Capítulo 5. Hielo
N o hay chimenea en las alcobas.
Solamente dos camas estrechas con un angosto pasillo entre ambas y una única ventana cubierta por una capa de hielo. Un minúsculo rayo de sol se cuela en el dormitorio.
Los próximos años van a ser muy cómodos, lo presiento.
Dejo el equipaje e intento imaginar lo mucho que se va a reír Enya cuando le cuente que mi respiración sale en nubes de vapor incluso dentro de casa.
Mi compañero de habitación aún no ha llegado.
Escojo una cama y deshago el equipaje con los dedos ateridos.
Agnes, la tutora de mi hermano, me regaló por sorpresa una manta tejida a mano.
En teoría no debería consentirme, pero eso nunca le ha impedido tratarme como si yo fuera tan importante como Egan.
La doblo con cuidado sobre la cama y luego creo un fuego en mi puño.
La llama ahuyenta la frialdad de mi piel y me siento como en casa.
La puerta se abre de golpe a mi espalda.
Me vuelvo pensando que voy a ver a mi compañero de cuarto. En vez de eso, se asoma una mujer de largo cabello blanco. Me fulmina con la mirada.
Proyecta la mano hacia delante y el fuego de mi puño se transforma en hielo. Me sobresalto y lo dejo caer al suelo, donde se hace añicos contra la piedra.
—El fuego no está permitido —me espeta—. Acompáñame.
De mala gana, dejo las sábanas y las mantas y la sigo escaleras abajo. Algunos moonling de mi grupo de entrenamiento nos miran con los ojos muy abiertos. Empiezan a intercambiar susurros.
La moonling no se detiene al llegar a las puertas del castillo. Las cruza y baja la escalinata hasta que llegamos a un montón de nieve.
Lo señala.
—Esta será tu cama esta noche, sunling. Si vuelvo a verte usando el fuego, te expulsaré de mi clase.
«Mi clase». Esta no es una moonling normal y corriente.
Es la instructora Cleo. La hermana pequeña de la gobernante moonling y famosa por sus brutales entrenamientos. Los rumores no son infundados, concluyo cuando se da media vuelta y me deja fuera sin volverse a mirarme.
Me siento en la nieve y medito cómo le voy a contar esto a Enya en una carta. Al principio es casi divertido. No estoy acostumbrado a este frío. Resulta curioso. Observo el castillo de hielo con fascinación.
Luego el sol se esconde y solo queda un helor paralizante.
Me tumbo temblando. Hace rato que he perdido la sensibilidad en manos y pies. Con cada temblor, un dolor punzante como alfileres me traspasa los brazos y las piernas.
La escarcha empieza a cubrir mi pelo. El hielo, parece ser, quema tanto como el fuego a su manera mordiente.
«A la mierda».
La instructora no está aquí. No me ve. Seguro que está durmiendo, igual que debería estar haciendo yo. Busco el fuego en mi interior.
Y en ese instante comprendo que la instructora Cleo no solo me ha obligado a dormir aquí fuera como castigo.
Quería que me fuera imposible usar el fuego.
La llama que llevo dentro se ha transformado en hielo. No puedo usarla.
—Mierda —maldigo en dirección a la nieve.
Me quedo dormido, no sé cómo. Despierto respirando con dificultad. Solo una pequeña cantidad de aire alcanza mis pulmones ateridos. Toso. Me duele respirar. Noto dolor en todo el cuerpo. Cuando abro los ojos, ella está ahí delante, mirándome.
La instructora Cleo.
—¿Dispuesto a abandonar? —me pregunta con una voz privada de emoción. Lleva el cabello blanco recogido en una trenza larga que azota su espalda con cada ráfaga de viento gélido.
Usando hasta la última traza de la fuerza de voluntad que me queda, me las arreglo para ponerme de pie. No puedo mostrar debilidad. No cuando acabo de empezar el entrenamiento. Me niego a que me envíe de vuelta al castillo. Sobre todo después de haber sobrevivido a esta noche.
Lo único peor que esta tortura física sería ver el semblante de mi padre si tengo que volver demasiado pronto al castillo de la isla principal.
Enderezo la espalda luchando contra el impulso de desplomarme.
—Nunca —respondo.
Sonríe.
—Ya lo veremos.
Dicho eso, levanta las manos. Una ola de nieve se transforma en agua y me cala hasta los huesos. A continuación, muda en hielo y estoy a punto de caer de rodillas de puro dolor.
Jamás había tenido tanto frío. La piel sunling es naturalmente cálida, pues nuestro fuego la caldea por dentro. Pero un nivel de dominio tan alto requiere décadas de entrenamiento. Este frío glacial lo devora todo, incluida mi determinación.
