Capítulo 58 #2
—Tu querido papaíto , se equivocó al obligarnos a escoger entre nosotros y la libertad del otro. Las personas correctas no hacen eso.
La claridad creció hasta empezar a borrarle el rostro al amor de mi vida.
—La elijo a ella —pronunció Samael.
Cerré la mano alrededor de la suya.
—Y yo lo elijo a él.
El silencio duró tanto que llegué a pensar que acusar a Dios de haberse equivocado iba a enviarnos directamente a una tercera elección bastante menos amable.
—Muy bien —respondió la voz al fin—. Si esa es vuestra elección, que así sea.
🧚🏻🧛🏻🧙🏻♀️🐺
Desperté con Artyom atravesado sobre las piernas y Zeus Alejandro ocupando media almohada. Me arranqué las sábanas.
—¿Samael?
Nadie contestó.
Camiseta vieja, sin maquillaje y las nueve y veintitrés. Ni rastro del vestido, de la Corte Oscura ni del demonio que acababa de liberar.
Sonó el móvil.
—Aimara, ¿piensas venir o qué? —soltó Beatriz—. Dime que tienes el maldito manuscrito, porque no sé qué más decirle al jefe.
—Buenos días para ti también, bella .
—Por el amor de Dios, no me pongas excusas matinales, dime que tienes algo que pueda sostenerse.
Corrí al ordenador y levanté la tapa. Porque una puede haberse sometido a un juicio divino, pero debe ser responsable con su editora.
—Te mando lo que tengo.
En el escritorio vi una carpeta que no reconocía, hice doble clic y me topé con dos iconos de Word: Por culpa de BookTok y Gracias a BookTok .
Abrí el primero y después el segundo. Parpadeé con fuerza.
Era mi voz, mi forma de contar; cada cadáver y cada cosa que habíamos vivido estaban allí.
Miré al techo porque sentí la tentación de pronunciar un «Gracias, Dios mío», que no venía a cuento, o tal vez sí.
—¿Aimara? ¿Estás ahí?
—Espero que esta no sea tu forma de joderme todavía más la vida —pronuncié con los ojos todavía puestos en el techo.
—¿Qué dijiste? —preguntó Beatriz.
—Dame diez minutos y te mando algo antes de la reunión de la mañana, chao.
Antes de nada, necesitaba entender qué había ocurrido con Samael y, al no estar en mi cama, solo se me ocurrió una cosa: buscarlo entre los contactos.
Corrí a por el móvil, con el pulso desbocado y los perros pisándome los talones.
Cabía la posibilidad de que el cabezota de su padre se hubiera apiadado de nosotros y…
No estaba.
No había ningún Samael Vane entre mis contactos y alguien me arrojó de golpe a un pozo.
Volví a mirar al techo.
—¡Cabrón!
Me dio igual que fuera el Creador. Noté los ojos arder y, antes de dar rienda suelta a la pérdida, decidí asegurarme de que mis amigas estuvieran bien; después, ya me hundiría en el sofá hecha una mierda.
El grupo del bookelarre. Inicié una videollamada. Sandra apareció con el pelo aplastado, Nina con las gafas torcidas y Patri enfocando primero el dedo gordo de su pie.
—Por favor, díganme que esto no ha sido un sueño como el final de Los Serrano . Sandra, ¿vives con un tipo que se convierte en dragón? Nina, ¿el tuyo es vampiro y te lee la mente? Patri, ¿tus vecinos son dos lobos y prefieres el número tres al dos? ¡Contéstenme, carajo !
Las tres sonrieron y giraron los móviles: Ciarán, Darian, Rómulo y Remo dormidos a su lado. Bueno, Rómulo no del todo: sonrió y me guiñó un ojo.
—¿Tú no estás con Samael? —preguntó Nina—. Desde que desaparecieron en la Corte Oscura que no sabíamos dónde buscar…
El dolor regresó entero.
—Anoche renuncié a él.
—¡¿Cómo?! —profirieron las tres a la vez.
—Su padre nos enfrentó al juicio final y… —La garganta se me empezaba a cerrar—. En fin, que era lo mejor. Os dejo, tengo que ir a llorar un poco y, después, a Vetusta para entregarle a Beatriz dos manuscritos que no recuerdo haber escrito, solo vivido.
Colgué antes de que pudieran detenerme, apagué el móvil y hundí la cara en el pelo de mis perros hecha un mar de lágrimas.
Sonó el timbre, no me moví.
