Capítulo 54
La casa de Darian tenía demasiados metros cuadrados como para llamarlo arresto domiciliario; sin embargo, seguía siendo un encierro. Uno con sofás caros y un vampiro capaz de notar lo que pensaba Nina si a Nina se le daba la desgracia de pensar en él. Cosa que últimamente ocurría mucho.
En términos de intimidad, estábamos más seguras en un directo de Instagram.
Era una casa que me encantaría dibujar. Techos de cinco metros, biblioteca hasta arriba y ni un solo punto de fuga donde poner el ojo. Illo , ni Escher.
Nos habían apartado del homenaje a Caedmon por seguridad.
Casi todos los sobrenaturales asistirían al acto, incluidos Rómulo y Remo, mientras nosotras nos quedábamos allí custodiadas por Darian y por Javi, a quien acababan de dar el alta y habían nombrado refuerzo, sin consultar a ninguna de las partes.
Javi llevaba una venda bajo la camiseta, ojeras para repartir entre una familia numerosa y esa expresión de policía que ya sabe que alguien va a tocar lo que ha ordenado no tocar.
Se equivocaba, al menos, por ahora.
Nina se había pasado el día cruzando datos en Vetusta y llegó abrazada a Pinky con la intensidad de una madre evacuando a su criatura de un incendio.
Desde entonces no había despegado los dedos del teclado.
Aimara ocupaba una esquina del sofá con una libreta sobre las rodillas anotando posibles teorías de la conspiración.
Sandra iba y venía detrás de nosotras tan deprisa que en cualquier momento abriría una fisura en la alfombra, porque desde que Ciarán le había hablado sobre las intrigas palaciegas de la Corte, estaba en un sinvivir.
Yo miraba la pantalla por encima del hombro de Nina y trataba de no pensar que las dos personas a las que acababa de vincular mi vida estaban metidas en un recinto lleno de sospechosos, criaturas con poderes y canapés.
Los canapés no suponían una amenaza; aun con todo, siempre hay que desconfiar de la comida pequeña, oculta intenciones.
—Volvamos a repasarlo —dijo Javi, apoyado contra el aparador porque sentarse le dolía y reconocerlo, más—. ¿De dónde sale esa cuenta?
—De los registros de clientes de Vetusta. Coincide con uno de los perfiles que llevamos horas revisando: @laVaultOfBooks. —Nina amplió una tabla—. Todos nuestros envíos fueron al mismo apartado de correos.
—Excepto este.
Nina pinchó en la línea de la caja.
—Por lo que he podido averiguar, la oficina se inundó en marzo y estuvo cerrada nueve días. Logística tuvo que redirigir el paquete a un domicilio. Mirá el nombre.
—Mencía Robledo —leyó Sandra conteniendo el aliento.
Solté el boli que llevaba media hora mordiendo.
Ciarán nos había contado lo que descubrió en la Corte Oscura en la reunión de esta mañana. Mencía Robledo, la formulista de Valdebruma que custodiaba el volumen desaparecido, la que huyó embarazada hacía treinta y cinco años y a la que los fae nunca llegaron a encontrar.
—Un momento.
La voz de Javi cambió. Hasta entonces había sido el convaleciente cabezota al que habían soltado del hospital antes de que intentara interrogar a la máquina del café. En dos palabras, volvió el inspector. Tomó a Pinky para ponerlo en su regazo y leyó la dirección completa.
—Ese es el edificio de Sofía Reyes.
El salón se quedó quieto.
—¿La primera víctima? —pregunté.
—El piso de enfrente. —Señaló el número de la puerta—. Estuve dos días subiendo y bajando esa escalera. Y no me digáis que es casualidad que Sofía tuviera delante a alguien que recibe paquetes a nombre de Mencía. Es un nombre poco común en Madrid.
Javi ya tenía el teléfono en la mano.
La primera llamada duró menos de un minuto.
En la segunda dio su número de placa, encontró resistencia al otro lado y empleó un tono que habría conseguido que yo confesara hasta dónde escondo los rotuladores caros.
