Grim y Oro (Lightlark 4.5)
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Capítulo 1. Verdad
—P adre no quiere saber nada de mí.
Mi madre se queda parada y aprieta con los dedos la taza de té. Frunce el ceño. No es una expresión habitual en su semblante.
—¿Por qué dices eso? —responde por fin. Bebe un sorbo y devuelve la taza al platillo. La loza tintinea contra la mesa. No me mira a los ojos. Está pendiente de la miel que ahora mezcla con el té. Miel del color de sus ojos y de los míos.
—Porque es la verdad.
Lo digo como si no me afectara…, pero sí que me afecta. Por lo general, entierro estos sentimientos en lo más profundo de mi mente, como si a fuerza de reprimirlos fueran a desaparecer. Como si congelarlos pudiera endurecerlos para siempre, igual que los oráculos de isla Luna.
No da resultado.
Mi padre apenas me ha dirigido una mirada antes de escoger a Egan, mi hermano mayor, para salir de caza esta mañana.
Se proponen rastrear a una criatura con una corona de cuernos encantados.
Luego entrenarán con unas espadas nuevas de la armería.
Madre ha sugerido que me llevaran con ellos, pero él ha fingido que no la oía.
Egan me ha lanzado una mirada compungida cuando se han marchado juntos, y yo he notado un vacío en el pecho.
—No es verdad, Oro —dice madre por fin, evitando mi mirada.
Pero yo lo supe desde el principio: soy el sustituto. El se gundo hijo. Mi única importancia radica en la posibilidad de que algo terrible le pasara a Egan.
El té está dulce, porque lleva varias cucharadas de miel, pero la amargura me inunda la boca de todos modos. El líquido ámbar resbala por mi garganta como barro.
Porque es la verdad. Ahora lo sé con absoluta seguridad.
El castillo está oscuro y silencioso cuando se abre la puerta de mi habitación. Me levanto de inmediato, ya con una llama en la mano.
Apago la llama con idéntica rapidez cuando veo a mi hermano en la puerta. La luz de la luna se refleja en su cabello dorado mientras la vuelve a cerrar.
—¿Querías prenderme fuego? —me pregunta con un asomo de sonrisa.
—Puede —le digo dejando caer la mano—. No te esperaba.
Al oír eso, la sonrisa de Egan se apaga. Antes me visitaba cada noche para enseñarme las lecciones que había aprendido ese día. Me contaba hasta el último detalle de las instrucciones que había recibido en las operaciones militares o me enseñaba nuevas habilidades de lucha con espada.
Hace poco dejó de hacerlo.
—Lo siento —se disculpa—. He estado muy ocupado.
Mi vida, en cambio, es puro ocio. Esbozo una sonrisa triste.
—Yo me aburro como una ostra. Daría cualquier cosa por estar ocupado.
Egan suspira. Tiene ojeras oscuras debajo de los ojos, como si estuviera agotado.
Se desploma en una de mis buta cas y recuesta la cabeza contra el respaldo acolchado.
Ha crecido diez centímetros en poco tiempo y de repente no sabe qué hacer con su cuerpo.
Sus piernas son increíblemente largas y no pegan con lo demás.
Antes medíamos lo mismo, pero ahora es casi tan alto como padre.
Madre dice que yo también daré un estirón dentro de unos años.
—Da gracias de no ser el heredero. Tú podrás tener una vida —dice Egan.
—Dudo mucho que una vida de encierro en este castillo tan lúgubre pueda considerarse algo bueno.
Egan sonríe, pero la sonrisa no se refleja en sus ojos.
—A mí tu vida me parece maravillosa.
—Te la cambio —le digo para que la sonrisa no abandone su rostro.
Pero desaparece igualmente. Siempre lo hace. Egan se limita a encogerse de hombros.
—Quién sabe. Puede que seas rey algún día.
—No —le digo torciendo el gesto—. Yo no quiero ser rey.
Es la verdad.
—¿Por qué no?
La respuesta es evidente, pero decido seguirle la corriente.
—Porque eso significaría que has muerto.
Asiente. Se da una palmada en las rodillas y se levanta de la butaca con un movimiento histriónico.
—Muy cierto, Oro. Y a mí me gusta estar vivo, aunque entrenar sea agotador. —Camina hacia mí con decisión—. ¿Todavía tienes esas espadas que te traje?
Sonrío.
—Pues claro.
Las busco debajo de la cama. Le lanzo una y él la atrapa al vuelo. Se coloca en posición de lucha. Yo hago lo propio. Adopto la pose que él me ha enseñado. La que padre le enseñó a su vez.
—Bueno —empieza—. Voy a enseñarte lo que he aprendido hoy.