Capítulo 47
Cuando recuperé la conciencia, lo primero que pensé fue que, si aquello era un secuestro, alguien había gastado una suma indecente en decoración.
La habitación no tenía humedad, ni bombillas parpadeando, ni una silla metálica colocada bajo un foco.
Nada de almacén abandonado, sótano con ratas o cabaña perdida en el monte.
Mi secuestrador tenía cortinas gruesas, chimenea encendida, una alfombra que costaba más que mi primer adelanto editorial y una mesa puesta con comida suficiente para alimentar a una familia numerosa.
Además, todo olía muy rico y a mí me rugían las tripas. Muy mal.
Los secuestros con presupuesto siempre daban más miedo porque no sabías para qué te querían cebar.
Me incorporé despacio en el sofá. Tenía las muñecas libres, los tobillos también y, salvo por el corazón intentando fugarse a golpes, seguía entera. Lo cual me pareció una falta de respeto.
—No pienso comer nada —anuncié, porque una podía despertar secuestrada, pero no sin principios.
El hombre sentado al otro lado de la habitación levantó la vista de una copa de vino y ahí se me olvidaron dos segundos de feminismo, supervivencia y sentido común.
No porque fuera guapo. Guapos había muchos; Madrid estaba lleno de hombres bellos que luego abrían la boca y te daban ganas de llamar a su madre para pedirle explicaciones.
Este era otra cosa. Alto, oscuro, impecable.
Vestía de negro, porque los villanos tenían una relación contractual con ese color.
Un pelo lo bastante despeinado para parecer casual y que olía a caro de verdad.
El problema era la energía: aquel hombre no ocupaba el espacio, le pertenecía.
«Concéntrate, chama , que te han secuestrado y no es momento de pensar que este señor le pondría el útero festivo a media humanidad».
—No te he ofrecido comida —aclaró él.
Su voz era baja de audiolibro que te saca los colores al cien por cien.
Miré la mesa. Pan, fruta, queso, algo humeante en un cuenco precioso y una jarra de agua con rodajas de limón.
—La presencia de comida en una mesa frente a una mujer privada de su libertad cuenta como ofrenda implícita.
—Qué precisión.
—Soy escritora. Cobro por inventarme traumas y justificar metáforas, no me subestimes.
Una sombra de diversión le rozó la boca.
—No lo hago.
—Bien. Entonces vamos a empezar por lo básico. —Me incorporé un poco más, aunque el cuerpo me pesaba y el susto seguía agarrado a mi nuca—. ¿Dónde estoy?
—A salvo.
Solté una risa seca.
—Ay, no, mi amor. Esa respuesta viene en el paquete básico de villano manipulador. Siguiente pregunta: ¿quién eres?
—Tengo muchos nombres…
Esperé con una ceja alzada. Él bebió vino.
—Escuché que te llamaban Abaddon. ¿Abaddon a secas? ¿Sin apellido, cargo, signo zodiacal o trauma fundacional, nada?
—No suelo necesitar más.
—Claro. Porque entras en una habitación con esa cara y la gente rellena los huecos con fantasías muy explícitas.
Esta vez sí sonrió. Lo justo para que mi sistema nervioso se sentara en una esquina a rezar cosas contradictorias.
—Eres menos prudente de lo que esperaba, entiendo por qué le gustas.
—Me ha secuestrado un señor que parece diseñado por una lectora con fiebre. La prudencia se quedó en el portal, con mis perros.
En cuanto dije «mis perros», el recuerdo se me vino encima a pedazos.
Artyom saliendo del pasillo con el lomo erizado.
Lulú ladrando desde algún sitio. Zeus Alejandro, que pesaba lo que pesa una barra de pan, plantándose delante de mí con vocación de mediador internacional.
Javier interponiéndose. Los ojos escociéndome por las ganas de llorar. Esperaba que estuviesen bien.
Se me quedó la mano parada sobre el pecho.
—Mis perros y Javi —repetí, y la voz me salió más fina de lo que pretendía—. ¿Están vivos?
Abaddon dejó la copa sobre la mesa auxiliar.
—Supongo que sí. Los vampiros no suelen matar animales y, a no ser que sean de la facción, tampoco a humanos. Con suerte, Javier sobrevivirá para seguir haciendo mal su trabajo.
Cerré los ojos un segundo. No podía permitirme más.
Cuando los abrí, había decidido que, si aquel señor iba a matarme, al menos iba a hacerlo después de contestar.
—Le dijiste que él te había avisado.
Nada en su cara se movió.
—Le pregunté dónde estaba. Me contestó que contigo y tenía ganas de conocerte.
—Pues haberte pasado mañana a desayunar.
—No soy de esos.
Volvió a coger la copa, con la calma de quien comenta el tiempo que hace en la costa.
