Grim y Oro (Lightlark 4.5) Capítulo 2. Transmutación
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Capítulo 2. Transmutación

E l día que le quito la vida a un hombre por primera vez, mi padre no cabe en sí de orgullo.

Su guantelete dorado impacta con fuerza sobre mi hombro y rodea mi brazo con los dedos para guiarme hacia su pequeño consejo. Sus duras facciones se suavizan ligeramente cuando sonríe.

—Lo ha transmutado en oro, ¿os lo podéis imaginar? Admirad el poder de nuestro linaje. Y ni siquiera es el heredero.

El sirviente al que he bañado en oro sin pretenderlo está expuesto delante de la sala del consejo. Es un orgulloso símbolo del poder de la corona.

Ese mismo día, más tarde, mi madre me encuentra vomitando en mi alcoba. Noto su mano en mi espalda.

—Fue un accidente —dice—. Todos cometemos errores.

Es posible, pero el mío —este— le ha costado la vida a un hombre. Se llamaba Albert. Tenía familia. Una hija de mi edad: Pearl. Hemos jugado juntos muchas veces.

Y ahora… Ahora el círculo íntimo del rey está admirando su cadáver dorado. Celebran mi monstruosa acción.

Al día siguiente, mi padre me pide que vuelva a hacerlo, que exhiba mi talento ante su consejo, pero no puedo.

No lo consigo. Y no quiero. La vergüenza y los remordimientos han extinguido las habilidades que normalmente utilizo como si nada.

Ahora mismo no podría materializar ni una llama por más que lo intentara.

De nuevo me retira la palabra. He pasado de ser un prodigio a un motivo de vergüenza.

Antes de que supiera hablar siquiera, mi madre me encontró en la cuna rodeado de llamas. Siempre me cuenta que yo me limitaba a mirar el fuego tan tranquilo.

Mi madre se quedó de piedra. Al ser el segundo hijo, yo no debería haber tenido unas habilidades tan desarrolladas.

No le dijo ni una palabra a mi padre. En mitad de la noche, me llevó en secreto a ver a una amiga suya, una wildling con la que comparte un jardín. Esa amiga, a su vez, nos acompañó al hogar de un hombre llamado Elk.

No recuerdo nada de aquello, solo lo que Elk me contó más tarde.

Que me entrenó cuando yo solo era un bebé.

Que me daba miel para tranquilizarme cuando sufría una rabieta, por miedo a que incendiara toda la isla.

Que me enseñó a superar la ira recurriendo a la respiración.

A mantener oculto ese gran poder. Mi madre me llevaba a verlo en secreto, hasta que tuvo la seguridad de que había aprendido a controlarme.

En ese momento, el entrenamiento terminó.

Mi madre me aconsejó que no le hablara a mi padre de mis inmensas habilidades y, con el tiempo, entendí el moti vo, pero a veces… a veces me entraban ganas de hacerlo. A lo mejor, si supiera lo que yo era capaz de hacer, me haría más caso.

Ahora ese poder se ha esfumado. Y mi madre empieza a preocuparse.

La encuentro esperándome en mi alcoba después de la cena. Ha preparado té. Señala la butaca que tiene enfrente.

—Siéntate conmigo, ¿quieres?

No me muevo.

—¿Pasa algo?

Siempre tomamos el té en el comedor. Nunca tan tarde.

—Pues claro que no —me responde.

Noto un sabor amargo. Paladeo su mentira como té demasiado infusionado, gracias a mi don. Uno que ella desconoce.

Doy un paso inseguro. Me siento. Me sirve el té. Le añade miel. Bebemos unos sorbos y entonces me dice:

—Tu poder.

—¿Qué pasa con mi poder?

—Ha desaparecido.

Todos lo sabemos. Yo mejor que nadie. Clavo la mirada en mi taza.

—Me alegro. No lo quiero.

Tengo grabada a fuego en la mente la expresión del hombre cuando exhaló su último aliento mientras su piel se transformaba en oro.

Cierro los ojos para ahuyentar el recuerdo.

La mano cálida de mi madre busca la mía.

—Oro, naciste con un gran poder. Lo hemos mantenido a raya, pero, si permanece enterrado mucho tiempo…, temo que no puedas controlarlo.

Debe de saber que no me importa nada la perspectiva de no poder controlarlo. Que se descontrole. Es lo que merezco, después de lo que hice.

Aborda el tema desde otro ángulo.

—Si tus capacidades se disparan en un mal momento, podrías provocar una destrucción espantosa. Podrías acabar con mucho más que la vida de un hombre.

