Capítulo 6. Calder
E l moonling no ha intentado matarme. Todavía no.
«Debe de estar esperando a hacerlo cuando nadie lo vea», pienso. Seguro que no quiere testigos, por si mi padre demuestra por una vez que le importo y decide encarcelarlo por la infracción cometida.
Nos encaminamos al norte, hacia Vinderland.
Él atraviesa la capa de nieve como si fuera una pala, y sus piernas y sus pies me abren camino.
Yo avanzo con los ojos clavados en su espalda, sin despegar la mano de la daga.
Me pregunto si el arma será capaz siquiera de traspasarle la piel.
Si podría llegar al hueso antes de que me mate.
Si tengo alguna posibilidad, por remota que sea.
Su padre estuvo a punto de matar al mío cuando intentó derrocarlo.
En vez de eso, acabó convertido en un montón de ceniza a sus pies.
¿Cuánto tiempo pasará antes de que decida castigarme por los actos de mi progenitor?
No importa que yo nunca conociera a su padre. No importa que yo no les haya hecho nada a todas estas personas que ya me odian. La responsabilidad siempre recaerá sobre mí. Tendré que cargar eternamente con el resentimiento ajeno por ser quien soy.
Ahora mismo daría cualquier cosa por ser otra persona.
Por fin Calder se detiene, y yo por poco me estampo contra su espalda.
—Aquí —dice dejando la mochila en el suelo. Cuando ha bajado esta mañana ya la llevaba sujeta a los hombros. Como si supiera que íbamos a pasar una temporada al aire libre.
—¿Aquí? —pregunto mirando en derredor. El resto de la clase nos adelanta con muchas prisas para evitar a Calder. No parece una zona ideal para acampar.
Calder asiente. Su voz contiene un matiz terminante.
—Aquí.
Vale. ¿Ya está? ¿Es este el momento en el que Calder ha decidido dejar que todos nos adelanten para abalanzarse sobre mí?
Mi compañero empieza a sacar cosas de la mochila. Se ha traído una manta y una almohada. ¿Acaso conocía el desafío de antemano? ¿Ha partido con ventaja?
Entonces me doy cuenta de que conozco los objetos. Es la manta que me tejió Agnes y la almohada que dejé en nuestra alcoba. ¿Las ha robado Calder?
Antes de que pueda formularle preguntas, rasga el grueso tejido por el centro y me tiende la mitad. Conserva la otra mitad para sí.
Entonces se tumba y se da media vuelta.
Yo me quedo plantado en la nieve, perplejo.
Ni siquiera es demasiado tarde. Deberíamos seguir andando mientras la temperatura es relativamente suave. Sería preferible avanzar.
«Además, ¿acaba de romper mi puta manta?».
Me pregunto qué debería hacer. ¿Tendría que aprovechar la ocasión para marcharme? ¿Emprender la misión por mi cuenta?
No. Yo solo no voy a llegar muy lejos. En particular porque ya me estoy congelando. Despliego mi mitad de manta con tiento y me siento encima.
No soy tan tonto como para tratar de dormir. Si lo hago, atacará. Cuando sea más vulnerable. En vez de eso, intento encender mis llamas.
Nada. Siguen congeladas, como todo en derredor.
Mierda.
Va a ser un mes muy largo.
Por fin me tiendo de espaldas y miro las estrellas. «El frío es espantoso —le escribiré a Enya—. No te recomiendo en absoluto pasarte por aquí».
No suelto la espada ni un momento, preparado para defenderme a la primera señal de alarma.
Pero solo oigo los inmensos ronquidos de Calder.
Sale el sol y me escuecen los ojos del cansancio. Me tenso cuando le oigo moverse, revolviendo la nieve que le rodea. Aferro la espada con más fuerza al oír acercarse sus pesados pasos.
Su cuerpo tapa el poco sol que nos alcanza, y frunce el ceño.
—Si no duermes, te morirás —dice. Luego se encoge de hombros—. Hoy construiremos el refugio.
Lo miro con perplejidad.
—¿Aquí?
Niega con la cabeza.
—Al norte. Hay más recursos allí.
Guarda sus cosas y las mías, se echa la mochila a la espalda y sigue andando sin dirigirme otra mirada.
¿A qué está jugando?
No me trago que no se haya propuesto asesinarme. Pero no tengo muchas opciones aquí. Lo único que puedo hacer es seguirlo a lo largo de kilómetros mientras caminamos sobre la nieve.
Calder tenía razón. Como no he dormido, apenas tengo fuerzas para plantarle cara al frío. El helor penetra en mi ropa y en mi piel. Mis piernas mutan en pesados bloques que arrastro según me fuerzo a continuar.
No pasa mucho rato antes de que nos topemos con el primer cadáver. Y en ese momento comprendo por qué Calder quiso parar.
Anoche estalló una tormenta en esta zona. Una ventisca.
Una capa de nieve virgen cubre las montañas que ahora remontamos.
Y nuestros compañeros… están por todas partes. Dejamos atrás al chico y a la chica que apostaban sobre cuánto duraría yo. Tienen los ojos vidriosos, sin vida, clavados en el cielo, los cuerpos congelados. La nieve resbala por su piel azulada. Igual podrían ser bloques de hielo.
Permanecerán así durante siglos, comprendo. Sus fami lias nunca enterrarán sus cuerpos. Sería demasiado arriesga do viajar hasta aquí para recuperarlos.
