Capítulo 55
Rómulo me encontró mientras seguía dándole vueltas a la extraña sensación que me había erizado la nuca. Con su primera frase bastó para que me girara.
—Darian acaba de llamar.
—Habla.
—Han identificado a Sue García Tuá. La podcaster es un alter ego. En realidad se llama Alana Pérez Robledo y es hija de Mencía Robledo, la bruja de la que nos habló Ciarán esta mañana en Vetusta.
No había podido acudir a la reunión porque tenía otra con Yara a la misma hora. Después fui a ver a Vega. Necesitaba comprobar cómo estaba y de allí vine directo al acto memorial.
Alana y Mencía.
Había oído antes aquellos nombres, no sabía dónde aunque me sonaban. Forcé la memoria, pero no apareció ningún cuartel, misión ni archivo. Solo una voz de mujer deformada por el calor, gritando el nombre de Alana desde un lugar al que no conseguí llegar.
—Javier cree que podría ser la asesina —continuó—. Es descendiente de la bruja que se llevó el Libro de las Segundas Naturalezas de la Corte Oscura hace años y figura de alta en la empresa de catering que trabaja esta noche.
Miré hacia el salón. Camareros vestidos de negro circulaban entre los invitados con bandejas, copas y la habilidad de no existir mientras todo el mundo se servía de ellos.
—Antes he sentido algo.
—¿Qué?
—La ausencia de olor.
No supe explicarlo mejor. Una camarera pasó por detrás de mí hacía unos minutos.
Rubia, pelo recogido, uniforme impecable.
Avanzaba junto a Bruna. Intenté identificarla porque no encontré perfume, sudor, jabón ni miedo.
Solo un hueco; después alguien chocó conmigo y uno de nuestros antiguos compañeros de regimiento se acercó a saludar, distrayéndome.
—Puede llevar una peluca —advirtió Rómulo.
—Será mejor que echemos un vistazo. Yo iré por allí —señalé el lugar por donde creí verla desaparecer—. Tú, por el otro lado.
Nos separamos.
El homenaje era una pesadilla para el olfato. Cuatro cortes fae con sus aceites, lobos, vampiros, brujas, flores funerarias a carretadas, cera caliente, comida y hierro. Cada respiración traía demasiada información y ninguna respuesta.
Cuando me formaron como rastreador, lo primero que me enseñaron fue que dar con alguien no consistía en tener mejor nariz, sino en saber qué debía descartarse.
Yo era el mejor del ejército porque podía separar un olor de otros cien y seguirlo durante kilómetros.
Aquella noche tenía que perseguir algo que no estaba.
Que fuera bruja tenía sentido: podía haber utilizado una poción para camuflarse y, si era así, esa protección no duraría para siempre. No debía buscar el vacío, sino aquello que intentaba salir de él.
Cerré los ojos y recuperé el claro donde encontramos a Salas. La sangre, la tierra húmeda, la mordida falsa y aquella interferencia alrededor del cuerpo que entonces interpreté como contaminación.
Volví a sentirla junto al arco del ala este.
Aparté las capas avanzando. Vino, cera, rosas blancas… Debajo apareció una bruma tan fina que casi la perdí.
Salí del salón y entré en un pasillo de servicio.
El murmullo del homenaje quedó atrás, la bruma se hizo más densa y empezó a revolverme las tripas.
Me sudaban las manos, el pulso golpeaba en mi cuello. Giré la pulsera de plata hasta que la piel de debajo comenzó a arder.
Primero llegó una nota vegetal; después, otra mineral; al final, olí algo quemado.
El cuerpo se me bloqueó antes de que pudiera ordenarle que continuara.
La casa iluminando el bosque. Yo doblado en el patio, con el estómago vacío y el guiso frío todavía en la boca, sin entender por qué nadie salía. La ventana estallando. Los cristales cayendo delante de mis pies.
Me apoyé en la pared. Un sudor helado me descendió por la espalda y respiré por la boca hasta que la garganta volvió a abrirse.
No era el olor de una persona, nunca lo fue.
Aquella noche declaré una y otra vez que el rastro no pertenecía al incendio, al bosque ni a ninguno de los míos. Ningún adulto supo qué hacer con un niño de doce años describiendo un olor que no era de nadie. Era una maldita fórmula.
Abrí los ojos.
El rastro continuaba hasta una puerta doble al final del pasillo. Al otro lado desaparecía.
La atravesé sin llamar.
Una nube gris flotaba dentro de la estancia. Bruna estaba tendida en mitad de un círculo de cenizas, con el bastón fuera de su alcance y una mano cerrada sobre el pecho. Respiraba, aunque cada bocanada sonaba peor que la anterior.
