Capítulo 48
Mi hermano golpeaba cuando tenía miedo. Lo hacía desde antes de que existieran las palabras con las que después aprendió a negarlo.
Ahora se había colocado delante de Aimara, utilizando el cuerpo como una muralla ante la misma mujer que una vez abandonó sola el primer jardín. Los hábitos sobrevivían mejor que los afectos. Nuestra relación había visto nacer varias religiones y no había mejorado con ninguna.
Ella se inclinó para poder verme.
—¿Sois hermanos de verdad o esto es una manera demoníaca de llamar a alguien hijo de puta?
—Compartimos padre y origen. También una temprana falta de obediencia; digamos que después elegimos caminos distintos. Aunque mi hermano favorito cree que una cadena deja de serlo si te la colocas tú mismo.
—Y tú llamas libertad a no querer a nadie.
Sus hombros se endurecieron.
Aimara nos miró de uno a otro. Tenía las pupilas dilatadas, el corazón desbocado y la barbilla levantada. Sentía miedo, pero su cuerpo parecía incapaz de recordar que retroceder también era una opción.
—Entonces, cuñadísimo, ¿me sacaste de mi casa para que esos vampiros no me frieran el cerebro o porque eres la oveja negra de la familia y pretendes algo peor?
—Ambas. Y en esta familia no hay ovejas blancas.
Mi hermano acortó la distancia todavía cabreado.
—¿Por qué te la llevaste?
—Valerian pretendía borrarle los recuerdos. Yo necesitaba hablar contigo en serio, no como tu última visita exprés. Llevas siglos ignorando mis invitaciones por perseguirla, así que me hice con lo que de verdad te traería a mí.
Aimara abrió los brazos.
—¿Me protegiste secuestrándome para hablar con tu hermano?
—El envoltorio perjudica bastante el mensaje.
—Le arrebataste su elección —gruñó Samael.
—Durante diez minutos. Los tuyos pretendían quitarle una vida entera, ya me darás las gracias después.
Podría haberlo llamado rescate; la seguridad de Aimara y mis intereses habían coincidido durante unos minutos. Secuestro sonaba mejor, no hacía falta convertirlo en virtud.
—¿Estás detrás de los asesinatos? —preguntó Samael. Yo bufé.
—Ya respondí a eso en la iglesia.
—Vuelve a hacerlo, ambos sabemos que no te importa mentir.
—No.
—Caedmon era de tu facción y no te he visto muy afectado.
—Tienes la estúpida costumbre de creer que compartir bando obliga a llorar en los funerales. No lo maté, aunque admito que fue divertido verlo caer; se lo tenía demasiado creído: «el super fae muerto por sobredosis de hierro». Icónico y muy creativo. Hay que reconocérselo al asesino.
Su mandíbula se tensó.
—Me gusta fijarme en los pequeños detalles. Reconocí un rastro que no debería existir fuera de los archivos de la corte oscura.
—¿Qué carajo de rastro? —se interesó Aimara.
—Mandad a vuestro príncipe domesticado a comprobar qué se ha perdido allí. No voy a hacerle todo el trabajo.
—¿Por qué no nos dices quién está detrás de toda esta mierda y acabamos antes? —preguntó Samael.
—Porque no es mi problema. Los humanos se matan, el velo se debilita y yo no tengo que intervenir. Resulta difícil no apreciar una buena iniciativa cuando está ahí.
—Eres lo peor.
—Gracias, hermanito.
—¿Quién coño es Daniel? ¿Ahora te haces llamar así?
—Daniel… A ver, que piense… Es un nombre bastante común y he vivido milenios…
—Javier dijo su nombre para describirte a ti, deja de hacerte el loco, que no te pega.
—¿Javi está bien? —preguntó Aimara mirando a mi hermano.
—Se repondrá, es un tipo duro, y se lo llevó la ambulancia cuando fui a buscarte al piso. Llamé a Nina para que ella y Darian se ocuparan de los perros. —Volvió sus ojos negros hacia mí—. ¿Y bien?
—Daniel… Buenos Aires. Tendencias suicidas. Pésimo criterio para abrir puertas. Sí, ya recuerdo. Quería una salida saltando desde lo alto de una cornisa y, digamos, le mostré otra. No entendió que las puertas se abren en ambas direcciones y que pactar con un diablo tiene sus consecuencias.
—¿Lo poseíste?
—No exactamente. Daniel continúa siendo Daniel. Su amistad con Javier es suya. Los mensajes, el afecto y esa incomprensible paciencia que le tiene, también. Yo solo utilizaba la entrada cuando me convenía y me apetecía jugar en el foro.
—Lo utilizaste.
—Por supuesto, para eso sirven las puertas abiertas.
