Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 7. Zed
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Capítulo 7. Zed

E l día siguiente a la finalización de mi entrenamiento moonling, el rey me manda llamar.

La sala del trono ya está llena de nobles.

—Oro —dice el rey al tiempo que me ofrece una infrecuente sonrisa.

Lo miro atónito, presa de la inquietud. Algo va mal.

En ese momento, las puertas se abren… y entran dos guardias arrastrando a un prisionero. No lo reconozco, pero veo por sus ropas que es un sunling.

¿Es un miembro de la resistencia? ¿Un traidor?

Mi padre lo mira y frunce el ceño.

—Es un ladrón. Lo han pillado robando oro de la cámara del tesoro. —Niega con la cabeza—. Solo se me ocurre una sentencia de muerte apropiada.

Dicho eso, se vuelve a mirarme.

—¿Quieres hacer los honores, hijo?

«Hijo». Nunca me ha llamado así. Ansiaba que se dirigiera a mí por ese nombre, que me expresara su reconocimiento, saber que yo le importaba.

Acaba de ofrecerme en bandeja la ocasión. Una oportunidad para ganarme por fin su aprobación.

En vez de aprovecharla, le digo:

—No.

El mundo parece detenerse.

Los nobles nos miran con los ojos muy abiertos.

Luego estallan los murmullos. Este hombre es un prisionero y está sentenciado a muerte en cualquier caso.

Yo soy el hijo del rey. Negarme a cumplir una orden suya, delante de una multitud, es un verdadero escándalo.

Incluso mi madre está sorprendida. Egan se muestra preocupado.

Mi padre está furioso.

—¿Qué acabas de decir? —pregunta. Su voz resuena en la sala.

No está acostumbrado a que le digan que no. Lleva si glos reinando. Yo no estoy habituado a decirlo, pero, una vez que he empezado, me doy cuenta de que me gusta.

—No.

Cuando era niño y me negaba a hacer algo, me acusaban de ser un insolente. Ahora que soy un adulto, un heredero que domina dos habilidades, se me considera un traidor.

Y me encierran en la prisión del castillo.

Nadie intenta hablar conmigo. Me quedo sentado en silencio. Enciendo un fuego para calentar mi mazmorra. Al principio no se está demasiado mal. Pero enseguida me entra hambre.

Sé lo que está haciendo mi padre. Pretende exhibir su poderío, su autoridad. Intenta que me desmorone. Cada día un guardia visita mi celda con una bandeja de comida y me pregunta si estoy dispuesto a transformar en oro al prisionero. Yo digo que no una y otra vez.

En cada ocasión, se marcha con la bandeja intacta.

La misma situación se repite a lo largo de una semana. Hay un orificio en el techo de la celda que da a un acantilado y yo recojo agua de lluvia para beber.

Mi estómago se retuerce de hambre.

«Al menos no es el agujero de isla Sol», pienso usando la gratitud para sobrevivir un día más. Pero no me sirve de mucho cuando el hambre está implicada.

La fatiga se apodera de mí. He permanecido sentado todo este tiempo para poder mirar al guardia a los ojos cada vez que entra.

Pero hoy me sorprendo a mí mismo resbalando al suelo.

Me quedo allí tendido, mirando el orificio del techo, la mancha gris. Pronto lloverá. Bien. Algo se mueve.

Parpadeo. Debo de estar sufriendo alucinaciones, porque… parece un ojo.

Parpadea a su vez.

Me pego tal susto que me incorporo.

—Te puedo traer comida —me dice una persona desde arriba. No aparenta ser mucho mayor que yo.

—¿Cómo? —le pregunto con la voz ronca de sed. Luego me pregunto cómo es posible siquiera que esté en lo alto de mi celda. Estas mazmorras están excavadas en la montaña—. ¿Eres… eres un skyling?

No he realizado esa parte del entrenamiento. Si mi padre se sale con la suya, nunca lo haré.

—Soy tu salvador, eso es lo que soy —dice—. Comida. Te la puedo traer. Pero tiene un precio.

Ahora mismo daría todo lo que tengo por un trozo de pan.

—¿Cuál

—Tu broche.

Bajo la vista y veo el rubí rojo sangre que llevo prendido a la ropa. Mi madre me lo regaló.

—No —respondo, recurriendo de nuevo a esa palabra que he aprendido a usar.

El desconocido se ríe a través del orificio.

—Muy bien. Lo arrancaré de tu cadáver cuando te mueras de hambre.

Oigo pasos en el techo. Le digo:

—¡Espera!

El ojo vuelve a asomarse.

—Si te digo cómo conseguir algo más valioso que mi broche, ¿me traerás algo para comer? ¿Cumplirás tu parte del trato?

El desconocido se lo piensa un momento. Luego asiente. Veo un destello de piel azul. Piel pálida.

—Dilo.

—Sí —responde el extraño, irritado, pero no necesito más. No miente.

—Muy bien. Busca a Enya en isla Sol. Ella te dará las joyas que le pidas.

El desconocido asiente. Luego se marcha. Pasadas unas horas, un trozo de pan cae desde una gran altura a través del agujero y por poco me golpea la cabeza.

El extraño cumple su palabra. Vuelve varias veces con agua, comida y notas de Enya. Incluso me trae unos hojaldres que ha preparado Agnes y un montón de mantas tejidas con mano experta. Hablamos a través del orificio del techo.

Se llama Zed. Es un huérfano skyling. Se refiere a sí mismo como un experto ladrón. Dice que puede robar cualquier cosa.

—¿Incluso al hijo del rey? —le digo

—¿Quieres que secuestre a tu hermano? —me pregunta con incredulidad.

—No. —Es mi respuesta—. A mi hermano, no.

Entiende lo que le estoy pidiendo.

Al día siguiente lanza al agujero una bola de energía starling que ha robado y yo me pongo a cubierto mientras la esfera revienta el techo de la celda.

Estallan los gritos.

Sin embargo, para cuando el guardia llega al calabozo, nosotros ya hemos escapado a las nubes.

Y nuestro grupo de amigos está completo.