Capítulo 49
La Policía Nacional había tomado el edificio de Aimara con esa mezcla tan humana de cinta, luces azules y vecinos en bata mirando el portal con el interés obsceno de quien ha encontrado entretenimiento gratis en una tragedia.
Dos agentes en el acceso. Una señora sujetándose el pecho. Y un hombre mayor explicando a quien quisiera escucharlo que él ya había avisado de que aquella chica recibía visitas raras.
Madrid, a las cuatro de la madrugada, seguía encontrando maneras de sorprenderme.
Nina bajó del coche antes de que pudiera impedírselo.
—No.
Se giró en mitad de la acera.
—¿No, qué?
—Lo que sea que estés a punto de hacer.
—Hay perros arriba.
—Y policías abajo.
—Pues qué suerte haber nacido con colmillos, encanto y una mente capaz de meterse en la de los demás. Improvisá .
«Encanto» me hizo más daño que cualquier estaca.
No por el sarcasmo, sino por lo otro: por el modo en que mi cabeza, traicionera y ridícula, se quedó un segundo de más en su boca, en el pelo revuelto, en el abrigo mal cerrado y en la furia con la que era capaz de plantarse ante un dispositivo policial.
Porque tres animales estaban solos en un piso. Y porque ella era mía, toda mía por voluntad propia.
—No podemos entrar en una escena policial.
— Vos no podés entrar en una escena policial. Yo vengo con un vampiro y eso debe dar puntos extra.
—Eso no mejora la situación.
—La mejora muchísimo; hipnotízalos y los borras.
—No hipnotizo agentes de la autoridad porque tengas ansiedad canina.
—No tengo ansiedad canina. Tengo sentido común, humanidad, prioridades y le di mi palabra a Samael de que nos ocuparíamos. Igual te suenan de haberlas leído en algún libro antiguo.
—Manipular a la policía en mitad de una investigación es delito.
—También lo es dispararle a Javi, secuestrar a Aimara y dejar a Artyom y a Zeus Alejandro encerrados con olor a sangre. Elige tu escándalo favorito; dependiendo de tu elección, dormirás en el sofá.
Miré hacia el portal. Un agente muy joven sostenía una carpeta de plástico junto a una mesa plegable con bolsas transparentes y etiquetas. Efectos. Restos de una noche que para los humanos iba a necesitar informe, sello y café malo.
Nina me observó como si acabara de proponer sacrificar a los perros por vía administrativa.
—Darian.
—No.
—Saca tus dotes psíquicas, Pátula.
—No funciona como crees; tenemos normas.
—Hace buena noche para saltárselas. Tú los miras mucho, hablas raro y nos dejan subir.
—Tu comprensión de mis capacidades resulta ofensiva.
—Tu pasividad resulta peor.
—Necesito contacto visual, atención sostenida y medio minuto. Sobre alguien cansado, aburrido y solo. Además de que deje un hueco.
—Ese chico tiene todas las papeletas. —Lo señaló—. Se pasará el resto de la noche intentando recordar qué hizo durante un minuto de su vida, fijo que es lo que hace todos los lunes.
Se recolocó las gafas con una sobriedad que no merecía la mentira que estaba a punto de inventar.
—Seremos del Servicio de Atención a Víctimas Caninas.
La miré.
—Eso no existe.
—Existe desde hace diez segundos.
«Nina…», le advertí por nuestro canal privado de comunicación. Ella me sonrió.
«Uno, dos, tres, probando. Oye, esto funciona fenomenal…».
Sí, ahora ella también podía leerme en abierto.
—Es broma… —Rió en dirección al chico, sacando su acreditación de Vetusta—. Lo sacaré rápido y le diré que somos de una unidad nueva. Custodia emocional y preventiva de animales expuestos a incidentes violentos.
Me dieron ganas de reír.
«¿Has unido palabras al azar?».
«Calla y haz de una maldita vez que suenen oficiales. Sígueme el rollo y no pongas esa cara de funeral de Estado».
El agente levantó la mano en cuanto nos acercamos.
—No pueden pasar.
—Buenas noches. Servicio de Atención a Víctimas Caninas —repitió ella, haciendo un visto y no visto con la acreditación.
—¿Perdón?
—Unidad reciente —añadió ella, sin el menor pudor—. Protocolo de intervención en domicilios con animales expuestos a violencia grave. Ya sabes lo en serio que este gobierno se toma los derechos de los animales.
—A mí no me han avisado de ninguna unidad.
—Por eso estamos aquí. Para mejorar la comunicación entre departamentos.
El agente miró a su compañero, que estaba a unos pasos. Nina me dio un codazo en el costado con la delicadeza de un ariete.
Suspiré y entré en la superficie de su mente. Cansancio, hambre, su madre diciéndole que tenía el piso hecho un asco. El deseo sencillo y muy humano de que la noche terminara cuanto antes.
—Te han avisado tarde —dije, bajando apenas un tono.
La voluntad humana era una puerta. Algunas se abrían con violencia; otras, con la cortesía exacta. Por suerte, la suya ni estaba blindada ni era de madera noble.
—Nos han avisado tarde —repitió.
—Subiremos, recogeremos a los animales y dejaremos constancia a uno de tus compañeros.
—Y tú nos acompañas —intervino Nina—, que somos muy respetuosos con la cadena de custodia.
Presioné la orden.
—Los acompañaré.
