Capítulo 3. Profecía #2
El sirviente, Albert. Hacía años que lo conocía. Siempre fue amable conmigo y con Enya. Nos encontraba jugando en partes del castillo que teníamos prohibidas y nunca se chivaba a mi padre. Sonreía y nos dejaba a nuestro aire.
Y yo lo maté.
El impacto de ese día, y los que siguieron, hizo que enterrara los recuerdos, pero ahora salen a la superficie.
Mis padres y la madre de Enya estaban fuera del castillo, asistiendo a un acto importante en el ágora. Egan también estaba invitado, cómo no.
A mí me dejaron en casa. Mi padre ni siquiera se volvió a mirarme cuando pasó por delante con una mano en el hombro de Egan. Como si yo no mereciera ni un segundo de su atención.
Enya me encontró en la armería. Estaba aporreando la armadura de mi padre contra el suelo, pieza a pieza. La golpeé con todas las armas que encontré. Espadas. Hachas. Mazas.
Nunca había hecho nada parecido antes de ese día, pero la emoción, el dolor, la furia me cegaron. Lo había reprimido todo y entonces… entonces se apoderó de mí como una marea que me anegara.
—¿Por qué estás tan enfadado, Oro? —me preguntó Enya en tono desenfadado. Estaba recostada contra la pared con los brazos cruzados.
Apreté los dientes.
—No lo estoy.
Un sabor amargo.
Se rio.
—Claro, tienes razón. Cómo se me ha ocurrido pensar algo así, si solo estás destrozando la armadura de tu padre con un hacha.
Esa armadura es famosa. Famosa por la ausencia de muescas, pues no ha perdido ninguna batalla en décadas. Algunos dirían que se debe a que mi padre evita a sus mayores contrincantes. Enya hizo un mohín.
—Te vas a meter en un lío.
Pues claro que sí. Saberlo no bastaba para detenerme. Así que seguí a lo mío.
Por fin Enya me preguntó:
—¿Puedo ayudarte?
Ha visto a mi padre tratarme como una escoria toda la vida.
Noté el calor de su ira cuando ella se unió a mí; cuando los dos estampamos las armas contra el oro hasta dejar el impecable metal rayado, abollado y totalmente arruinado.
Una sonrisa se extendió por mi cara al ver el resultado de nuestro trabajo.
No tardó nada en borrarse de mi semblante. La ira se había disipado. El sentimiento de culpa y el miedo la habían reemplazado.
No temía por mí mismo. Tenía miedo por Enya. ¿La había visto alguien bajar a la armería? ¿La expulsarían del castillo?
Y tenía miedo por mi madre. ¿La culparían a ella de mi insolencia?
No debería haber hecho eso. Tanta rabia, tanta ira… no me habían traído nada bueno.
—Vete —le dije a Enya—. Vete ahora, antes de que alguien te vea aquí.
¿Cuánto tardarían los sirvientes en venir a investigar el estrépito? Seguro que alguien lo había oído.
—No. No voy a dejarte —dijo. Y la convicción de sus ojos me hizo saltar las lágrimas.
«Puede que todos los demás te hayan abandonado, pero yo nunca lo haré —decía esa mirada—. Jamás te dejaré. No estás solo».
Fue esa mirada —esa lealtad— la que me indujo a apoyar la mano en el metal y a desatar una habilidad que había descubierto poco a poco. Una en cuya realidad no confiaba hasta que mis dedos empezaron a verter oro.
Una a una, cada una de las marcas quedó cubierta por una nueva capa de reluciente metal. Las abolladuras desaparecieron. Enya observaba boquiabierta cómo yo bañaba en oro una armadura completa, pieza a pieza, hasta dejarla radiante e impecable.
Solo cuando hube terminado me susurró:
—Buen truco.
Le sonreí. Me devolvió la sonrisa.
Y, como era de esperar, se puso de pie, echó mano de una espada y dijo:
—Ahora que sabemos que puedes reparar todo lo que rompamos, vamos a divertirnos.
Me lanzó otra espada.
Recorrimos las salas de la armería celebrando un duelo de espadas, riendo y jugando. Escondiéndonos detrás de antiguas armaduras. Esgrimiendo armas que mi padre nunca me habría dejado tocar. Entrechocándolas y luego cambiando de sala y de aceros.
—Eh, transforma esto en oro —decía Enya mientras pa sábamos entre filas y más filas de reliquias de valor incalcula ble. Me lanzó un cáliz.
Lo convertí en oro en pleno vuelo. Lo atrapé. Lo lancé a un montón.
—¿Y qué me dices de esto?
Se rio a la vez que me lanzaba una daga de plata. La cubrí de oro y volví a atraparla al vuelo.
Doblamos un recodo. Rebuscó por sus bolsillos. Me lanzó un trozo de pan que se debía de haber guardado de la cena.
—¿Y esto?
Se convirtió en pan dorado. Eso la entusiasmó.
Corrió más rápidamente. La perseguí por los laberintos de la armería. Sus pasos resonaban. Sus carcajadas reverberaban.
Doblé una esquina y…
Allí estaba: Albert. Había venido a investigar el escándalo.
Sucedió en un abrir y cerrar de ojos.
El poder brotó de mí como por reflejo.