Puede que haya encontrado mi fuego. Pero la verdadera prueba acaba de comenzar, comprendo. Encontrarlo incluso en las circunstancias más adversas. Este entrenamiento consiste en dominar el fuego tanto como el agua.
—¿Crees que morirá? —pregunta una chica moonling a mi espalda mientras la instructora Cleo se aleja con una sonrisilla de suficiencia. Mis compañeros de entrenamiento han empezado a bajar la escalinata del castillo.
—No —responde un chico en tono decepcionado. Lue go se anima—. Pero puede que lo maten esta noche. ¿Ha béis visto quién es su compañero de cuarto?
No oigo el siguiente susurro, pero capto el gritito ahogado de la chica.
—¿Lo dices en serio? No llegará a mañana.
«¿Mi compañero de cuarto?». No tengo ni idea de quién es, gracias al castigo de Cleo.
Por lo que yo sé, no tengo enemigos entre los moonling…
La voz de Cleo resuena incluso a través del viento cortante.
—¡Firmes! —dice antes de indicarnos que nos pongamos en fila. Decenas de moonling empiezan el entrenamiento este año. Todos llevamos capas blancas; no son ni de lejos tan cálidas como requiere el clima. A través de la nieve no distingo las caras de los demás. ¿Quién será mi compañero de alcoba?
Las risas reverberan en derredor. Les oigo susurrar, como si todos compartieran una broma que yo no entiendo.
La instructora Cleo estampa su vara contra la nieve y el grupo guarda silencio.
—Si vais a ser guerreros moonling, tendréis que demostrar que sois capaces de sobrevivir en las condiciones más extremas. O creáis un vínculo con el frío… o moriréis. Es vuestra última oportunidad. ¿Alguien quiere abandonar?
Nadie hace el menor movimiento. El entrenamiento moonling es opcional, pues no estamos en guerra. Todos los presentes conocen el riesgo: saben que la mitad de la clase no sobrevivirá a los años siguientes.
—Bien. Espero que anoche disfrutaseis de la comodidad de vuestros cuartos, porque vais a pasar el mes siguiente a la intemperie, en territorio Vinderland, sin nada más que las capas que os cubren la espalda.
El miedo resbala por mi columna vertebral.
¿Tan pronto? Por lo que dicen los jóvenes moonling, los grupos no suelen ir al norte hasta el último curso, aunque supongo que nunca he conocido a nadie que hubiera sobrevivido a un entrenamiento con la instructora Cleo.
Señala al norte.
—Cazaréis vuestro propio alimento. Buscaréis agua clara para beber. Lucharéis por los recursos con vuestros compañeros. Construiréis vuestros refugios. Encontraréis vuestra conexión con el frío, o moriréis. —Pasea la mirada por el grupo—. Vinderland es implacable…, al igual que la vida.
Estalla el caos, pero todo el mundo se calla cuando Cleo levanta la mano.
—Trabajaréis en parejas. Buscad a vuestro compañero de cuarto. No hay reglas salvo sobrevivir.
«Mi compañero de cuarto».
Trago saliva cuando se aleja para volver a remontar la escalinata del castillo. Todo el mundo entra en pánico mientras buscan a sus compañeros.
Yo no sé gran cosa del territorio Vinderland, aparte de que es una zona en la que ni siquiera los moonling suelen internarse. Hace demasiado frío incluso para los que están entrenados.
—¿Vinderland? ¡Quiere acabar con nosotros!
—Ni siquiera las expediciones de caza van por allí.
—Me han contado que hay cadáveres por todas partes. Los exploradores los usan para orientarse.
No voy a sobrevivir. Cleo se ha asegurado de ello.
No estoy acostumbrado a este clima, a diferencia de los moonling, que llevan viviendo aquí toda su vida.
Ya me estoy congelando. No he comido ni bebido desde hace horas.
Si el objetivo de la instructora Cleo era matarme, está a punto de ver cumplido su deseo.
Aunque quisiera moverme, el frío me mantiene petrificado en el sitio. Ni siquiera soy capaz de temblar. Me quedo de pie, mirando, preguntándome quién será mi misterioso compañero de alcoba.
Ese que, al parecer, me quiere muerto.
El que me asesinará a la primera oportunidad.
Me aporta cierto consuelo el saber que seguramente el frío me matará antes de que él lo haga.
De repente, alguien surge de entre la multitud. Todo el mundo se aparta para cederle el paso.
Es un gigante. Mide al menos dos metros y es todo mús culo, como una roca que hubiera cobrado vida.
Sus ojos están clavados en mí.
No reconozco su rostro, pero sí el nombre que todo el mundo susurra.
Se me hiela la sangre en las venas.
Calder.
El hijo del líder de la resistencia más contumaz que Lightlark ha conocido en siglos.
El hijo del hombre que mi padre redujo a cenizas pocos años atrás.
Mierda.