Esperé a que echara a andar.
«¿Cadena de custodia?», pregunté.
«Estoy creciendo como delincuente; aprendo rápido».
Subimos los tres en el ascensor. Nina tarareaba, yo llevaba oliendo pólvora desde la calle, y también sangre: la de Javier, metálica y reciente.
El agente nos hizo pasar. Dentro había algunos agentes esperando a la científica. Preguntó por los perros y le indicaron que estaban en el cuarto.
—Artyom —llamó ella.
Se escuchó un gemido. Él apareció con la cabeza baja y los ojos demasiado abiertos en cuanto abrimos la puerta. Zeus Alejandro lo siguió desde debajo de la cama, ofendido con la humanidad entera y dispuesto a decirlo. Y detrás, muy despacio, salió una tercera.
Grande. Hembra. Con las orejas hacia atrás y el hocico pegado al suelo. Nina se agachó a abrazar a los suyos y tardó tres segundos en levantar la cabeza y ofrecerle la mano.
—Es la perra de Salas. Javi la adoptó; se la llevó del piso antes de que la dejaran en una protectora, la noche en que lo mataron.
Se ajustó las gafas.
Si aquella perra aparecía en un inventario, en un acta o en la foto de un becario, Javier tendría mucho más que una suspensión.
—Se viene con nosotros —aclaró Nina.
—Evidentemente.
—¿Sin discutir?
—Hay cosas por las que no merece la pena que me traslades al sofá.
—Buena respuesta.
Nina me miró un segundo de más y, por supuesto, terminé troleando al policía para que nos consiguiera las correas, el pienso y algún juguete; estaba difícil encontrar un 24 h de comida para perros o a domicilio.
Zeus Alejandro evaluó mi existencia, decidió que mi zapato era un refugio aceptable y me lamió el bajo del pantalón.
—Le gustas; cógelo.
—No creo que quiera.
—Quiere, cualquiera querría que lo cogieras…
El juego de palabras mientras se mordía el labio me hizo desear otra cosa.
Lo levanté con solemnidad. Pesaba poco, temblaba mucho. Me lamió la barbilla.
—Lo ves, le gustas.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Lo estás pensando muy alto.
Bajamos sin tocar nada más, o eso creí.
Hasta que Nina se detuvo en seco en el portal, con la vista clavada en la mesa plegable. Tercera bolsa por la izquierda. Un teléfono negro con la funda despellejada en una esquina.
Nina dejó de respirar. No hizo falta que señalara la bolsa: la reconocí en su cara antes que en la mesa.
—Ese es el móvil de Javi.
—Nina.
—Que te lo dé.
—No.
—Sí.
—Es un efecto intervenido.
—Es el teléfono del único que estaba despierto cuando se llevaron a mi amiga. ¿Y si no vuelve con Samael? —bajó la voz—. A ella la hicieron olvidarse durante siglos de él; vete a saber lo que le han podido hacer.
El perro que llevaba en brazos me lamió otra vez, apoyando el argumento.
—Es una pésima idea.
—Ya. Pero es nuestra pésima idea, que nos lo dé.
La miré. Hacerlo me convertía en una causa perdida y esa mujer, mi mujer, era mi mayor perdición, por eso volví junto al agente.
—El teléfono acompaña a la unidad vinculada —dije con suavidad—. Lo entregarás con los animales y completarás el registro después.
—Con la unidad vinculada.
—Gracias —dijo Nina, quitándole la bolsa con una educación que habría engañado a alguien menos condenado que yo.
Fuera hacía frío. Metió a Artyom detrás, colocó a Zeus Alejandro sobre una manta y la perra de Salas se sentó junto a la ventanilla, mirando el portal, esperando a alguien que no iba a bajar.
—Acabamos de cometer varios delitos —dije al arrancar.
—Hemos salvado perros.
—Y sustraído un efecto intervenido.
—Temporalmente.
—Hemos inventado una unidad policial.
—Cubrimos una necesidad social; algún día nos condecoran.
—Yo sí que te voy a condecorar… —gruñí y arranqué.
—Dime que Aimi va a estar bien.
—Te aseguro que cabrear a Samael no es buena idea para nadie. La traerá de vuelta —la tranquilicé.
Nina sacó el teléfono de la bolsa y lo dejó boca arriba sobre la rodilla.
—Bloqueado y, encima, con la pantalla rota.
Lo miré de soslayo: contra el fondo negro había cuarenta y tres notificaciones sin leer de la misma aplicación.
Se ajustó las gafas y puso cara de estar rumiando.
—No podemos abrirlo aquí —murmuró.
—No podemos abrirlo en ninguna parte. Es una prueba.
—Lo era, te recuerdo que ya está contaminada, no les va a servir.
— Touché.
Lo guardó en el bolso y acarició la cabeza de Artyom por encima del asiento. Después puso la misma mano en mi cuello y lo masajeó.
—Conduce. Hoy ya has hipnotizado a un policía, cargado con un perro y participado en una operación estatal inventada. Necesito que aguantes la presión de ser el señor Goffi a partir de ahora.
—¿El señor Goffi?
—Mucho mejor que la señora Blake; no me pega con el nombre y llevas demasiados años con el mismo. Será como cambiar el fondo de armario, un soplo de aire fresco.
Hice lo único sensato que me quedaba: sonreírle, conducir y aceptar que el apellido Goffi acababa de sonar peligrosamente bien.