Antes de que pudiera detenerlo, antes de que llegara a procesar lo que estaba pasando, el hombre se estaba transformando en oro. Abrió unos ojos inmensos y profirió un único jadeo de dolor.
Y entonces se quedó inmóvil como una estatua. Con el rostro desencajado y congelado en un gesto de tormento.
Un silencio sepulcral cayó sobre las salas.
—Arréglalo —dijo Enya, que aferró a Albert como si pudiera desprenderle el oro. Un sollozo brotó de su pecho cuando se volvió a mirarme—. Arréglalo.
Pero no podía. Ya estaba hecho.
—Lo he matado —susurré a nadie en particular. Mi sentimiento de culpa era un monstruo que me desgarraba el pecho, y lo merecía.
Ojalá pudiera intercambiar mi vida por la suya. Haría cualquier cosa —lo que fuera— por deshacer lo que hice. Por librarme de estas habilidades para siempre.
Porque solo Enya conoce la verdad. Estaba enfadado esa noche. Las emociones me facilitaron el acceso a ese po der. Lo hice sin querer, pero de no haber estado tan furioso, de no haber sido tan grande mi empeño en desquitarme con las armas de mi padre, de no haber bajado a la armería…
Bajo tierra, el tiempo se torna irrelevante. Me proporcionan agua unas cuantas veces, pero no comida.
Dejo de esforzarme en buscar mi fuego. Comprendo que no quiero hacerlo. Nunca seré capaz de usarlo sin recordar el rostro de Albert.
Pronto cae la oscuridad.
Enya está furiosa.
—¡Estabas completamente exánime cuando te metieron! ¡Pensaba que habías muerto!
Yo no recuerdo nada aparte de sus gritos.
Estamos en el bosque, donde podemos hablar en libertad. Hace días que me sacaron del hoyo.
Me van a enviar de vuelta al castillo. Mi padre se pondrá furioso. Esto le confirmará todas las ideas que ya albergaba sobre mí.
Pero es por mi madre por quien me sabe mal. Le prometí que lo intentaría… y no lo hice. En realidad, no.
Enya se da la vuelta para mirarme. Me aferra la mano.
—Ha llegado el momento, Oro.
Evito su mirada.
—¿Y si no quiero hacerlo?
Aprieta con más fuerza.
—No tienes elección. El poder vive en tu interior. Acabará surgiendo por sí mismo si no consigues controlarlo. Te quemará.
Antes me preocupaban los demás. Sin embargo, en el pozo se me ocurrió una idea. Podía vivir lejos de casa. Abandonar el castillo. De todas formas, mi padre no me quiere allí.
—¿Y si te digo que no me importa?
—A mí sí —chilla. La miro. Es la primera vez que me levan ta la voz. Traga saliva. Repite en un tono más bajo—: A mí sí.
Nos miramos a los ojos y años de recuerdos se despliegan entre los dos. Es mi mejor amiga.
Si ella estuviera en mi lugar, le diría lo mismo. Ella lo sabe.
Me lleva al borde de un acantilado. Debajo solamente hay mar.
—Déjalo salir, Oro —dice—. Estoy aquí. No estás solo.
«No estás solo».
Trago saliva.
—No quiero hacerte daño.
Niega con la cabeza.
—Tú nunca me harías daño —me asegura. Es sincera. No alberga la menor duda. Cree en mí.
Le tiembla el labio.
—Y sé cuándo voy a morir, ¿recuerdas? No sucederá ni aquí ni ahora. —Enya me aferra la mano—. Déjalo salir, Oro. Todo lo que has reprimido. Suéltalo sin más.
«Suéltalo sin más».
Me arde el pecho cuando una corriente asciende por el interior de mi cuerpo. Se me antoja inevitable, como vomitar. Como algo que debía salir antes o después.
«Mi sol». Así me llama mi madre. Nací a mediodía, un día de calor abrasador. Soy el niño de la cuna ardiente, que contemplaba las llamas en silencio. Cuántas veces debió de preguntarse si mis poderes desembocarían en el bien… o en la destrucción.
«Destrucción». Varias imágenes desfilan por mi mente. Albert. El baño de oro. La sonrisa de orgullo en el rostro de mi padre.
La vergüenza que me embarga.
Una vergüenza horrible.
La rabia me hace hervir la sangre, ira por tener este poder, por mis actos, por tener que hacerme responsable, por saber que nunca podré librarme de esto, que siempre me acompañará, esperando para prenderse, indiferente al hecho de que yo pueda arder también.
Cierro los ojos y veo el mundo en llamas. Me veo a mí mismo incendiándolo.
No. Lo controlaré. No dejaré que el mundo se convierta en cenizas.
«Busca tu fuego».
ENCUÉNTRALO.
Me arrodillo y aúllo.
Todo brota de golpe.
El fuego sale disparado de mi mano, la que no tiene aferrada Enya. El mar se tiñe de rojo con las llamas. Yo ardo y ardo sin cesar hasta que no me queda nada y entonces me desplomo hacia delante jadeando. Las lágrimas resbalan por mis mejillas.
Enya me apoya la mano en el hombro. Está arrodillada a mi lado. «No estás solo».
Cuando abro los ojos, el océano está en llamas.
«Busca tu fuego», me dijo mi madre.
Lo he encontrado. Y me asusta lo que eso implica.