Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 52
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Capítulo 52

—Por lo menos podrías haberte dignado a no restregarte contra tu humana antes de la cena. Apestas a ella.

Elowen no movió los labios al hablar. Siguió avanzando a mi lado, con una mano apoyada en mi antebrazo y la mirada clavada en las puertas del salón donde nos esperaban las cuatro cortes.

—Sandra se alegrará de saber que ha conseguido acompañarme sin tener que soportar uno de tus ataques.

Sus dedos se tensaron sobre la manga.

—Cada día se te pega más su vulgaridad.

—Y a ti se te nota menos el duelo.

El golpe fue bajo, también cierto.

Retiró la mano en cuanto cruzamos las puertas. Nadie debía vernos como nos tratábamos cuando no había un reino observando, mucho menos aquella noche, con las cenizas de Caedmon recientes y su ausencia sentada a la mesa antes que nosotros.

Habían pasado varios días desde que regresé al ático, extrañando a Sandra demasiado para lo que se consideraría decente.

Al volver la encontré sentada en el salón junto a un hombre al que no conocía y, durante tres segundos, mi naturaleza estuvo a punto de convertir al desconocido en un problema que requiriese espátula y cero carbón.

Después supe que era Mateo, el hermano de Patri.

A Sandra le divirtió mi reacción mucho más de lo razonable. También que mi cortesía se fuera al garete porque solo tenía ganas de besarla, así que acompañé a Mateo hacia la puerta con una amabilidad impecable para recibir la bienvenida que esperaba de la mujer a la que amaba.

Apenas salimos del ático hasta la reunión de aquella mañana en Vetusta.

Allí, mientras los demás intentaban encajar la revelación de Abaddon, las teorías y cinco cadáveres dentro de una única explicación, mi matrimonio volvió a presentarse como la llave más sencilla para entrar en el archivo.

Samael vino cuando terminó la reunión para soltarme una frase que conocía demasiado bien: «Un cadáver bien colocado puede hacer más por una causa que cien discursos discretos».

Ahora el cadáver era mi cuñado y la posición resultaba perfecta.

Su muerte acercaba a Elowen a la corona, a mí a dos tronos y a mi padre a frotarse las manos.

Sandra se acercó a mí antes de que saliera, envuelta en la sábana y con las mejillas sonrojadas.

—No quiero que me salves de morir si para conseguirlo vas a condenarnos a vivir separados. Eres un puto dragón, Ciarán. Deja de pedir una llave y derriba la puerta.

Una estrategia poco ortodoxa y también la primera que me pareció correcta antes de besarla y que mi cola jugara de nuevo con ella.

Mi padre aguardaba en el extremo de la mesa. Los de Elowen ocupaban el lado opuesto y, entre ambos, los soberanos de las otras dos cortes habían traído sus mejores ropas, sus condolencias, sus herederos y el apetito intacto.

La conversación mantuvo el nombre de Caedmon durante los primeros cuatro minutos.

En el quinto empezaron a repartirse su corona con elegancia.

—La Corte Oscura no puede permanecer sin una sucesión clara —afirmó mi padre—. La inestabilidad beneficiaría a quienes ya están usando estas muertes para debilitar el velo.

—La sucesión es clara —comenté, limpiándome con la servilleta—. Elowen es la única descendiente superviviente.

Su padre dejó la copa sobre la mesa.

—Tiene derecho de sangre, no de gobierno.

—Una distinción muy cómoda para quienes no poseen útero —comentó ella, ganándose una mirada incómoda por parte de él.

El soberano de la Corte Estrella sentado a mi izquierda, padre de tres hijas y ningún varón, escondió una sonrisa detrás de la copa.

—Los estatutos son anteriores a todos los presentes —aclaró mi padre, y yo tuve ganas de intervenir.

—También algunas humedades. La antigüedad no convierte al moho en parte deseable del edificio.

Elowen giró la cara hacia mí. Parecía fría, cansada e incapaz de sentir nada que no fuese el peso de las joyas funerarias sobre el cuello.

Llevaba toda la velada observándola. Los fae no lloramos delante de otras cortes: no se entrega el dolor a criaturas capaces de convertirlo en deuda, en debilidad o en entretenimiento.

Caedmon fue su hermano mellizo, su rival más antiguo y la única criatura capaz de entrar en su cabeza sin arrancársela después.

Elowen lo detestó muchas veces. Perderlo no le había enseñado a quererlo menos; solo le había quitado la posibilidad de volver a reprochar la conveniencia de haber nacido varón.

Su nombre salió como posible asesina. A mí no me lo parecía.

Que extrañara a su hermano no demostraba su inocencia, solo la volvía menos evidente.

—El enlace resolverá cualquier duda —continuó mi padre, ignorando mi respuesta—. Cuando Ciarán reciba la Corona Oscura y herede el Velo de Ceniza, dos cortes compartirán soberano por primera vez y eso debería ser motivo de júbilo.

Sobre todo, para él, quien creía controlar al futuro rey. Esa era la fantasía.

