Capítulo 45
—No está muerto.
La punta de un zapato me empujó el hombro. Dejé que el brazo rodara por el suelo sin oponer resistencia.
Muchos animales fingían su propia muerte para que otros los vieran poco atractivos y se largaran.
Hacerme el inconsciente me había parecido una idea cojonuda hasta que alguien preguntó si debían rematarme.
—¿Lo hacemos?
Mantuve los párpados quietos y la respiración todo lo regular que me permitían las costillas, el sabor a sangre y las ganas de levantarme a partirle la cara.
No sabía dónde había caído mi arma. Tampoco si podría ponerme en pie sin besar el parqué.
Porque, tras la desaparición de Aimara, alguien me estrelló contra el suelo con una fuerza descomunal.
Eran tres contra uno y jugaban en otra liga física. Podía ser imbécil, pero no gilipollas.
Por lo menos Valerian se desangraba con la diligencia suficiente.
Le había metido una bala en el pectoral a un metro y medio y el tío se había mirado los dedos manchados con cara de haber perdido una chaqueta buena. A un hombre al que disparas se le doblan las rodillas. Eso lo sabe hasta el que no ha disparado nunca.
—No tenemos órdenes de matarlo —respondió él.
«Pues menos mal».
Sonó más lejos que antes y bastante menos firme. ¿Se estaba alejando o yo perdía consciencia? No estaba seguro de nada, solo de que mi ex se había volatilizado con un gigante frente a mis narices.
—Entonces habrá que borrarlo.
«Me cago en la puta».
—Inconsciente, no se puede. Tiene que estar despierto para que la versión nueva se fije.
«Menos mal».
Lulú gruñó junto a mi cabeza. Ese sonido bajo y sostenido que, en ocho años, Salas solo le oyó con el chico del butano. Artyom contestó desde mis pies, y Zeus Alejandro temblaba pegado a mi costado, justo encima de lo que más dolía, golpeándome a intervalos regulares.
Los tres me habían rodeado, y eso que yo nunca había sido muy de animales.
Recé para que ninguno se hiciera el héroe; ya llevaba bastante noche encima sin sumarle tres perros muertos.
Fuera empezó una sirena. Se le unió otra. Zona centro, aviso de disparos, vecinos que pagan comunidad y marcan el 091 antes de que caiga el casquillo.
—¿Nos lo llevamos? —sugirió una de las voces.
—Mala idea. No hay tiempo de sacarlo sin que nos vean, controlar a quien entre después y borrarlos a todos.
Además, la orden era otra; con un poco de suerte, no despertará hasta que lo lleven al hospital y, con lo que soltará, lo achacarán a la conmoción o al estrés por las pérdidas. Quizá lo deriven a psiquiatría.
Los oídos me zumbaron porque entendí que la orden era Aimara.
Clavé las uñas en la palma para no moverme.
—Señor, debemos atender su herida cuanto antes.
—Ya lo sé.
Un cristal crujió bajo sus zapatos. Luego, un golpe seco, un gemido que Valerian intentó disimular y pasos hacia la entrada.
—Tú, por la escalera. Te quedas fuera del edificio y controlas qué hacen con Expósito. Si lo trasladan al hospital, los sigues.
—¿Y si despierta?
—Avisas a Marcellus. No intervengas sin orden.
Marcellus.
El señor del sombrero, el cabrón que el miércoles me metió las manos en la cabeza, se llevó dos días enteros y me cosió una versión en la que yo tiraba pruebas al Manzanares.
Ya tenía un nombre y un jefe. Más de lo que había sacado en cuatro días de investigación.
La puerta se abrió. Lulú volvió a gruñir, Zeus soltó un ladrido agudo y alguien maldijo entre dientes.
—Deja a los perros; no matamos animales.
—Podrían atacarnos.
—Pues no les des motivos.
La puerta se cerró sin ningún cuidado.
Seguí quieto. Le habían mandado vigilar el edificio, y eso no impedía que se quedara diez segundos en el rellano a ver si el muerto se incorporaba en cuanto creyera que estaba solo. Conté hasta sesenta con el corazón reventándome detrás de los ojos.
El ascensor bajó. El portal se cerró.
Abrí los párpados.
El techo de Aimara seguía en su sitio mientras mi vida acababa de venirse abajo entera.
Lulú me lamió la ceja partida. Uno de los libros de mi ex estaba boca abajo junto al radiador, con el lomo reventado.
Mi móvil continuaba en el escritorio, cara contra la madera.
Ella lo había dejado allí sin fisgar, porque siempre fue de esas mujeres que respetaban mis cosas incluso cuando yo no lo merecía.
Vampiros, demonios y un servicio de limpieza de memorias con nómina y jerarquía. Ya no quedaba manera de seguir fingiendo que aquello se lo inventaba una tía en Word para vender libros.
Había fallado.
Samael me pidió que la protegiera con mi vida, y yo, con dos cojones, le contesté que siempre lo había hecho. Que del único del que no supe protegerla fue de él, porque me pillaba dormido.
«Hostia puta».
No me había dormido; solo había dejado la cabeza contra el suelo.
Cuando volviera, iba a pedir lo que quedara de ella, y después los huevos, y yo se los serviría en una de las bandejas de boda, porque me lo merecía.
Cogí aire y dolió como un demonio; seguro que también tenía alguna costilla rota.
Pensé en el cabrón de las mechas rojas y en sus palabras justo antes de desaparecer con ella.
—Fuiste tú quien me dijo dónde encontrarla.
La frase no encajó hasta que todo lo hizo de golpe.
Antes de darle el móvil a Aimara, escribí un mensaje. Uno solo, con los dos pulgares, cuando ella encendía el incienso y me organizaba una sesión de recuperación de la memoria sustraída.
A Daniel. Al único que me cogía el teléfono a las cuatro de la mañana.
Al que me dijo que Elena me estaba mintiendo antes de que Elena me mintiera.
Al que me convenció de que el foro tenía que crecer.
Dos años contándoselo todo. Cada sospecha, cada cabreo, cada vez que necesité a alguien que me diera la razón.
El tío de las mechas rojas era Daniel, no tenía duda de ello, y era un sobrenatural. ¿El motivo? Ni puta idea, pero me sentía un memo integral al que todos habían sido capaces de manipular.
Sus caras pasaron a cámara rápida y la certeza terminó de encajar las piezas que faltaban. El cráneo se me abrió por dentro.
El dolor me arqueó contra el suelo. Zeus salió despedido con un chillido, y Lulú se puso a ladrar en algún sitio que estaba a veinte kilómetros.
El techo se deshizo y una luz cegadora dio paso a un recuerdo que ni siquiera sabía que estaba ahí.
Vi un jardín. La hierba me rozaba los pies descalzos y el aire olía a tierra mojada, a fruta madura y a flores que todavía no tenían nombre. Detrás de mí se alzaba un árbol enorme, con las ramas sosteniendo el cielo.
Una mujer se alejaba mientras me consumía la rabia.
Iba desnuda, con el pelo balanceándose en la espalda, caminando hacia un límite que no había existido hasta que ella decidió marcharse.
Quise correr detrás de ella. No lo hice; mi orgullo me lo impedía.
—¡Lilith, no lo hagas! ¡Me perteneces! ¡Él te creó para mí!
El grito salió de mi garganta, aunque no de la de Javier Expósito, sino de la del hombre que estaba junto al árbol mirándola atravesar el umbral sin volver la cabeza.
Nadie la expulsó; ella se marchó y me dejó en el jardín.
Entonces lo entendí, daba igual las vidas que viviera porque jamás me perteneció.