Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 3. Profecía
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Capítulo 3. Profecía

D ejo que mi espalda resbale contra un árbol de color ámbar. Se me está amoratando el ojo izquierdo. Tengo un reguero de sangre coagulada en el brazo. Me arde la mejilla. Me he roto un hueso de la mano, seguro.

Llevo una semana de entrenamiento y estamos en mitad de un desafío: una carrera a la otra punta de la isla, en equipo.

Cuando apenas había transcurrido una hora de carrera, un compañero nuestro —un sunling muy alto llamado Ash, con e l cabello dorado, la piel pecosa y una obsesión malsana por el derramamiento de sangre— saltó sobre mí desde un árbol y me tiró al suelo.

Sus dos amigos y él me sujetaron contra la tierra.

Enya se precipitó hacia ellos, pero yo negué con la cabeza mientras un grupo formado por otros cinco sunling salía de entre la maleza.

—Veamos si sangra como el resto de nosotros —dijo Ash antes de sacarse una piedra afilada del bolsillo. Me acercó el borde al brazo y lo arrastró a lo largo. El dolor fue insoportable. Ardiente. El tajo fue instantáneo.

Y, para regocijo del muy necio, mi sangre era roja.

Idiota.

Él esbozó una sonrisilla de suficiencia.

—Me habían dicho que la sangre real era distinta, pero la tuya no parece especial. Supongo que eres igual al resto de nosotros.

Tuvo suerte de que yo esté intentando ser como mis demás compañeros, porque en circunstancias normales todo el bosque estaría ardiendo.

Y ese es el problema.

Enya se estaba poniendo nerviosa. Yo notaba el calor de su rabia mientras ella observaba al grupo. Estaba buscando la manera de bajarles los humos. De liberarme. Pero lo último que necesitábamos era enemistarnos con la cuarta parte de la clase la primera semana.

—Supongo que sí —respondí haciendo amago de levantarme. No quería problemas.

Ash volvió a tirarme de un puntapié y me plantó el pie sobre el pecho.

—A lo mejor hace falta más sangre —dijo. Miró al grupo que lo rodeaba—. Buscad más piedras. Cuanto más afiladas, mejor —ordenó.

Unos cuantos desaparecieron en el bosque. Solamente se quedaron tres.

En ese momento, Enya cogió una roca del tamaño de su cabeza y se la estampó a Ash en el cráneo.

El chico cayó al suelo desmadejado, ya inconsciente, mientras la sangre se encharcaba alrededor de su cabeza.

Menos mal que no queríamos enemistarnos con nadie.

Yo me puse de pie despacio, mirando a Enya fijamente, sin saber si darle las gracias, preguntarle en qué diablos esta ba pensando o reírme. Antes de que pudiera abrir la boca, un amigo de Ash se había precipitado contra Enya con una piedra afilada en la mano.

En ese momento decidí que sí, la paz entre los alumnos iba a ser imposible.

Y luego rompí una nariz, abrí una barbilla y dejé a un sunling respirando entrecortadamente en el suelo antes de que nos largáramos de ese bosque a la carrera.

Ahora, resollando contra los árboles, Enya se vuelve a mirarme.

—¿Por qué no te defendiste?

—Lo hice.

Ella pone los ojos en blanco.

—Me defendiste a mí.

¿Y? Encojo un hombro. Ella avanza un paso con aire frustrado…

Y un grito distante rompe el silencio del bosque. Enya maldice.

Los sunling se están acercando. A juzgar por el sonido de sus voces, han reclutado a más alumnos de nuestra clase.

Suspiro y recuesto la cabeza contra la corteza.

—Me parece que ninguno de los dos lo tendrá fácil para hacer amigos después de esto.

Enya se limita a enarcar una ceja.

—¿Y para qué necesito más amigos? Ya te tengo a ti.

Eso me arranca una sonrisa, pero hago un gesto de dolor al notar el tirón del corte que tengo en la mejilla.

La herida serrada del brazo apenas acaba de cerrarse.

Entierro el dolor. Todavía tenemos que recorrer varios kilómetros para llegar al otro extremo de isla Sol, donde nos espera el instructor, Helas.

Es un anciano sunling de piel dorada con el pelo rapado y un ceño en el rostro casi permanente.

Le importarán un comino los motivos que nos hayan demorado o el ataque de nuestros compañeros.

A él solo le importa quién cruza la línea de meta antes de que la arena del enorme reloj que lleva consigo haya terminado de caer.

Los pocos segundos que nos hemos concedido para descansar contra este árbol nos pasarán factura. El camino termina aquí, en un precipicio. Ya nos hemos asomado por el borde. La caída es de quince metros, a una corriente de agua.

Podría ser somera. Podría haber rocas. Podría haber algún engendro allí dentro esperando para destrozarnos.

Pero aquí termina el sendero. O saltamos, o suspendemos la prueba.

Los sunling de antes se acercan. A juzgar por sus gritos de rabia, sé que buscan algo más que un poco de sangre.

—Y supongo que yo siempre te tendré —le digo, todavía respirando con dificultad. Las voces suenan más altas. Más cerca.

Al oír mis palabras, la sonrisa de Enya se apaga. Niega con la cabeza.

—No me vas a tener siempre.

Mira a un lado entornando los ojos, como si pudiera ver la horda sunling acercándose por el bosque.

De repente no me preocupa el grupo obsesionado con la venganza. La sinceridad de su afirmación me pilla por sorpresa, pero sus palabras no tienen sentido.