Lo vi servirse vino con el pulso de quien lleva semanas esperando aquella conversación. Su hijo se convertiría en el fae más poderoso de las cuatro casas gracias a un asesinato, y él no había necesitado fingir sorpresa ni una sola vez.

Nadie preguntó qué deseaba Elowen. Hablaron de ella como heredera, prometida y recipiente de lujo para trasladar el poder desde el cadáver de su hermano hasta mi cabeza.

Debajo de la mesa, su mano rozó la mía.

—No sé quién mató a Caedmon —murmuró sin mirarme—, pero he averiguado cosas sobre lo que me pediste.

—¿Qué cosas?

—Aquí no.

Al terminar la cena solicité hablar con mi prometida en el invernadero.

Las paredes de cristal permitían que los custodios nos vigilaran desde el corredor sin oírnos.

Mi padre lo concedió porque negarse habría resultado más sospechoso que la intimidad y era lo esperado a tan pocas semanas de la boda.

Elowen se dirigió a un banco de piedra rodeado de damas de noche.

—Sabía que el dragón la había elegido —dijo—. No sabía que tú también.

—No tienes derecho a hablar de Sandra.

—Tengo derecho a hablar de la mujer por la que pretendes romper un acuerdo entre dos cortes.

La buscaste en la fiesta y te acostaste con ella a la vista de cualquiera, mientras yo representaba nuestro compromiso delante de todos y alguien asesinaba a mi hermano.

Y ahora quieres entrar en el archivo para impedir que envejezca.

No lo negué.

—Tú harías lo mismo por aquello que deseas, y no solo es por eso.

—Me dan igual tus motivos. Por eso ya he decidido qué quiero a cambio de lo que sé.

La miré.

—Mi corona me pertenece y no pienso renunciar a ella.

No pidió un título, una compensación ni un lugar a mi lado. Pidió lo único que le pertenecía y que tres hombres acababan de repartirse durante la cena.

—Nos casamos —continuó—. Recibes ambas cortes, consigues el apoyo de la tercera, modificas los estatutos y renuncias a la Corona Oscura en mi favor.

No te quiero como consorte. Si puedes ser el primer soberano en tener dos reinos, también puedes ser el primero en renunciar a uno y pedir separación de bienes.

—Sabes que no funciona así. Si cambia la ley, mi renuncia no te traslada el poder a ti de forma automática y el matrimonio seguiría siendo válido.

—Encontraríamos la forma.

—No voy a casarme contigo, Elowen.

Ella pareció sorprenderse y tardó un segundo en responder.

—Entonces no tendrás acceso al libro.

—Lo tendré cuando seas reina, porque habremos pactado.

Se quedó inmóvil.

—Mi padre jamás lo permitirá.

—El mío tendrá que elegir entre apoyar la reforma o perder a su heredero. El tuyo votará a favor si quiere conservar la corona dentro de su linaje. Y el soberano sentado a mi izquierda tiene tres hijas: no necesitará que nadie le explique por qué le conviene.

—¿Renunciarías al Velo de Ceniza?

—Renunciaría a mucho más por Sandra.

Elowen me contempló. Por su cara, acababa de proponerle incendiar las cuatro cortes y repartir las cenizas por orden alfabético.

Después sonrió. Era la primera vez que la veía hacerlo sin que alguien fuese a sufrir.

—Es una locura.

—Empiezo a valorar las costumbres humanas.

Se sentó en el borde de la mesa; no la había visto salirse de lo correcto en toda la noche.

—Muy bien. Te contaré lo que he averiguado. Hace treinta y cinco años, el sello de Caedmon abrió la cámara casi a diario durante ocho meses. Nadie reparó en ello porque se supone que el heredero debe sentir interés por la alquimia; lo cierto es que nunca lo tuvo y se enorgullecía de ello.

—Entonces, ¿qué buscaba?

—No era qué, sino a quién. —Elowen se quitó uno de los anillos y lo hizo girar entre los dedos—. Mencía Robledo. Formulista de Valdebruma, bruja castellana y custodia del séptimo volumen de las Segundas Naturalezas . Mi hermano se obsesionó como tú con Sandra.

—¿Llegaste a conocerla?

—Las mujeres no podemos acceder a la zona de custodios. Otro privilegio que pienso demoler en cuanto tenga una corona.

—¿Qué relación tenía con Caedmon?

—Los siete linajes formulistas podían solicitar la consulta del Libro de las Primeras Formas , pero necesitaban la autorización de nuestra familia.

Hace treinta y cinco años, Mencía acudió a la Corte Oscura para trabajar sobre él.

Caedmon firmó su acceso. Y después firmó otro. Casi a diario durante ocho meses.

La frecuencia no obedecía a una repentina pasión de mi antiguo cuñado por la anatomía sobrenatural. Según Elowen, Caedmon entraba con Mencía en la cámara y pasaban horas juntos.

—Odran era entonces el responsable de los registros —continuó—. Vio cómo empezó. Mencía era hermosa incluso para los parámetros de un fae y tenía el desagradable hábito de no impresionarse ante los títulos. Rechazó a mi hermano desde la primera vez que intentó cortejarla.