Pienso en esas madres, como la mía, que esperan el regreso de sus hijos.
Parece antinatural que un moonling muera de frío, pero a los desentrenados les puede pasar, si no han encontrado su centro de poder. Si el frío no los alimenta, puede devorarlos enteros.
Los sunling corren todavía más riesgo, si cabe, con estas temperaturas. Mi destino también habría sido ese, pienso, de no ser por mi compañero.
—¿Cómo… cómo lo sabías? —le pregunto después de que nos tropecemos con el sexto compañero de clase.
Calder se encoge de hombros.
—Presentí que se avecinaba.
Miro su espalda, atónito. Abro la boca. La cierro.
—Venga —me dice según enfila hacia la montaña más alta—. Tenemos que llegar arriba.
Esta vez no cuestiono sus instrucciones. Me limito a seguirlas.
Mi pecho es puro hielo: cada vez que respiro noto una sensación ardiente en los pulmones.
Me muevo despacio, siguiendo el camino que abre Calder y temiendo que cada uno de mis pasos sea el último.
Busco mi fuego cada dos por tres, tratando de dar con las llamas que llevo dentro, pero están totalmente bloqueadas, igual que el sol.
El viento aúlla alrededor. Calder se lleva la peor parte, porque su cuerpo me protege de las ráfagas directas, pero la nariz me duele igualmente.
Mi pensamiento se reduce a un solo propósito: la supervivencia.
Un paso. Otro más. Y otro. Así, paso a paso, es la única manera de remontar una montaña. La única manera de superar cualquier desafío.
Por fin Calder se detiene y yo me desplomo sin fuerzas en el suelo.
Desde allí abro los ojos y veo que hemos llegado a la cima. Aquí el terreno es más liso. El ambiente, más tranquilo. Y hay un bosque allí delante con árboles blancos como la nieve de ramas curvadas parecidas a dedos que me hicieran señas.
Estamos demasiado alto. El aire es más escaso y el frío más intenso, pero veo la nieve caer rodando montaña abajo. Las tormentas son peores en la falda de la montaña, comprendo.
—Se aproxima otra ventisca —dice Calder mientras revuelve sus cosas a mi lado, y yo tengo que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para ponerme de pie otra vez—. Hay que construir el refugio.
De nuevo doy gracias de que me hayan emparejado con Calder, tan pronto como empezamos a cortar árboles con el cuchillo curvado que ha sacado de la mochila.
—¿Cómo sabías que ibas a necesitar eso? —le pregunto finalmente.
Se encoge de hombros.
—Lo llevo a todas partes.
Me acuerdo de que se guardó también mi manta y mi almohada. ¿Se disponía a…? ¿Se disponía a traérmelas por la mañana? ¿Sabía que Cleo me había castigado?
No. Por descontado.
Va a matarme. Solo está esperando el momento oportuno.
«No hay reglas —dijo Cleo—, salvo sobrevivir». Si se pro pone acabar conmigo…, «puede que tenga que matarlo yo primero», pienso, y noto cómo el temor se apodera de mí.
Todavía no. Ahora mismo él es mi salvación, así que sigo talando a su lado esos árboles curvados para obtener troncos. Trabajamos con diligencia, en silencio, con los músculos demasiado entumecidos por el frío como para sentir dolor, hasta que hemos construido nuestra pequeña estructura.
Calder amontona unos trozos de leña más pequeños y señala la pila.
—Enciéndelos.
Lo miro de hito en hito.
—No puedo.
Frunce el ceño. Observa mi pelo y luego a mí, como si pensara que se me ha olvidado cuál es mi estirpe. Habla en tono inexpresivo.
—¿No puedes?
La vergüenza me provoca un ligero calorcillo en la cara.
—Es que… hace demasiado frío. Así me cuesta más.
Calder me mira atónito y veo en sus ojos el sentido de su expresión. Me ha abierto camino todo el viaje. Nos ha librado a los dos de la tormenta. Ha hecho casi todo el trabajo en la construcción del refugio.
Lo mínimo que puedo hacer es encender la maldita hoguera.
—Lo intentaré —digo entre dientes, y él asiente con un gruñido.
Tras eso, me deja solo en nuestra pequeña cabaña.
—¿No habías dicho que se acercaba una tormenta? —le grito asomando la cabeza, y me tenso cuando me recibe una densa nube de copos.
Solo veo su inmensa figura internarse despacio en el bosque hasta desaparecer en el revuelo blanco.
Comprendo que ha tenido todas las oportunidades del mundo para acabar conmigo. Debe de estar esperando algo. Ahora no tengo tiempo para preocuparme por eso.
«Fuego». Los dos lo necesitamos.
Y, si bien está claro que hacer fuego no está permitido en circunstancias normales o en el interior de los dormitorios, Cleo ha dicho que aquí fuera no hay reglas.
Puedo usar mis llamas. Si consigo encontrarlas.
Cierro los ojos. Recuerdo los años y años de entrena miento. Llevo el fuego en el corazón. Siempre. Me concen tro en la respiración. Despejo la mente.
Alargo la mano.
Nada. Es como si el frío hubiera borrado todos estos años de entrenamiento y autocontrol. Como si mis llamas también estuvieran ateridas.
La rabia se apodera de mí. Tan intensa como este frío. ¿Para qué me he pasado tantos años entrenando? No soy un maestro del fuego. Si lo fuera, esto no me resultaría tan difícil, podría prender al menos una maldita ascua…