En la tercera pidió un cruce entre titularidad, empadronamiento y registros laborales.
—Sí, espero. —Nos apuntó con un dedo—. Vosotras no os mováis.
—¿Adónde vamos a ir? —preguntó Sandra—. ¿A atracar una mercería?
—No des ideas, hermana, que este todavía lleva pulsera de hospital y nos sirve de coartada.
No le hizo gracia, a mí un poco sí.
La respuesta llegó mientras Nina tamborileaba sobre la mesa. Javi activó el altavoz.
—El apartamento pertenece a una inmobiliaria vinculada al grupo Lumen —dijo una voz masculina—. La inquilina consta como Alana Pérez Robledo. Hija de Mencía Robledo y Antonio Pérez.
Alana. El nombre no me decía nada.
—¿Profesión? —preguntó Javi.
—Figura de alta en una empresa de catering . También tiene acreditación laboral de Lumen.
Nina dejó de mover los dedos.
—¿En Lumen? Necesitamos una fotografía.
Hubo varios clics al otro lado. El móvil vibró. Javi abrió el archivo y lo dejó sobre la mesa.
Y a mí me pasó lo de siempre, que es lo peor que me puede pasar: antes de reconocer la cara, le coloqué los trazos. El óvalo, la distancia entre los ojos. Esa nariz corta que se resuelve con dos líneas y un punto.
—No puede ser. —Sandra se llevó una mano al pecho—. ¡Es Sue!
Durante unos segundos nadie dijo nada. Ni siquiera Nina, y eso sí que daba miedo.
Pensé en Sue apareciendo en el momento oportuno, ofreciéndose a ayudar a Sandra, encontrando conexiones, señalando sospechosos y entrando en nuestras vidas con una facilidad que entonces parecía amabilidad. ¡Había sido un puto disfraz!
—Siempre hubo algo en ella que no terminaba de cuadrarme —dije—. Tanta simpatía contigo de golpe, hermana. No esperaba que fuera la asesina, eso es cierto; pensaba que le gustabas.
Sandra no salía del shock .
—¿Dónde quedó la presunción de inocencia? —preguntó Aimara al fijarse en su expresión.
Nina golpeó la mesa con la palma.
—¡En mis malditas listas! Nos estuvo troleando todo este tiempo. Ella nos daba las pistas, ella decidía dónde mirábamos y, encima, la muy stronza se sentaba a ver cómo trabajábamos. Y yo mandándole cajas. ¡ Madonna !
—Eso solo demuestra que se llama Alana, que su madre era Mencía, que vive frente a Sofía y tiene buen gusto literario —insistió Aimara, con el móvil ya en la mano—. Que tampoco es una combinación para mandarle flores, bella .
—Nunca dijo que te leyera —la voz de Sandra sonó rota—. Me siento tan culpable.
—Voy a avisar a Darian. —Javi cogió su teléfono. Pátula estaba arriba siguiendo las microcámaras que llevaban los chicos—. Si esa mujer ha entrado en el homenaje, tiene que saberlo ya.
—La llamo —propuso Sandra.
Javi nos miró una a una antes de alejarse.
—Es mejor que os quedéis quietas y no hagáis nada más.
—Nos ofende que lo especifiques —Aimara se cruzó de brazos.
—Estáis llenas de malas ideas.
—Javi, eso ya es prejuzgar.
Se marchó hacia la escalera murmurando algo sobre esposarnos a una tubería. En cuanto desapareció, Sandra llamó. Las cuatro nos inclinamos sobre su teléfono.
Un tono. Dos. Cinco.
Saltó el buzón, y allí estaba la voz de Sue, profesional, con esa entonación de podcast que yo había oído mil veces de fondo mientras entintaba.
Sandra colgó antes de que terminara.
—Voy a probar otra vez.
—Sandra… —Aimara le puso la mano sobre el brazo.
—Otra vez, illa , dale.