—Imagino que Caedmon encajó bien la negativa.

—La obligaba a intimar con él si quería continuar con su trabajo. Mi hermano lo llamaba regalo. Odran utilizó otra palabra cuando le pregunté.

—¿Cuál?

—Acoso.

Elowen bajó la vista hacia el anillo.

—Mencía no tenía opción y acabaron convirtiéndose en amantes. Odran asegura que ella terminó correspondiéndole. Yo no sé si rendirse ante alguien que controla tu acceso, tu trabajo y tu posición en la cama puede llamarse querer.

—No puede.

—Fuera lo que fuese, duró varios meses. Hasta que Mencía conoció a un humano y se enamoró de él.

—¿Mientras seguía con Caedmon?

—Al parecer. Cuando decidió terminar la relación, ya estaba embarazada.

—¿De tu hermano?

—Del humano. Por eso no lo soportó.

Su reacción no necesitaba demasiada imaginación. Un heredero de la Corte Oscura rechazado por una bruja que, además, había elegido a un mortal. Para él no debió de ser una ruptura, más bien una humillación. Ahora entendía su participación activa en la facción.

—¿Qué ocurrió con Mencía?

—Caedmon le dijo a padre que lo había hechizado; en cierto modo, así debió de sentirlo.

Que llevaba meses trabajando con fórmulas capaces de alterar la voluntad mientras mantenía una relación con él.

Todo era verdad, según su criterio. Solo tuvo que callarse la parte en la que llevaba ocho meses persiguiéndola y prácticamente obligándola a ser su esclava sexual.

—Y vuestro padre construyó el resto del relato.

—Dio orden de detenerla y destruir sus cuadernos. Mencía sabía demasiado para permitir que abandonara el linaje.

—¿Iban a ejecutarla?

Elowen sostuvo mi mirada.

—No lo sé. Mencía escapó la noche anterior a su detención. Dejó en la cámara un volumen en blanco, reproducido hasta en el último detalle de la encuadernación, y se llevó el verdadero Libro de las Segundas Naturalezas .

—¿Cómo es posible que se enterara?

—Odran se apiadó.

—Tu padre ya sabía que lo había cambiado.

—Lo descubrió al abrirlo. Después ocultó la pérdida para que las otras cortes no supieran que el conocimiento había salido de nuestro control.

Mi padre cree que Mencía descubrió la orden y utilizó alguna fórmula para burlar las protecciones.

Lo que nunca supo es que Odran le entregó una llave de servicio y dejó sin activar uno de los sellos del pasadizo norte.

Me contó que Caedmon había buscado a Mencía durante años porque no pudo olvidarla; al no hallar pistas, lo dejó estar.

Cuando empezaron los asesinatos y comprobó que las sustancias estaban adaptadas a las debilidades de cada especie, retomó la investigación. Mencía había dedicado su vida a estudiar precisamente eso.

—Creía que estaba detrás de las muertes…

—Lo consideró. También contempló que el conocimiento hubiera pasado al hijo que esperaba cuando huyó.

Aquello reducía la búsqueda y encajaba. Podía ser una bruja desaparecida hacía treinta y cinco años, o su descendencia criada entre humanos con acceso a un libro capaz de destruir sobrenaturales.

Puede que los dos.

—¿Caedmon la encontró?

—No lo sé. Registré sus habitaciones y no había un solo documento. Pero mi hermano dirigía Lumen y disponía de medios humanos para rastrear en el mundo mortal. Si encontró algo, estará en el ordenador de su despacho.

Sacó del bolsillo una tarjeta doblada.

—La contraseña. Desconfiaba del reconocimiento facial. Consideraba que las máquinas no debían conocer su rostro.

—Una preocupación sensata.

Esta vez no sonrió.

—Los registros completos en los que aparece el nombre de mi hermano y el acceso al archivo en cuanto sea coronada.

Rompo yo el compromiso, delante de las cuatro casas, por tu amor hacia una humana y tu incapacidad de amar a alguien adecuado a tu linaje.

Y no volveré a amenazar a tu humana ni a la perra.

—Sandra y Lluna.

—Como quieras.

—Darás tu palabra.

—La daré cuando tú des la tuya.

Extendí la mano.

—Impulsaré la reforma, me enfrentaré a mi padre, conseguiré los tres votos, reconoceré públicamente tu derecho de nacimiento y serás reina de la Corte Oscura. No prometo intentarlo: te prometo tu corona.

Elowen entrelazó sus dedos con los míos.

—Que así sea.

La promesa fae se cerró entre ambos. No hubo luz ni estruendo, solo la certeza de que ninguno de los dos podría ya apartarse de lo acordado.

—Tenemos un pacto —aseveré.

—Lo tenemos.

—Por fin coincidimos en algo.

Al otro lado del cristal, mi padre reía con el soberano de las tres hijas. Había organizado una boda para colocar dos coronas sobre mi cabeza mientras ignoraba que Elowen y yo acabábamos de convertirla en el arma que iba a dejarlo sin ninguna.