Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 58
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Capítulo 58

La voz que había convertido nuestras vidas en una condena compartida tronó.

—Lilith, la primera vez elegiste marcharte. Samael eligió entregar al mundo el conocimiento necesario para que otros también pudieran hacerlo, y ahora habéis sido convocados a la Segunda Elección.

No había sentido tanta presión ni cuando anunciaron que querían los derechos audiovisuales de mis libros para llevarlos a la gran pantalla.

La Segunda Elección sonaba importante. Bíblico, no como la repesca de Supervivientes . Una de esas frases que merecían aparecer grabadas en piedra y no protagonizadas por una venezolana al borde del colapso nervioso y un demonio con serios problemas familiares.

—Samael. Ereshkiel me ha comunicado que querías invocarla.

El íncubo de mis sueños no pareció sorprendido. Yo sí.

—Así es. Ya no soporto verla despertar a medias, vida tras vida.

—¿La Segunda qué? ¿No deberías haberme avisado o algo?

Lo miré, después al espacio vacío desde el que hablaba su padre. Al parecer dar la cara tampoco estaba incluido entre las obligaciones divinas.

— Hermoso , necesito que me expliques qué vaina está pasando y, a ser posible, sin ocultarme ningún detalle que pueda condenarme durante otros cuantos milenios a reencarnarme sin enterarme de la película.

Samael se volvió hacia mí.

—La primera elección tuvo lugar en el Edén.

Tú elegiste marcharte y yo entregué al mundo el conocimiento necesario para que otros pudieran decidir.

La Segunda Elección reabre aquella sentencia.

Solo podía hacerse si recordabas quién eras y pronunciabas mi nombre original.

No se nos pide que nos arrepintamos ni que obedezcamos; debemos demostrar qué hemos aprendido eligiendo la libertad del otro, incluso si esa elección nos separa para siempre.

Lo miré. Volví a mirar hacia ninguna parte, tratando de procesar. Regresé a él.

—¿Qué carajo ? ¿Puedo pedir un receso y solicitar un abogado a su señoría el Santo Padre celestial? Porque me acabo de enterar de que estoy en el juicio definitivo de mi alma y considero que no darme ni cinco minutos para preparar la defensa es una falta de respeto.

La boca de Samael se curvó apenas.

—No necesitas nada de eso, mi amor. Solo elegirte de nuevo, ya sabes que nunca he querido más que eso, fueras Lilith, Aimara o la mujer en la que renazcas. Quiero tu felicidad.

Aquel nombre convivía conmigo no para desplazarme. Yo era Aimara y él se ocupó de que siguiera siéndolo, pero Lilith también estaba allí, en algún lugar detrás de mis costillas, levantando la cabeza después de demasiado tiempo obligada a dormir.

—¿Habéis terminado? —preguntó la voz.

—Yo ni siquiera he empezado. Estoy procesando varios milenios de trauma, tenga un poquitico de paciencia.

—He tenido paciencia suficiente. Ahora os escucho —continuó—. Exponed vuestro alegato.

La runa de mi muñeca se encendió.

Una hebra oscura salió del pecho de Samael y se enroscó alrededor de su garganta: la cadena de su nombre, la que Ereshkiel y el Consejo llevaban milenios utilizando para obligarlo a presentarse, obedecer y marcharse mientras me perseguía de vida en vida con la esperanza de encontrarme y de que lo recordara. Un pacto muy miserable.

—Os recuerdo que la elección tiene un precio —anunció Dios—.

Samael, si rompes la cadena, renunciarás al olvido.

Recuperarás aquello que te fue arrebatado y esta será tu última vida persiguiendo a una mujer que no fue creada para ti.

Cuando Aimara muera, no habrá otra reencarnación de Lilith.

Ella no volverá a nacer, será tu libertad para siempre.

Samael se tensó.

—No pienso renunciar a ella.

—Sí va a hacerlo —dije. Él se giró hacia mí.

—No voy a aceptar que pagues sola el precio de mi libertad.

—Ni de vaina vas a decidir lo que me conviene.

—Predicar la libertad es fácil. Verla pagada con tu vida, no. Dejarías de existir.

—Eso suele pasarle a la gente cuando muere.

—Aimara.

—Samael.

Nos quedamos mirándonos. Él, con varios milenios de obstinación a sus espaldas. Yo, con la bandera venezolana ondeando tras las mías.

Iba a ganar yo.

—Samael, habla —ordenó la voz.

Samael apartó los ojos de mí y los dirigió hacia la claridad.

—La primera vez le di conocimiento para que su decisión le perteneciera, tú lo llamaste corrupción.

—Desobedeciste.

—Porque una obediencia que exige ignorancia no es virtud, es sometimiento.

La luz palpitó, pero Samael no bajó la cabeza.

—Dividiste una única condena entre los dos. A ella le arrebataste la memoria y a mí me obligaste a conservarla. Creíste que así aprenderíamos el peso de nuestras decisiones. Solo nos enseñaste cuánto puede durar una ausencia. Ni siquiera te salió bien la jugada de reencarnar a Adán.

El dolor apareció en su voz sin romperla. Una fisura diminuta en algo que llevaba milenios manteniéndose en pie.

—¿Y qué has aprendido? —preguntó Dios.

Samael me miró.

—Que el amor sin libertad solo es posesión.