La miro a los ojos. Dice la verdad.

Remueve el té con la cucharilla, una y otra vez.

—He hablado con tu padre. —Su gesto se tensa—. Vas a empezar tu entrenamiento lejos de aquí.

Quince días más tarde me encamino a isla Sol para dar comienzo a mi instrucción sunling. Todos los herederos reales poseen las cuatro facultades de Lightlark —sunling, moonling, starling y skyling—, por lo que pasan una temporada en cada isla hasta que dominan todos los poderes.

Durante un tiempo temí que mi padre no me dejara llevar a cabo los cuatro entrenamientos. El propio Egan ni siquiera ha terminado el suyo.

Y ahora… me envían a mí antes de tiempo.

Antes del baño de oro, la perspectiva me habría emocionado. Siempre he querido abandonar el castillo. Ansiaba vivir una temporada más allá de las murallas.

Pero no quiero volver a usar mis habilidades. Y, sin embargo, estoy obligado a ello.

La caminata parece durar una eternidad, pero por fin llego al puente…, si acaso se le puede llamar así. Es una endeble pasarela hecha de viejos tablones de madera y cuerda que se balancea con violencia sobre un océano que ruge a más de cien metros de profundidad.

Mi madre se da la vuelta para mirarme tapándome momentáneamente las vistas del puente.

Tiene los ojos velados. Nunca la he visto llorar, jamás.

Mi padre se cree el más fuerte de toda la familia real, pero se equivoca.

Mi madre, con su espalda recta, el ánimo amable que nos presta y su firme convicción, es más fuerte que él.

Se preocupa por las gentes de esta isla, mientras que mi padre solo está pendiente de explorar nuevos territorios y de conseguir aún más poder.

Más. Siempre más. Nunca tiene suficiente.

Egan se parece más a mi madre. Será un rey excelente.

—Mi querido hijo —dice. No «mi segundo hijo». Siempre me ha dispensado el mismo trato que a Egan. Nunca me ha querido menos que a mi hermano—. Mi sol —repite, recurriendo al apodo que empezó a usar en mi infancia. Yo era su sol brillante. Siempre sonríe cuando lo dice.

Ahora mismo, sin embargo, parece asustada. Me coge las manos a toda prisa. Noto la calidez que transmiten en todo momento.

—Te quiero, Oro —dice—. Siempre te querré.

Noto algo punzante en la mano y bajo la vista. Me ha dejado algo en la palma. Lo mismo que dejaba en mi almohada cada noche cuando yo era niño, para ahuyentar mis pesadillas. Son las flores que lleva décadas cultivando con su amiga wildling. Rosas de pétalos dorados.

—Naciste con fuego en el corazón —prosigue—. Y ese fuego sigue ahí. Encuéntralo. Busca tu fuego.

Se da media vuelta para marcharse y yo me quedo solo.

Suspiro para serenarme, con la mirada fija en el puente. La pasarela se balancea aún con más violencia, si cabe, y comprendo que se trata de una prueba. Una primera ocasión para demostrar mi valor. Mi fuerza.

Avanzo un paso y me detengo, inseguro.

No voy a superar esta prueba, está claro. Resbalaré y caeré entre los tablones.

Una ráfaga de viento me empuja y me tambaleo hacia un lado. Oigo la risita de uno de los guardias a mi espalda.

—Será bobo… —suelta por lo bajo.

No es la primera vez que oigo esas palabras.

Pero decido que será la última.

Trago saliva y piso el puente. Trastabillo tan pronto como lo hago, mientras la estructura se columpia. La cuerda me araña la mano cuando intento aferrarme.

Oigo la voz de mi madre en mi mente.

«Busca tu fuego».

Mi padre piensa que soy débil. Cree que no valgo nada.

Se equivoca.

Avanzo otro paso y tropiezo. Me tambaleo hacia delante y aterrizo de rodillas, jadeando, con la mirada clavada en los huecos entre las planchas. Rocas afiladas como cuchillos se proyectan hacia arriba desde el fondo.

Levanta, me ordeno. «Levanta».

Me pongo de pie con las piernas temblorosas.

Por poco se me doblan las rodillas cuando el puente vuelve a mecerse. La sal me quema las fosas nasales y la garganta. El agua me salpica a través de las planchas: olas que de algún modo se las arreglan para alcanzarme.

Resbalo y me sujeto a duras penas. Tengo las palmas de las manos desolladas por las cuerdas.