Volvió a saltar.
—Puede estar allí —susurró—. Si trabaja para el catering , ha podido entrar sin figurar en la lista de invitados; están todos en peligro.
—Rubén dijo que una persona rubia con coleta visitó a Mara. ¿Y si usa peluca? Los chicos podrían no reconocerla a tiempo —añadió Nina.
Pensé en Rómulo y en Remo dentro de aquel recinto.
Sandra estaría pensando en Ciarán, Aimara en Samael, y Nina tenía a su vampiro al final del pasillo y ponía la misma cara de mala idea que las demás: ella le había mandado las cajas.
Llevábamos semanas dejando que otros nos escondieran mientras Sue caminaba a nuestro lado, escuchaba nuestras teorías y nos colocaba las pistas debajo de la nariz.
Ya estaba bien.
—Tenemos que ir. Cuatro pares de ojos extra siempre vienen bien —propuse.
—Darian y Javi no van a dejarnos —señaló Aimara.
—Por eso no hay que decírselo. Nina, no pienses en Pátula, solo en todos esos malditos envíos.
Sandra abrió los brazos.
—No tenemos coche. ¿Qué hacemos, pedimos un Uber y ponemos en observaciones «cuatro pasajeras, posible asesina al final del trayecto»?
Las llaves del Chevy descansaban en un cuenco junto a la entrada. Las cogí y se las lancé a Nina, que las atrapó contra el pecho.
—¿No dijiste que te enseñó a conducirlo? Pues ya tenemos vehículo.
—Una vuelta. En un mirador vacío, y no tengo carné.
—¿Y qué vaina con eso? En mi país muchos conducen sin él —Aimara ya estaba guardándose el móvil en el bolso—. ¿Vas a permitir que un trámite nos deje sin cazar a la asesina?
Error. Para cuando Javi volvió al salón faltaban cuatro mujeres, unas llaves y la poca fe que aún conservaba en la humanidad.
Nina conducía. Nina no tenía carné. Y yo descubrí que se puede alcanzar la iluminación religiosa abrazada al cinturón de un Chevrolet del sesenta y siete.
—Si le hago un rasguño, Pátula me mata.
—Si sobrevivimos, se lo pagamos —contestó Sandra desde atrás.
—¿Con qué? ¿Con nuestros restos semimortales?
Aimara levantó la vista del navegador.
—A la derecha, bella .
Nina se metió en el carril izquierdo.
—¡La otra derecha! —gritamos las tres.
—¡Ya sé cuál es la derecha! ¡Estoy esquivando una furgoneta!
—La furgoneta está aparcada —le informó Sandra.
—Pues la estoy esquivando de puta madre.
El motor rugió y mi alma se me adelantó un momento, seguramente para llegar antes que nosotras y avisar a Rómulo y a Remo de que había muerto queriéndolos, con ciertas objeciones al medio de transporte.
—Somos Thelma y Louise —pronunció Aimara, muy seria.
—Somos cuatro —repliqué.
—Porque vamos en pack de oferta. Compras uno y te llevas dos.
—¿Y cuál nos conduce directas al precipicio? —preguntó Sandra.
Nina pisó al ver la entrada del recinto.
—La que no tiene carné.
Las ruedas traseras perdieron el sitio, el Chevy giró y cruzó el acceso completamente de lado, con un chirrido que dejó a trescientos sobrenaturales mirando hacia nosotras en mitad de un funeral.
Darian esperaba al pie de la escalinata, de negro, impecable y sin una gota de sudor, con pinta de llevar allí desde siempre.
Le había bastado con salir corriendo, volando o puede que en el coche de Javier.
Con la ventaja que le habíamos dado entre la furgoneta aparcada y las dos derechas, cualquiera.
Miró su coche, después a Nina al volante. Y a mí, que llevo toda la vida leyendo caras para poder dibujarlas, me quedó clarísimo lo que estaba pensando aquel hombre de quinientos años: que hasta esa noche no había conocido el verdadero terror.