de mis padres.
Si yo intentara hablar, no tengo claro qué surgiría de mis labios. Pero la voz de Egan es firme cuando dice:
—Déjalas en la armería.
Es su primera orden como rey. Zed asiente y sale disparado al cielo, hacia el castillo.
Uno a uno, todos se marchan, pero yo me quedo, arrodillado entre las cenizas, maldiciendo la guerra y todo lo que me ha arrebatado.
Maldiciendo al gobernante que asesinó a mis padres.
Grimshaw, el heredero nightshade, se traslada al castillo.
Es una condición del tratado de paz: un modo de asegurarnos de que su padre no se limitará a ignorar nuestras condiciones.
Lo encerramos en una mazmorra, donde debe estar.
Según Zed, obedece de buen grado.
—Con una sonrisilla de suficiencia —añade con rabia.
Enya frunce el ceño sin despegar la vista de su taza de té.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
Desde que murió su madre, es una sombra de sí misma. Las bromas y las sonrisas se han esfumado. Solo restan unos ojos velados y unos labios fruncidos. Niega con la cabeza.
—No dejo de darle vueltas… Nightshade iba ganando. No… no entiendo por qué accedieron a un tratado. No tiene sentido. Si hubieran continuado…
Podrían haber ganado. Yo he pensado lo mismo, pero siempre llego a la misma conclusión.
El gobernante nightshade y su heredero son unos monstruos desalmados. De haber tenido una posibilidad de ganar, la habrían aprovechado, costara lo que costase.
A menos que…
—Piensas que planean algo —deduzco.
Enya asiente.
Zed nos lanza una mirada torva.
—¿Y cuál es el plan? ¿Dejar que se pudra en su mazmorra? ¿Atarlo de pies a cabeza y obligarlo a orinar en un cubo?
Ella suspira.
—No lo sé. Es que… no tiene sentido.
Me vuelvo a mirar a Calder. Guarda silencio, como es habitual en él, pero parece pensativo.
—¿Qué piensas tú?
Él extiende sus largas piernas oscuras.
—Pienso lo mismo que he pensado siempre. En las guerras no hay ganadores. La gente casi siempre lucha porque otro se lo ordena. —Posa los ojos en los míos—. Y ninguno de nosotros somos como nuestros padres.
«No somos como nuestros padres». Recuerdo aquel día, entre el frío cortante de la nieve. Recuerdo el momento en que asimilé el sentido de sus palabras.
Pero esto es distinto.
La ira estalla en mi interior como una tormenta.
—¿Acaso su padre le obligó a usar sus sombras para acabar con todo aquel que se cruzaba en su camino? ¿Le obligó a matar a todos aquellos que suplicaban piedad, incluidos los heridos y los que se habían rendido?
Calder no responde.
Me pongo de pie.
Me tiemblan las manos. Y también la voz.
—¿Su padre le obligó a hacer desaparecer los cuerpos para que sus familias no pudieran darles sepultura?
Todos estaban allí, muertos. Y de repente desaparecieron, y Grimshaw estaba en medio de todos ellos. De algún modo los había destruido.
Fue una crueldad. Y una violación de las leyes de la guerra.
Calder también se levanta. Me apoya una mano en el hombro.
—Ya está hecho. Lo han llevado a una celda. —Se interrumpe un momento—. Pero antes o después lo liberarán, para cumplir las condiciones del tratado. —Tiene razón—. Vivirá entre nosotros en algún momento, tanto si nos gusta como si no. Es mejor que intentemos vivir en paz.
«Paz». Es el sueño de Calder. Un mundo sin conflictos.
Pero a mí me parece una mentira. Un imposible. Por que, si bien la guerra ha terminado…, esto no se asemeja en absoluto a la paz.
Grandes franjas de Lightlark han quedado reducidas a escombros y cenizas. La guerra no solo ha dejado su marca en la isla; también en mi mente.
Ahora vivo en un estado de rabia. Busco rincones retirados de la isla para incendiarlo todo a mi paso. Me sorprendo soñando con navegar a Nightshade para clavarle mil dagas a su gobernante.
Su hijo es mi segunda mejor opción.
—Voy a visitarlo —anuncio con calma.
Todos los ojos se clavan en mí al instante.