En teoría no debo hacerlo, pero me doy la vuelta para mirar a mi madre. Ya se encamina a la isla principal, con el cabello dorado azotándole la espalda. Los bajos de su elegante vestido rozan la hierba verde claro.

Justo cuando pienso que se ha separado de mí como si nada, que ya me ha olvidado, cierra el puño como si supiera que la estoy mirando. Como si supiera que me iba a dar la vuelta buscando una señal.

Y así, sin más, el inestable puente ya no me parece tan peligroso. Mi corazón se apacigua. Me vuelvo a mirar isla Sol una vez más.

La primera vez que intenté prender una llama, mi madre me cerró el puño con sus dedos y negó con la cabeza. Me dijo:

—No vas a encontrar el fuego en la palma de la mano. —Me tocó con el dedo la zona del corazón—. Está aquí.

«Busca tu fuego».

Puedo hacerlo. Puedo hacer que madre esté orgullosa. Puedo convencer a mi padre de que me mire con una expresión que no sea de decepción. Puedo sobrevivir a esto. Deposito la rosa de mi madre en la palma de mi mano. La rodeo con el puño.

Doy otro paso. Y luego otro.

E, igual que pasa con todas las cosas difíciles, esta se conquista paso a paso.

Cuando llego al otro lado del puente, me tiro de bruces al suelo por miedo a que sople otra ráfaga de viento y me empuje por el borde del precipicio.

Lo he conseguido. He cruzado. Sonrío en dirección a la hierba.

Oigo un pesado suspiro encima de mí y levanto la vista para mirar a la chica alta y pelirroja que está recostada con indolencia contra una de las columnas del puente, como si la caída de más de cien metros no le inspirase el más mínimo temor.

Pues claro que no. Nunca la he visto asustarse de nada, ni una pizca.

Enarca una ceja.

—¿En serio? ¿Tenías que darte la vuelta?

—Cierra el pico, Enya.

Tiene una risa cantarina.

—¡Es lo más impertinente que me has dicho nunca, Oro!

Me tiende una mano y tira de mí para que me ponga de pie.

Antes de que alguien pueda acusarla de tener buen corazón, me revuelve el cabello de un modo que sabe que odio. Enya pegó un estirón unos meses atrás. Ahora medimos lo mismo y nunca deja pasar muchas horas sin recordármelo.

—Bien. Me alegro de que Sunling te corrompa desde el minuto uno. Te vendrá bien un poco de corrupción, ¿no crees? Eres demasiado bueno. Demasiado sincero.

Pues claro que lo soy. Y ella es la única que conoce el motivo. Se debe a mi don, que no es nada frecuente en un segundo hijo.

Percibo cuando la gente miente.

Las mentiras tienen un sabor amargo y una textura áspera, como arena en la lengua.

Las verdades son dulces como la miel.

Las mentiras duelen. Es difícil no ser sincero cuando uno nota constantemente el veneno de las mentiras a su alrededor. Decidí hace años hacer lo posible por decir la verdad en todo momento.

Si mi padre lo supiera, quizá me valorase. Estuve a punto de confesárselo una vez. Pero ese mismo día le vi quemar a un hombre sin pestañear, hasta dejarlo convertido en un montón de cenizas.

En ese instante decidí que nunca le hablaría de mi don. Me daba miedo que quisiera utilizarlo.

Y entendí por qué mi madre me pidió años atrás que guardara en secreto el alcance de mis habilidades.

El hombre bañado en oro asoma de nuevo a mi recuerdo. Me encojo horrorizado. Enya me presiona el hombro como si percibiera mi sentimiento de culpa.

Enya es mi mejor amiga. También es la hija de una noble del más alto rango, que casualmente es amiga íntima de mi madre desde la infancia.

Ella jamás le hablaría a nadie de mis secretos.

Tenemos una contraseña privada. Cuando alguien miente, levanto una pizca la barbilla.

Asiento con un gesto casi imperceptible si dicen la verdad.

A veces ella intenta adivinarlo por su cuenta. Siempre le digo que algunas personas mienten muy bien. Algunas personas se creen sus propias mentiras, y eso hace que sea más difícil desenmascararlas.

Enya piensa que mi don es maravilloso. Una gracia excepcional.

A mí casi siempre se me antoja una maldición. Por ejemplo, cuando formulo preguntas cuya respuesta preferiría no conocer.

—¿Listo? —me pregunta ella a la vez que tira de mí hacia el castillo dorado. Lo único bueno de que hayan adelantado mi entrenamiento es que los dos estaremos en la misma clase.

—No —respondo con sinceridad, porque el sabor de mis propias mentiras es el más amargo de todos.