Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 57
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Capítulo 57

La luz dejó de doler antes de dejarme ver.

No había paredes, techo ni rastro del despacho del rey oscuro. Bajo mis pies solo se extendía una claridad blanca que no proyectaba sombras y, a mi alrededor, los tres que, al parecer, habían desaparecido conmigo: Samael, Javi y Sue.

Mi ex seguía sujetando mi edición especial con la daga atravesada en mitad del lomo. Hasta Dios sabía que una buena escena ganaba mucho con merchandising .

—Alana Pérez Robledo —dijo la voz desde todas partes—. Explica por qué debían morir.

El nombre no llegó desde arriba ni desde abajo. Me vibró detrás del esternón, ocupando durante un instante el mismo sitio que mis pensamientos.

Ni buenas noches, ni perdón por arrancaros de una fiesta y dejaros plantados en mitad de la nada, ni un breve «os he traído hasta aquí por los siguientes motivos».

Una espera cierto protocolo cuando la secuestra Dios.

Un mínimo recibimiento celestial. Unos cuantos ángeles hermosos tocando la trompeta o San Pedro abriéndole la puerta, qué sé yo… Nada.

Directos a la sala de interrogatorios.

¿Para qué andarse con vainas ? El Padre Todopoderoso debía de ser un hombre ocupado. Tenía guerras, catástrofes, millones de oraciones pendientes y a media humanidad pidiéndole aparcamiento cerca de casa. Normal que hubiera eliminado los saludos de la agenda.

Javi apretó los dedos alrededor de mi libro. Samael endureció la mandíbula con el cansancio de quien acaba de ver aparecer a su padre sin avisar para airear los trapos delante de su novia.

Sue, en cambio, buscó un rostro al que enfrentarse. No lo encontró; aun así, levantó la barbilla en busca del gato de Cheshire.

Sin peluca ni lentillas, el uniforme de camarera la hacía parecer más joven. La forma en que sostuvo la mirada contra un espacio vacío dejó claro que no se sentía nada arrepentida.

Me entró una rabia tan limpia que por un momento olvidé con quién estaba discutiendo. La muy hipócrita acababa de dejarme cuatro cadáveres en la puerta y todavía pretendía que le firmara el recibo.

Una le tendía la mano y ella se la comía hasta el hombro. Después te culpaba por no haberla apartado a tiempo.

—Ni de vaina . —Di un paso hacia ella—. Mis libros no obligaron a Sofía a beber de aquella copa. No acabaron con Salas en el bosque, con Elena en aquel despacho. Y, desde luego, no fueron a la habitación de Mara a matarla después de que te eligiera a ti.

—Sin tus libros, nada de esto habría ocurrido.

—Sin mis libros habrías encontrado otra excusa.

—Abriste una puerta que debía permanecer cerrada.

—Yo escribí historias, Alana. Tú escribiste una lista de víctimas.

Su boca se torció.

—Les enseñaste a desear monstruos.

—No —intervino Samael—. Les recordó que podían elegirlos. La libertad de elección nunca fue por culpa de BookTok, sino gracias a él.

Sue se volvió hacia él.

—Claro. El demonio defendiendo a la mujer que lo convirtió en fantasía para miles de humanas.

Samael ni parpadeó. La observó con esa quietud suya que no necesitaba levantar la voz para resultar amenazadora.

—Los libros no te dieron una causa. Te dieron un decorado. Tú escogiste el veneno, las víctimas y el momento de matarlas. Escogiste convertirlas en culpables por el simple hecho de amar.

—Tú no sabes lo que fue crecer como yo.

—Sé lo que significa ser castigado por aquello que eres —prosiguió Samael—. La diferencia es que yo no lo utilicé para decidir quién merecía seguir respirando.

Sue dejó escapar una risa seca.

—No, tú solo llevas milenios arrastrando a otros a tus desgracias.

Noté que la sombra bajo los pies de Samael se removía.

—Mara acudió a mi retiro buscando algo que necesitaba comprender de sí misma —dijo—.

Nunca le prometí amor, nunca le pedí que te abandonara y jamás hubo nada entre nosotros.

Cuando estuvo preparada, regresó a ti. Te eligió y la mataste porque ya no buscabas lealtad, Alana.

Buscabas pureza. Y nadie puede satisfacer a quien convierte sus propias heridas en un tribunal.

Sue abrió la boca, pero Javier se adelantó.

Dio un paso hacia ella.

—Lo que hiciste fue fabricar un culpable antes de cada asesinato. Sofía debía conducirnos hasta los vampiros; Mara, hasta Samael; Salas, hasta los licántropos, y Elena, hasta Caedmon. Cada cadáver señalaba exactamente hacia donde querías que miráramos.

Sue ladeó la cabeza.

—Y mirasteis.

—Sí.

La respuesta salió seca, sin excusas. Javi no intentó defender la investigación ni fingir que no habían corrido detrás de cada migaja que ella dejó caer. La miró como lo que era: el policía que había cometido errores frente a la asesina que había sabido aprovecharlos.

—Pero todos los caminos terminan en alguna parte —añadió—. El tuyo termina aquí.

—No tienes nada contra mí.