—Oro —me dice Enya en tono de advertencia. Sabe el estado en el que me encuentro. No soy el mismo de antes. Ninguno de nosotros lo somos. Es lo que tiene la guerra. No hay verdaderos supervivientes. Nadie sale ileso.
—Solo quiero hablar con él —digo entre dientes—. Os preocupa que esté tramando algo. Si es así…, yo lo sabré.
Todos conocen mi don. Si alguien puede averiguar cuáles son las verdaderas intenciones del nightshade, soy yo.
—No es buena idea —me advierte Calder.
Tiene razón.
Pero lo haré de todos modos.
Grimshaw Malvere todavía parece un demonio, incluso atado en una mazmorra.
Se ríe entre dientes cuando me planto delante de la celda. De algún modo ha notado mi presencia sin levantar la vista siquiera.
Tiene los brazos encadenados a la pared por encima de la cabeza. Su cuello está proyectado hacia delante y el pelo oscuro le tapa la cara.
Su voz es puro regocijo.
—¿Te han enviado? ¿Al segundo hijo?
El fuego estalla en mitad de la celda. Antes me enorgullecía de mi autocontrol. De mi capacidad para reprimir las emociones.
Pero ahora no puedo. Lo miro… y veo a su padre.
Veo a su padre acabando con la vida de mi madre.
Nunca he sentido deseos de matar a nadie, hasta este momento. Lo merece. Puede que él no esgrimiera el arma que acabó con la vida de mis padres, pero asesinó a miles de soldados. Es responsable de infinidad de muertes.
Espero que forcejee para liberarse a medida que el incendio se aproxima. Quiero que grite, que sufra igual que he sufrido yo.
Pero no se mueve. Ni una pizca. Las llamas se propagan por la celda prendiendo heno y hojas secas. Rugen hasta casi rozarle los pies.
—Vas a morir —le digo, y soy incapaz de reconocer mi propia voz. Esto es una insensatez. Solo conducirá a un derramamiento de sangre aún mayor. Pero no puedo parar. No puedo parar. Aferro los barrotes de la celda para presenciarlo.
Todavía no ha movido ni un músculo. Ni siquiera cuando el fuego está tan cerca como para quemarlo.
Por fin levanta la vista. Su pálido semblante está sembrado de cortes y cardenales.
—Lo dices como si fuera algo malo.
Retiro las llamas ante el sobresalto que me provocan sus palabras. Mis manos son puños en torno a los barrotes de su celda. Mi voz es pura malicia.
—Mataste a un montón de gente para ser alguien que no valora su propia vida.
—No lo hice por mí.
—Menti…
Verdad.
«Verdad».
No sabía que fuera capaz de ser sincero.
Entorno los ojos.
—No he venido a charlar —gruño, y el demonio sonríe. Se le abre el corte que tiene en la comisura de los labios. La sangre le resbala por la barbilla. No parece que le importe.
—¿No? Con lo bien que se te da —me dice arrastrando las palabras, cada una empapada de sarcasmo.
Lo fulmino con la mirada. Recuerdo lo que ha dicho Enya, eso de que no tenía sentido que hubieran puesto fin a la guerra. No me contestará, lo sé, pero tengo que preguntárselo de todos modos.
—¿Por qué os rendisteis?
Grimshaw tuerce la cabeza. Me mira casi con curiosidad. Y con demasiada indiferencia para ser alguien que ha estado a punto de arder vivo hace un momento. Me quedo atónito cuando me contesta.
—Estaba cansado de tanta muerte.
«Te alimentas de la muerte». Es un monstruo. Un maldito mentiroso. Aprieto los dientes, a punto de expresarle mi desprecio por sus embustes…
Cuando noto un sabor dulce en la lengua.
Empiezo a dudar de la fiabilidad de mi don. Me inclino hacia delante.
—¿Pretendes que me crea que tú, un demonio guerrero famoso por empapar tu arma en la sangre de tus enemigos, te has rendido por propia voluntad…, porque no querías que muriera nadie más?
Grimshaw esboza una sonrisa burlona. Luego aparta la mirada como si yo le asquease. El cabello oscuro le tapa casi toda la cara cuando agacha la cabeza.
—Piensa lo que quieras, segundo hijo. A mí me da igual.
No vuelve a pronunciar palabra.