EPÍLOGO 1
Acudir a la coronación de la ex de Ciarán encabezaba mi lista de planes desastrosos, justo por debajo de hacer puenting sin cuerda y permitir que Patri eligiera el entretenimiento de mi despedida de soltera.
Que, por cierto, ya estaba preparando, con la logística de Nina, por supuesto. Y con una petición personal de que no me hicieran montar en un pene mecánico, como les habían hecho en Valencia. Desde que había probado la cola escamada pasaba de sucedáneos.
Porque sí, Ciarán podía ser muchas cosas: un fae milenario, un dragón de casi dos metros, un obseso del orden, pero también era un clásico. Me había pedido matrimonio de rodillas, con un discurso que me hizo llorar y un pedrusco de amatista que me costaba sostener sin desarrollar tendinitis.
Lo llevaba puesto aquella noche.
Habría presumido de él si no estuviera demasiado ocupada intentando no tropezar con el vestido al cruzar el salón del trono de la Corte Oscura. Lluna se había quedado en casa, indignadísima. A esa mastina le gustaba una entrada triunfal tanto como a mí.
—No van a coronarla —me recordó Ciarán por tercera vez—. Es una investidura.
—Pues alguien debería avisar al centenar de fae envueltos en pedruscos de que no va a haber corona.
Su pulgar rozó la amatista. Sonrió apenas y el corazón me hizo esa cosa estúpida que seguía haciendo cada vez que me miraba como si, de todas las criaturas del universo, yo fuera la única que merecía su atención.
Al fondo, el trono de Maelor permanecía vacío.
Habían arrancado su emblema del respaldo y las raíces negras que trepaban por la pared se habían replegado, dejando una cicatriz más clara en la piedra.
Elowen esperaba frente a él, vestida de plata y negro, sin corona.
No iba a heredar el poder como premio de consolación por haber entregado a su padre.
Sería regente de la Corte Oscura hasta que se redactaran nuevas leyes y pudiera ser coronada.
Algo parecido ocurría en el Velo de Ceniza. El padre de Ciarán nos había retirado la palabra tras la renuncia de su hijo a ser el futuro rey.
—¿Y quién va a regir? —preguntó Aodhan fuera de sí.
—Lo justo sería que eligiera la corte y la monarquía pasara a ser una república.
Solo la propuesta provocó tres desmayos entre la nobleza. Por ahora estaba en stand by .
Aimara y Samael ocupaban la primera fila.
Ella había elegido recuperar la naturaleza que le arrebataron sin dejar de ser Aimara; una criatura fuera del tiempo humano que seguía llegando tarde, perdiendo las llaves y enviando audios de siete minutos con una manicura perfecta.
La eternidad no había corregido sus defectos, solo les había dado más años para perfeccionarlos.
Nina estaba junto a Darian, revisando el móvil a escondidas. La presentación del séptimo y último volumen de Las reliquias del deseo oscuro había arrasado y ya estaban con el casting para convertirla en serie y varias películas.
Le dijimos a Aimara que tanto las chicas como yo debíamos estar presentes para elegir a los actores, no fuera a ser que nos dieran gato por dragón.
Darian fingía que le resultaba indiferente, pero Nina ya había rechazado a tres actores porque ninguno tenía «la estructura ósea adecuada» para interpretarlo.
A la izquierda, Patri sujetaba las manos de Rómulo y Remo.
Nadie preguntó por lo que le había ocurrido a Bruna, aunque se rumoreaba que hubo varios avisos de fuego controlado donde antes vivía la familia de Rem.
Era un gusto ver cómo se miraban esos tres.
Solo faltaba Javier. Su asiento vacío tenía su nombre escrito en una placa, un privilegio que habría disfrutado mucho más de no estar llegando tarde a su primera ceremonia como representante humano del Consejo.
Un golpe seco silenció la sala.
El custodio de las cortes desplegó un pergamino. La condena de Maelor fue leída sin que él estuviera presente. Lo habían despojado de títulos, bienes y nombre dinástico. A partir de aquel día, las crónicas dejarían de llamarlo rey.