—¿Qué quieres decir? Pues claro que te tendré.

Me clava los ojos. Abre la boca. La cierra.

—¿Qué pasa?

Deja escapar una risa ahogada.

—Este no es el momento ideal para una conversación importante.

Enderezo la espalda. Ya ni me acuerdo del dolor.

—¿Alguna vez es el momento ideal?

Se encoge de hombros.

—Supongo que no. Y supongo… supongo que tengo que decirte una cosa.

Hace años que somos uña y carne. Saber que se ha guardado algo, que no me lo ha contado todo, me desconcierta.

Suena un grito más cerca.

Y esa voz… Esa la reconozco. Es Ash. Debería sentir alivio de saber que Enya no lo ha matado con esa roca, pero no consigo que su vida me importe un comino.

El bosque empieza a calentarse según brotan las llamas en algún lugar cercano. El muy idiota y su fuego inexperto van a incendiar hasta el último árbol.

—Vale, será mejor que…

—Sé cuándo moriré.

Enya lo dice con tanta seguridad que pienso que habla en broma.

—Por favor, dime que será una muerte gloriosa —respondo, negándome a dar crédito a la dulzura que noto en la boca.

Enya es capaz de creerse sus propias fantasías tanto como para hacerlas realidad.

Miro el precipicio. Quizá podamos correr en lugar de saltar.

Puede que haya otro camino para salvar el obstáculo.

—Lo será.

Me río.

—Pues claro.

Me acerco al borde del despeñadero e intento calcular la profundidad de las aguas.

La frustración torna más grave la voz de Enya. Oigo sus pasos a mi espalda.

—No, quiero decir que lo sé con seguridad. Sé cuándo y cómo voy a morir.

Lo que dice es verdad.

Toda la verdad y nada más que la verdad.

Me detengo. Me vuelvo a mirarla.

Habla en serio. No puede hablar en serio. Niego con la cabeza y frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir? ¿Cómo lo vas a saber?

Se encoge de hombros.

—Mi madre me preguntó si quería saberlo y le dije que sí. Así que ahora… lo sé.

No parece en absoluto preocupada. La miro con perplejidad.

—¿Y cómo lo sabe tu madre?

—El oráculo se lo dijo. El de isla Luna.

—Pensaba que los oráculos estaban congelados.

—Lo están. Pero uno se descongela de vez en cuando.

No lo sabía. Yo no he ido a esa isla. Solo Egan ha estado allí en representación de la familia real, con mi padre.

—¿Qué… qué dijo?

Enya niega con la cabeza.

—No. No te lo voy a decir. Nunca.

El pánico que siento aumenta de intensidad. Sé que los dos vamos a morir. Por supuesto que sí. Pero ¿y si ella muere antes? ¿Y si muere antes que yo? De súbito el dolor del brazo y el grupo que se aproxima se me antojan irrelevantes. Doy un paso hacia ella.

—Pero… pero, si me lo dices, podemos impedirlo. Podemos asegurarnos de que no suceda.

Entonces Enya sonríe. Me mira ladeando la cabeza.

—¿Y por qué iba a querer impedirlo?

—¿Por qué no? —exclamo casi escandalizado.

Se encoge de hombros.

—Todos moriremos algún día. Y será una buena muerte. Una muerte gloriosa, como tú has dicho.

—¿No… no tienes miedo?

Niega con la cabeza.

—No, no tengo nada de miedo. —Señala el precipicio mientras los gritos se tornan más nítidos—. Vamos. No tene mos todo el día.

Echa a correr delante de mí. Yo trastabillo tras ella y el dolor me atenaza el brazo cuando le grito que espere, que tal vez encontremos otro camino. Que quizá este sea demasiado peligroso.

Ella se limita a mirar por encima del hombro con expresión traviesa.

—No voy a morir hoy —dice.

Y salta.

Llevo un mes de entrenamiento sunling y todavía no soy capaz de usar mi fuego.

Los instructores lo han probado todo. He participado en las prácticas. He asistido a las clases. He imitado su ejemplo.

Ahora están recurriendo al miedo.

—Entra.

Estamos lejos del castillo de isla Sol, en un territorio cal cinado. Hay una trampilla en el suelo. Debajo… solo oscuri dad.

Avanzo un paso y gimo al caer varios metros sobre tierra suelta. La voz de mi instructor reverbera cuando dice:

—Si quieres luz, fabrícala.

Entonces la trampilla se cierra y mis sentidos se contraen.

La oscuridad es tan profunda que casi la puedo paladear. Abro los ojos. Los cierro. No cambia nada.

Trago saliva cuando algo se arrastra por encima de mi pie. El ambiente es seco y el aire está lleno de polvo. Toso. Me arde la garganta.

Muy bien, lo intentaré. Al menos aquí abajo no puedo hacerle daño a nadie más que a mí mismo. Trato de encontrar esa ascua que siempre alberga mi pecho.

«Busca tu fuego».

Miro. Araño la zona donde estaba en su día y suplico una chispa, solo un rayo de luz. Algo que me permita abandonar este pozo tan oscuro.

Pero ahí no hay nada.

Siempre es lo mismo. Únicamente cenizas donde antes había una llama. Mi mente vaga en la oscuridad.

Reproduce los peores momentos y esa es la verdadera tortura. No la oscuridad. Todo lo que surge en su presencia.