EPÍLOGO 3
Regresé a casa con dos copas de más, un zapato en la mano y la firme sospecha de haber metido un billete de cincuenta euros en la bragueta del Destructor.
Darian estaba en el sofá, leyendo. Levantó los ojos y su mirada me alcanzó antes de que dijera una palabra.
—No empieces…
—No he dicho nada.
—Lo pensaste muy fuerte.
—Esa suele ser tu especialidad.
—La novia sobrevivió, por cierto. Tuvimos un estríper que se parecía demasiado a Abaddon.
—Mis condolencias.
—¿Para quién?
—Para el estríper, si no era él. El cuñado de Aimara siempre se ha tomado muy mal el plagio.
Dejé el zapato y avancé hacia él. Llevaba una camisa negra abierta en el cuello y el pelo suelto, cayéndole sobre la cara. Me detuve y traté de enfocar.
— Che , tenés el pelo larguísimo.
—Ya lo tenía cuando te marchaste.
—Ahora lo estoy viendo mejor.
—¿El alcohol ha mejorado tu capacidad de observación?
Le aparté un mechón de los ojos. Le llegaba más abajo del cuello y las puntas pedían un arreglo a gritos. O me lo pedían a mí, diferencia irrelevante a esas horas.
—Voy a cortártelo.
El libro se cerró.
—No.
—Sé cortar el pelo; le corté el flequillo a mi prima Bianca en su primera comunión.
—¿Y cómo terminó Bianca?
—Bianca está estupenda y no hablamos jamás de su corte champiñón.
—Estás descalza de un pie.
—Eso no se hace con los pies.
—Lo sé, me preocupa que pretendas hacerlo con unas tijeras.
Fui al cajón de la cocina y saqué las del pollo. Darian apareció a mi espalda antes de que me girara.
—Yanina, entregarte un objeto afilado en este estado constituye una amenaza innecesaria.
—Me confiaste tu corazón, tu marca y un auto del sesenta y siete sin saber conducir. Podés confiarme las puntas.
Sus ojos recorrieron mi cara.
—Ninguno de esos argumentos mejora la situación.
—Te prometo que solo serán las puntas.
Me sostuvo la mirada. Después escuchó algo dentro de mi cabeza que le hizo arquear una ceja.
—Eso no parece un corte de pelo.
—Pueden ser las dos cosas.
Acabé convenciéndolo y arrastré una silla hasta el baño. La coloqué contra el lavamanos y le ordené sentarse. Incluso sentado seguía demasiado alto para que yo llegara a su nuca, porque el universo me recuerda a diario mi falta de estatura.
La solución lógica fue acomodarme sobre sus muslos, de frente a él. Dejé las tijeras del pollo y cogí del cajón las de peluquería.
—Esto carece de cualquier criterio profesional —comentó.
— Callate y echá la cabeza hacia atrás; necesito humedecértelo.
—¿Con qué? Porque húmeda ya estás.
Me recogí el pelo sin responder. Los ojos de Darian se fijaron en el lunar de mi cuello y su mano subió hasta mi cintura.
—No hagas eso, que me desconcentras.
—¿Qué cosa?
—Mirarme con ganas de cenarme, tengo tijeras.
—Precisamente.
Abrí el grifo y traté de mojarle las puntas. Empapé su camisa y media encimera.
Su pelo continuó seco.
—Una técnica impecable —murmuró con un gruñido bajo cuando le acerqué demasiado las tetas.
—Estoy calibrando, no te muevas.
—Yo no soy quien se está moviendo.
Tenía razón. Cada vez que buscaba la parte de atrás debía deslizarme sobre él, y a la tercera se me olvidó a qué había entrado en ese baño. La Marca del Pulso me respondió con un latido caliente bajo la piel.
— Dejá de escucharme.
—Resulta difícil cuando estás pensando eso sentada encima de mí.
—Estoy concentrada.
—En absoluto.
Intenté levantar las tijeras. Darian me las quitó, las dejó lejos del borde y se puso en pie conmigo todavía alrededor de su cintura.
Un segundo después, mi espalda encajó contra la pared y las piernas me quedaron donde él las había puesto. Sin idea de en qué momento habíamos cruzado la habitación.
Mi vocación repentina de peluquera desapareció de mi cabeza.
Le agarré la camisa empapada.
—Jooo… En mi mente era muy sexi.
Darian sonrió contra mis labios.
—Tranquila, Yanina. Lo va a ser…
🧚🏻🧙🏻♀️🧛🏻🐺
Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, decidí dos cosas.
La primera: jamás volvería a aceptar un chupito infernal con sabor a canela preparado por un demonio.
La segunda: esa promesa duraría exactamente hasta la próxima despedida de soltera que, por probabilidad, sería de Aimara o de Patri.
Darian llevaba horas despierto. Los vampiros tenían la irritante costumbre de sobrevivir a cualquier exceso con la misma facilidad con la que sobrevivían al paso de los siglos. Yo, en cambio, descubrí que todavía podía tener resaca después de beber algo capaz de derretirle el esmalte a una gárgola.
Tres cafés, una ducha helada y una amenaza de Patri en el grupo del bookelarre bastaron para devolverme al mundo de los vivos.
Aquella tarde Sandra se casaba.
No sé quién fue el iluminado que decidió que vestir a cuatro mujeres al mismo tiempo era una buena idea, pero sospecho que jamás convivió con nosotras.
La suite del hotel parecía el escenario de una guerra elegante.
Había horquillas por el suelo, rizadores ocupando cualquier superficie con una toma libre y Patri dando vueltas alrededor de todas con el móvil en la mano.
—Hermanas, no os mováis, con esta luz salís divinas.
