Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 46
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Capítulo 46

Diecisiete minutos llevaba contestando preguntas cuya respuesta el interrogador conocía antes de formularlas.

—¿Crees que los asesinatos pretenden provocar la ruptura definitiva del velo?

—Creo que alguien se está divirtiendo de lo lindo enemistando a sobrenaturales y humanos, dando motivos para que nos odiemos.

—Eso no responde a mi pregunta.

—La pregunta era una gilipollez. Considera mi respuesta un acto de generosidad.

Ereshkiel permanecía sentado detrás de una mesa de madera negra, con las manos enlazadas y el traje sin una arruga. Parecía un abogado de los que consiguen que firmes la entrega de tu alma.

Todavía tenía en la boca el sabor de Aimara. Había besado a una mujer en un rellano y treinta segundos después estaba de pie sobre este mármol respondiendo por el velo, dejándola a solas con su ex.

—¿Consideras posible que Aimara Duque esté implicada?

Me levanté.

—Hemos terminado. Esto es una gilipollez.

La presión se cerró alrededor de mis tobillos antes de que alcanzara la puerta. No había cadenas visibles. Ereshkiel no las necesitaba; le bastaba con la autoridad concedida sobre mi nombre para convertir cualquier habitación en una celda con vistas.

—Todavía no.

Ninguna de sus preguntas buscaba una respuesta; empezaba a olerme que solo buscaba minutos.

—Me has obligado a comparecer y he contestado. Si necesitas compañía, apúntate a Umbral. Libérame.

—Cuando considere que has contestado a todas.

La serpiente se removió bajo mi piel. Él lo notó, porque su sonrisa se ensanchó lo justo para que yo supiera que lo había notado.

Entonces Aimara pronunció mi nombre.

—¡Eshnar!

Atravesó la distancia, las paredes y la coacción que me sujetaba. No sonó como una orden. Tampoco como la llamada perezosa de alguien que sueña y no sabe a quién está llamando. Tenía miedo, todo mi cuerpo tiró hacia ella.

Ereshkiel bajó la mirada hacia sus manos.

La había oído.

—Suéltame.

—Aún no hemos terminado.

—Me ha reclamado, ha empleado mi nombre, tengo que ir.

—Creía que no pertenecías a nadie.

—No me ha ordenado acudir. Me ha llamado y lo sabes. —Avancé.

Las cadenas invisibles me hicieron doblar una rodilla contra el mármol a veinte centímetros de él. Estaba disfrutando, el muy cabrón.

—Siéntate. ¿Dónde estabas durante la muerte de Caedmon?

Mi puño le alcanzó la cara antes de que cerrara la boca.

La silla salió despedida. Su espalda encontró la pared, la mesa se desplazó un metro largo y los documentos volaron por el despacho acompañados de una lámpara que se deshizo contra el suelo. Seis siglos de jurisprudencia repartidos como confeti. Lo levanté por las solapas.

—He dicho que me sueltes.

Sus labios ensangrentados se curvaron.

—Eshnar —lloriqueó.

Las letras brotaron alrededor de mis muñecas. Negras, afiladas, enlazándose unas con otras hasta formar cláusulas en una lengua anterior a cualquier código. Otra se cerró alrededor de mi garganta y apretó con la eficacia paciente de una sentencia firme.

Tuve que soltarlo.

Me golpeó en el pecho con tal violencia que crucé el despacho. La estantería reventó bajo mi espalda; cayeron encima libros, cajas y varios siglos de contratos cuyos firmantes llevaban milenios pagándolos.

Aparté un volumen con el talón y me incorporé.

—¿Qué sacas tú de esto? Porque no es el velo. Al velo le importas tan poco como al resto del Consejo.

Su sonrisa se apagó.

—Es simple. Quiero corregir lo que hice, así que me debo a él.

Ahí estaba. La única palabra sincera de la noche, dicha por la peor boca posible.

——¿Estás pagando tu absolución con lo que no es tuyo? —pregunté. Él se encogió de hombros—. Entregas mi cadena, entregas el nombre de la mujer, entregas lo que haga falta. ¿Y esperas que Él lo lea, levante la vista del expediente y te diga que ya puedes volver a casa?