—¿Y quién eres tú para preguntarle nada a mi ex? No parecía conocerte.
—A veces adopto otras formas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la respuesta que hay.
Se levantó. No hizo nada amenazante; ese fue el problema. Solo se levantó, y la habitación encogió. Caminó hasta la mesa y destapó el cuenco para ofrecérmelo.
—Come.
—Ni de vaina .
—No está envenenado.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que envenenó la comida.
—También es exactamente lo que diría alguien que no la envenenó.
—Mira, Satanás Premium , no sé qué sistema de lógica manejan ustedes, pero conmigo no va a colar. Yo nací en Venezuela, no moriré por una sopa con buena presentación.
—No soy Satanás.
—¿Y eso te lo creo por tu cara bonita o traes identificación?
Cogió la cuchara, probó la sopa y la devolvió a su sitio.
—¿Satisfecha?
—Eres inmortal o algo peor; capaz que a ti el veneno te sepa a orégano.
—Eres agotadora.
—Y tú evasivo. Estamos empatados.
Me puse de pie demasiado rápido. El suelo se ladeó un poco, pero fingí que no.
—Quiero saber por qué estoy aquí; es más, lo exijo. ¿Esto va por mis libros?
—En parte.
—¿Y por qué no me lo dices claro? —exploté—. ¿Qué soy? ¿Una testigo? ¿Una sospechosa? ¿Una llave? ¿Un error editorial con piernas? ¿No serás el asesino?
Abaddon inclinó la cabeza. Sus ojos eran verdes, de un tono muy llamativo, con una luz inquietante.
—Tú eres muchas cosas y yo también.
Me callé. Muy mal. Los hombres peligrosos no deberían poder decir frases con esa voz. Tendría que haber, como mínimo, una multa.
—Una de ellas la dijiste tú —solté—. Me llamaste Lilith.
Ahí sí le vi algo parecido al interés.
—Dije bastantes cosas. Estabas ocupada intentando morderme.
—Dijiste que el Consejo lo había apartado justo a tiempo. —Di un paso hacia él—. ¿Justo a tiempo para qué?
Abaddon dejó la copa.
—Esa es la primera pregunta decente que haces esta noche.
—¿Y la respuesta?
—Te he sacado de allí. —Volvió a beber—. Te he librado de ellos.
Esa era su respuesta.
—¿Debería estarte agradecida?
—Tal vez.
La puerta estalló hacia dentro.
No se abrió. No cedió. Estalló con un golpe tan seco que los cristales de la ventana vibraron y la chimenea escupió una brasa sobre la alfombra carísima.
Samael entró con la rabia pegada a la piel.
Nunca lo había visto así. Ni en el retiro, ni en el evento, ni en ninguno de esos momentos absurdos en los que parecía un dios antiguo obligado a soportar la existencia de los demás por pura burocracia.
Cero ironía, cero teatro. Traía las muñecas marcadas con unas letras negras que le subían hasta medio antebrazo y que aún se movían, escritas desde muy lejos por una mano invisible que no había terminado la frase.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Quise correr hacia él. Samael solo me dedicó una mirada de soslayo y fue directo hacia Abaddon.
—Aléjate de ella.
Él suspiró, aburrido, y se apartó de la mesa con una elegancia insultante.
—Cada vez llegas más tarde. Por poco no la ves envejecer de nuevo.
Samael se movió. No vi el puñetazo; escuché el aire partirse donde había estado mi secuestrador un instante antes.
Lo esquivó con una facilidad que me pareció obscena y le devolvió un gancho en los abdominales. El impacto sonó horrible. Samael no retrocedió y las letras de sus muñecas se encendieron sin que pudiera detectar ni un ápice de dolor.
—Te veo lento de reflejos, hermanito.
Miré a uno, luego al otro, luego de nuevo, porque mi cerebro necesitaba apoyo visual antes de cortocircuitar.
—¿Hermanito? ¿Es tu hermano?
—No —escupió Samael.
Abaddon se recolocó el puño de la camisa y chasqueó la lengua.
—No está bien mentir sobre tu familia. ¿Te avergüenzas de mí? Me ofendes.
—No lo escuches —añadió Samael.
—Ay, no, claro que lo voy a escuchar. Ese tipo ha hecho que me evaporara del piso, quería cebarme con un cuenco sospechoso y ahora resulta que esto es una reunión familiar. Quiero contexto, mucho contexto.
—Aimara, ponte detrás de mí.
—Ni hablar. Primero quiero saber si tu no-hermano me ha traído aquí para protegerme, para pactar conmigo o para hacerme algo mucho peor.
Volvió la vista hacia Abaddon.
—Eso es justo lo que he venido a averiguar. Y más te vale que me guste la respuesta.