Sue permanecía de pie frente a ella. La peluca rubia había caído al suelo y dejaba a la vista su pelo negro y platino.
—Ayú… —pidió Bruna.
Entré valorando distancias, salidas y amenazas: una ventana cerrada, ninguna otra puerta, Sue a cuatro metros, a Bruna no le quedaba ni un minuto.
Rompí el círculo de una patada, agarré a la bruja por los hombros y la arrastré fuera de las cenizas conteniendo el aire.
—No te muevas, no tienes escapatoria —amenacé.
Ella sonrió, aquella expresión desequilibrada no tenía nada que ver con la mujer amable del pódcast . En lugar de correr o huir, caminó hasta la estantería y sacó un tomo.
—Aléjate de ahí.
Lo hojeó sin hacerme caso hasta encontrar una escena; luego lo dejó en el suelo y me miró desafiante.
—¿O qué?
—Sé quién eres, Alana. Sabemos lo de tu madre, lo del libro y lo que has hecho. No tienes salida.
Sus labios se convirtieron en una línea fina.
—Claro que sabes quién soy, aunque quizá todavía no me recuerdas. —Me repasó de arriba abajo—. Yo también sé quién eres tú.
Bruna se quejó a mi espalda.
—Apártate de ella —consiguió pronunciar—. Ve a por ayud…
—¿En serio vas a proteger a la mujer que mató a toda tu familia y a mi madre?
La frase me entró por el estómago y me reventó en el pecho.
—¿Qué cojones dices?
—¿De verdad no te dicen nada mi nombre y el de mi madre? ¿No recuerdas lo que hizo tu familia por nosotras?
La puerta chocó contra la pared.
Rómulo entró primero, con los ojos ya cambiados. Detrás apareció Patri, arrastrada hasta allí por la marca que los dos le habíamos dejado.
¿Qué narices hacía ella allí? ¿Dónde estaban Darian y Javier?
Mi hermano olió la habitación, miró a Bruna y después a mí. Se lanzó sobre Sue y le atrapó ambas muñecas a la espalda.
—La tengo. Remo, ¿qué coño pasa?
Yo tampoco lo sabía.
Patri se agachó junto al libro caído y se quedó quieta al ver la imagen.
—Es el quinto de Aimara —murmuró—. Illo , lo tenía preparado. Esto era la escena.
—Fuera de la ceniza, Patri.
—Pero…
—¡He dicho fuera!
Se apartó de rodillas hasta la pared y desde allí miró a Bruna.
—Casi no respira.
Me arrodillé junto a la bruja. Se había desvanecido. Le eché la cabeza hacia atrás y le busqué el pulso en el cuello. Nada. Le abrí la camisa de un tirón y empecé con las compresiones.
Treinta, dos insuflaciones, treinta.
—¡¿Qué le has dado?! ¿Tienes un antídoto? —La zarandeó Rómulo.
Sue no respondió; solo sonrió.
El pecho de la mujer se hundía y volvía a subir bajo mis manos, y yo era el único de aquella habitación con formación para mantenerla viva.
—Qué bonito —dijo Sue a mi espalda—. En serio, no lo digo con ironía. Eres tan profesional que te importa muy poco que esa mujer matara a los tuyos; igual te ganas una condecoración por ello.
No estaba seguro de que lo que dijese fuera verdad o una treta.
—¡Habla! —bramé.
—Mi madre acudió a tu familia porque los Morcant querían matarla y no tenía opción. Caedmon acabó con mi padre por ser el humano al que ella había elegido y que la dejó embarazada.
—¿Por qué fue a mi casa?
—Porque sabía que los tuyos protegían a viudas, mestizos y parejas de distintas especies. Vivíais en el bosque y teníais varias cabañas arrendadas, algo alejadas de la casa principal. ¿Te suena?
Lo cierto es que sí me sonaba.
—Por tu expresión veo que recuerdas. —Ni siquiera intentó soltarse de Rómulo—. Bruna llevaba años persiguiendo a mi madre para recuperar el libro que se llevó del aquelarre. Lo hacía por orden del rey de la Corte Oscura. Aquella noche, por fin, la encontró y castigó a aquellos que la ocultaron.
—¿Y qué hizo?
La bilis me ascendió por la garganta.
—Lo que hace una formulista. —Bajó la voz—. Os envenenó la cena.
Diecinueve, veinte, veintiuno. Mis manos empujaban.
—Mientes.
