Capítulo 6. Calder #2
Gruño y mi mano se calienta. Abro los ojos como platos…, pero la sensación vuelve a hundirse en mi piel y la rabia desaparece. Una carbonilla solitaria cae sobre los trozos de madera como una burla.
Cierro los puños justo cuando la improvisada puerta de nuestro refugio se abre.
Y Calder entra cargado con un ciervo.
Comida. Ha ido a buscar comida.
Sus ojos se posan en los troncos apagados y luego en mí. Frunce el ceño. No dice nada, pero de nuevo casi leo las palabras en su rostro.
«¿En serio?».
Los insultos de mi padre resuenan ácidos en mi mente. «Inútil. Débil».
—Lo conseguiré —refunfuño.
Calder se limita a negar con la cabeza. Abandona el refugio y oigo los golpes de su machete, una y otra vez, según corta y desuella.
No lo consigo. Calder termina y, cuando entra en la cabaña, la madera sigue fría y seca.
No dice ni una palabra, pero prácticamente noto su desdén. Suelta un gruñido, se da media vuelta y pronto está dormido.
Sus ronquidos reverberan en el refugio.
La tormenta arrecia durante la noche. El viento sopla por los resquicios de la madera y agita las paredes de la cabaña.
Yo sigo intentando encender el fuego, pensando que el calor relativo del refugio tal vez me aclimate lo suficiente como para volver a encontrar mis llamas.
Pero nada funciona. Al final me quedo dormido acurrucado contra la madera.
Me despierto cuando Calder lanza una maldición.
Me pongo de pie a toda prisa, pensando que estamos sufriendo un ataque. Pensando que él podría estar a punto de atacarme.
Cuando salgo corriendo de la cabaña, lo encuentro ful minando la nieve con la mirada. Ato cabos rápidamente. Al guien —o algo— ha robado la comida que dejó fuera.
Trago saliva y la vergüenza se me antoja más cortante que el frío.
Calder se carga la mochila a la espalda y pone rumbo al bosque. Ahora ya sé lo que significa.
—Te acompaño.
Calder no dice ni una palabra.
Yo no sé cazar. Nunca he acompañado a mi padre a una cacería de recreo. Siempre me han servido la comida en bandeja de oro. Aun durante el entrenamiento sunling, cuando nuestra comida era el polo opuesto a los banquetes del castillo, nos proporcionaban el alimento.
Comprendo que no tengo ni idea de lo que implica la supervivencia. Ni pasar hambre. Ni la desesperación.
Diría que Calder sí lo conoce.
No sé nada de él, aparte de quién era su padre. Intento recordar las reivindicaciones del hombre, pero no puedo. Yo era demasiado joven. O quizá no presté suficiente atención.
¿Lo expulsaron cuando ejecutaron a su padre? ¿La habilidad de Calder para la caza se debe a que tuvo que sobrevivir fuera del castillo moonling?
Me pregunto por qué le permiten participar en el entrenamiento siquiera. A la instructora debe de importarle más la fuerza que el linaje.
Calder reduce la marcha y yo lo sigo. Me fijo en su manera de andar, en silencio; su tremenda figura apenas hace ruido en el bosque.
Me esfuerzo al máximo por apaciguar mi respiración. Por fundirme con la nieve, los árboles y el viento que aúlla.
El frío me quema las fosas nasales, pero intento acogerlo. Si quiero aprender las habilidades moonling, tengo que encontrar mi frío interior igual que encontré mi fuego.
Calder no lleva flechas. Me pregunto cómo se propone cazar otro animal y cómo fue capaz de capturar el primero.
Caminamos en silencio durante una hora. Luego, sin motivo aparente, Calder se detiene y se agacha. Hago lo propio y lo veo pasado un instante. Un ciervo con la cornamenta blanca. Casi pasa desapercibido entre la nieve; es aún más silencioso que nosotros.
Calder echa mano de su cuchillo.
Me pregunto qué va a hacer. ¿Lanzárselo al ciervo?
No llego a averiguarlo. Porque me inclino hacia delante y rompo una rama con la rodilla. El ciervo se da la vuelta de inmediato y me mira a la cara.
No corre. No.
Se abalanza directo hacia nosotros.
Calder permanece inmóvil. Extiende el machete como si se propusiera abalanzarse de cabeza contra sus astas.
Pero el animal inclina el cuello y es como si una profu sión de cuchillas se precipitara hacia nosotros con la inten ción de hacernos pedazos.
Me doy media vuelta y echo a correr.
—¡Vamos! —le grito a Calder por encima del hombro, pero él permanece inmóvil. El ciervo se dispone a embestirlo.