—Patri, llevo veinte minutos sin moverme porque Aimara me está clavando un imperdible en una nalga —protesté.
—Por el bien de la fotografía, aguántate.
Aimara levantó la vista.
— Bella , deja de exagerar. Ha sido un pinchazo muy pequeño.
— Tenés una definición de «pequeño» preocupante.
Sandra soltó una risita desde el espejo.
El vestido le sentaba como un guante. El velo ya lo llevaba puesto bajo la pequeña tiara de diamantes que Ciarán le había regalado.
Lo único que todavía no se había colocado era esa cara de novia de revista que todas intentan poner delante del fotógrafo.
Ella seguía teniendo la misma expresión de siempre, la de alguien que estaba deseando que empezara la fiesta para hacer una conga con sus amigas.
Patri se acercó por detrás, recolocó un pliegue casi invisible del vestido y retrocedió un paso para inspeccionar el resultado.
—Ahora sí.
Sandra sonrió.
—Gracias.
—No me las des, me estaba molestando a mí.
Nos echamos a reír.
No sé quién dio el primer paso. Tal vez Aimara, o Patri, o fui yo. Solo sé que, un instante después, las cuatro estábamos abrazadas en medio de la habitación, intentando no arrugar el vestido de la novia y fracasando bastante.
—Bueno… —murmuré contra el pelo de Sandra—. Esto es un quilombo precioso.
Aimara resopló.
—¿Quién nos iba a decir que acabaríamos aquí, con Sandi a punto de casarse con un ex príncipe dragón?
Negué despacio.
—Yo sí lo sabía.
Las tres me miraron.
—No lo de la boda, lo nuestro.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Se dan cuenta de que hace unos años éramos cuatro desconocidas?
Nadie respondió.
—Y, sin embargo, acá estamos, un puñado de mujeres capaces de sujetarse el corazón.
Patri ya estaba llorando; Aimara, también.
—Así que, antes de que salgamos ahí fuera y todas nos arruinemos el maquillaje de la emoción —continué con una sonrisa—, quiero que sepan una cosa.
Las abracé un poco más fuerte.
—Gracias por convertirse en la familia que no sabía que me estaba esperando.
A Sandra le brillaban los ojos.
—No llores.
—Tranquila, es waterproof .
Una lágrima cayó y, naturalmente, nosotras fuimos detrás.
🧚🏻🧙🏻♀️🧛🏻🐺
Cuando llegamos al jardín donde se celebraba la ceremonia, los hombres ya esperaban junto al altar.
Subimos al altar para ver la entrada de la novia al ritmo de All of Me , de John Legend.
Ciarán no apartó los ojos de Sandra ni un solo segundo, ni uno. Vi a Darian soltar un resoplido casi imperceptible. Tener canal privado tenía su ventaja.
«¿Qué?».
«Nada».
« Mentís fatal».
«Estoy calculando cuánto tardará en echarse a llorar».
«¿Sandra?».
«Él».
No llegué a responder porque apareció Lluna.
Llevaba el cojín de los anillos en el lomo con la seriedad de quien transporta el destino del universo.
Avanzó despacito por el pasillo mientras todos conteníamos la respiración.
Al llegar frente a Ciarán, este le rascó la cabeza, le dijo «buena chica», con ternura infinita y se hizo con el cojín.
La perra se sentó a su lado.
La ceremonia entera estalló en una carcajada emocionada.
Hasta Sandra tuvo que secarse una lágrima antes de poder seguir caminando y Ciarán… Ciarán sonrió de esa forma en que solo se sonríe una vez en la vida.
La boda fue preciosa.
Hubo votos que nos hicieron llorar, un beso que provocó una ovación y después llegó el momento del lanzamiento del ramo.
Sandra se volvió hacia nosotras.
—¡Preparadas!
Aimara levantó las manos, Patri también. Yo hice el amago por pura educación.
El ramo salió volando por encima de nuestras cabezas y entonces ocurrió.
Una figura cruzó el jardín a una velocidad imposible y lo interceptó en el aire antes de que ninguna pudiera rozarlo.
Contuvimos el aliento.
Pensé en la Madre de Dragones, incluso en Abaddon, pero no.
El ladrón de ramos cayó al suelo con la elegancia irritante que solo tienen los vampiros y se quedó inmóvil, sujetando las flores entre las manos.
El silencio fue absoluto.
Aimara fue la primera en hablar.
—Si esto no es una declaración de intenciones, que baje Dios y lo vea…
—No menciones a tu suegro en vano —le respondió Patri, que ya estaba grabándolo todo entre lágrimas y carcajadas.
Rómulo soltó un silbido.
—Eso ha sido juego sucio; si lo sé, me lanzo.
Darian bajó la vista hacia el ramo y después me miró a mí.
—Creo que acabo de estropear una tradición humana.
Dejó el ramo entre mis manos y, sin importarle que medio jardín contuviera el aliento, se arrodilló.
—O quizá no.
—¡Así se hace, cabrón! —voceó Rómulo.
—Parece que el ramo ya tomó una decisión.
Hizo una pausa.
—Solo falta saber si estás dispuesta a pasar el resto de la eternidad llevándome la contraria.
Mi corazón se revolucionó.
—No creo que, con una gesta como esta y delante de tanta gente, pueda decir que no.
Se oyeron gritos y silbidos cuando sacó el anillo, me lo puso en el dedo, me tomó de la cara y me besó.
Al final, comprendí que nunca fueron los monstruos quienes cambiaron nuestras vidas; fueron las personas que decidimos amar… y las que decidieron quedarse.
Algunos libros terminan cuando cierras la última página; los nuestros acababan de empezar.
Por culpa de BookTok, entramos en su mundo; gracias a él, entendimos el verdadero significado de la palabra felicidad.