—No es tan sencillo, aunque en esencia podría resumirse así. Es la tarea que se me encomendó. Si no te gusta, ya sabes a quién presentarle la reclamación.

—Llevo milenios intentándolo, línea ocupada o fuera de cobertura.

—Eres digno hijo de tu padre.

—¿Y tú no?

Lo alcancé en un segundo y volví a golpearlo.

Esta vez atravesó la mesa. La madera se partió bajo su espalda y las letras que me rodeaban las muñecas temblaron un instante.

Aimara tiró otra vez de aquello que me ataba a ella desde el lugar al que yo necesitaba llegar.

Su voz no rompió la cadena: abrió una rendija.

Y eso es lo único que necesita alguien que lleva desde el principio de los tiempos aprendiendo a colarse por ellas.

Lo agarré del cuello y lo mantuve contra los restos de su propia jurisprudencia.

—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir con esta educación. Si le ha pasado algo mientras tú intentabas impresionar a un padre que no te mira desde la caída, descubrirás que no me hace falta tu nombre para hacerte suplicar.

—Eshnar…

—Guárdatelo para el acta, lo vas a necesitar.

Lo solté y atravesé la distancia hasta el piso de Aimara.

Las luces azules bañaban la fachada. Dos coches patrulla, vecinos grabando desde las ventanas y una ambulancia parada frente al portal con las puertas abiertas de par en par. El aire se me quedó atragantado en algún sitio entre la garganta y el pecho.

Los sanitarios sacaban una camilla.

Javier iba encima. Collarín, mascarilla de oxígeno, la camisa abierta y el pecho convertido en un mapa de tonos azulados.

Dentro del edificio ladraba Artyom sin parar, con la voz ya rota.

Lulú y Zeus Alejandro le contestaban desde algún punto, indignados, convencidos de que aquello tendría solución si alguien les hiciera caso de una vez.

Me acerqué a la camilla.

—Apártese —ordenó un sanitario.

No me molesté en contestarle. Me bastó una mirada para que lo hiciera él y después no supo por qué.

Los párpados de Javier temblaron cuando agarré la barandilla. Consiguió abrir los ojos y tardó unos segundos en encontrarme la cara. Le bajé la mascarilla.

—Se la ha llevado.

—¿Quién?

—Daniel.

—¿Quién cojones es Daniel?

Respiró con dificultad. Cada palabra le costaba una cantidad de aire que no le sobraba.

—Ojos verdes… Mechas rojas… Los perros se le echaron encima y él los apartó sin tocarlos… Fue culpa mía. Yo…

Ojos verdes. Mechas rojas.

Lo había tenido agarrado por el cuello del abrigo contra una columna, en una iglesia abandonada, mientras me hablaba de perros a los que se les lanza el mismo hueso demasiadas veces.

—¡Mierda!

—Los perros —insistió Javier—. Están solos…

—Me ocuparé de ellos.

Intentó levantar la mano y apenas logró despegarla del colchón.

—Te daré mis huevos. No pude protegerla, eran tres, luego él apareció, se me puso delante y no pude…

—Guárdatelos. —Vi la duda en su mirada—. Los huevos. Tuviste que echarles mucho si te enfrentaste a ellos. Ningún humano habría podido detenerlos. Yo me ocupo.

El sanitario volvió a la carga.

—Tenemos que trasladarlo. Ahora.

Javier me agarró la manga antes de que me apartara.

—Encuéntrala y arráncale las tripas.

—Nunca pensé que tú y yo terminaríamos de acuerdo en algo. Descuida.

Le palmeé la mano.

Metieron la camilla, cerraron las puertas y la sirena se llevó calle abajo al único humano de Madrid que me odiaba con motivos.

Saqué el teléfono.

Nina respondió al segundo tono, con la voz amodorrada.

—¿Samael? Madonna , ¿tú sabes la hora que…?

—Necesito que vengáis al piso de Aimara ahora. Tú y Darian. Ocupaos de los perros, se la han llevado y debo ir a por ella.

Silencio. Un roce de sábanas. La voz de Darian al fondo, muy baja y muy despierta.

—¿Qué ha pasado? —Nina había cambiado de registro entero—. ¿Dónde está Aimi?

Miré la ventana encendida del tercero.

—Da igual dónde, cruzaría el mismísimo infierno para traerla de vuelta.