Entonces, en el último momento, lo esquiva y sigue corriendo hacia mí.
Es más rápido que yo. Yo me apresuro cuanto puedo, aho gándome con este aire gélido, mirando por encima del hombro, viendo cómo me alcanza y está a punto de empalarme…
Y luego desaparece. Todo desaparece.
Porque no he visto el precipicio que tenía delante.
Y he corrido derecho al borde.
En el último momento busco algo a lo que asirme, lo que sea, y mi mano aferra una roca que me arranca la piel. Tengo el cuerpo colgando, las piernas pateando sobre un vacío de más de cien metros.
Voy a morir. La caída me matará al instante.
Oigo los roces y los crujidos de algo que se acerca.
Levanto la vista y no veo una cornamenta.
No. Veo a Calder asomado al borde con curiosidad mientras mis dedos comienzan a perder fuerza.
Se acabó. Es el momento que ha estado esperando. El instante de verme morir y quizá disfrutar de esta pequeña venganza por la muerte de su padre.
Nos miramos a los ojos. Quiero suplicarle que le diga a mi madre que lo siento. Quiero pedirle que le diga a Egan que estoy orgulloso de él. Quiero que le transmita miles de cosas a Enya.
Abro la boca y noto que mis dedos empiezan a resbalar. Me pregunto si tiene pensado pegarme un puntapié para apresurar la caída.
Pero hace lo último que me podía esperar.
Me tiende la mano.
Esto tiene que ser un truco. El gesto tiene que ser falso. Una mentira.
Me devuelve una mirada limpia.
Alargo la mano que no está aferrada a la roca. Me la coge. Sin vacilar ni un instante, tira de mí para izarme. La sangre empapa la nieve que tenemos delante. El ciervo que me perseguía yace allí con el cuchillo de Calder hundido en un costado.
Esto podría haber sido el final. Estaría muerto de no ser por él.
Sigo aquí. Tengo otra oportunidad. Un alivio y una gratitud infinitos me caldean por dentro. Caigo hacia delante con las manos en llamas.
—Ya está —se limita a decir Calder.
Luego se carga el ciervo a la espalda y se da media vuelta para volver a la cabaña.
—¿Por qué? —le pregunto más tarde. Estoy sentado junto al fuego mientras Calder mastica su presa, rompiendo huesos con los dientes.
No ha dicho nada más desde que me puso a salvo, pero ahora levanta los ojos para mirarme.
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué me salvaste?
Sigue comiendo. Casi hemos terminado de cenar cuando responde:
—Eres mi compañero de cuarto.
Como si fuera tan sencillo como eso.
Yo lo miro perplejo.
—Pero… podrías haberme dejado morir.
«Podrías haberme usado para vengarte de mi padre», pienso. Él no sabe que quizá no le habría importado lo más mínimo.
Calder se limita a observarme a su vez.
—¿Por qué iba a hacer eso?
¿Se está haciendo el tonto adrede? ¿Está jugando conmigo? ¿Me va a hacer sufrir, torturarme todo el mes y luego asesinarme cuando empiece a pensar que podría sobrevivir?
—Ha sido por el fuego —concluyo, buscando una ex plicación. Una razón que explique por qué aún no me ha ma tado como venganza—. Me salvaste porque necesitabas mi fuego.
Resopla una carcajada explosiva. Habla con la boca llena.
—No. Ya había perdido la fe en tu fuego, sunling.
Entorno los ojos.
—¿Entonces por qué? —pregunto de nuevo.
Calder me mira con extrañeza, como si no entendiese por qué estoy tan empeñado en obtener una respuesta a esa pregunta. Luego se pone serio. Asiente comprensivo. Arranca los restos de carne del hueso. Lo deja y se echa hacia atrás.
—Nuestra estirpe no nos define.
Me quedo atónito. No puede hablar en serio.
—Yo no soy como mi padre. Y tú no eres como el tuyo.
Tiene razón. Yo no soy como mi padre. No me parezco en nada a él. Dicen que es un gran rey. Supongo que es bueno que yo nunca vaya a serlo.
Calder tuerce la cabeza mientras me estudia.
—Los ciclos pueden romperse. Las nuevas generaciones traen nuevas esperanzas, ¿no?
Es la primera vez que me dirige dos frases seguidas. Yo no tengo claro qué responder. Tampoco tengo claro que le haya entendido.
Una vez terminada la cena, se limpia los dedos con la nieve.
—Calder —dice presentándose por primera vez con la mano extendida.
—Oro —respondo a la vez que se la estrecho.
Y, también por primera vez, sonríe.