—¡No estoy para nadie! —grité contra el pelo de Zeus que me hormigueaba en la nariz.
El timbre volvió a sonar. Artyom salió disparado hacia el recibidor y Zeus levantó la cabeza, encantado de confirmar que en aquella casa sí había gente y que odiaba que le llenaran de mocos.
—Traidores. Sois pésimos guardianes y peores pañuelos perrunos.
Otro timbrazo.
Podía ser cualquiera: la vecina cotilla, un repartidor de Amazon o un testigo de Jehová. Como fuera el último, iba a decirle bien clarito por dónde podía meterse su condenada biblia.
También podía ser Dios, que se había dejado alguna condena en el tintero.
—¡Si vienes a salvarme, llegas tarde! ¡Y si traes otra prueba divina, déjala en el buzón!
Nadie contestó, el timbre volvió a sonar. Los perros empezaron a arañar la puerta. Lo que me faltaba era tener que llamar al seguro o a un carpintero.
—¡Más vale que sea importante! —mascullé, secándome la cara con la manga.
Fui hasta el recibidor, aparté a Artyom con el pie y miré por la mirilla.
Tuve que hacerlo dos veces. No era Dios, aunque estaba como uno.
Samael esperaba al otro lado con el mismo traje, la corbata deshecha y ninguna sombra subiéndole por el cuello.
Abrí de golpe.
—¿Qué haces aquí? —prorrumpí sin dar crédito a lo que me devolvían mis ojos.
—He ido a por el desayuno, pensé que un juicio final te habría dejado hambrienta y sé cuanto te gustan los dulces.
—¿Y no se te ocurrió dejarme un Post-it?
Él sonrió y yo me lancé a sus brazos para comer lo único que me apetecía: su boca.
—Te liberé —susurré, todavía con los labios pegados a los suyos.
—Sí.
—¿Tu padre se ha apiadado de nosotros?
—Eso parece, aunque no esperes que reconozca que se equivocó o una cena navideña. Los caminos del Señor son inexpugnables.
Tuve ganas de reír.
—¿Y ahora qué somos?
—Lo que tú quieras, pero, sobre todo, libres para decidir.
—No te pongas críptico, que hoy no tengo cuerpo para acertijos.
La comisura de su boca se elevó sin dejar de acariciarme.
—Eres la mujer a la que amo. Eso sigue siendo así.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Su cara me lo dijo todo.
¡ Coño de la madre!
—Tu Padre ha dejado otro regalito, ¿verdad? ¿Tiene que ver con lo de la cadena o con que fuera mi última vida?
—Aquello era el precio de la separación.
Como ninguno de los dos la aceptó, tuvo que idear otra cosa.
Dos caminos. Puedo renunciar a lo que soy, envejecer contigo y morir cuando tú mueras en esta vida.
O puedes recuperar lo que eras antes de que te condenaran a renacer.
Al parecer, tu alegato le gustó y es lo máximo que obtendrás de él.
No te convertirías en otra cosa: volverías a ser una criatura no sujeta al tiempo humano.
—Pe-pero Adán-Javier no tuvo eso…
—Adán hizo su propia elección después de que Eva jodiera su segunda relación. Tranquila, tenemos siete días y esta vez nadie elegirá por nosotros.
Siete días. Yo tardaba más en decidir mi nuevo esmalte de uñas, y ahora debía deliberar entre si quería envejecer con el hombre al que amaba o discutir con él hasta que se apagara el último sol.
Le cogí la mano.
—¿Tú ya sabes qué quieres?
—Sí.
—¿Cuál de los dos caminos?
—A ti.
—Esa no era una de las opciones.
—Era la única que importaba; el resto es logística.
— ¡Coño! Acabas de llamar logística a morirse y a vivir para siempre.
—He sobrevivido al Edén, al Consejo, a una cruzada de siglos en tu búsqueda y a dirigir una terapia grupal con sobrenaturales. Puedo organizar una semana.
Me reí con los ojos llenos de lágrimas y tiré de su corbata.
—Entonces entra y empieza a convencerme de que la segunda opción es la buena.
Samael cruzó el umbral y me besó. Zeus ladró, Artyom se metió entre nuestras piernas y el momento romántico duró exactamente lo que solían durar todos en mi vida: cuatro lametazos húmedos.
No me importó. Mortal o eterna, acababa de confirmarlo: era su persona favorita del universo y él, el caos infernal que yo habría elegido en cualquiera de mis vidas.