Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 53 #2
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Capítulo 53 #2

Me planté frente a la fotografía de Caedmon y me obligué a mirarla.

Mi madre nunca suavizó lo que aquel fae le hizo. Ocho meses firmándole el acceso a la cámara y cobrándose cada firma. Él lo llamaba regalo. Yo era pequeña cuando me lo contó y recuerdo su voz con una nitidez que no ha conseguido borrar ni el humo.

«Nunca te fíes de un fae. Son lo peor, y siempre se cobran sus favores porque se creen los elegidos de Dios».

Por eso hice lo posible para que Lumen se fijara en mí mientras servía copas, limpiaba oficinas y organizaba campañas hasta convertirme en la voz imprescindible del true crime .

No quería el sueldo: quería el plano de las plantas, los horarios y la costumbre del heredero de subir a la sexta cuando la fiesta se ponía interesante.

Y el muy cerdo me sirvió la ocasión acompañado de Elena.

Una humana que fingía estar enamorada del inspector que me buscaba mientras seguía metiéndose en la cama del violador de mi madre. Llevaba meses viéndolos quedar en Umbral. Ni siquiera necesitaba preguntarme para qué.

Entré seis horas antes con la acreditación de creadora de contenido y una sonrisa para el de seguridad, que llevaba dos años viéndome pasar.

Las cámaras de aquella planta estaban desconectadas desde la mudanza y nadie lo había puesto por escrito.

Coloqué el carro de flores a las siete y dejé que el aire acondicionado trabajara encima tres horas: hierro molido para él, polvo de hadas para ella.

Ese frasco no se compraba en ninguna parte; lo heredé de mi madre.

A un humano le cerraba las vías respiratorias en tres minutos, así que subí con mascarilla, trabé la puerta desde el pasillo e hice saltar el cuadro eléctrico.

Durante la evacuación no hui. Me quedé dentro de mi obra, respirándola. Ayudé, saqué invitados y consolé a una chica que lloraba en el rellano.

Nadie sospecha de la trabajadora que debe estar allí. Y nadie sospecha de la creadora con más visualizaciones de Lumen, que además sabe dónde están las salidas de emergencia.

Ese es el truco entero. Para la policía era una empleada, daba igual si llevaba la acreditación de creadora o el uniforme de camarera, porque en ambos casos me correspondía estar en ese edificio.

Para los sobrenaturales no olía a nada. Para el fandom de Aimara era @laVaultOfBooks y tenía la lista de las cincuenta ediciones deluxe casi antes que la propia editorial.

Para las víctimas fui vecina, camarera, amiga o amante, según lo que necesitaran aquel mes.

Y jamás fabriqué una prueba. Las cajas de Vetusta me dieron todo lo que necesitaba, con su remite, su lazo y su código de seguimiento.

🧚🏻🐺🧙🏻‍♀️🧛🏻

—La señora Velasco acaba de llegar —informaron por el auricular.

Los miembros del Consejo debían recibir un trato especial.

—Yo me ocupo; está en mi zona —murmuré, anticipándome.

Miré hacia la entrada.

Bruna se apoyaba en el bastón de fresno mientras entregaba el abrigo. Baja, fuerte, con el gesto agrio de quien lleva décadas considerando que el mundo le hace perder el tiempo.

Veintisiete minutos.

Saqué el botecito de cristal que llevaba desde el principio esperándola y lo vertí en una copa. Sin olor, sin sabor y sin actividad mágica hasta encontrarse con lo que la esperaba al fondo del pasillo. Cualquier archivista ritual lo habría analizado tres veces para anotar «resto orgánico».

Me acerqué con la bandeja y su veneno encima.

—Señora Velasco, el señor Morcant necesita verla en privado. ¿Puede acompañarme? —Le ofrecí la copa.

Sus ojos pasaron por el uniforme, la bandeja y el cristal. No por mi cara. No merecía la pena memorizarme.

—Ese hombre encontraría la manera de reunirse conmigo hasta en su propio entierro.

Cogió la copa y bebió mientras avanzábamos hacia el corredor reservado, apoyándose en el bastón.

No pude evitar sonreír. Llevaba treinta y cinco años esperando a que aceptara una invitación de ese hombre.

El despacho estaba al fondo. Abrí, la dejé pasar y cerré a nuestra espalda. Había estado allí quince minutos antes, preparando la puesta en escena.

Bruna dio dos pasos y se detuvo.

Las cenizas dibujaban en el suelo el sello de expulsión de Valdebruma. Los siete trazos en el orden correcto, con la interrupción del cuarto que no figuraba en ningún archivo del Consejo porque solo se enseñaba de madre a hija. El segundo componente esperaba mezclado en la ceniza.

Al cruzar el círculo, la mano que sujetaba el bastón le tembló.

—¿Qué es esto?

Dejé la bandeja sobre la mesa y me quité el auricular.

—Pensé que lo reconocería. Usted ayudó a trazar uno igual hace treinta y cinco años.

Bruna levantó la vista y me miró de verdad, que era lo que nadie había hecho en toda la noche.

Me retiré la peluca. El negro y el platino me cayeron sobre los hombros. Bruna me buscó los rasgos y no encontró nada, porque nunca me parecí a mi madre. Entonces me quité las lentillas y perdió el color de la cara.

—No puede ser.

—Lleva toda la noche rodeada de criaturas imposibles, ¿y eso es lo único que se le ocurre? —Chasqueé la lengua.

Intentó retroceder y el pie derecho no le respondió. Miró la copa. Después, las cenizas.

—¿Qué me has hecho?

Lo entendió, claro que lo entendió, mi madre aprendió de ella antes de superarla.

Bruna volvió a buscar en mi cara y encontró algo más antiguo.

—Mencía…

—Llevo toda la vida esperando que pronuncies su nombre, porque será lo último que hagas.

El bastón golpeó el suelo cuando sus dedos dejaron de sostenerlo. Quiso hablar; sin embargo, el aire ya no le salía entero.

—Mi madre murió quemada cuando yo era una niña y tú encendiste el fuego. Es mi turno de mandarte al infierno.