Capítulo 56
—¿Qué demonios está pasando aquí? ¡Esto es una afrenta a la memoria de Caedmon!
No tenía ni puta idea.
Ciarán extendió un brazo delante de mi cuerpo. No para apartarme, sino para protegerme por instinto. Darian hizo lo mismo con Nina, que se lo bajó de un manotazo amenazándolo con cortarle la conexión del Family Link .
Javi se quedó junto a la puerta, con una mano sobre las costillas y la otra cerca del arma.
Bruna tosió en el suelo, y aquel sonido consiguió lo que no había logrado el rey: que dejáramos de mirarlo.
Tenía la camisa abierta, la piel cenicienta y una mancha oscura subiéndole del pecho al cuello. Patri estaba arrodillada cerca, con los ojos llorosos, y Rómulo la sostenía por la cintura. Remo mantenía a Sue contra la alfombra, con una rodilla entre los omóplatos y las manos todavía rojas.
—¡Necesita un sanador! —gritó Yara—. ¡Ahora!
Dos fae aparecieron al fondo del pasillo y se detuvieron al encontrar al rey en el umbral.
—Nadie entra ni abandona esta estancia hasta que yo sepa qué ha ocurrido.
—¡Atendedla! —ordenó Elowen.
Los sanadores vacilaron.
—He dado una orden —insistió el rey.
—Soy Aodhan Ashveil, rey del Velo de Ceniza y representante de los altos fae ante el Consejo. Atended a la mujer.
No lo había visto en persona y me sorprendió que físicamente se pareciera bastante a su hijo.
El padre de la reina de dragones terminó asintiendo.
Entraron. Uno de ellos le puso a Bruna dos dedos en el esternón y algo se encendió y se apagó bajo su mano. La bruja tomó aire como quien sale del agua.
El rey oscuro recorrió la habitación con la lentitud del director de un banco entrando en una sucursal después de descubrir un descuadre de quince millones. Todos muy quietos, rezando para que el muerto administrativo fuese de otro.
Solo que allí había muertos de verdad.
—Os encontráis en mi corte, bajo mi techo y ante la memoria de mi heredero. Esta profanación termina ahora.
—Profanación fue ordenar que quemaran viva a mi familia junto a Mencía Robledo —profirió Remo sin que le temblara el pulso.
—¿De qué hablas? —intervino Yara.
—Pregúntaselo a él. —Cabeceó hacia el rey oscuro.
—¡Basta! ¡Fuera todo el mundo! ¡Esto me parece inaudito!
—Nadie se mueve de aquí —aclaró la loba—. Represento la seguridad territorial del Consejo. Una de sus miembros acaba de sufrir un intento de asesinato y uno de mis militares acaba de acusarlo de ordenar la matanza de todo su clan. Nadie se mueve.
—Soy un soberano y un alto fae , no un súbdito.
—No estoy buscando un súbdito. Estoy reteniendo a un sospechoso —escupió Yara.
Esa mujer los tenía cuadrados.
Algo crujió a nuestra espalda; no fue madera.
El tipo de las mechas rojas de Lumen apareció por obra de magia al lado de una de las estanterías, lanzando una manzana arriba y abajo.
—¿Por qué nadie me avisa cuando la cosa se pone interesante?
—Porque cuando apareces suele empeorar —anunció Samael, frunciendo el ceño.
— Bella , ese es mi cuñado —murmuró Aimara cerca de mi oído, y le lancé una mirada cómplice. No me hizo falta pronunciar un «No veas lo bueno que está».
Aodhan ni siquiera lo miró.
—Que se quede. Cuanto más público, menos versiones después.
—Esta es mi corte —insistió el rey oscuro.
—De momento —comentó Abaddon, atrapando la manzana.
—Y esto se ha convertido en un asunto del Consejo. —Aodhan se colocó junto a Yara—. Pregunta. Yo escucharé y daré fe.
El rey oscuro tardó un segundo de más en entender lo que ocurría con su consuegro, que parecía haberse venido arriba.
—¡Entregadme a la asesina de mi hijo!
—Dirá a la asesina del violador de mi madre —acusó Sue contra la alfombra.
Se escuchó un «oh» contenido.
—Levántala —ordenó Yara—. Rómulo, regístrala.
Remo la puso de rodillas agarrándola por la espalda del uniforme. Rómulo le vació los bolsillos sobre la mesa: dos frascos, una aguja de cristal, una tarjeta de acceso y un papel doblado muchas veces.
Sin la peluca, sin las gafas y sin la sonrisa del pódcast , seguía siendo ella, y eso era lo peor. Seguía siendo la mujer a la que había invitado a café y a la que había dejado llamarme Sandrita.
—Mi madre era Mencía Robledo, custodia del séptimo volumen del Libro de las Segundas Naturalezas —empezó—.
Durante ocho meses, Caedmon Morcant condicionó su trabajo y el acceso a la cámara a que se acostara con él bajo coacción.
Cuando se enamoró de un humano y descubrió que estaba embarazada de mí, intentó terminar aquello.