—Entonces explícame por qué no despertó ninguno. Dime por qué una manada entera murió dormida sin oír las ventanas ni la escalera. Dímelo tú, que llevas veintidós años preguntándotelo delante de todo el mundo sin que nadie te pueda dar una respuesta.
Las manos se me pararon encima del pecho de Bruna.
Guiso de carne y pan. Cenamos temprano. Me levanté a las tantas, me puse morado de sobras frías directamente de la cazuela y a la media hora estaba doblado en el patio echándolo todo porque me sentó mal.
No me salvé por estar fuera. Me salvé por comer más que nadie y vomitarlo.
—Sigue contando —le dije a Patri, y volví a empujar el pecho.
—Veintidós, veintitrés…
—Mi madre me dio la poción de ocultación cuando olió el humo y me sacó por el sótano —continuó Sue—.
Sabía que no podía seguir huyendo conmigo.
Me ordenó que corriera y me prometió que nos reuniríamos en la gruta de las afueras del bosque, donde me entrenaba desde niña.
Allí había escondido la caja con el libro y sus fórmulas.
Me dijo que iba a ayudaros a sofocar el fuego.
Miré a la mujer que se movía bajo mis manos y el recuerdo terminó de abrirse.
—Vi una sombra alejándose entre los árboles. No corría.
—Era Bruna. Había terminado con los tuyos y fue a por mi madre escuchando cómo crujía la madera y oliendo carne quemada. —A Sue le tembló la boca—. Yo te oí gritar mientras corría.
Nadie dijo nada.
—Llevo veintidós años oyéndote gritar.
—¿De verdad vas a resucitarla? —preguntó.
Me levanté apartando mis manos de Bruna por primera vez.
Crucé la habitación en dos pasos y la cogí por la pechera del uniforme. Rómulo no me la quitó. Se limitó a soltarle las muñecas y a apartarse medio metro, y en ese medio metro estaba todo lo que mi hermano opinaba de aquella noche.
La subí hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo. Las uñas me arañaron los nudillos al crecer.
—Remo —murmuró Patri.
Y después:
—Remo, ha dejado de respirar.
Solté a Sue.
Volví al suelo, le eché la cabeza atrás a Bruna y empecé otra vez, y ese fue el momento exacto en que entendí que no podía tener las dos cosas. Si me levantaba, la bruja se moría. Si me quedaba, la bruja vivía. Cualquiera de las dos opciones era una traición a alguien.
—No lo entiendes —dijo Sue—. Lo que le he dado no tiene vuelta atrás. Ya está muerta, solo estás retrasándolo para poder decirte que lo intentaste y que eres una buena persona, cuando lo que querrías es darle el final que se merece.
—Cuenta, Patri.
—Cinco, seis, siete…
Sue se movió.
No fue hacia la puerta ni hacia mí; fue hacia el círculo. Le dio una patada a la ceniza y la levantó en una nube que subió hasta el techo.
Patri empezó a toser.
Rómulo la sacó en volandas hasta el pasillo mientras yo tumbaba a Sue de cara al suelo, le retorcía el brazo a la espalda y le apoyaba la rodilla entre los omóplatos. La nube me entró en la garganta como arena caliente.
—¡Quieta!
—¿Después de lo que te he contado todavía quieres salvarla?
Bruna tosió. Un ruido feo, mojado, insuficiente.
Estaba viva.
—Va a vivir lo suficiente para contármelo ella misma.
Sue soltó una carcajada ahogada contra la moqueta.
—¿Y si confirma cada palabra?
Me incliné sobre ella.
—Entonces responderá por todos mis muertos, pero tú no vuelves a decidir quién vive y quién arde.
Una carrera de pasos retumbó en el pasillo.
Yara entró primero. Detrás aparecieron Ciarán, Samael y Elowen. Darian llegó con Nina, Aimara y Sandra, las tres agitadas y envueltas en un olor a goma quemada que yo no tenía ninguna intención de investigar en aquel momento.
Ciarán vio la peluca rubia, el círculo deshecho y a Sue inmovilizada bajo mi rodilla.
—Es ella.
El rey de la Corte Oscura apareció el último. Se detuvo en el umbral al encontrar a Bruna en el suelo, la alfombra manchada y a la hija de Mencía reducida en mitad del homenaje a su hijo.
Su voz hizo vibrar los cristales.
—¿Qué demonios está pasando aquí? ¡Esto es una afrenta a la memoria de Caedmon!
Levanté la cabeza desde el suelo, con las manos todavía rojas, y me quedé mirando al hombre que había dado la orden.