Después llegó la parte que hizo que nadie volviera a respirar.
—Maelor de la Corte Oscura queda condenado a la Cacería de Humo.
Las raíces de las paredes se encendieron. Entre sus ramas aparecieron siluetas de lobos formadas por humo y rescoldos. Reconocí el cuerpo enorme de una hembra. Luego otro y otro. Remo se quedó inmóvil y apretó los dientes, mientras Patri y Rómulo sujetaban una de sus manos entre los dos.
La sentencia fue clara. Cada noche, al alzarse la luna, los espíritus de los licántropos cuya muerte había ordenado perseguirían a Maelor por un bosque sin salida.
Cuando lo alcanzaran, sentiría en su propia carne cada ejecución: el fuego, el miedo y la pérdida.
Al amanecer, su cuerpo volvería a formarse entre las cenizas para volverlo a revivir.
Al caer la noche, la cacería comenzaría de nuevo.
Su inmortalidad acababa de convertirse en su condena.
Elowen descendió los escalones hasta detenerse delante de Remo. Una regente a punto de ser investida inclinó la cabeza ante un lobo al que su padre había dejado sin familia.
—No espero que perdones a mi familia —dijo—.
Tampoco tengo derecho a pedírtelo. Mi padre asesinó a los tuyos en nombre de este trono y después enterró sus nombres para protegerse.
Quiero prometer que, cuando la corona repose sobre mi cabeza, los devolveré a nuestros registros y repararé todo aquello que todavía pueda ser reparado.
Remo no respondió.
—El reino te entregará una compensación por cada miembro de tu manada. También quiero ofrecerte el mando de mi guardia. Ningún fae volvería a perseguir a un licántropo bajo tus órdenes.
Rómulo miró a su hermano. Siguieron sin soltarse la mano.
—Mi familia murió por negarse a obedecer una corona —respondió al fin—. No pienso pasarme el resto de mi vida arrodillado ante otra.
Elowen sostuvo su mirada y asintió.
—Entonces procuraré que la próxima no necesite que nadie se arrodille.
—Además —intervino Rómulo—, el uniforme de vuestra guardia no marca suficiente el culo.
Patri le clavó el codo en las costillas.
— Illo , cinco minutos. Solo te pedí cinco minutos sin dar vergüenza ajena.
—Has elegido al lobo equivocado para eso, peque.
El resoplido de Remo se pareció mucho a una risa. Elowen regresó a la tarima y el custodio le ofreció el bastón de regente. Ella lo tomó y no se sentó en el trono.
Entonces Ciarán avanzó.
Aodhan ocupaba el lugar reservado al Velo de Ceniza. Se incorporó con una lentitud que heló media sala.
—Este no es el momento de tratar nuestra sucesión.
—No —respondió Ciarán—. Es el momento de impedir que vuelva a ser necesaria.
Los fae no podían mentir. Tampoco eran capaces de esquivar una bomba política cuando se la lanzaban desde la primera fila.
Ciarán se volvió hacia las cortes.
—Cuando mi padre abandone el trono, no reclamaré la corona del Velo de Ceniza.
Mis padres no tienen otro heredero y no aceptaré que la sangre vuelva a decidir quién debe gobernar.
Un reino que solo sabe obedecer linajes termina sometido a quien ha tenido la fortuna de nacer primero, no a quien ha demostrado merecer su lealtad.
Aodhan palideció y cerró los ojos un segundo de más. Fue lo único que se movió en toda su cara. Yo estuve a punto de aplaudir, aunque me pareció feo inaugurar la república fae con una ovación de una humana.
—Elegid a alguien justo —continuó Ciarán—. Y conservad el derecho a reemplazarlo si deja de serlo.
Abajo la monarquía. Arriba las primeras elecciones fae de la historia. La Revolución francesa había llegado al mundo sobrenatural sin guillotina, cosa que a algunos pareció decepcionarlos bastante.
Ciarán regresó a mi lado y me cogió la mano.