Caedmon la acusó de haberlo hechizado. Su padre ordenó aniquilarla a ella y a la manada que la escondía.
Mi madre escapó. Mi padre no. Caedmon encontró a Antonio y lo mató.
Después, ese hombre convirtió a la víctima en culpable.
—Mi hijo mantuvo un vínculo con una bruja adulta —replicó el rey oscuro.
Samael dio medio paso adelante.
—Su hijo condicionó el trabajo, la seguridad y la libertad de una mujer a que le permitiera utilizar su cuerpo. Puede llamarlo vínculo si eso le ayuda a dormir. El resto del mundo lo llama violación.
—Odran dejó por escrito lo que ocurría y lo llamó coacción, padre —comentó Elowen.
—También convirtió a Bruna en su verdugo y le ordenó borrar a Mencía y a la manada que la protegía. Atrévase a negarlo —escupió Sue.
—¡Protegían a una traidora que robó algo que le pertenecía a esta corte! —escupió.
Bruna volvió a toser. El sanador la incorporó y ella tardó unos segundos en enfocar a Remo.
—Tú…
—¿Envenenaste a mi familia? —preguntó él—. ¿Acabaste con Mencía?
—Ha ingerido demasiado veneno, es tarde, no lo podemos revertir —murmuró el sanador.
La bruja cerró los ojos.
—¡Vas a morir esta noche; di la verdad! —rugió.
—Sí —respondió—, seguí la orden de Maelor Morcant.
Patri se tapó la boca.
—¿Incendiaste la casa? —La cara de Remo se estaba transformando en cada respuesta.
—Sí.
—¿Por orden suya?
—Me ordenó recuperar el libro y acabar con Mencía y con la manada que la escondía. —Bruna tomó aire.
Remo se soltó de su hermano. No atacó, se quedó delante de ella con la pulsera de plata manchada de ceniza.
—Yo tenía doce putos años.
—Lo sé.
—Me viste delante de la casa.
—Sí.
—Y te fuiste.
Una lágrima le bajó por la mejilla.
—No hay nada que pueda decirte.
—Por fin dices la verdad.
—¡Mátala! —exclamó Sue—. ¡El polvo gris es pólvora; hazla arder!
Remo retrocedió hasta chocar con Patri, que le rodeó la cintura. Rómulo le puso una mano en la nuca y apoyó su frente contra la de él.
—Rem, aquí no. Si la pólvora prende, los matas a todos…
—A todos no. Ocupaos de Sue —murmuró antes de separarse, convertirse en un gigantesco lobo frente a todos, tomar a Bruna entre las fauces y salir corriendo.
Nadie lo detuvo.
Yara avanzó hacia la puerta, pero el rugido de Remo ya sonaba demasiado lejos. Se detuvo.
—Volverá.
Después se giró hacia el rey.
—Maelor Morcant, quedas retenido a disposición del Consejo hasta que Helena convoque la sesión de juicio. Tus órdenes carecen de validez a partir de este momento, no retirarás documentos y serás trasladado a las dependencias de la sede central.
El rey oscuro se rio. Fue una risa corta y sin ganas, de esas que se le escapan a la gente cuando le dices una cifra imposible.
—No.
—No es una petición.
—Es una impertinencia, loba. —Se estiró los puños de la camisa—. Soy un alto fae y un soberano. No respondo ante brujas, ni ante lobos, ni ante chupasangres. Vosotros existís porque los míos os hicieron posibles. Un producto no juzga a su origen.
—Padre —pronunció Elowen.
—Tú menos que nadie.
—No te lo están pidiendo. Y mientras el Consejo decide si continúas siendo rey, yo soy la heredera de esta corte. Acompáñalos.
—¿Pretendes destruir la alianza que sostiene esta corte?
—No existe ninguna alianza que proteger —intervino Ciarán, atrayéndome contra su costado—. No me casaré con Elowen. Amo a Sandra.
Por poco se me salió el corazón por la boca.
—Retira esas palabras. No sacrificarás tu linaje por una humana —exigió Aodhan.
—El cerebro no parece ser el órgano comprometido —murmuró Abaddon.
—Los humanos son lo peor —se sumó Maelor.
Se deshizo del agarre de Yara y sacó una pequeña daga oculta en el lateral de su cinturón. Ciarán se puso delante de mí por puro instinto protector, aunque nunca fui el objetivo.
El rey oscuro lanzó la daga en un visto y no visto. Suerte que Javi estaba a todas: agarró el tomo de Aimara y, cuando el puñal iba a atravesar a Sue, la hoja se hundió en el ejemplar de tapa dura.
—Nunca pensé que celebraría que destrozaran una edición especial —comentó Nina, ajustándose las gafas—. Para que luego digan que la romantasy no salva vidas.
Javier carraspeó, apoyando una mano en las costillas.
—Con todo el respeto, rey de la muerte o de la oscuridad, o lo que corresponda, acaba de intentar matar a mi sospechosa delante de un inspector. En Madrid lo llamamos tentativa de homicidio. Aquí empiezo a sospechar que lo llamáis tradición.