Se me cerró la garganta.

—Cuando Aimara desconocía una verdad que podía cambiar su consentimiento, me detuve. Sabía que podía perderla, que quizá, después de descubrir quién era yo y quién había sido ella, no volvería a permitirme acercarme. Aun así, preferí su rechazo a conservarla mediante una elección incompleta.

Noté el ardor detrás de los ojos.

El muy cabrón llevaba miles de años preparando el alegato y no me había avisado para que trajera pañuelos.

—Vuelvo a elegir lo mismo —continuó—. Su libertad, su derecho a seguir siendo ella sin quedar sepultada bajo la mujer que fue. Si para concedérselo debo aceptar una existencia en la que no vuelva a verla, que así sea.

—Samael… —Se giró hacia mí y me tomó del rostro.

—Amarte nunca consistió en conseguir que te quedaras —pronunció—. Consistió en asegurarme de que pudieras marcharte y ser feliz.

Una lágrima me resbaló por la mejilla; me la limpié con rabia.

—Eso ha sido juego sucio, hermoso .

—Nunca he afirmado jugar limpio, soy un demonio —sonrió.

Solté una risa rota y extendí la mano hacia la cadena.

—Aimara —me advirtió.

—Tú ya elegiste; es mi turno.

Agarré la hebra.

El dolor me subió por el brazo con tanta violencia que se me doblaron las rodillas.

No solté. Todas mis vidas regresaron a la vez: otros nombres, otras casas.

Habitaciones en las que había amado, esperado y muerto.

Siglos enteros despertando con la certeza de haber perdido algo cuyo nombre no conseguía recordar y, en medio de todas ellas, él.

Su angustia, su desesperación por encontrarme, por conseguir que lo recordara y por compartir algo de tiempo juntos.

Lilith no sepultó a Aimara; encajó dentro de mí como la parte de una historia que por fin dejaba de estar arrancada.

—No te reclamo, Eshnar —pronuncié—. Te devuelvo lo que siempre fue tuyo: tu nombre y tu capacidad de ser feliz lejos de mí.

La cadena se convirtió en luz entre mis dedos y desapareció.

Samael me tomó de la muñeca, me miró horrorizado y negó.

—No puedes hacernos esto.

—Puedo, porque siempre fuiste mi elección. Acepto que esta sea mi última vida —dije sin apartar los ojos de él—. No quiero otra, no convertiré lo que eres en una deuda que debas pagar. Si despiertas sin mí porque esa es tu felicidad, que así sea. Te devuelvo tu libertad.

El pecho se me partió por un sitio que ningún médico habría sabido coser.

—Entonces aceptáis quedar separados.

—No —respondimos al unísono.

—Yo acepto que pueda elegirse siempre —aclaró Samael—. No significará jamás que deje de hacerlo porque siempre ha sido la única.

—Y yo no he renunciado a él. He renunciado a poseerlo; hay una diferencia enorme. Si alguien le arrebata la opción de estar con la persona que ama, no será por mí, sino por usted.

La voz guardó silencio.

Respiré hondo. No tenía un discurso preparado, solo una única vida por delante, dos perros, un dolor en el pecho inconmensurable y al hombre que acababa de ofrecerse a perderme para que yo pudiera pertenecerme.

Aun así, necesitaba aportar algo más, que para eso tenía el don de la palabra; esperaba poder transmitirlo oralmente igual de bien que en papel.

Solo tenía una oportunidad para convencer al testarudo de mi suegro que Samael y yo éramos lo mejor el uno para el otro.

Para que después se quejaran de las mujeres; tener al Creador como padre de tu pareja era mucho peor.

Carraspeé.

—Hoy día todo el mundo te dice que debes elegirte y no necesitar a nadie —comencé—.

Lo repiten como si amar a otra persona fuera una debilidad o una traición a uno mismo.

Y sí, coño, hay que amarse, pero no conformarse solo con el amor de uno mismo.

Nacemos llorando hasta que alguien nos sostiene.

Crecemos gracias a manos que nos alimentan, nos curan y nos levantan del suelo.

Y, al final, buscamos otra para no irnos solos.

¿Por qué necesitar a las personas correctas iba a ser una debilidad justo en los años que hay en medio?

Samael cerró los ojos un instante.

—Elegirme no significa condenarme a estar sola. Significa no quedarme junto a quien me obliga a desaparecer para poder ser. Las personas correctas no te quitan la libertad, te ofrecen un lugar seguro desde el que ejercerla, y usted se equivocó al entregarme a Adán.

La claridad permaneció inmóvil.

—Su hijo nunca me pidió que fuera más pequeña, ni siquiera cuando toda la verdad podía arrebatarle lo que era. Se detuvo, me esperó, me buscó y, aun así, me dejó decidir.

Le tendí la mano a Samael y noté un leve temblor en sus dedos.

—No lo elijo porque le diera a Lilith lo que necesitó, tampoco porque una condena nos haya mantenido unidos. Lo elijo porque lo amo, con todos mis recuerdos, mis errores, mi mala gestión de las emociones y una única vida por delante.

Samael entrelazó los dedos con los míos.

—Y yo no elijo a Lilith esperando recuperarla dentro de Aimara —pronunció—. La elijo a ella incluso si algún día prefiere alejarse de mí.

Apoyé la frente contra la suya.