—Mi lugar no está en ningún trono, solo a tu lado.
—Más te vale. Ya he dado una señal para la casa que nos había gustado; tiene helipuerto para tus aterrizajes de emergencia.
La puerta principal se abrió de golpe.
—Perdón por el retraso —anunció Javier—. Reformar instituciones milenarias lleva más papeleo del esperado.
Entró con el traje arrugado y una carpeta bajo el brazo. Valerian caminaba detrás con la expresión de quien ha pasado tres horas discutiendo con un humano y acaba de descubrir que tendrá que seguir haciéndolo durante décadas.
Javier ocupó su asiento y dejó la carpeta sobre la mesa.
No estaba allí por haber sido Adán. Había amenazado con rechazar el nombramiento cuando intentaron incluirlo en el acta.
Ocupaba aquel lugar porque alguien formuló por fin una pregunta bastante básica: ¿por qué coño seguían tomando decisiones sobre los humanos sin sentar a ninguno en la mesa del Consejo?
Con Bruna muerta y una silla vacía, la elección fue sencilla.
El nuevo Consejo había aprobado la presencia permanente de un representante humano.
También se prohibió cualquier borrado de memoria sin autorización, desapareció la custodia de nombres verdaderos y toda intervención sobre uno de nuestra especie debería ser revisada por ambas partes, para que no hubiera abuso de poder.
Sue permanecía detenida a la espera de juicio. Sería juzgada por cuatro asesinatos. Cuando cumpliera su condena, respondería ante el Consejo por las fórmulas prohibidas, la vulneración del Velo, el asesinato de Caedmon y el intento de asesinato de Bruna.
Justicia humana primero. Sobrenatural después. Alana había querido separar los dos mundos y terminaría rindiendo cuentas ante ambos.
Antes de que alguien pudiera decir nada más, una manzana cruzó la puerta.
Abaddon entró detrás de ella, le dio un mordisco y recorrió el espacio con cara de haber llegado tarde adrede para ahorrarse la parte aburrida.
—¿Ya habéis terminado de reinventar la civilización?
—Casi —respondió Elowen—. Falta anunciar al mediador demoníaco.
Abaddon dejó de masticar.
—No recuerdo haber aceptado el puesto.
—Llevas siglos entrometiéndote en asuntos ajenos sin invitación. Ya era hora de asignarte responsabilidades.
—Eso suena demasiado parecido a trabajar.
—Sobrevivirás.
La carcajada de Abaddon rebotó contra las paredes. Elowen mantuvo el gesto serio, pero se le movió una comisura.
Él subió los escalones y se situó a su lado. Cuando el custodio proclamó a Elowen regente, las cuatro cortes inclinaron la cabeza. Él no; se limitó a observarla con una atención que no había mostrado durante el resto de la ceremonia. Después le ofreció la manzana.
Elowen miró la fruta; luego, su boca, y mordió exactamente sobre la huella de sus dientes. La sonrisa de Abaddon perdió toda la burla.
«Oh».
Aquello no era diplomacia, era un preliminar con vitaminas.
Miré a Ciarán. Él ya lo estaba haciendo.
—Ahí hay tema.
—Resulta evidente: tensión sexual con riesgo de incendio.
Ciarán observó a Abaddon acercarse al oído de Elowen para susurrarle algo que consiguió que apretara los dedos alrededor del bastón de regente y se lo clavara con saña en la punta del zapato.
—Abaddon ha incendiado reinos por mucho menos.
—¿Y ella?
—Ella lo obligaría a reconstruirlos.
Me apoyé en su brazo. La amatista atrapó la luz de las raíces encendidas y Ciarán entrelazó los dedos con los míos.
Había entrado en la Corte Oscura temiendo la coronación de la ex de mi prometido; saldría de ella con la ex de mi prometido a una manzana de follarse a un demonio, Ciarán habiendo dinamitado su futura monarquía y Patri y Nina todavía al mando de mi despedida de soltera.
De las tres cosas, la última era la única a la que no sabía si sobreviviríamos.