Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 53
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Capítulo 53

La gente solo miraba a una camarera cuando necesitaba otra copa.

El resto del tiempo atravesabas conversaciones, secretos y miradas sin dejar más huella que una bandeja vacía. Podías servirles veneno, robarles la cartera o apuntar en una libreta a quién deseaban mientras te apartaban con dos dedos para no rozarte.

Yo llevaba cincuenta y ocho minutos haciéndolo.

La peluca rubia me tiraba del cuero cabelludo bajo la coleta y el auricular empezaba a irritarme la oreja.

Había valido la pena: mi pelo dividido en dos mitades, una negra y otra platino, era memorable, y el rubio barato de una empleada de catering resultaba tan interesante como la moqueta.

También me había tapado los ojos azules con unas lentillas marrones.

Ser anodina resultaba una ventaja cuando matabas gente.

Crucé el salón con seis copas de tinto. Vampiros, lobos, fae , brujas y otras criaturas que los humanos llevaban siglos imaginando mal bebían bajo una fotografía enorme de Caedmon Morcant. Lo habían convertido en mártir. A él. El sentido del humor de los fae era bastante hijo de puta.

Ninguno percibió nada cuando pasé.

Ni olor, ni magia, ni ese resto de sangre bruja que siempre había sido demasiado para unos y demasiado poco para otros.

La poción de mi madre duraba noventa minutos. Después regresaba todo de golpe: el rastro, el cansancio y un dolor detrás de los ojos capaz de partirme la cabeza. Mi parte humana nunca la toleró bien. Consulté el reloj de la pulsera.

Treinta y dos minutos, y Bruna Velasco seguía sin aparecer.

Un hombre cogió una copa de mi bandeja sin mirarme. El vino giró contra el cristal y, durante un segundo, vi otra botella entre mis manos.

🧚🏻🐺🧙🏻‍♀️🧛🏻

Sofía abrió la puerta descalza y sonrió al reconocerme.

—No tenías que traerme nada.

—Cortesía de nueva vecina.

Nunca supo mis apellidos. En aquel edificio yo era Alana Pérez, la chica del piso de enfrente que trabajaba demasiado haciendo extras de camarera y recogía sus paquetes en un apartado de correos.

Sue García Tuá solo existía delante de un micrófono, y Sofía odiaba el true crime : ella era de libros y de recitales de poesía.

A nadie se le ocurrió buscar a una vecina dentro de una voz.

La fórmula iba en el vino. Tardé semanas en adaptarla para que aflojara el control de un vampiro y le dejara los recuerdos convertidos en piezas sueltas.

Darian Blake hizo el resto sin enterarse: el sexo, las mordidas, el ADN, el coche aparcado en doble fila.

Yo esperé a que se marchara y volví a llamar con la misma sonrisa de antes.

No tuve que forzar la puerta, porque ella me abrió.

Nunca he necesitado fabricar una historia entera. Me bastaba con terminar la que otros dejaban a medias.

Mi madre me enseñó eso antes que a leer una fórmula. Los sobrenaturales tomaban lo que deseaban y después lo llamaban naturaleza. Los humanos se acercaban convencidos de que el amor los convertiría en la excepción. Al final siempre quedaba alguien en medio, pagando la factura.

Alguien como ella. Alguien como yo.

Mencía Robledo era bruja de linaje formulista y custodia de un volumen que Valdebruma llevaba cuatro siglos vigilando.

Mi padre conducía un camión frigorífico entre Guadalajara y Mercamadrid, y murió sin llegar a saber que la chica a la que dejó embarazada, regalándole los oídos porque estaba buena, era la amante forzada de un alto fae , con la que después se iría a vivir.

De esa suma salió una niña a la que ningún aquelarre iba a iniciar. Podía reconocer un hechizo, destilar una poción durante nueve horas sin equivocarme en una gota y no conseguir encender una vela con las manos.

Ellos me llamaban híbrida; yo aprendí pronto que era otra manera de decir error.

Lo único que heredé completo fueron los cuadernos y el séptimo volumen de las Segundas Naturalezas , que mi madre se llevó de la cámara de la Corte Oscura la noche que huyó.

Trescientas ochenta páginas explicando cómo se rompe cada especie.

Los fae llevaban treinta y cinco años buscando a una ladrona.

Se lo llevó una madre.

Junto a una columna, dos mujeres se besaron. Una le sujetó la cara a la otra y las dos sonrieron, con esa fe absurda de quien todavía cree que desear a alguien basta para que la cosa salga bien.

Mara sonreía así. La conocí tres meses antes de mudarme al piso de enfrente de Sofía. Las dos leían el mismo tipo de libros; en aquel mundillo todo el mundo acababa tropezándose con todo el mundo.

Fue la fisura que no había previsto. La primera persona a la que dejé conocer algo que no fuese una versión mía cuidadosamente montada.

Mara sabía que trabajaba en eventos, que odiaba dormir con las puertas abiertas y que algunas noches me despertaba oliendo a humo.

Llegué a preguntarme si mi madre se habría equivocado.

Si me habría equivocado yo en mi cruzada.

Y entonces vi el mensaje en su móvil como quien recibe una señal.

Una plaza confirmada para el retiro de Samael Vane. Sabía perfectamente quién era aquel íncubo y a qué se dedicaba.

