Capítulo 4. Mi rincón favorito
E nya todavía no me ha contado cómo morirá, aunque se lo pregunto cada año el día de mi cumpleaños; o, como a ella le gusta llamarlo, en el aniversario de nuestra amistad, pues fue en esa fecha cuando nos conocimos.
El último año del entrenamiento sunling, celebramos el final de curso robando vino sunling y escapándonos del campamento.
—¿A dónde vamos? —me pregunta mientras recorremos un bosque—. Llevamos una hora entera andando. De haber sabido que estaba tan lejos, no habría cogido tantas botellas.
—Sí, sí las habrías cogido —le digo al notar el sabor amargo.
Se encoge de hombros.
—Sí, lo habría hecho.
Dulzura.
Sigue quejándose hasta que el bosque se aclara y lo ve. Aun en la oscuridad, el mar tiene un brillo distinto.
Es verde. Un color precioso que solo he visto una vez, en isla Agreste, el día que Elk me llevó a presenciar un duelo wildling.
Nunca he tenido nada favorito hasta que vi este lugar y me quedé anonadado. Su belleza me arrancó de mi interminable espiral de pensamientos.
—Caray, el viaje merecía la pena —dice Enya.
Asiento.
—Llegar aquí merece cualquier viaje.
Corremos hacia los matorrales, con cuidado de no caer por la empinada ladera. Enya me gana la carrera, aunque hay que tener en cuenta que yo llevo todas las provisiones, y la veo brincar hacia las olas.
La arena es gruesa, dorada. El agua se desliza hacia nosotros en ondas tranquilas y, cuando se retira, deja tras de sí una capa de espuma de mar.
Cuando Enya se ha cansado de bailar en el agua, se desploma a mi lado y coge una de las botellas que he enterrado en la arena. Mira el entorno y asiente complacida.
—Si sintiera algún interés en ti, reconozco que este sería el lugar perfecto para una cita romántica.
Verdad. No le intereso lo más mínimo en ese sentido.
Aunque algunas mujeres han empezado a mirarme de otra manera, a fijarse en mí de un modo que antes no hacían, a Enya nunca le he gustado en ningún sentido que implicara algo más que amistad. Lo sé con seguridad gracias a mi don. Y a mí ella tampoco.
Somos amigos. Amigos inseparables. Pero eso no significa que no la quiera.
A pesar de todo tuerzo el gesto.
—Como si tuviéramos tiempo para los romances.
Enya se ríe.
—Habla por ti.
La miro con curiosidad, pero ella cambia de tema antes de que pueda hacerle preguntas.
—¿Cómo encontraste este sitio?
Encontré mi rincón favorito por casualidad, como suele suceder con todas las cosas buenas de la vida.
—Estaba buscando otra cosa y di con este paraje. Y resultó ser mejor que eso que estaba buscando.
Había salido a buscar portales. Estaban marcados en un antiguo mapa que encontré en las profundidades del castillo de la isla principal.
Portales enormes que nadie —ni siquiera Egan— había mencionado jamás.
Mientras iba de camino atisbé este mar y me sentí atraído por él como si me arrastrara una cuerda invisible.
Aquel día pasé horas sentado en esta playa, hipnotizado por el color del mar, sin entender por qué me provocaba una sensación tan intensa, como si ya conociera este lugar.
—¿Cuál es tu paraje favorito? —le pregunto a Enya.
—Deberías saberlo.
«Lo sé», pienso.
—Las montañas Cantoras.
Asiente.
—Bien. Puedes seguir siendo mi mejor amigo durante otro siglo como mínimo.
Bromea, pero me vuelvo a mirarla tratando de ocultar la desesperación que me embarga.
—Entonces ¿aún tenemos un siglo para estar juntos?
Desde que me habló del día de su muerte, maldigo el tiempo. Me pregunto cuánto nos queda para estar juntos. Siempre he sabido que nuestras vidas acabarán un día…, pero el hecho de que ella sepa cuándo morirá me hace sentir como si estuviera siempre a un paso de perderla, no sé por qué.
Sonríe.
—Muchos siglos —me asegura.
Tiro de ella para arrimar su cuerpo al mío.
—Gracias —le digo. Los ojos me escuecen del alivio.
—¿Por qué? —me pregunta apoyando la cabeza contra mi hombro. Un pájaro grazna aquí cerca. Las olas casi nos mojan los pies.
—Por no morirte hoy.
Hemos terminado el entrenamiento sunling y, por primera vez, Enya y yo estamos a punto de separarnos. Ella volverá a isla Sol para proseguir allí sus estudios. Yo me desplazaré al reino siguiente de mi rotación: Moonling.
—Tenía que pasar —nos dice mi madre mientras tomamos el té.
La madre de Enya se ríe.
—¿Recuerdas cómo contaban con los dedos los años que les quedaban para estar juntos antes de que ella tuviera que partir a su entrenamiento? ¿Cuántos años tenían? ¿Seis? —Sacude la cabeza—. ¿Te acuerdas de que los pilla mos tratando de escapar? ¿A dónde llegaron? ¿A la abadía?
Las dos prorrumpen en carcajadas, inclinadas la una so bre la otra como suelen hacer las amigas, mientras Enya y yo las fulminamos con la mirada.
—Se supone que tenéis que ser amables con nosotros —le dice Enya a su madre—. Somos vuestros hijos. Deberíais tratarnos bien pase lo que pase, y eso incluye no sacar a la luz anécdotas vergonzosas que no demuestran precisamente la inteligencia y las capacidades de la estirpe real.
La madre de Enya niega con la cabeza, todavía con una sonrisa divertida en los labios.
—No. Soy tu madre y eso significa que debo decirte la verdad. Y con frecuencia la verdad no es agradable.
Enya y yo intercambiamos una mirada.
—Nuestras madres son un par de arpías cuando están juntas —dice ella, y abandonamos la habitación entre el eco de sus risas.
Yo sonrío.
—Seguro que ellas dicen lo mismo de nosotros.
Enya niega con la cabeza.
—No. Tú no eres tan divertido.
Le pellizco el costado y ella me pega un manotazo en la mano.
—¿Me escribirás?
Asiento. Durante los primeros meses de entrenamiento, no me permitirán salir de isla Luna. Solamente podremos comunicarnos por carta. Eso si encuentro a alguien dispuesto a llevárselas.
—Pues claro que sí.
—Intentaré no hablarte demasiado del calor que surge de la chimenea mientras tomo té con miel en mi alcoba, ni del sol que acaricia mi piel.
Me sonríe con malicia.
Suspiro. Estoy a punto de cambiar el calor y la comodidad de Sunling por un frío brutal, gélido.
Durante los últimos años de entrenamiento, los guerreros moonling se desplazan al territorio Vinderland, en la zona más septentrional, cuyas temperaturas ni siquiera mis llamas, por fin bajo mi dominio, son capaces de aumentar.
—Seguro que tienen chimeneas —replico, aunque no lo tengo nada claro. Nunca he estado en isla Luna.