Samael dejó de vigilar mis manos y empezó a vigilar mis palabras.
—¿Con qué fin? ¿Por qué te interesaba Javier?
—Puede que me llegara un rumor durante una partida de póker, en la antesala de las almas, sobre lo que hizo nuestro Padre y sintiera curiosidad…
—¡Puedes dejar de hablar en clave!
—Adán.
Me divirtió ver la cara de ambos al pronunciar su nombre.
El silencio me hizo sonreír.
Aimara perdió el color y buscó la cara de mi hermano; era una mujer lista, sabía leer entre líneas. Mi hermano permaneció inmóvil.
Samael solo sabía seguir el alma de Lilith. La de Adán jamás había estado unida a la suya, de modo que no tuvo ningún motivo para reconocerla en aquel policía.
Padre contaba con eso.
Siempre había sido especialmente eficaz utilizando el amor de unos para ocultar lo que hacía con otros.
Javier no había despertado hasta… imagino que esta noche. Aquello hacía la velada mucho más interesante.
—Es imposible —murmuró.
—Es incómodo. No es lo mismo. Para Padre no hay nada imposible; deberías saberlo.
—¡¿Qué vaina le hizo a Javi?! —soltó Aimara.
—Javier no está poseído ni lleva a otro hombre dentro. Es aquello en lo que renació el alma de Adán. Padre le concedió una segunda oportunidad lejos de un jardín y volvió a colocarlo cerca de Lilith, esta vez en un pisito en Madrid.
»Durante un tiempo os reconocisteis de un modo primitivo, os deseasteis, follasteis y debió de creer que había ganado.
Estaba convencido de que, sin mi hermano interfiriendo, todo encajaría como él había dispuesto.
Nuestro creador lleva milenios llamando destino a colocar las piezas donde le conviene y libre albedrío a que hagan exactamente lo que espera.
Padre creyó que por fin renunciarías y, sin embargo, te colaste en sus sueños en formato gurú del sexo y te la follaste hasta aniquilar a Javito como un campeón, así se juega…
—¿Dios hizo renacer a Adán como mi ex para volver a emparejarnos?
—Nuestro Padre nunca ha sabido aceptar un no. Personalmente, agradezco su insistencia. Verlo fracasar exactamente de la misma manera después de milenios ha sido uno de sus pocos regalos verdaderamente divertidos.
Aimara abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
—¡Ese hombre menospreciaba mi trabajo, me llamaba loca por escribir sobre sobrenaturales y no me apoyó en mi carrera!
—Comprenderás que la ironía me haya entretenido durante meses y que quisiera estar viéndoos en primera fila.
—Por eso diste con un hombre que tuviera motivos reales para querer entrar en el foro de Javier…
—Coño —murmuró—. Eso me da más miedo que todo lo anterior.
Mi hermano cerró los dedos sobre los suyos.
—¿Y ahora? ¿Por qué me cuentas todo esto?
Por fin.
—Quiero que te unas a mí. El velo está muriendo, Ereshkiel tira de tu nombre y Padre continúa decidiendo con quién debe estar ella. Deja de servirlos, rebélate, convócalo, dile que renuncias al pacto del Edén y prepara la segunda Elección.
Samael se tensó ante la posibilidad.
—No quieres liberarme. Quieres que me parezca a ti.
—Quiero que dejes de confundir sufrir por amor con tener un propósito. Quiero que dejes de sujetar tu propia correa mientras ellos tiran del otro extremo. Mírame. Follo, me divierto y jamás confundo una cama con un altar.
—Tu versión de la libertad consiste en marcharte antes de que alguien pueda dejarte o en no atreverte a amar.
Sonreí porque golpearlo habría confirmado que había acertado.
Aimara resopló.
—Uno piensa que amar justifica encadenarse a una vida de sacrificios y el otro, que no hacerlo lo vuelve libre. ¡Coño, qué familia tan normal!
Samael le tendió la mano; no tiró de ella como habría hecho yo. Esperó. Ella decidió tomarla. Irritantemente coherentes, los dos.
—Nos largamos.
—¿Entonces tu respuesta es no? —Ni siquiera respondió—. Por supuesto, muy previsible. Aimara, la próxima vez que quieras una charla reveladora y algo de diversión, invócame. Mi hermano se pone insoportable cuando secuestro a su novia.
Ella negó con la cabeza y Samael hizo lo que mejor se le daba, desaparecer.
Me dejaron con una alfombra manchada, una puerta menos y la cena enfriándose. No había conseguido que mi hermano se uniera a mí. Todavía.
Padre y el Consejo seguirían tirando de su cadena. El amor haría el resto.
La final llevaba milenios aplazada y yo pensaba verla desde la zona VIP.