Tiré del hilo; sin embargo, lo que encontré no admitía otra lectura: no era una cita futura. Ya había ido una vez y debió de gustarle, porque quería repetir. Dos sesiones. Dos veces corriéndose a manos de un demonio mientras a mí me pedía tiempo para entender lo que sentía.

Tiempo. ¡Y una mierda!

Yo no era suficiente. Ni yo ni las noches enteras que la dejé leyendo esa saga que le tenía frito el cerebro, igual que a Sofía y al resto.

El hotel del retiro contrataba refuerzos de sala por un grupo de WhatsApp . Se cobraba en efectivo y a nadie le interesaba tu documento de identidad. Pedí turno para la cena y me dieron uniforme, bandeja y la llave del ascensor de servicio.

Los vi subir juntos a las once cuarenta y dos. Él bajó solo a las doce y veinticinco. Cuarenta y tres minutos que me pasé imaginando qué estaría haciéndole para arrancarle esos jadeos.

Cuando estaba a punto de hacerlo, su ex se me adelantó. Al parecer, había tenido la misma idea que yo. El muy imbécil no paraba de acosarla, y Mara le soltó cuatro frescas y lo echó de la habitación. Lo vi meterse por la puerta del pasillo de servicio con el rabo entre las piernas. Era mi turno.

Cuando llamé, ya estaba abriendo con cara de «no insistas». Se sorprendió al verme y la abracé antes de que dijera nada.

Tenía el pelo revuelto y la piel todavía caliente de otro. Podía olerlo, pero le devolví el beso asqueada, porque una parte de mí quería comprobar hasta dónde llegaba mi propia estupidez.

Mara me dijo que no sabía cómo había dado con ella, que estaba encantada, que ya estaba lista y que quería que folláramos. Tarde.

Aquello no era amor. Era el principio exacto de la tragedia que destrozó a mi madre: una humana abriéndole la puerta a un sobrenatural y convenciéndose de que a ella no iba a pasarle nada.

Descorché el champán que llevaba en la bandeja, ese que nadie había pedido a recepción, y le serví su marca favorita.

La fórmula le redujo la respuesta motora y le mantuvo la conciencia el tiempo justo.

Samael ya había dejado su huella. Yo solo tuve que colocar el escenario: las velas, el pañuelo negro, la tarjeta del evento de Aimara y el segundo libro abierto por el capítulo ocho.

🧚🏻🐺🧙🏻‍♀️🧛🏻

—La mesa siete necesita agua —sonó en el auricular.

Recogí dos vasos de la estación auxiliar y corté por el lateral del salón.

Remo López estaba apoyado en el marco de la puerta del patio, con la espalda recta y esa manera de mirar de quien no está en una fiesta, sino de guardia. Su hermano hablaba tres metros más allá con una loba de cara de malas pulgas.

Pasé a un palmo del de la cabeza rapada.

Giró el rostro medio segundo, con la nariz alta, buscando algo que no encontró, y frunció el ceño. Cuando terminó de darse la vuelta yo ya no estaba.

Veinticuatro minutos.

Seguí andando al mismo ritmo, porque acelerar era lo único que un militar especializado en rastros iba a mirar.

A Umbral entré con más facilidad de la que presumían sus creadores.

Una aplicación construida por criaturas convencidas de que ningún humano sabría reconocer una puerta ni con el pomo dibujado encima.

Yo autoricé algunos accesos. Los justos para observar qué ocurría cuando la fantasía encontraba carne y para elegir a quién le tocaba la lección.

Miguel Salas entró creyendo que las especies eran etiquetas sexuales. A las tres semanas, un policía humano estaba vinculándose a una loba de dieciocho años.

«Cerdo».

Volví a oler el bosque.

La familia que escondió a mi madre también guardaba híbridos. Nos acogió en una de sus casas protegidas cuando el camión de mi padre se estrelló y nos quedamos solas. Hoy sé que aquello no fue un accidente, sino Caedmon Morcant eliminando a quien creía el origen de sus males.

Lo que Caedmon ignoraba era que su padre sabía más de lo que callaba.

El señor Morcant conocía la obsesión de su hijo y quiso ponerle remedio a través de la única capaz de encontrar a Mencía Robledo: le pidió a Bruna que localizara a mi madre y la convenciera de verse, prometiéndole ayuda, jurándole que los fae no pararían hasta dar con ella. Lo sé porque escuché la llamada.

Quedaron en verse y el fuego resolvió la incomodidad.

Y por eso esta noche iba a morir, igual que todos los que le abrieron la puerta a un sobrenatural creyéndose los elegidos.

A Salas también le abrieron la puerta. Ni él, policía y booktoker enmascarado, dio conmigo.

En El Rastro obligaban a untarse un aceite para anular el aroma de los cuerpos y a dejar los móviles en la entrada.

Ninguna cámara, ningún teléfono, trescientas personas oliendo igual y una organización que repartía botellas de agua con capa negra y capucha.

A la de Vega, para descomponerla y sacarla de en medio. A la de él, un anticoagulante, cuando su propio vínculo llevaba dos noches dejándolo sin fuerzas y me había hecho ya la mitad del trabajo.

Bonito. Sangriento. Su final.

🧚🏻🐺🧙🏻‍♀️🧛🏻