Gracias a Booktok (Booktok 2) EPÍLOGO 2
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EPÍLOGO 2

La despedida de soltera de Sandra tenía cuatro normas: nada de hombres, nada de dramas, nada de Family Link conectado y nada de llamar a Ciarán aunque la novia se pusiera blandita después del tercer chupito.

La primera sobrevivió cuarenta y siete minutos.

La segunda murió cuando Aimara abrió una botella de tequila y brindó «por todas las veces que casi nos asesinaron».

La tercera murió cuando Nina nos contó las cuatro empotradas previas a la salida, supuestamente para que la señorita Goffi no cayera en la tentación, aunque a esas alturas la tentación ya le debía dinero. A Nina se le encendió la marquita.

—¡Desconecta, desconecta, bella ! —la increpó Aimara.

La cuarta dependía de que Sandra soltara el móvil.

—Hermana, si vuelves a comprobar si tu dragón te ha escrito, te meto el móvil en el escote de esa señora y que lo desbloquee por reconocimiento mamario.

Señalé a una mujer con más melones que los de Bollo Etiqueta Negra y con una buena capa de sudor, a ver si así le cortocircuitaba.

—Está preocupado.

—Estás en un reservado a veinte minutos de casa, con cuatro mujeres capaces de matar y una regente fae con lanzallamas de serie.

Elowen alzó su chupito.

—Técnicamente, yo podría ordenar una ejecución y arrasar el bar con tanto alcohol.

—¿Ves? Protegidísima.

Estábamos en un reservado en Malasaña de paredes granates, que perdonan las ojeras. Encargué una tarta con un dragón encima de una mujer muy flexible y pedí varias bandejas de chupitos infernales de procedencia dudosa: llama violeta, sabor a canela con vodka y humo por la nariz.

Nina bebió el primero y tosió.

— Porca puttana . ¿Esto tiene autorización sanitaria?

—Tiene autorización demoníaca —contestó Aimara.

—Eso no responde mi pregunta.

—No. Pero, si sobrevives, te sellan el pasaporte en el infierno. No te iba a gustar la respuesta, bella .

El segundo me dibujó la garganta por dentro.

El tercero me hizo contar las partes eliminadas de la escena previa a Mateo entrando con el bate, y así fue como decidimos que era buena idea jugar a «confiesa o bebe».

La novia inauguró admitiendo que Ciarán tenía una hoja de cálculo para organizar la boda y ella, otra para contabilizar las veces que le daban a la colita.

Aimara confesó que, desde que conoció a Dios, entendía por qué el Antiguo Testamento necesitó tantas revisiones.

—Con ese carácter, bastante bien salió la edición definitiva.

Nina reconoció que Darian fingía no escucharla cuando ella pensaba en él desnudo y que los ojos lo delataban.

—¿Y los tuyos? —preguntó Sandra.

—Rómulo promete tres asaltos y suele cumplir. Remo no promete nada.

—¿Y cumple? —quiso saber Aimara.

Me bebí el chupito.

Las cuatro gritaron.

Elowen se negó a confesar nada sobre Abaddon alegando que no existía ningún «ellos». Al tercer chupito admitió que dormía desnudo. Le pregunté cómo coño lo sabía y se bebió el cuarto.

Todavía sonreía cuando se apagaron las luces y empezó a sonar una canción cargada de bajos. Sandra me miró.

—¿Patri?

—Yo no he hecho nada.

—¡Has contratado un estríper! —gritó Aimara señalando el escenario lleno de humo y a un tipo que salía en moto.

—Eso no es un hombre, illa . Es un profesional autónomo con IVA reducido por servicio esencial. Debemos respetar su curro, su pelvis y la precariedad del sector.

Me levanté y grité:

—¡Aquí! ¡La de la polla en la cabeza es la de la despedida!

Los hombros parecían trazados con una sola línea, sin corregir, de esas que salen una vez cada seis meses y guardas.

Pantalón negro, cazadora de cuero, muchos tatuajes.

Y dos cosas que archivé antes de entender el problema: unos ojos verdes que no están en ninguna caja de acuarelas mía y dos mechas rojas sobre la frente.

Ah, y una manzana en la mano, porque al parecer algunos demonios no saben entrar en un sitio sin parecer una amenaza bíblica con abdominales.

«¡Hostia puta!».

Aimara me agarró del muslo. Elowen dejó el vaso en la mesa sin apartar los ojos de él.

—No puede ser… —susurré.

—Ahí viene tu profesional autónomo —respondió Nina—; ese no sale del rabo del paro, digo, de la cola.

A Sandra se le salió el chupito por la nariz.

—Os juro que en la foto tenía otra cara —les aseguré.

—Una muy dura —afirmó Elowen, mirándolo con furia.

El tipo mordió la manzana, se la lanzó a la soberana fae y esta la atrapó pulverizándola en el aire. Se bajó de la moto y se bajó la cremallera de la chupa muy despacio. Aimara chilló. Nina sacó un billete del sujetador con una naturalidad que despertó varias preguntas.

—Elowen —dije con tiento—, tú que no puedes mentir: ¿es Abaddon o hay otro cabrón con complejo de pecado original haciendo extras en despedidas?

La regente cogió otro chupito.

—Prefiero beber.

Aquello provocó más gritos que los abdominales del demonio.

Bailó para Sandra sin tocarla, se dejó meter billetes en sitios que me enorgullecieron y terminó arrodillado delante de Elowen para hundir la cabeza entre sus muslos y dejar muy poco a la imaginación.

—Chicas, creo que el espectáculo no incluía porno en vivo —carraspeé.

Elowen jadeó acalorada y Abaddon se dio por satisfecho.

Se alzó, le guiñó un ojo a Sandra y le soltó que, como ya tenía un dragón, no necesitaba una serpiente. Volvió al escenario y desapareció montado en la moto tras la cortina.

Si el tipo era Abaddon, no iba a preguntar en qué descampado iba a aparecer el pobre estríper original; preferí pedir otra ronda de chupitos y no reclamarle la señal.

Hay cosas que una no pregunta en una despedida, como dónde está el estríper original, quién pagó la moto o por qué Nina llevaba billetes en el sujetador con tanta planificación.

Llegué a casa con la dignidad en huelga y la corona de penes heredada torciéndoseme sobre un ojo.

Rómulo y Remo estaban en el sofá. Los dos. Descalzos, despeinados y con esa cara de lobos que han oído a Caperucita y han decidido fingir que no estaban esperando habiéndose comido a la abuelita.

—Ni una palabra —advertí, señalándolos con el bolso.

Rómulo me recorrió de arriba abajo con una sonrisa indecente.

—Yo iba a decir que estás preciosa, peque.

—Tú ibas a decir una barbaridad y lo sabes.

—También.

Remo se levantó sin reírse. Ese era su peligro: parecía tranquilo, pero me quitó la corona con dos dedos, me apartó el pelo de la cara y me besó la frente con una ternura que me desarmó más que cualquier chupito.

—Si querías más de dos solo nos lo tenías que pedir…

—¿En serio?

—Ni lo sueñes. ¿Lo has pasado bien?

—He visto a un demonio hacerle un túnel de lavado emocional a una regente fae . Así que sí.

Rómulo soltó una carcajada y me atrajo hacia ellos.

Olían a casa, a piel caliente y a peligro domesticado solo a medias.

Y ahí, entre sus brazos, con los pies doloridos y el corazón borracho de felicidad, lo supe: Ellos no eran mi final de cuento de hadas, eran mi para siempre, con colmillos y garras.