Señaló a Sue.
—Alana Pérez Robledo ha matado a cuatro ciudadanos españoles.
Sofía Reyes, Mara Salcedo, Miguel Salas y Elena Mora.
Cuatro familias que ahora mismo no saben nada y que llevan meses enterrando a los suyos con una versión de mierda.
Eso se juzga en la Audiencia Provincial de Madrid, así que, si les parece, lo dejo a usted con sus mierdas, que suficientes tiene encima, y me llevo a esta.
—¡Esa mujer es una híbrida y acabó con mi hijo! —contestó Maelor, agarrado de nuevo por Yara.
—Tiene DNI, Seguridad Social y cuatro cadáveres humanos. Antes que híbrida, es española. —Javi ni pestañeó—. De momento, gano por muertos. Me llevo lo mío.
—¡Un mortal no reclama nada dentro de esta casa!
—Pues va a ser que sí —exclamé, envalentonada—. Los mortales hemos resuelto los asesinatos. Javi se lleva a Sue y usted puede empezar a pensar qué meter en la maleta para prisión.
Abaddon soltó una carcajada limpia desde la estantería.
—Esta humana me gusta. ¿Puedo llevármela? ¿Te apetece diversión?
—¡No! —contestaron Samael, Elowen, Ciarán y Aimara a la vez.
A mí me salieron los colores y él hizo rodar los ojos para dar otro bocado a la manzana.
—Perdón. —Levantó la mano—. Solo por entenderlo. ¿Vosotros os dividís a la asesina como si fuera una cuenta del restaurante?
—Yanina…
—Es que me interesa el criterio, Darian. ¿Va por número de cadáveres o por especie? Porque, si va por especie, vais a necesitar custodia compartida.
—Por número de cadáveres —dijo Patri—. Ahí ganamos.
—Cuatro humanas puntúan más que un fae violador, bellas —remató Aimara.
Maelor se giró hacia Aimara con una lentitud impresionante.
—Ni el Consejo ni otra corte ni ninguna especie inferior tiene autoridad sobre mí. No existe en este mundo nadie ante quien yo deba responder.
La luz llegó sin venir de ningún sitio.
Eso fue lo primero que me chocó. No había foco ni pirotecnia ni un tío con drones. Ni siquiera había reflejo en los cristales. Era una sobreexposición absoluta, como cuando un vídeo se te quema entero y pierdes el plano.
Me tapé la cara con el antebrazo y, aun así, la vi a través del brazo. Después llegó la voz.
No la escuché con los oídos. La escuché por dentro, en el sitio donde uno se escucha a sí mismo pensar, y ese sitio dejó de ser mío durante unos segundos.
No dijo nada complicado, no cayeron truenos, ni se expresó en latín, ni nos cayó una plaga.
Solo algo parecido a «ya está bien», dicho por alguien que no necesitaba decir las cosas dos veces.
Frente a mí, Ciarán se puso de rodillas.
Aodhan también. Y Yara y los sobrenaturales. Maelor Morcant, el hombre que acababa de anunciar que no existía nadie ante quien tuviera que responder, estaba con la frente contra su propia alfombra.
Yo no me arrodillé, creo que porque no me dio tiempo, aunque sí ganas.
—Ereshkiel, ocúpate.
Ese fue el único nombre que pronunció.
Vi la cara de Samael cambiar. En dos libros de pesadillas, cinco cadáveres y un asesino suelto por Madrid, no le había visto esa expresión ni una sola vez.
—Mierda —dijo Abaddon, y la manzana se le cayó de la mano rodando por la alfombra—. Siempre llega en la mejor parte.
La luz volvió a resplandecer.
Esta vez fue peor, o yo estaba peor. Se me metió por debajo de los párpados, me borró el despacho, la ceniza, los lirios del pasillo y hasta el ruido. Duró lo que dura un parpadeo mal dado y, cuando se fue, la habitación seguía exactamente igual; por lo menos, eso parecía.
Los guardias en la puerta. Elowen ocupando el espacio de una reina antes de que nadie le entregara la corona.
Maelor levantándose del suelo con la dignidad hecha polvo.
Nina agarrada al brazo de Darian. Patri pegada a Rómulo…
y entonces me di cuenta. Estábamos en mitad de otra partida de Cluedo: no había un nuevo muerto, pero sí faltaba gente.
Miré tres veces, porque una siempre piensa que se ha equivocado o las piezas se han movido, pero no, no estaban. En el sitio que antes ocupaban Samael y Aimara solo estaban sus huecos. Y lo mismo con Javi y con Sue.
—¿Sandra? —Nina se giró despacio—. ¿Dónde están Aimi, Javito, la híbrida y el íncubo?
No supe qué contestar.
Lo único que fui capaz de pensar, y lo pensé con una claridad rarísima, fue que aquel hombre acababa de decir que no existía nadie ante quien tuviera que responder y alguien lo había escuchado, solo que por el camino se llevó a nuestros amigos y una asesina.