—Tengo cuatro víctimas unidas a ti, un móvil, varios testigos y una identidad falsa bajo la que te acercaste a personas relacionadas con el caso.

—Tienes sospechas.

—Tengo suficiente para detenerte. Lo que necesito son pruebas suficientes para que un juez no vuelva a dejarte pisar la calle.

Sue sonrió. No era una sonrisa agradable: era la de alguien que había escondido muy bien sus pecados y acababa de recordar dónde.

—Entonces no tienes nada porque todo lo relaciona con sobrenaturales y no te van a creer. Puedes esposarme si eso te hace sentir mejor, pero tendrás que soltarme.

—El sufrimiento explica el origen de tu odio —dijo la voz—. No convierte en culpables a tus víctimas.

Sue buscó de nuevo un rostro en la claridad.

—¿Y por eso me has traído aquí? ¿Para darme una lección sobre el bien y el mal después de pasar miles de años sin mover un dedo?

—Te he traído porque la libertad de elegir no elimina las consecuencias de la elección.

Javier miró alrededor, intentando averiguar en qué dirección debía dirigirse para discutir con Dios sin parecer todavía más loco.

—Entonces, con todos mis respetos, creo que ya hemos terminado la parte celestial; ahora empieza la penal y podrías esmerarte un poco.

Solo Javi podía meterle prisa al Todopoderoso y sonar, además, como si fuera él quien tenía otra reunión después.

—¿Cuál es tu petición? —respondió la voz.

—Necesitaré algo más sólido que escribir en el atestado que la detenida me fue entregada por intervención divina.

—Comprensible —murmuró Samael—. La legislación española todavía presenta ciertas lagunas al respecto.

Javi le lanzó una mirada cómplice. Jamás creí que viviría para ver algo así entre ellos.

—Gracias por la aportación jurídica, Sam.

La claridad vibró.

Frente a nosotros apareció una mesa metálica.

Sobre ella fueron materializándose bolsas precintadas: frascos, móviles, discos duros, cuadernos llenos de fórmulas, registros de acceso, turnos de catering y copias de las grabaciones que creíamos perdidas.

Una tras otra. Demasiadas para una casualidad, más que suficientes para empezar a tirar de cada hilo hasta deshacer por completo la vida que Sue había construido sobre sus mentiras.

Javier recorrió las bolsas sin tocarlas. El policía sustituyó al amigo en menos de un segundo.

—¿Son pruebas reales?

—Ninguna ha sido creada —respondió el Todopoderoso.

—¿Conservarán su procedencia, sus metadatos y la cadena de custodia?

—La tendrán.

Javi asintió, aunque su expresión decía que aquella respuesta iba a darle varias noches sin dormir y un informe capaz de provocar un ictus en Fiscalía.

—Me sirve.

Un estruendo atravesó la nada.

A espaldas de Javier se abrió una grieta vertical. Al otro lado apareció una sala de la comisaría, iluminada por fluorescentes, con archivadores, una máquina de café y la inspectora Baeza inclinada sobre una montaña de documentos en una mesa enorme.

La mujer levantó la cabeza.

Nos vio, o puede que no, porque yo ya no entendía nada. ¿Estaríamos en una dimensión paralela o la grieta sería como uno de esos espejos donde puedes ver sin que te vean?

La cosa era que, de repente, Javier, Sue y las pruebas estaban al otro lado. Y mi ex llevaba a la asesina engrilletada.

—¡Expósito! ¿De dónde coño has salido?

—Es una historia larga.

—Llevas desaparecido horas; el comisario quiere saber dónde estabas.

—Eso será sencillo de explicar; antes necesito bajar a nuestra asesina a los calabozos.

Javier empujó a Sue y le murmuró al oído:

—Alana Pérez Robledo, queda detenida como presunta autora de los asesinatos de Sofía Reyes, Mara Salcedo, Miguel Salas y Elena Mora. Tiene derecho a guardar silencio, aunque, después de escucharte antes, te aconsejo que empieces a practicarlo.

Javi la hizo avanzar.

Las bolsas estaban alineadas sobre la mesa de Baeza. La inspectora las examinó con la naturalidad de quien siempre las hubiera tenido allí delante y no acabaran de aparecer de la nada.

—¡No podrá demostrarlo! —gritó Sue.

—Eso ya lo veremos.

—¡Así se hace, Javi! —exclamé con el puño en alto, aunque no pudiera oírme.

Me dieron ganas hasta de aplaudir.

Por primera vez, Sue pareció comprender que aquello no era otro escenario levantado para escuchar sus motivos. No habría una voz absolviéndola ni un enemigo sobrenatural al que culpar. Habría fiscales, informes, interrogatorios y cuatro familias esperando respuestas.

Justicia humana. Imperfecta, lenta, con muchísimos matices y sin luces celestiales, pero justicia, al fin y al cabo.

Antes de que la grieta se cerrara, Javier se volvió hacia mí, sonrió y nos guiñó un ojo.

—Os toca.

—No sé si eso pretende tranquilizarme —le comenté a Samael.

—Tranquila, solo tienes que hacer lo que te dé la gana, como siempre. Yo voy a estar bien.

La luz se plegó sobre ellos, la comisaría desapareció y Samael y yo nos quedamos solos frente a Dios.