Capítulo 51
Los médicos insistían en que durmiera. El problema era que, cada vez que cerraba los ojos, regresaba al jardín.
El árbol. La mujer desnuda alejándose. Mi propia voz llamándola por un nombre que no recordaba haber aprendido: Lilith.
Prefería la costilla fisurada.
La puerta se abrió sin que llamaran. La inspectora que llevaba mi puto caso entró con el abrigo puesto y el cansancio de quien ya había interrogado a demasiada gente antes del segundo café.
—Me han avisado de que Rubén Serrano ha despertado. Al llegar, me dijeron que estabas ingresado en esta planta.
—¿Y vienes a visitarme? ¡Qué detalle! Por un momento pensé que bajo el abrigo llevabas bombones.
—No he venido a visitarte, al menos no adrede.
—Eso se parece más a nuestra no relación.
No sonrió; tampoco esperaba que lo hiciera. Se quedó junto a los pies de la cama; sentarse habría parecido una muestra de afecto.
—¿Cómo estás?
—Murieron mi mejor amigo y mi novia. Me han dado una paliza y tengo dos costillas fisuradas. He tenido semanas mejores.
Su mirada se detuvo en el moratón de mi mandíbula.
—Siento cómo fueron las cosas, Expósito.
—¿Te refieres a apartarme del caso o a esperar a que acabara en una camilla para disculparte?
—Apartarte fue decisión del comisario y tenía motivos.
Salas era tu compañero y tu amigo. Agrediste a un testigo porque estabas convencido de que era responsable de su muerte, y todos los homicidios parecían girar alrededor de los libros de tu ex.
Pensó que no estabas siendo objetivo. No puedes culparlo.
—Te salen de puta madre las disculpas.
—No me disculpo por haberte apartado. Estabas demasiado implicado; creo que hizo lo correcto. Además, la perra de Salas sigue sin aparecer…
La observé durante unos segundos.
—¿Esa es la única disculpa que voy a recibir?
—Sí.
—Pues por mí ya te puedes ir; otra igual y me sube la fiebre.
Unos leves golpes precedieron la entrada de Nina, que apareció con expresión atribulada.
La inspectora miró el reloj.
—Al parecer, tienes visita. Ya me marcho. Que te recuperes pronto, Expósito.
Nina y Darian entraron. Esperé a que la puerta se cerrara.
—Dime que has podido hablar con él.
Sonrió.
—Lo hice.
—¿Y?
—Resulta que después de que Mara lo echara de la habitación, Rubén volvió a esconderse detrás de la puerta del pasillo de servicio. Quería comprobar si Samael regresaba…, pero no fue él quien lo hizo.
Me incorporé y mi costilla protestó.
—¿Quién?
—No lo sabe. Llevaba uniforme de camarero, como él, y una bandeja. Rondaba el metro setenta y cinco, quizá algún centímetro más. Pelo largo, rubio, recogido en una coleta baja. La ropa le quedaba holgada.
—¿Le vio la cara?
La sonrisa de Nina desapareció.
—Ni un segundo, porque subió por el ascensor de servicio. Estaba de espaldas y Rubén solo podía mirar por la rendija de la puerta. Pero Mara abrió antes de que llamara.
—Lo estaba esperando.
—Eso parece. Y hay algo más, Javi.
No me gustó su manera de decirlo.
—¿Qué?
—Se besaron.
Mara no había abierto la puerta a un desconocido. Había abierto a la persona con la que estaba saliendo. Y, antes de morir, había besado a la persona que acabaría matándola.